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La evaluación es un instrumento cargado de futuro…
si sus resultados se utilizan para mejorar la educación.
Enrique Roca
Director del Instituto de Evaluación de España

Foro de debate Evaluación de la Educación

La evaluación de la educación se ha ido extendiendo en las últimas décadas y se ha convertido en una preocupación fundamental de gobiernos y responsables educativos. La evaluación de los sistemas educativos en su conjunto o de las diversas unidades que lo componen (alumnos, escuelas, profesores…), es hoy una actividad fundamental dentro de las políticas educativas de todos los países.

Propongo en esta breve nota abordar la finalidad de la evaluación (para qué evaluar), los destinatarios (qué evaluar), los métodos (cómo evaluar) y los retos futuros de la evaluación.

Desde sus orígenes, la evaluación de los sistemas educativos ha tenido como objetivo primero conocer su funcionamiento y, de manera implícita, utilizar sus resultados en la definición de las políticas educativas. En los últimos años esta finalidad implícita de la evaluación ha adquirido una importancia decisiva; se trata de evaluar para conocer cómo funciona la educación y, sobre todo, para mejorarla; es decir, para orientar la toma de decisiones de todos los responsables de la educación: las políticas educativas, la organización escolar, el funcionamiento de los centros educativos, el trabajo de los profesores, y la participación y la dedicación de los alumnos y de las familias.

Desde esta perspectiva debe perder interés la evaluación entendida como instrumento para determinar quiénes son los responsables de las insuficiencias y dificultades del sistema educativo; este planteamiento termina produciendo la confrontación entre los distintos agentes implicados. En contrapartida, se impone la concepción de la colaboración entre los responsables educativos para utilizar los resultados de la evaluación en la adopción de las medidas más adecuadas para mejorar la educación y alcanzar los objetivos y las metas educativas que se plantean las sociedades actuales.

En cuanto a qué evaluar, hay que señalar que buena parte de las evaluaciones externas internacionales han procurado valorar el funcionamiento de los sistemas educativos a través del análisis del rendimiento de los alumnos. Desde principios del presente siglo, este análisis ha ido incorporando la valoración de la adquisición de las competencias básicas por parte de los alumnos (estudios de OCDE y de la Unión Europea), a la que se han añadido la valoración de los contextos sociales, económicos y culturales, de las circunstancias de aprendizaje y de los procesos educativos.

A la evaluación del sistema educativo a través del rendimiento de los alumnos se ha añadido el interés por establecer un diagnóstico del rendimiento de cada una de las escuelas y alumnos. Este es el caso de España, como el de otros muchos países, en los que las evaluaciones de diagnóstico generales, por un lado, y censales por otro, tienen esta finalidad de facilitar la adopción de medidas de mejora oportunas para el conjunto del sistema, pero también individualizadas para cada uno de los alumnos y escuelas, en momentos intermedios de la educación primaria y de la educación secundaria obligatoria. Debe considerarse, además, que es necesario evaluar las propias escuelas, su organización, el grado de autonomía y, como indicador muy especial, el valor añadido que son capaces de ofrecer a sus alumnos. Es necesario también evaluar los procesos de enseñanza, los trabajos de los profesores y de los equipos docentes, considerados de manera colectiva e individual, y su impacto en los aprendizajes y en el rendimiento de los alumnos. Y, finalmente, es necesario evaluar el funcionamiento de las propias administraciones educativas y las políticas educativas propuestas.

En relación al cómo evaluar, el desarrollo y la generalización de las evaluaciones nacionales e internacionales ha permitido una mejora muy significativa de los sistemas de evaluación. La definición de los marcos de evaluación, la organización de los procesos evaluadores y el rigor en el análisis de los resultados han permitido garantizar una elevada validez (se mide realmente aquello que se desea evaluar) y una notable fiabilidad (la valoración se realiza con todas las garantías y la máxima objetividad).

Entre los retos actuales y futuros de las evaluaciones externas se encuentra el de facilitar una mejor información sobre aquellos aspectos hoy todavía insuficientemente valorados o que deben mejorar. Las evaluaciones deben afinar sus instrumentos para medir con más precisión la influencia de los procesos educativos de aula y centro, el funcionamiento de los equipos de profesores y las estrategias colectivas, la organización de las escuelas, la autonomía y la responsabilidad compartida y la implicación de profesores, alumnos y familias.

Por otra parte, como se ha señalado, es fundamental poner a punto mecanismos de evaluación que permitan medir con el máximo rigor el valor añadido que escuelas y profesores son capaces de incorporar en el aprendizaje de sus alumnos. Éste es un aspecto hoy fundamental para contextualizar mejor los resultados educativos que ofrecen las evaluaciones externas.

Para terminar, conviene insistir en que las evaluaciones de los sistemas educativos deben ser capaces de afinar las medidas allí donde se producen las circunstancias más adversas del aprendizaje, o las más particulares, sea porque corresponden a entornos sociales, económicos y culturales más desfavorecidos, porque se trate de alumnos con necesidades educativas específicas, o por cualquier otra circunstancia. Dicho de otro modo: la evaluación debe ofrecer una información más precisa y eficaz de los resultados de todos los alumnos, pues la mejora de los sistemas educativos sólo es posible si la calidad de la educación y la excelencia afectan también a "todos los alumnos".

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