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Iberoamérica: Unidad
Cultural en la Diversidad - II Campus
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Señoras y señores:
Hace pocos días, en la ciudad de Lima se congregaron los Jefes de Estado y de Gobierno en la undécima Cumbre Iberoamericana. Como es evidente, se desarrolló bajo el signo de los acontecimientos recientes, imposibles de imaginar hace apenas unos pocos meses.
Más allá de las tragedias de estos tiempos que se ensañan cotidianamente con muchos inocentes y que observamos con aflicción, sabemos que en nuestros países los problemas de siempre continúan y que requieren de respuestas adecuadas para el momento que vivimos.
Dicen nuestros mandatarios:
Reconocemos que el proceso de globalización presenta oportunidades y desafíos para el desarrollo y bienestar de nuestros pueblos. Sin embargo, observamos con preocupación que algunos países son víctimas del estancamiento económico, la marginalización y que se ha incrementado la brecha económica, tecnológica y productiva entre los países ricos y pobres.
(Punto 30 de la Declaración de Lima)
Vivimos en un continente rico en paisajes y recursos naturales, en talentos y capacidades, pero también en pobreza e injusticia. Esta es una mala composición, que no nos permite desarrollarnos plenamente, ya sea como ciudadanos, o como comunidad.
En el plano económico vemos alarmados que las condiciones de intercambio, en este mundo globalizado, tienden a agravarse por el mantenimiento de normas proteccionistas que América Latina ha debido abandonar hace ya bastante tiempo. La reciente Conferencia Ministerial de Doha, convocada por la Organización Mundial de Comercio, ha reconocido esta situación así como la necesidad de que todos nuestros pueblos se beneficien del aumento de las oportunidades y los avances del bienestar que genera el sistema multilateral de comercio.
La cooperación cultural no está exenta de esta problemática, sino por el contrario debe comprenderla y buscar respuestas alternativas para su superación. El diálogo entre Europa y América, entre América y Europa, debe encaminarse hacia una mayor madurez. Ya no se trata de reproducir modelos colonizadores que no sirven para las poblaciones de nuestros países a ambos lados del océano y que, generalmente refuerzan las estructuras y las imágenes que han contribuido a generar la fractura, el corte, la brecha que sufrimos.
El modelo de donante/receptor es falaz y pernicioso para todos. En unos crea ideas de riqueza y satisfacción. En otros de impotencia y carencia. Dos tipos de análisis habitualmente muy alejados entre sí, como los son el económico y el cultural, nos muestran que los flujos correspondientes no concurren necesariamente desde un mal entendido centro hacia la periferia, sino que por el contrario, los pobres, los necesitados de ayuda, realizan importantes, y hasta, mayores contribuciones que lo que normalmente se estima.
El tema cobra especial relevancia cuando observamos que amplísimas regiones de este continente sufren la despoblación compulsiva, que conduce al hacinamiento y la marginalidad en las ciudades. Junto con ello, los recursos naturales son degradados, las capacidades y habilidades de las personas y comunidades desvalorizadas, y la pobreza crece.
Si buscamos mayor madurez en el diálogo euroamericano, debemos superar los preconceptos, los temores, los etnocentrismos. Y, así mismo, reconocer lo que tenemos en común más allá de los aspectos superficiales, de lo folklórico. Es decir, no conformarnos ni con la exaltación de la diferencia, ni con fórmulas culturales esencialistas, que enaltecen sólo una cultura.
Tomando cierta perspectiva histórica, reconocemos la persistencia de un entramado de relaciones que ya lleva más de cinco siglos generando y recreando culturas. Aunque desde América vemos a Europa como un continente próspero y democrático, también sabemos que no está exenta de situaciones contradictorias y ambivalentes. Y que desde el mismo hecho colombino, Europa ha mirado a América para entender tanto su propio pasado, su presente, como su futuro.
En esta ciudad de Cartagena, notable por su belleza y amabilidad, ubica Gabriel García Márquez buena parte de la trama de su última novela de ficción. Todos recordamos Del amor y otros demonios; permitanme que ahora recupere una parte de la historia de esa tragedia de amor: Sierva María de Todos los Ángeles es una jovencita que se acerca sin complejos a la cultura del otro, incorpora muchos de sus rasgos y aprende las lenguas de sus prójimos, en este caso americanos de origen africano. Incomprendida, sospechan de ella y es llevada a un largo suplicio inquisitorio. Finalmente, el exorcista más severo y experimentado de esta ciudad desestima los argumentos acusatorios. El religioso, dice nuestro Gabo, enseñó que los demonios de América eran los mismos de Europa, pero su advocación y conductas eran distintas.
Para nuestro caso, estimo que compartimos ángeles y demonios, con tutelas diferentes y expresiones tan variadas que a veces nos confunden. García Márquez nos señala la multiplicidad, tanto de los orígenes como de las manifestaciones de los problemas que sufrimos, pero también de nuestras riquezas culturales mal valoradas. Frente a ellos surge la cooperación, como una labor conjunta que intenta fortalecer y ampliar las capacidades y los lazos existentes para superar las dificultades y construir una realidad diferente y compartida. Así lo venimos entendiendo las instituciones convocantes de este Campus, y así lo han confirmado los ministros y responsables de las políticas culturales reunidos en la quinta Conferencia Iberoamericana de Cultura realizada en Lima, hace poco más de un mes. Ese foro, que se ha institucionalizado recientemente, reúne a las autoridades de todos los países iberoamericanos, es decir a los de América Latina que hablan mayoritariamente el español o el portugués, junto con España y Portugal.
En esa reunión se avanzó hacia la construcción de una agenda de cooperación cultural para Iberoamérica que oriente el accionar de la acción común de gobiernos y organismos internacionales, al que se invita a sumarse a los otros actores. No pretende ser una instrucción acerca de lo que hay que hacer, sino por el contrario, un instrumento para la concertación. Una agenda basada en el sólido, común y plural patrimonio que nos sostiene; con estrategias contextualizadas en los procesos contemporáneos políticos, sociales, económicos y, por supuesto, culturales; con el reconocimiento del importante papel que en la definición de las políticas poseen los gobiernos en sus distintos niveles, como así también, los organismos internacionales, las empresas, las organizaciones sindicales, las organizaciones no gubernamentales y otras instancias de la sociedad civil.
Es decir, una agenda no sólo abierta a la participación de todos los actores, sino también abierta al mundo, a otras configuraciones de espacios culturales con las que interactuamos.
Entre ellos, sobresale la relación entre América Latina y la Unión Europea. Ella está basada en la creación de intereses comunes, que respeten las necesidades, los tempos, las características de las partes. En este sentido debemos resaltar los avances institucionales recientes. Me refiero, a la pasada Cumbre de Río, de 1999, y a la próxima a realizarse en Madrid, el año venidero.
Durante este año hemos dado un paso significativo también en el orden institucional, a partir de la realización del Simposio sobre los tres espacios lingüísticos (portugués, francés y español) en el proceso de globalización y la preparación de un próximo Coloquio en Salamanca en el segundo semestre de 2002. Estos espacios exceden las fronteras de los países, y hasta de los continentes; y de ahí su interés para comprender situaciones disímiles, prever escenarios, convocar a miradas distintas y creativas.
Por último, el Campus que hoy inauguramos es un foro privilegiado para avanzar en esta relación fructífera, particularmente capaz para asumir las diferencias que nos permitan transitar el ingreso a esta etapa histórica en mejores condiciones.
Pensar la realidad que nos toca vivir desde nuestra historia, con sus encuentros y desencuentros, con sus problemas, con sus potencialidades, reconociendo nuestra identidad y la de nuestros interlocutores, es una tarea tanto imprescindible como fascinante en el contexto global, con tendencias tan dispares. Valorizar la diversidad que nos distingue, y las estructuras históricas y culturales que nos unen es una tarea prioritaria en los albores del siglo XXI. Estamos convencidos que la globalización no podrá sustentarse sobre la homogeneidad, sino sobre las diferencias apreciadas, la interculturalidad y la solidaridad.
Este II Campus, continuidad del realizado el año pasado en Barcelona, ha despertado grandes expectativas. Los participantes hoy reunidos conjugan la creatividad de las artes, la diversidad en las formas de expresión, y la gestión pública de apoyo a los procesos de desarrollo cultural. Los esfuerzos que haremos estos días se traducirán en diversas iniciativas de cooperación en el ámbito de la cultura que requerirán, sin duda, establecer las bases para el diálogo y la comunicación desde diversas ópticas, sumar esfuerzos entre sociedad civil y gobierno.
En momentos en que el mundo se debate ante la amenaza de nuevas guerras, no podemos olvidar que este querido país que hoy nos recibe, sufre una larga situación de conflictos violentos en su interior. La comunidad internacional reconoce los esfuerzos realizados para buscar una solución pacífica.
La cultura de la paz es también la cultura de la democracia y la democratización de la cultura. Estos principios son asumidos por el Plan Decenal de Cultura que acaba de presentar el Señor Presidente de la República, D. Andrés Pastrana. Entendemos que desde la cultura se amplía y refuerza el empeño de este pueblo por construir una Colombia justa y en paz, que esperamos que dé frutos muy pronto. Nuestra presencia aquí reafirma el compromiso de acompañar al pueblo colombiano en esta tarea histórica.
Con tales expectativas venimos a Cartagena, ciudad a la que agradecemos su acostumbrado recibimiento cálido y cordial. Y con ellas trabajaremos durante estas jornadas del II Campus Euroamericano de Cooperación Cultural, que hemos convocado conjuntamente el Convenio Andrés Bello, el Ministerio de Cultura de Colombia, la Fundación Interarts y la OEI.
Estoy convencido que los esfuerzos de diálogo cultural cobran en estos tiempos especial relevancia: es que democratizar la globalización requiere respetar la diversidad cultural.
Muchas gracias.
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