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Alteza, Ministra, Secretario General, Secretarias
de Estado, embajadores, señoras y señores:
La lucha contra el analfabetismo es, sin duda,
una acción urgente e imprescindible que
trata de reparar una gran injusticia histórica:
el hecho de que millones de personas se hayan
visto privadas de la posibilidad de aprender
a leer y a escribir.
Esta situación trágica pone de
manifiesto la profunda desigualdad en el mundo
y en concreto en América Latina, donde
la marginación permanente de amplios
sectores sociales provocó la ausencia
durante generaciones de una oferta suficiente
para garantizar el derecho a la educación
básica al conjunto de los ciudadanos.
Todos nosotros somos, en cierta medida, responsables
de este desatino.
Por ello, el proyecto que hoy presentamos no
puede verse como una acción benevolente
sino como el ejercicio responsable de una reparación
debida y una apuesta por un futuro mejor. Los
millones de analfabetos que aún viven
en nuestros pueblos y ciudades iberoamericanos,
aquí cerca, a nuestro lado, cerca de
50.000 madrileños lo son, no constituyen
una comunidad diferente a la nuestra, sino que,
por el contrario, forman parte de nosotros pues
son nuestros vecinos, nuestros compañeros
y, en algunos casos, nuestros familiares y nuestros
amigos. De ahí nuestra responsabilidad
con ellos.
Por fortuna, el Plan Iberoamericano de Alfabetización
y Educación Básica que hoy presentamos
surge del compromiso de veintitrés naciones
que se han adherido a esta iniciativa y que
para ello han elaborado sus correspondientes
planes de país. En ellos se especifican
los colectivos beneficiarios, las acciones que
han de emprenderse, los recursos necesarios,
la coordinación entre las propuestas,
el análisis de los métodos empleados
y la cooperación entre países
y entre todos los sectores implicados. Así
nos encontramos con un Plan coherente, articulado
y ambicioso, construido a partir del respeto
a las políticas públicas de cada
país, a las cuales apoya.
Un proyecto con un objetivo tan noble y ambicioso,
como es terminar con el analfabetismo antes
del año 2015, exige un esfuerzo colectivo
enorme y la aceptación de que sólo
si se respetan determinadas condiciones se podrá
conseguirlo. Entre ellas me permito destacar
las dos siguientes: la consideración
de que en el siglo XXI no basta con superar
el analfabetismo absoluto y la necesidad de
que en este proyecto inmenso se implique no
sólo a las administraciones públicas
sino al conjunto de la sociedad.
La superación del analfabetismo no supone
solamente que las personas adultas tengan la
capacidad de comprender un texto y de escribirlo.
Hoy es también necesario superar el analfabetismo
digital y cívico, consiguiendo que todas
las personas alcancen las capacidades que constituyen
los objetivos de la educación básica.
No cabe duda, por tanto, que la erradicación
de analfabetismo exige una educación
que garantice a todas las personas el ejercicio
de la ciudadanía. Por ello, los sistemas
educativos han de ser capaces de preparar a
todos los alumnos para que puedan integrarse
de forma activa en la sociedad, ampliar sus
conocimientos, adaptarse a los cambios sociales
y laborales y disponer de la palabra y de la
acción con las que ejercitar sus derechos
como personas libres. Desde esta perspectiva,
toda la enseñanza ha de orientarse a
la formación de ciudadanos conscientes,
libres, responsables y solidarios. En esta tarea,
sin duda, la OEI en cooperación con la
SEGIB debe tener un papel activo para apoyar
esfuerzos, relacionar experiencias y contribuir
a que todos los países tengan siempre
presente que forman parte de una comunidad de
naciones más amplia y enriquecedora y
que la ciudadanía de cada uno se prolonga
en la ciudadanía iberoamericana y en
la ciudadanía universal.
La consecución de estos ambiciosos objetivos
reclama imperiosamente la movilización
del conjunto de la sociedad para conseguir una
educación de calidad para todos. Es preciso
movilizar con imaginación a millones
de personas que ayuden a resolver los problemas
pendientes: municipios, universitarios, que
desde esta perspectiva deberían dedicar
un tiempo anual a colaborar en la educación
de sus conciudadanos privados del acceso a la
educación, organizaciones sociales, voluntarios,
empresarios y personalidades conocidas por la
sociedad, quienes deberían encontrar
un cauce, cada uno desde su responsabilidad
y desde sus posibilidades, para colaborar en
la mejora de la educación de cada país.
No se trata sólo de una acción
generosa, sino que es también una acción
justa por la que se devuelve a la sociedad y
a los desfavorecidos los beneficios recibidos
a lo largo de los años.
Con satisfacción puedo constatar que
esta movilización social ya ha comenzado
y este acto es expresión de ello. En
él nos encontramos, codo con codo, la
Casa Real española, los organismos internacionales,
los poderes públicos españoles
y de otros países iberoamericanos, las
organizaciones sociales no gubernamentales,
diversas Fundaciones y los sectores empresariales.
A todos ellos, gracias por su colaboración.
Permítanme que concrete mi agradecimiento
en dos instituciones españolas que están
realizando un esfuerzo especial para aportar
recursos en favor de una educación de
calidad para todos: el Ministerio de Educación
y Ciencia y la Secretaría de Estado de
Cooperación. Su sensibilidad y su trabajo
continuado son la garantía para conseguir
la necesaria movilización social que
exige este proyecto y para mantenerla durante
los próximos ocho años.
A ellos, a todos Vds. por su presencia y su
colaboración y muy en especial a su Alteza
Real, muchas gracias.
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