Toledo (España), 12-13 de julio de 2005
Palabras pronunciadas en el acto de apertura de la XV
Conferencia Iberoamericana de Educación
Por Francisco Piñón
Secretario General
Organización de Estados Iberoamericanos
Para la Educación, la Ciencia y la Tecnología
La necedad, el desprecio por la vida, la incapacidad o el
menosprecio de la política, la carencia de ideas para
proponer han sembrado muerte y dolor en el centro de Londres.
Hombres, mujeres, jóvenes y niños (trabajadores,
estudiantes, de diversa condición social, étnica
y religiosa) han encontrado esa muerte, ese dolor en sí
mismos o en sus seres queridos, en sus compañeros de
tareas...
Una vez más la violencia y mas aún la violencia
indiscriminada, como en Atocha, o en Bali, o en Nueva York...
Comenzamos el siglo XXI con la conciencia de encontrarnos
en medio de un cambio de época, con las enormes posibilidades
que la revolución científica y tecnológica
brinda para el desarrollo de la humanidad, que permite ir
delineando la nueva sociedad hacia la que vamos avanzando
(la sociedad del conocimiento).
Así como nos permite saber que disponemos de los recursos
(económicos y tecnológicos) para erradicar el
hambre y la pobreza extrema del planeta, también sabemos
que faltan las decisiones políticas, económicas
y sociales para construir, entre todos, un desarrollo más
igualitario.
La mencionada revolución científica y tecnológica
transformó las comunicaciones al punto tal que cambió
las nociones de espacio y de distancia. Sin embargo, poco
hizo todavía para cambiar la geografía del hambre
y la exclusión.
En un cambio de época como el que estamos
viviendo, marcado por la densidad tecnológica
y por su capacidad para atravesar nuestros ámbitos
de acción y hacerse presente en nuestra cotidianeidad,
Iberoamérica se encuentra con oportunidades que debemos
comprender, anticipar y aprovechar.
Las oportunidades se nos presentan, como suele ocurrir en
estos casos, en escenarios que encierran también una
fuerte carga de incertidumbre y de riesgos.
Estas oportunidades son nuevos espacios de acción
que se abren, en principio, por esa densidad tecnológica
y por lo que ella genera al impactar sobre los procesos sociales
e históricos.
Podemos decir que esta irrupción produce una ruptura,
una fractura histórica cuyas consecuencias tienen que
ver con aquello que algunos especialistas han denominado historia
larga.
Ahora bien, estas oportunidades no son sólo producto
de la densidad tecnológica, son oportunidades que están
también vinculadas a la iniciativa política.
Oportunidades vinculadas con nuestra capacidad de influir
en la conformación de un orden diferente
tanto a nivel nacional como internacional.
Se trata de la aparición de nuevos espacios de acción
y de pensamiento que tienen, a mi entender múltiples
causas, de las que quiero mencionar cuatro:
- el tránsito hacia una sociedad del conocimiento
como el que estamos viviendo. Con todo lo que este cambio
societal representa y lo que ello significa en cuanto a
una fractura sistémica;
- el debilitamiento del pensamiento único y el fracaso
de la teoría del derrame;
- una nueva convergencia temática en las agendas
de los mandatarios iberoamericanos. Fundamentalmente en
lo que respecta a la reducción de la pobreza y la
exclusión social;
- el fortalecimiento institucional de la Comunidad Iberoamericana
de Naciones, lo que se ha traducido en la creación
de la Secretaría General Iberoamericana (que se pondrá
en funcionamiento en la Cumbre de Salamanca) y que debe
traducirse en una consolidación del espacio
cultural común.
Estas son oportunidades para llevar adelante una tarea conjunta,
un esfuerzo mancomunado en el que sea posible responder a
las necesidades de nuestra América Latina, particularmente
a aquellas vinculadas con los altos niveles de inequidad,
exclusión y polarización social.
Son oportunidades, también, para recoger y valorar
el papel estratégico que desempeña la inversión
en educación y en investigación, ciencia y tecnología.
Ambas forman parte del núcleo de inversiones estratégicas
que la región necesita incrementar para cerrar una
parte de las brechas sociales y para proyectarse hacia un
futuro donde el conocimiento se constituye en una de las fuerzas
impulsoras del desarrollo.
Este planteo reconoce antecedentes como la Conferencia de
Jomtien o la Cumbre del Milenio, se encuentra plasmado en
documentos de diferentes organismos e instituciones regionales
y, está recogido en las Cumbres y Conferencias Iberoamericanas.
Los iberoamericanos, decía, en este tránsito
hacia una sociedad del conocimiento, necesitamos perfeccionar
y profundizar nuestras democracias; continuar transitando
la senda del crecimiento, pero de un crecimiento que sea sostenible
y distributivo a la vez.
América Latina está ingresando al siglo XXI
más desigual y con una fuerte polarización social.
Ya no es posible repetir experiencias de crecimiento sin equidad
y de desarrollo sin justicia social.
Particularmente cuando la inequidad y la exclusión
se ven exacerbadas por el carácter selectivo y diferencial
de la difusión tecnológica, lo que compromete
doblemente el futuro de nuestras sociedades.
En este momento de cambios, de transformaciones sistémicas,
se nos presentan oportunidades que pueden ser únicas.
Es un momento en el que se han renovado y multiplicado las
ideas y las prácticas. Un momento en el que podemos
encontrar nuevos espacios para pensar y actuar. Un momento
en el que iberoamérica puede ser un lugar privilegiado
para generar el sentido de un futuro compartido.
Un sentido para el que la educación cumple una función
central: la de crear las condiciones para que nuestros jóvenes
tengan las herramientas necesarias para transformar el escenario
cultural, social, político y económico.
Es cierto que no todo depende de la educación y que
son igualmente necesarias las oportunidades de empleo, de
integración social y de participación política
de las que dispongan las nuevas generaciones. Pero la educación
es uno de los factores centrales para poder aprovechar estas
oportunidades.
Iberoamérica se presenta así como un bloque
geo-cultural en donde podemos ampliar nuestras capacidades
de acción. Los bloques regionales se proyectan como
actores significativos del siglo XXI, frente a Estados Nacionales
que se ven interpelados tanto por instancias globales, como
por reivindicaciones locales.
Buena parte de aquellas instancias que mantienen la desigualdad
dado el carácter concentrado y desterritorializado
del poder económico- lo hacen actuando a nivel global.
Ante semejante escala, el impacto que produce su accionar
no puede resolverse únicamente apelando a acciones
distributivas de nivel local. Se requiere de un fortalecimiento
de la instancia nacional-estatal, y ello puede lograrse potenciando
nuestra capacidad de acción coordinada a nivel regional.
La Comunidad Iberoamericana de Naciones nos ofrece así
un espacio de acción privilegiado para sumar propuestas
y potenciar nuestras fortalezas.
Promover el diálogo y el consenso dentro de marcos
amplios y a nivel regional sobre lo educativo constituye así
un punto de partida para identificar los nudos críticos,
para valorar los esfuerzos realizados, para analizar los grandes
retos de las políticas educativas y aportar nuevas
ideas para la acción.
El canje de deuda por inversión en educación
en donde la iniciativa española ha dado muestra
de su compromiso con el tema-, los programas de formación
docente y la conformación de un espacio iberoamericano
del conocimiento propuesta presentada por el presidente
del gobierno español, José Luis Rodríguez
Zapatero- se mueven en este sentido, buscando aprovechar las
oportunidades que hoy se nos presentan y multiplicando nuestras
capacidades de acción y cooperación.
Los esfuerzos realizados durante los últimos años
en materia educativa han significado cambios importantes para
los sistemas de la región.
Las reformas curriculares y las transformaciones organizativas
y pedagógicas han tenido su traducción en mayores
porcentajes de escolarización.
Estos esfuerzos han significado una extensión de los
años de obligatoriedad de la educación básica
y un crecimiento de la atención a la educación
inicial; han permitido la instalación de sistemas de
evaluación de la calidad; fomentado el desarrollo de
sistemas de capacitación y actualización docente
y; promovido la descentralización y la delegación
de responsabilidades y competencias a nivel de las escuelas,
entre otros.
Pero los esfuerzos realizados no han podido, en muchas ocasiones,
revertir situaciones de pobreza y exclusión que las
economías incrementaron a gran velocidad. Situaciones
y procesos de fragmentación social que han subvertido
las características de los destinatarios de la acción
educativa.
Los nuevos contextos sociales y culturales nos remiten así,
muchas veces, a sujetos muy diferentes a los que la educación
tradicionalmente proyectaba como meta de su acción.
Una situación ante la que resulta necesario articular
la educación con lo social para tener una comprensión
cabal del alcance y la complejidad del fenómeno que
se nos presenta.
Esta XV Conferencia Iberoamericana de Educación que
hoy inauguramos confirma la posibilidad de lo iberoamericano.
Y lo confirma tanto por tratarse de su decimoquinta edición,
como por un temario que muestra la voluntad de nuestros gobiernos
de desarrollar acciones de cooperación que nos permitan
encarar temas decisivos para el futuro de nuestros pueblos.
La posibilidad de lo iberoamericano se apoya además
en el camino emprendido hacia una mayor consolidación
institucional. Una consolidación institucional
que es, a la vez, un impulso para esta identidad proyecto
que llamamos Iberoamérica. Me refiero nuevamente
a la creación de la Secretaría General Iberoamericana
y a su puesta en marcha en la próxima Cumbre de Salamanca.
Estas transformaciones acompañan un cambio de
época en el que la Comunidad Iberoamericana de
Naciones se presenta como un espacio propicio para que nos
movamos dentro de un esquema de mayor afinidad y podamos establecer
bases sólidas para multiplicar los tableros en donde
desplegar nuestras acciones y hacernos presentes.
En este cambio de época, la Comunidad
Iberoamericana de Naciones nos ofrece así un puente
vigoroso que resulta idóneo para llevar adelante políticas
autónomas que nos permitan reconfigurar la instancia
nacional en crisis. Políticas capaces de dar cuenta
de nuestra identidad y de responder a nuestras particulares
trayectorias históricas.
Estas iniciativas encuentran en la ciudad de Toledo un marco
histórico propicio.
La otrora capital de la España visigoda conserva aún
el espíritu de aquella ciudad multicultural y próspera
en la que fue posible una pródiga simbiosis y una convivencia
pacífica entre las tres grandes culturas medievales:
la cristiana, la musulmana y la judaica.
Simbiosis y convivencia que cristalizaron además en
una serie de iniciativas culturales en la que destaca
la Escuela de Traductores de Toledo- donde fue posible llevar
adelante la trascripción, transmisión y transformación
de un legado cultural milenario en una época que también
aparecía, a los ojos de sus contemporáneos,
como una época de grandes transformaciones.
Vivir juntos y organizar pacíficamente las relaciones
de interdependencia en las que nos hallamos inmersos es una
de las tareas centrales de una política orientada a
concebirnos como un todo, como la humanidad que somos y a
la que pertenecemos. Su éxito dependerá de nuestra
capacidad para generar condiciones de igualdad, para comunicar
a y comunicarnos con los otros y para corregir
las desigualdades.
Se trata de una tarea que debe tener en cuenta las necesidades
de nuestras sociedades, pero que no puede limitarse a ellas.
Su acción debe tender también a conformar un
orden internacional más justo e igualitario en el que
el respeto por la diversidad sea un eje central.
A propósito de los atentados ocurridos en Londres,
un artículo de Carlos Fuentes(1) publicado el pasado
sábado en el Diario El País, nos recordaba que,
entre otras consideraciones, la más importante y la
más difícil para hacer frente al terrorismo,
era: expulsarlo mediante una política global
para el desarrollo.
(1) C. Fuentes: Londres: El terror. Diario El País.
España. 9 de julio de 2005.
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