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I Seminario Centroamericano de Educación
en Valores para la Ciudadanía y la Democracia
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Educación en valores y aprendizaje ético(1)
Miquel Martínez (2)
Amelia Tey (3)
Universidad de Barcelona
Introducción
La educación en valores no se agota en la tarea de la escuela
ni en la del profesorado; son necesarias complicidades sociales
y compromisos claros en la forma de organizar el sistema educativo.
La educación, y en especial la educación en valores,
implican aprendizajes a lo largo de toda la vida que no siempre
son formales y escolares. Los países que confían en
la sociedad civil no tienen otro remedio que formar en valores.
La formación ciudadana afectará al desarrollo social,
cultural y económico de los países y la eficiencia
de sus sistemas de gobierno.
Educar es crear condiciones. Los profesionales de la educación
saben que se pasan la mayor parte del tiempo realizando tareas logísticas,
es decir, creando condiciones. En algunos momentos, además,
enseñan contenidos, procedimientos y actitudes. Es una tarea
compleja y difícil, que a menudo tiene elementos más
o menos propios de la técnica o derivados del conocimiento
científico, pero también otros que provienen del conocimiento
ordinario, de la intuición, de la experiencia. Se trata de
conocimientos y prácticas muy próximos al mundo de
lo que podríamos llamar artesano.
La tarea de creación de estas condiciones es una tarea artesana
y técnica, una tarea compleja, una tarea fundamentalmente
humana. Por ello, educar en valores no puede huir de esta percepción:
además del trabajo de creación de condiciones, también
es necesario proponer formas y prácticas adecuadas que hagan
posible aprender éticamente. En esta cuestión se ha
avanzado, gracias sobre todo a los profesores, las profesoras y
los maestros que están trabajando cada día en el aula
y en la escuela y al profesorado universitario e investigadores
que se han ocupado de manera sistemática de analizar y comprender
los procesos de aprendizaje ético y formular propuestas pedagógicas
en torno a la educación en valores. Hoy podemos afirmar que
existen unas formas mejores que otras para educar en valores.
Consideraciones fundamentales en relación con la educación
en valores
Cuando hablamos de diseñar propuestas de educación
en valores en general y de aprendizaje ético en concreto,
deberíamos tener presentes varias cuestiones, entre las que
destacamos las siguientes porque nos ofrecen los elementos base
sobre los que elaborar dicha propuesta, de manera sólida
y coherente con nuestro planteamiento.
En primer lugar consideramos necesario recordar que al referirnos
a la educación en valores no lo hacemos pensando únicamente
en atender a la formación de la persona en aquel tipo de
contenidos de aprendizaje que identificamos como actitudes, valores
y normas. Una propuesta de educación en valores no se puede
agotar únicamente trabajando aprendizajes actitudinales,
como tampoco se puede reducir a los aprendizajes informativos o
conceptuales. Debemos huir de los reduccionismos que hacen los planteamientos
enciclopédicos de educación en valores.
De hecho, cuando procuramos educar en valores no nos preocupa formar
a una persona experta en valores sino que ésta pueda vivir
su vida de forma ética y saludable. Lo que nos interesa es
que domine una serie de saberes, de maneras de hacer que le capaciten
como persona para poder vivir en este mundo y contribuir a transformarlo
en un mundo más justo y equitativo. Por tanto, nuestra acción
no puede orientarse exclusivamente a potenciar aprendizajes informativos
o actitudinales sino que requiere la combinación de ambos
tipos de aprendizajes y también de otros procedimentales.
Si identificamos que en los procesos de educación aprendemos
conocimientos, aprendemos a hacer cosas y aprendemos actitudes y
valores, un programa de educación en valores requiere tratar
los tres ámbitos de forma integral. Todos hemos constatado
que hay personas que valoran el diálogo pero que no saben
dialogar o bien no tienen actitudes favorables para hacerlo; y también
las conocemos que hablan y hablan sin ninguna calidad argumental
o sin conocimiento de causa. Para evitarlo, la propuesta que formulamos
integra estos tres niveles de aprendizaje: informativo y conceptual,
procedimental, i actitudinal y relativo al mundo de los valores.
La segunda cuestión está también relacionada
con el intento de huida de reduccionismos, pero en este caso lo
relacionamos directamente con la consideración teórica,
y también práctica, de la integralidad en el proceso
educativo. Una propuesta consistente y coherente debe ser una propuesta
que afecte a la persona en su globalidad, no tan sólo en
un nivel cognitivo racional, sino también en el mundo de
los sentimientos y en el mundo de la voluntad. Razón, sentimiento
y acción, voluntad concretamente, son tres elementos necesarios
a tener presentes. La constatación, en diferentes investigaciones,
de la directa implicación de las emociones y los sentimientos
en los procesos de pensamiento de la persona, previos a la acción,
nos permite afirmar que realmente los sentimientos pueden ser motor
de conducta o bien inhibidor de la misma en situaciones moralmente
relevantes. El razonamiento no es un proceso cognitivo independiente
del sentimiento y la consideración de su interrelación
es un elemento fundamental en una propuesta como la nuestra.
La tercera cuestión, que únicamente apuntamos aquí
y que desarrollaremos en apartados posteriores, hace referencia
al grado de intencionalidad pedagógica necesario para poder
concebir cualquier propuesta de educación en valores que
pretenda cambiar cosas, es decir, mejorar las condiciones del proceso
educativo y optimizar a la persona de forma intencional y sistemática.
Por este motivo requiere la acción de profesionales y del
profesorado en especial.
Esta última idea nos permite introducir una cuarta cuestión,
una idea clave para poder abordar, realmente, una propuesta de educación
en valores en la sociedad actual. Es necesario un cierto cambio
de mirada del sentido y de la función que tiene el profesorado,
que requiere replantear cuestiones un poco alejadas de lo que podría
ser el diseño de estrategias, de actividades o la elaboración
de materiales curriculares. Estas son importantes, ciertamente,
pero igualmente lo es poder plantearse a fondo cómo facilitar
y contribuir a este cambio de mirada del profesorado, y cómo
llegar a diseñar planes de formación permanente y
de formación inicial que capaciten al profesorado para poder
abordar esta tarea de forma satisfactoria.
No es fácil abordar la tarea de educar en valores sin una
cierta densidad informativa sobre cuestiones éticas, y probablemente
la formación que tiene el profesorado al respecto, en términos
generales, a menudo, es deficitaria. Tampoco es fácil educar
en valores sin estar entrenado en cómo abordar situaciones
socialmente controvertidas de forma que no se inculquen valores,
sino que se contribuya a que la persona crezca y construya de manera
singular su matriz de valores.
Por tanto, es una tarea posible pero difícil, que requiere
un cambio de mirada y probablemente un cambio de perfil de formación
del profesorado. El abordaje de este reto y su concreción
en una secuencia de tareas que engloben una formación adecuada
no es fácil de manera individual y, además, debemos
añadir la dificultad del trabajo en equipo, dinámica
con en la que el profesorado no siempre está familiarizado.
No obstante, ésta es una tarea que afecta al conjunto de
la institución y requiere, por tanto, la complicidad de todo
el profesorado.
En quinto lugar, una propuesta de educación en valores también
debe reflexionar sobre el modelo de escuela en el que estamos comprometidos
como sociedad. No es lo mismo defender un modelo de escuela homogénea,
organizada en función del rendimiento intelectual de los
estudiantes, que plantear y proponer un modelo de escuela plural
donde la heterogeneidad sea una constante. No se puede hacer una
fuerte defensa de una educación en valores para una sociedad
plural desde una política educativa que defienda un modelo
de escuela homogénea, cerrada y alejada de esta diversidad.
Es difícil aprender a vivir democráticamente en sociedades
diversas si la convivencia con esta diversidad no se practica de
manera natural y cotidiana.
Por último, consideramos necesario la presencia de complicidades
sociales, que den la idea de que crear capital social es bueno y
necesario. Existen planteamientos políticos que sí
que entienden esta trama moral de la sociedad civil, capaz de crear
vínculos de reciprocidad. Éste es uno de los valores
que deberíamos promover en la sociedad en la que pensamos
y rechazar otros planteamientos que ignoren que sea importante o
que incluso muestren sus temores al respecto.
Para concluir este punto, queremos destacar que podríamos
poner las condiciones pedagógicas y didácticas para
que en la escuela se pudieran trabajar los valores sin reduccionismos,
pero no seríamos eficaces en nuestra tarea si no hubiera
complicidad, ni un modelo de escuela capaz, ni una formación
de profesorado adecuada para llevarlo hacia delante. Éstos
han sido algunas veces los defectos de las propuestas en educación
en valores, que han quedado en la elaboración de materiales
curriculares, en la declaración de buenas intenciones y,
en cambio, no han producido los efectos más potentes que,
sin duda, podrían haber generado.
Educación en valores y aprendizaje ético
Referirnos al aprendizaje ético implica la consideración
de unas premisas que apuntamos a continuación. En primer
lugar, el aprendizaje ético es evidente consecuencia de la
educación en valores recibida, deriva del planteamiento de
educación centrado en quien aprende y no exclusivamente en
quien enseña y se fundamenta en el principio de aprender
a aprender. De la misma manera que sucede en todo proceso de aprendizaje,
pretende conseguir niveles de desarrollo personal progresivamente
superiores y el aumento de conocimientos y habilidades a partir
de la incorporación y asimilación de informaciones
que se reelaboran por parte del sujeto. De hecho el aprendizaje
ético es una propuesta que podemos situar entre los fines
y las técnicas que utilizamos para lograrlos. Esta ubicación
a la que nos referimos reafirma la idea de que es necesario analizar
el "por que" de la intervención y también
analizar cómo podemos conseguir el desarrollo de la persona
para que podamos hablar realmente de aprendizaje ético. Nos
referimos a los valores morales desde una perspectiva que retoma
las bondades de las posturas objetivistas y subjetivistas para poder
plantear consistentemente su visión. Apuesta por el carácter
relacional del valor, en el que siempre debemos considerar los aspectos
subjetivos y los objetivos. Define el valor como una cualidad estructural
que surge de una persona cuando reacciona a ciertas propiedades
de un objeto. Es una relación que no se da en el vacío
sino en una situación física y humana determinada.
Por ello, en la consideración de los valores morales debemos
tener presente tanto la conceptualización abstracta del valor
como también la situación y las características,
de personalidad y contextuales de la persona con la que interactúa.
Esto es así porque el proceso de desarrollo moral sigue una
secuencia evolutiva, desde una heteronomía hacia una autonomía,
desde la actuación movida por la recompensa, la evitación
del castigo y las sanciones, sometiéndose a la autoridad
simplemente por su situación jerárquica, hacia la
aceptación convencional para llegar a la elaboración
de criterios propios y actuaciones coherentes con esos valores.
En segundo lugar, al referirnos al aprendizaje ético nos
situamos en las perspectivas constructivista y contextualista, y
defendemos que la autonomía moral es una meta de la educación
en valores. Dicho de otro modo, pretende la formación de
personas con una identidad moral construida de manera racional y
autónoma, que reconocen la necesidad de la existencia de
unos derechos básicos universales y consideran el uso crítico
de la razón y el diálogo como herramientas básicas
para la convivencia; dispuestas a implicarse y comprometerse en
las relaciones personales y en la participación social.
Permite la progresiva toma de conciencia de la propia matriz de
valores; valores que deben aprenderse y que, una vez incorporados,
nos permiten articular coherentemente el ámbito personal
con el social y comunitario. La persona construye la matriz de valores
en interacción social y le permite valorar, de manera reflexiva,
cuáles seleccionar en cada situación. Nuestras expectativas
en relación con los ciudadanos del siglo XXI están
directamente relacionadas con estos valores mínimos porque
permiten articular las identidades particulares con la diversidad
existente.
En tercer lugar, debemos referirnos nuevamente a los filtros que
consiguen hacer real que podamos hablar de aprendizaje ético
en sociedades plurales: los aspectos cognitivos y afectivos. Cuando
pensamos en los aspectos cognitivos y afectivos nos referimos a
los sentimientos y pensamientos, aunque desde nuestro planteamiento
los dos están fuertemente relacionados ya que en el pensamiento
también se mezclan los sentimientos. Por esa razón
nos resulta imprecisa la tradicional clasificación entre
procesos cognitivos, afectivos y sociales si consideramos el pensamiento
como la base de la resolución de problemas. El pensamiento
tiene su origen en, una esfera que incluye nuestras necesidades,
intereses, impulsos, nuestro afecto y emoción. Únicamente
situando lo afectivo en la base del pensamiento encontramos la respuesta
final del análisis de éste.
Vías de aprendizaje ético
De la misma manera que concebimos la educación como un proceso
de aprendizaje superior de carácter complejo, la noción
de aprendizaje ético se refiere al logro de niveles de desarrollo
personal y social progresivamente superiores. Y como en todo proceso
de aprendizaje para potenciarlo es necesario analizar los momentos
idóneos y cuales son las mejores maneras para ello.
Destacamos tres grandes vías de aprendizaje ético,
que suponen un cambio de mirada de la acción educativa: la
vía de la práctica, la de la observación y
la de la construcción. Algunas teorías sobre los valores
y sobre la educación en valores enfatizan más unas
que otras.
Aprendemos éticamente a través de la práctica
y del ejercicio, por ello es tan importante el contexto en el que
vivimos y en el que nos educamos, porque es el que realmente aprendemos.
La cultura y el contexto no sólo tienen influencia en nosotros,
sino que determinan las respuestas ante determinados estímulos
y, obviamente, nos hacen hacer, sentir y valorar de una manera y
no de otra. A través de la vía de la práctica
ejercitamos determinados comportamientos o conductas que derivan
en normas, reglas o principios establecidos desde fuera. En ocasiones
reflejará la repetición de movimientos o de reacciones
que consideramos que benefician a la persona, al ofrecerle lo necesario
para moverse en un determinado contexto con soltura y facilidad.
La segunda es la vía la de observación, que sitúa
en acento educativo en los modelos de los que destaca dos efectos
principalmente: la adquisición de respuestas nuevas que incorporamos
y manifestamos en situaciones en las que el modelo no tiene porque
estar presente; y el fortalecimiento o debilitación de conductas.
Cuando nos centramos en la vía de la observación nos
referimos a un sujeto que mira, con mirada atenta y reflexiva y
que, por lo tanto, va más allá del ensayo y error.
Es una mirada observadora que capta lo significativo de la conducta
del otro y que retiene los elementos esenciales para después
reproducir y valorar.
También aprendemos, pues, por observación, y por
ello los efectos de los modelos presentes en nuestra sociedad, antes
más controlados por la familia o por la escuela, hoy se escapan
completamente al control, porque están presentes en sistemas
de comunicación globalizados que permiten el acceso a informaciones
y modelos que exhiben estilos de vida diferentes a los de la propia
cultura o modelo de educación que se considera como ideal.
La observación y la imitación de modelos que por aprendizaje
social nos marcan socialmente, son otra de las vías de aprendizaje
ético. Una vía, a veces, que preocupa mucho al profesional
de la educación porque pueden ser una fuente de moralidad
negativa. Debemos aprender a explotar el excelente material pedagógico
de contravalores que a menudo están presentes en la televisión
o en otros canales mediáticos, como algunos autores han reivindicado,
para analizar y comprender críticamente.
Y la tercera vía es la de la elaboración y construcción
autónoma y personal de matrices de valores. Como educadores,
la mayoría somos conscientes de que podemos actuar a través
de esta tercera vía, es la que clásicamente utilizamos,
pero debemos estar atentos y no descuidar las dos primeras. La primera
permite aprender de una forma ambiental, informal; la segunda debe
ser considerada de una forma especial, porque estamos en una sociedad
donde la observación de modelos y el aprendizaje social son
elementos centrales de conformación humana y de marcaje social.
En nuestro país hemos vivido, gracias a determinadas series
televisivas, cambios de percepción social sobre determinadas
minorías o sobre formas de comportarse socialmente. Es así
que de forma eficaz se han cambiado formas de entender determinados
tipos de relaciones de forma más eficaz que a través
de cualquier campaña escolar. Se han corregido adicciones
al tabaco, por ejemplo, de forma más potente a través
de algunos modelos susceptibles a la observación que a través
del discurso del profesorado intentando convencer y modificar hábitos.
La experimentación de situaciones en cada una de las tres
vías -práctica, observación y construcción-
permite llegar a la autoconciencia de los principios para regir
nuestra vida, gracias a la construcción de la personalidad
moral. Únicamente en este momento ejercemos la libertad como
personas diferentes en una sociedad plural y democrática,
siendo conscientes de lo que hacemos, para que lo hacemos y las
consecuencias que derivan. Somos y nos sentimos responsables. En
el caso contrario, la persona puede actuar en función de
unos principios y unos valores, pero esta actuación no tiene
porque ser realmente significativa. Por tanto, no despreciemos ninguna
de estas vías porque las tres son susceptibles de un buen
aprovechamiento para producir tres tipos de resultados de aprendizaje:
hábitos y virtudes, modelos y matrices de valores.
Resultados del aprendizaje ético
Considerar las tres vías de aprendizaje anteriores requiere
considerar los diversos tipos de resultados de dicho aprendizaje,
concebidos como logros que se complementan y se integran progresivamente:
Hábitos y virtudes, modelos y matrices singulares de valores.
Hábitos y virtudes
La formación de hábitos es un clásico en la
educación en valores. En efecto, educar en valores implica
la formación de hábitos y el aprendizaje de virtudes
tal y como refleja, por ejemplo, la visión de la construcción
de una ciudadanía republicana, es decir, preocupada no sólo
por los derechos, la justicia y la autonomía, sino también
y especialmente por la participación y la expresión
política, por la búsqueda del bien común.
A pesar de todo, sería un error entender que un modelo de
educación en valores se agota en esto. Estaríamos
muy próximos a un modelo de educación cívico-social,
heterónomo. Incluso podríamos estar ante un modelo
que destaca en exceso el papel de la cultura cívica y el
respeto al orden, incluido el orden político, y que entienden
la formación del carácter más como un proceso
de conformación social que como un proceso de construcción
personal en situación de interacción social. Aunque
muestra aspectos positivos, es discutible porque confunde todo resultado
del aprendizaje ético con el aprendizaje de unas virtudes,
deseables pero no suficientes.
Somos conscientes de que precisamente la creación de capital
social, a veces, obliga a la asunción de normas y a la aceptación
de sanciones que se asocian a las normas para que los hábitos
de reciprocidad se cumplan y las sociedades funcionen. Por tanto,
afirmamos que los aprendizajes de los hábitos y de las virtudes
son importantes, pero no son suficientes, porque podrían
perfectamente aprenderse sin ninguna incidencia de carácter
personal, singular, crítico o transformador de nuestro mundo
en otro más justo y democrático.
Modelos
Un resultado clásico del aprendizaje ético es la
imitación de modelos. Y esto es importante, porque el educador
y los iguales son modelos susceptibles de ser imitados, igual que
los padres o las madres. Ésta es una fuente básica
de muchos resultados de aprendizaje en valores y en contravalores.
En el caso de que los modelos integren contravalores o estilos de
vida contrarios a la propuesta de vida que consideramos ideal, en
lugar de analizar esta fuente de aprendizaje como algo que hay que
evitar, conviene considerarla como un canal natural de endoculturación
que es necesario saber regular en función de nuestra singular
matriz de valores. Al margen de que los efectos sean o no negativos
en función de nuestro parecer, seguro que son excelentes
oportunidades para construir sistemas y estilos de vida alternativos,
orientados en función de procesos de autocontrol guiados
por valores de libertad, justicia y dignidad.
Matrices de valores
En tercer y último lugar, si nuestra intención es
educar para una sociedad plural y diversa, como la nuestra, es crucial
que la persona esté entrenada en construir matrices de valores
propios. No se trata tanto de construir valores, sino de construir
matrices singulares, es decir, jerarquías de valores. Éstas
están en función del contexto, y de la relación
que se establezca entre el sujeto y el contexto, y es aquí
donde la tarea pedagógica quizás sea más interesante.
De igual forma que la línea de formación del carácter
puede explicar la primera vía de aprendizaje (a través
de los hábitos y las virtudes), las teorías que interpretan
muchos de los aprendizajes de tipo ético desde la perspectiva
más conductista podrían explicar la segunda vía
de aprendizaje, (a través de modelos sociales), la tercera
vía la construcción de matrices de valores-
se explica mejor a través de los trabajos sobre desarrollo
moral y educación en valores. Pero es necesario tener en
cuenta que nuestro objetivo es producir un resultado que no consiste
solamente en saber construir matrices de valores, como tampoco puede
estar únicamente centrado en el aprendizaje de virtudes.
No podemos formular un programa de educación en valores como
si fuera exclusivamente un programa del desarrollo del juicio moral.
No sería suficientemente global ni integral. Los ideales
que nos gustaría compartir como comunidad, no sólo
deben ser propuestos como ideales sino que deberían estar
presentes como atributos o cualidades del contexto de aprendizaje
y convivencia en la que educamos: la realidad en la que educamos
debería estar integrada y tener presentes claramente aquellos
valores como cualidades del contexto.
Los propósitos de la educación en valores en sociedades
complejas y diversas.
Hemos hablado de la imitación como factor central y de la
elaboración personal. Junto con la práctica son las
tres vías fundamentales de aprendizaje ético. Pero
decíamos que toda propuesta de aprendizaje ético debía
tener una intencionalidad pedagógica, debe procurar producir
cambios en la persona.
Esta intencionalidad se sitúa entre lo que podríamos
llamar un planteamiento sobre los valores propio del ámbito
de los fines generales y otro propio del ámbito de las técnicas
y de las estrategias. Entre estos dos niveles deberíamos
intentar identificar qué quiere decir realmente intencionalidad
pedagógica. Es decir, no se trata tanto de definir cuáles
son los valores y enseñarlos, ni tampoco de decir cómo
deben enseñarse. Éste sería un discurso excesivamente
pragmático y el otro es un discurso que difícilmente
aterriza en la realidad del proceso de aprendizaje ético.
La intencionalidad pedagógica en el fondo se mueve en un
terreno un poco intermedio. Al decir que educar en valores es crear
condiciones lo que también se afirma es que deberíamos
ser capaces de decidir cuáles son las condiciones para que
determinados tipos de aprendizajes éticos se puedan producir.
El acuerdo sobre cuáles son los grandes valores que deberíamos
aceptar como deseables es relativamente fácil. El problema
es cuáles son las condiciones que deberíamos generar,
para que estos valores sean apreciados por sí mismos y su
ausencia fuera denunciada.
Debemos tener en cuenta que hay, como mínimo, cuatro factores
clave que intervienen en la acción pedagógica: el
sujeto del aprendizaje, el profesorado, la institución y
los contenidos de aprendizaje. Estos cuatro factores están
presentes siempre, en cualquier acción pedagógica,
y en el ámbito de los valores es importante que los tengamos
presentes todos, porque evidentemente en este conjunto todos tienen
un papel central y descargar el peso en un de ellos excesivamente
como pasa a menudo puede ser un error grave.
Los agentes promotores de valores no son únicamente el profesorado,
ni evidentemente, el escenario exclusivo la escuela. Es evidente
que existen otros: los iguales, los agentes sociales, los líderes
sociales y políticos, del mundo del espectáculo o
de la cultura que producen efectos susceptibles de ser imitados
a través de modelos que tienen un peso muy fuerte en la formación
en valores de una sociedad. Consecuentemente estos, y de manera
especial la familia, la comunidad en su sentido mas real y pleno
y los modelos presentes en los medios de comunicación, deben
percibirse desde la escuela como agentes de especial potencia pedagógica
en la formación de valores y también de contravalores.
Pero además también conviene señalar que la
propia institución formativa es un espacio donde el equipo
pedagógico genera, como mínimo, tres tipos de decisiones:
en la selección de contenidos de un currículum, en
la organización social del espacio del aprendizaje y en la
elección de materiales curriculares. Según el tipo
de material que se escoja, según como se organice socialmente
el espacio de aprendizaje y según como se seleccionan los
contenidos a tratar, se están realmente generando condiciones
para apreciar unos valores y denunciar la falta de otros. Por tanto,
no es un tipo de acción neutra, sino que marcará de
forma clarísima que después se pueda intentar conseguir
determinados hábitos, virtudes y valores de una forma más
explícita, más comunicativa.
Implicación activa.
Hasta aquí hemos comentado las vías de aprendizaje,
los resultados de este aprendizaje, los agentes promotores de valores
y hemos querido destacar la complejidad que tienen los procesos
de aprendizaje ético. También hemos intentado expresar
algunas reflexiones sobre las condiciones que deberían acompañar
a estas propuestas de aprendizaje ético. Pero ahora deberíamos
intentar concretar cuáles serían fundamentalmente
los ejes o los vectores en torno a los que deberíamos trabajar
con las propuestas de educación en valores. Fundamentalmente
se trata de crear condiciones que promuevan, en primer lugar, implicación
en proyectos colectivos; en segundo lugar, ejercicio de la responsabilidad;
en tercer lugar, ciudadanía activa y, en cuarto lugar, inclusión
social.
El primero de estos objetivos no es fácil de conseguir pero
es central si queremos llegar a promover una ciudadanía activa,
implicada, capaz no tan sólo de construir modelos de vida
buena, sino también de construir modelos de vida justa y
de intentar transformar la sociedad en función de criterios
de equidad y dignidad. Sin implicación en proyectos colectivos,
será difícil avanzar hacia un nuevo modelo de sociedad
en la que seamos capaces de entender que sólo es legítimo
el interés particular si no va en contra del interés
común. Trabajar en ello supone afectar no tan sólo
a la razón y al sentimiento, sino también a la voluntad.
Es difícil educar para la solidaridad sin enseñar
a asumir pequeñas contrariedades. El sistema educativo ha
evitado excesivamente el error, el fracaso y la contrariedad.
El sistema educativo y los educadores debemos recuperar el valor
pedagógico del esfuerzo. Conviene destacar pedagógicamente
que estar entrenado en la aceptación de pequeñas contrariedades
y en la superación de dificultades es una condición
necesaria para que la persona pueda construirse de forma autónoma
y sostenible en contextos caracterizados por la diversidad. Es muy
difícil que una persona aprenda a renunciar a intereses particulares
en función de un bien común y que entienda que el
bien particular es legítimo únicamente si no está
en contra del bien común si, por otro lado, esta persona
no está educada en la aceptación de pequeñas
limitaciones. La población y las zonas más ricas del
mundo tendremos que aceptar que este bien común no supondrá
probablemente mejora de los bienes particulares que tenemos.
Segundo objetivo: aprender a ejercer la responsabilidad. Ser responsable
quiere decir que la persona en formación se haga cargo del
mundo donde vive. Quiere decir también asumir consecuencias
de sus acciones, reconocer que es el autor de las mismas y que es
responsable de sus comportamientos. La responsabilidad requiere
reflexión sobre las consecuencias de nuestras acciones y
trabajo sobre los sentimientos morales como actores y como observadores.
Pero el ejercicio práctico de la responsabilidad no se puede
sustituir por ninguna de las otras vías. Es condición
necesaria. Por tanto, aceptar que el error es una oportunidad para
superarnos es una buena forma de entender el concepto de responsabilidad.
Tercer objetivo: promover ciudadanía activa consiste en
pasar de la posición de espectador a la posición de
partícipe auténtico. El ámbito de la educación
ambiental nos enseña como la búsqueda del bien común
es condición necesaria del bien particular y nos muestra
dos tipos de ciudadanía al respecto: una ciudadanía
enraizada sólo en los derechos y otra enraizada en los derechos
y los deberes, partícipe y actora, no sólo de espectadores
sino de partícipes, no de defensores pasivos sino activos.
Debemos ser proactivos y generar una sociedad transformadora, una
ciudadanía activa que mejore sus condiciones.
Nuestra propuesta procura entrenar y motivar para implicarse en
proyectos colectivos, ejercer responsabilidad, practicar ciudadanía
activa y, además, desde una perspectiva de inclusión
social. Cuando se habla de inclusión social reconocemos la
realidad como multicultural, no diferencialista, donde el respeto
y la tolerancia no quedan en mera coexistencia. Debemos buscar lo
que es común y nos permite construir una ciudadanía
nueva, activa, creativa y creadora de una comunidad más justa
y democrática.
Para ello conviene que la acción pedagógica este
siempre guiada por tres criterios básicos: el cultivo de
la autonomía de la persona, la consideración del diálogo
como única forma legítima de abordar los conflictos
y la de la diferencia, no de la desigualdad, como un valor de especial
relevancia en la construcción de una sociedad guiada por
el respeto al otro, a la comprensión del otro y a su manera
de estar en el mundo. Esta sociedad, sociedad inclusiva, es la única
en la que en el futuro podremos vivir de manera digna, democrática
y plural.
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(1)Algunas de las consideraciones que se presentan en el texto
de esta conferencia inaugural del I Seminario Taller Centroamericano
de Educación en valores para la Ciudadanía y la Democracia
de San José de Costa Rica el 4 de octubre de 2005, pueden
encontrarse también en Martínez, M. La formació
en valors, condició de ciutadania, en Revista Idees,
nº 21,gener-març, 2004. y en Hoyos, G; Martínez,
M. (coords.) (2004) Qué significa educar en valores hoy?.
Barcelona, Octaedro-OEI
(2) Miquel Martínez, doctor en Filosofía y Ciencias
de la Educación, es catedrático de Teoría de
la Educación en la Facultad de Pedagogía de la Universitat
de Barcelona (UB). Es miembro del Grupo de Investigación
en Educación, Valores y Desarrollo Moral (GREM), y dirige
el Instituto de Ciencias de la Educación de la misma universidad.
(3) Amelia Tey, licenciada en pedagogía y licenciada en
psicología, es profesora de la Facultad de Pedagogía
de la Universitat de Barcelona. Es miembro del Grupo de Investigación
en Educación en Valores y Desarrollo Moral (GREM) de la Universitat
de Barcelona y responsable del Programa de Educación en Valores
PEVA del Instituto de Ciencias de la Educación de la misma
universidad.
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