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La Biblioteca Escolar
Antonio Basanta Reyes - Vicepresidente Ejecutivo y Director General de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez

La biblioteca escolar, su existencia, dinamismo e implicación en el proyecto de cada centro escolar determina, en muy buena medida, el nivel de calidad de nuestros propios sistemas educativos.

Sin una práctica frecuente de la lectura, orientada y libre, autónoma y colectiva, comprensiva, creativa y crítica, la educación y el aprendizaje se tornan metas casi inalcanzables. Igualmente sin la existencia de un espacio, un tiempo y un servicio que recoja y potencie dicha práctica lectora hasta convertirla en un hábito, adaptándola a las demandas y necesidades de cada materia, a los ritmos madurativos y apetencias de cada alumna y alumno, al servicio del claustro en su conjunto e, incluso, del espacio social y comunitario en que el centro escolar se ubica, tal objetivo se vuelve verdaderamente difícil de lograr. Y ése es el papel fundamental que la biblioteca escolar puede y debe desempeñar.

Una presencia que no sólo incide en el ámbito de los equipamientos, sino, y muy especialmente, en el de la metodología, en el de la misma orientación didáctica de nuestros centros.

Porque, para que una biblioteca escolar sea algo más que un repertorio de recursos bibliográficos y documentales, más o menos actualizados, más o menos accesibles, se requiere que la misma forme parte inseparable del propio proyecto educativo. Es más, que pueble su mismo núcleo, allá donde la formación se asiente primordialmente en el tratamiento y dominio de la información y sus fuentes, antes que en la consecución del dato aislado o de la respuesta inconexa e inmediata.

O dicho de otro modo: la biblioteca escolar sólo podrá cumplir su insustituible labor cuando realmente entendamos el proceso de enseñanza /aprendizaje como la respuesta a la innata curiosidad de cada alumno, despertada por la habilidad y la sabiduría de cada profesor, y satisfecha en el discurrir por ese indagar y responder que habrá de derivar en verdadero conocimiento.

Por tanto, donde el saber ni se encapsule ni se momifique, sino que se convierta en una ruta permanente de descubrimiento, de sorpresa, de continuada aproximación, más apasionante cuanto más ilimitada. Ahí, en el centro exacto de semejante concepción, la biblioteca escolar, y por extensión la lectura, habrán de situarse, cumpliendo así su verdadero y genuino papel. Lejos del manual único como fuente de consulta, referencia y estudio, aún respetando el valor de síntesis que muchos de ellos aportan ; abiertos al enorme caudal informativo que nuestra contemporaneidad acrecienta de manera imparable.

Y favoreciendo que los más diversos soportes y los más variados canales se hagan presentes en el proceso, sin exclusiones anacrónicas ni segregaciones de rancio conservadurismo. El horizonte lector presenta hoy una línea que abarca infinidad de territorios. Y a ellos debe de ser permanentemente sensible la escuela, a través de su compromiso con una nueva forma de leer y de sentir las bibliotecas escolares.

Nadie duda ya de la necesaria complementariedad de los medios. Y menos aún que, sin la consideración de los mismos, nuestra sociedad fuera realmente explicable. Por tanto, hagamos convivir los soportes tradicionales con las nuevas formas de transmisión del conocimiento y de la comunicación. Convirtamos todo ello en una práctica lectora viva y enriquecedora. Desechemos las añejas y estériles taxonomías. Y volvamos a la concepción integrada del saber, donde las disciplinas , como las personas en aquellas comunidades que aspiran a progresar, se apoyan unas a otras, formando un cuerpo común. Y donde, como lo son la lectura y la biblioteca escolar, existen herramientas fundamentales para penetrar en sus secretos y transitar por sus espacios, de lo contrario vedados o permanentemente amenazadores.

Leer es así algo más que una destreza. Se convierte en un sentido. E imprime la totalidad de la acción educativa, pues nada distinto a la concepción de un lector es lo que pretendemos alcanzar en el proceso formativo de nuestros alumnos y alumnas: personas que sientan curiosidad e interés por cuanto les rodea; que posean los mecanismos básicos para la interpretación y análisis de cuanto les concierne; que comprendan profundamente cuanto se les ofrece y tengan la capacidad de discriminar, de valorar, de elegir para, finalmente, convertir esa experiencia en material de enriquecimiento personal y grupal. ¿ Y qué otra cosa es leer? ¿ Y qué otra cosa es ser lector?

Saber leer, poder leer, querer leer. He ahí los tres principios básicos que deben regir cualquier acción de didáctica lectora. Y a ellos, como nadie, sirve la presencia de la biblioteca escolar. Un servicio que, descontado el valor imprescindible de sus contenidos, tiene su verdadera clave en la persona o personas que al frente de la misma estén. Que en esto, como en todo lo que tiene que ver con la educación, no hay aportación más sustantiva que aquella que deriva de la acción del propio ser humano. Es él quien tiene que contagiar de su entusiasmo, de su pasión a la propia biblioteca escolar. También de sus conocimientos en la materia. Y ello exige no sólo una progresiva dedicación exclusiva sino, al mismo tiempo, una continuada formación, una profesionalización de quien o quienes ejerzan la responsabilidad de la biblioteca escolar, donde a la siempre loable predisposición y buena voluntad, se unan los conocimientos de un mundo tan atractivo como complejo, tan multifacético como cambiante.

La existencia de una red tupida de bibliotecas escolares, regida por profesionales cualificados, con presencia en cada uno de nuestros centros escolares; dotada de fondos suficientes y permanentemente actualizados; donde se ofrezcan la totalidad de las fuentes y soportes informativos; y, al servicio de todo el profesorado, el conjunto de las materias, el alumnado y la comunidad en su conjunto, serán la mejor garantía de nuestra mejora educativa.

Y el más sólido de los avales de que nuestros sistemas educativos afrontan y responden con eficacia a los retos que el presente y el futuro inmediato nos plantean .

Antonio Basanta Reyes
Vicepresidente Ejecutivo y Director General de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez

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