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La biblioteca escolar, su existencia, dinamismo e implicación
en el proyecto de cada centro escolar determina, en
muy buena medida, el nivel de calidad de nuestros propios
sistemas educativos.
Sin una práctica frecuente de la lectura, orientada
y libre, autónoma y colectiva, comprensiva, creativa
y crítica, la educación y el aprendizaje
se tornan metas casi inalcanzables. Igualmente sin la
existencia de un espacio, un tiempo y un servicio que
recoja y potencie dicha práctica lectora hasta
convertirla en un hábito, adaptándola
a las demandas y necesidades de cada materia, a los
ritmos madurativos y apetencias de cada alumna y alumno,
al servicio del claustro en su conjunto e, incluso,
del espacio social y comunitario en que el centro escolar
se ubica, tal objetivo se vuelve verdaderamente difícil
de lograr. Y ése es el papel fundamental que
la biblioteca escolar puede y debe desempeñar.
Una presencia que no sólo incide en el ámbito
de los equipamientos, sino, y muy especialmente, en
el de la metodología, en el de la misma orientación
didáctica de nuestros centros.
Porque, para que una biblioteca escolar sea algo más
que un repertorio de recursos bibliográficos
y documentales, más o menos actualizados, más
o menos accesibles, se requiere que la misma forme parte
inseparable del propio proyecto educativo. Es más,
que pueble su mismo núcleo, allá donde
la formación se asiente primordialmente en el
tratamiento y dominio de la información y sus
fuentes, antes que en la consecución del dato
aislado o de la respuesta inconexa e inmediata.
O dicho de otro modo: la biblioteca escolar sólo
podrá cumplir su insustituible labor cuando realmente
entendamos el proceso de enseñanza /aprendizaje
como la respuesta a la innata curiosidad de cada alumno,
despertada por la habilidad y la sabiduría de
cada profesor, y satisfecha en el discurrir por ese
indagar y responder que habrá de derivar en verdadero
conocimiento.
Por tanto, donde el saber ni se encapsule ni se momifique,
sino que se convierta en una ruta permanente de descubrimiento,
de sorpresa, de continuada aproximación, más
apasionante cuanto más ilimitada. Ahí,
en el centro exacto de semejante concepción,
la biblioteca escolar, y por extensión la lectura,
habrán de situarse, cumpliendo así su
verdadero y genuino papel. Lejos del manual único
como fuente de consulta, referencia y estudio, aún
respetando el valor de síntesis que muchos de
ellos aportan ; abiertos al enorme caudal informativo
que nuestra contemporaneidad acrecienta de manera imparable.
Y favoreciendo que los más diversos soportes
y los más variados canales se hagan presentes
en el proceso, sin exclusiones anacrónicas ni
segregaciones de rancio conservadurismo. El horizonte
lector presenta hoy una línea que abarca infinidad
de territorios. Y a ellos debe de ser permanentemente
sensible la escuela, a través de su compromiso
con una nueva forma de leer y de sentir las bibliotecas
escolares.
Nadie duda ya de la necesaria complementariedad de
los medios. Y menos aún que, sin la consideración
de los mismos, nuestra sociedad fuera realmente explicable.
Por tanto, hagamos convivir los soportes tradicionales
con las nuevas formas de transmisión del conocimiento
y de la comunicación. Convirtamos todo ello en
una práctica lectora viva y enriquecedora. Desechemos
las añejas y estériles taxonomías.
Y volvamos a la concepción integrada del saber,
donde las disciplinas , como las personas en aquellas
comunidades que aspiran a progresar, se apoyan unas
a otras, formando un cuerpo común. Y donde, como
lo son la lectura y la biblioteca escolar, existen herramientas
fundamentales para penetrar en sus secretos y transitar
por sus espacios, de lo contrario vedados o permanentemente
amenazadores.
Leer es así algo más que una destreza.
Se convierte en un sentido. E imprime la totalidad de
la acción educativa, pues nada distinto a la
concepción de un lector es lo que pretendemos
alcanzar en el proceso formativo de nuestros alumnos
y alumnas: personas que sientan curiosidad e interés
por cuanto les rodea; que posean los mecanismos básicos
para la interpretación y análisis de cuanto
les concierne; que comprendan profundamente cuanto se
les ofrece y tengan la capacidad de discriminar, de
valorar, de elegir para, finalmente, convertir esa experiencia
en material de enriquecimiento personal y grupal. ¿
Y qué otra cosa es leer? ¿ Y qué
otra cosa es ser lector?
Saber leer, poder leer, querer leer. He ahí
los tres principios básicos que deben regir cualquier
acción de didáctica lectora. Y a ellos,
como nadie, sirve la presencia de la biblioteca escolar.
Un servicio que, descontado el valor imprescindible
de sus contenidos, tiene su verdadera clave en la persona
o personas que al frente de la misma estén. Que
en esto, como en todo lo que tiene que ver con la educación,
no hay aportación más sustantiva que aquella
que deriva de la acción del propio ser humano.
Es él quien tiene que contagiar de su entusiasmo,
de su pasión a la propia biblioteca escolar.
También de sus conocimientos en la materia. Y
ello exige no sólo una progresiva dedicación
exclusiva sino, al mismo tiempo, una continuada formación,
una profesionalización de quien o quienes ejerzan
la responsabilidad de la biblioteca escolar, donde a
la siempre loable predisposición y buena voluntad,
se unan los conocimientos de un mundo tan atractivo
como complejo, tan multifacético como cambiante.
La existencia de una red tupida de bibliotecas escolares,
regida por profesionales cualificados, con presencia
en cada uno de nuestros centros escolares; dotada de
fondos suficientes y permanentemente actualizados; donde
se ofrezcan la totalidad de las fuentes y soportes informativos;
y, al servicio de todo el profesorado, el conjunto de
las materias, el alumnado y la comunidad en su conjunto,
serán la mejor garantía de nuestra mejora
educativa.
Y el más sólido de los avales de que
nuestros sistemas educativos afrontan y responden con
eficacia a los retos que el presente y el futuro inmediato
nos plantean .
Antonio Basanta Reyes
Vicepresidente Ejecutivo y Director General de la Fundación
Germán Sánchez Ruipérez
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