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Extender la evaluación integral de los centros escolares.
Marta Kisilevsky (Argentina)

Meta general cuarta. Universalizar la educación primaria y la secundaria básica y mejorar su calidad.
Meta específica 12. Extender la evaluación integral de los centros escolares.

Nos parece importante discutir en este foro el progreso de los países iberoamericanos en sus esfuerzos por desarrollar herramientas de medición y evaluación adecuadas para informar sobre el logro efectivo de las expectativas de aprendizaje, comunicar a los actores educativos y a la sociedad civil sobre la calidad de los sistemas públicos de educación en términos de aprendizajes logrados, y diseñar y ajustar políticas educativas para el mejoramiento de esos aprendizajes sobre la base de las informaciones recogidas en las evaluaciones. Este es el sentido desde donde es posible plantearse una extensión de la evaluación integral de los centros escolares. Cabe preguntarse entonces: existe una cultura evaluativa sólida y legitimada en los países de Iberoamérica? Cómo es posible promover un mayor impacto a partir de las evaluaciones en la toma de decisiones de política y en la práctica pedagógica para el mejoramiento del logro académico de los estudiantes?.

Por otra parte, dado que la evaluación se refiere a la calidad, lo primero que habría que decir es que debe tener calidad, es decir que sería una contradicción acceder a una evaluación si no es de calidad y luego con esta evaluación discutir la calidad del desempeño de las personas y las instituciones. En este sentido, y para tener criticidad, se debe tener, al menos, precisión. Es posible que no haya una buena evaluación sin responder a las preguntas: cuál es la función de la evaluación y para qué sirve. Posteriormente aparece una pregunta relacionada acerca de cuál es el contexto de una evaluación. No es menor preguntarse acerca de la metodología y cobertura de las mediciones las cuales deben ser consistentes con los propósitos y usos de las evaluaciones y deben validarse técnica y socialmente. Coincidimos con Ferrer (2006) que esto implica tomar decisiones racionales y discutidas en profundidad sobre los siguientes aspectos:

1. El objetivo y los sujetos de las mediciones, es decir, si se busca evaluar el sistema, a las instituciones, o a los actores individualmente (docentes y alumnos, en especial). La decisión determinará, por ejemplo, si las pruebas deben ser censales o muestrales, si estarán referidas a normas o a criterios, o si los resultados tendrán altas o bajas implicancias para los actores.

2. Si los datos recogidos por las mediciones van a ser utilizados para el

mejoramiento pedagógico o curricular, será necesario diseñar instrumentos adecuados para esos fines, si los ítem de las pruebas exigirán respuestas de opción múltiple, abiertas, o una combinación entre estas alternativas u otras, el grado de cobertura del currículo que tendrán las pruebas, etc.

3. Todos los instrumentos de las evaluaciones requieren ser validados previamente a su aplicación, a través de pruebas piloto.

4. Para poder asociar el rendimiento académico de los estudiantes con factores escolares y extraescolares asociables es preciso medir variables que pueden estar incidiendo para lo cual es necesario utilizar procedimientos técnicos sólidos para la recolección de datos y su posterior análisis estadístico.

5. Una vez que se obtuvieron los indicadores precisos, aparece el problema en el paso siguiente, la construcción de rankings. La discusión al respecto es bien actual. Es que existe un problema conceptual en los rankings. El mayor de ellos no es el técnico-metodológico, que también lo es, sino uno mucho más profundo, porque, de hecho, su construcción se basa en la asunción de un modelo erróneo de interpretación de la realidad institucional. Los rankings hacen caso omiso de esta realidad conceptual y asumen el modelo de que agregando, aditiva y/o interactivamente, algunos elementos (indicadores) y relacionados con distintos componentes potenciales de la llamada calidad, se puede definir un concepto único y universal de calidad y consecuentemente, clasificar por calidad a los centros escolares, al margen de su topología y de sus características especificas y contextuales. En definitiva, la agregación de indicadores que hacen los rankings no es sino un artificio metodológico, más o menos complejo, que conduce a un resultado que, en rigor, no permite ver lo que hay detrás.

Para cerrar este pequeño aporte, podemos decir que quedan muchos desafíos por delante en este proceso de "evaluar la calidad", para lo cual resulta imprescindible obtener una buena "calidad de la evaluación" en los años venideros.

 

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