Colaboraciones   


Comunicación y cultura en el siglo XXI o La era del acceso

Fabrizio Volpe Prignano (*)


Síntesis del trabajo

Este trabajo compila una serie de notas editoriales, publicadas en la revista digital de arte y cultura Enfocarte, que tienen como temas principales la cultura y la comunicación desde la visión de ciertas culturas subalternas imbricadas en un ámbito hegemónico dominante.

La comunicación se está reconfigurando en un espacio estratégico desde los procesos de transnacionalización y de la emergencia de sujetos sociales e identidades culturales nuevas. Por ello la perspectiva que los profesionales de la comunicación y las ciencias sociales debemos tener en este nuevo siglo estará centrada en la indagación de los diversos procesos mediante los cuales la conformación de lo masivo es desarrollada a partir de las transformaciones de las culturas subalternas.

Conceptos clave: cultura, comunicación, identidades culturales, Internet, globalización, espacios de mediación, hegemonía, comunidades latinoamericanas, poder, verdad, ideología, libertad, derechos humanos, prácticas sociales, marginalidad.

I. Introducción

Este trabajo compila una serie de notas editoriales, publicadas en la revista digital de arte y cultura Enfocarte, que tienen como temas principales la cultura y la comunicación desde la visión de ciertas culturas subalternas imbricadas en un ámbito hegemónico dominante.

El utópico concepto de Internet con libre acceso a todo el mundo como bastión democrático de ideas se está convirtiendo en un fiel reflejo de nuestra globalizada sociedad: una muralla impenetrable para quienes no tienen los recursos tecnológicos dentro de este eventual oligopolio de la red. Estamos ante una nueva era, la era del acceso, y así como todo cambio en la sociedad evidencia un cambio en la cultura, a su vez significa un cambio en los individuos.

Con la transnacionalización comienza a vislumbrarse un conflicto que proviene desde largo tiempo pero que se manifiesta de manera uniforme a partir del paso a la internacionalización: la problemática en la constitución de la identidad cultural opuesta al proceso hegemónico de una ideología dominante.

La comunicación se está reconfigurando en un espacio estratégico desde los procesos de transnacionalización y de la emergencia de sujetos sociales e identidades culturales nuevas. Por ello la perspectiva que los profesionales de la comunicación y las ciencias sociales debemos tener en este nuevo siglo estará centrada en la indagación de los diversos procesos mediante los cuales la conformación de lo masivo es desarrollada a partir de las transformaciones de las culturas subalternas. Para lograrlo sigamos el desarrollo establecido por Jesús Martín Barbero en su libro De los medios a las mediaciones donde explica que los análisis situacionales no deben centrarse en los medios de comunicación sino en las articulaciones entre las diversas prácticas comunicacionales y los movimientos sociales; es necesario, de una vez por todas, tomar como eje la pluralidad de matrices culturales.

Es imprescindible que tomemos en cuenta las posibles transformaciones de la cultura desde las nuevas tecnologías y reconfiguremos en tanto productores de sentido los ámbitos susceptibles de ser restringidos por un campo de discurso dominante. Campo que diseña áreas sociales hegemónicas a través de dominios discursivos organizados en significados preferentes; y estos discursos hegemónicos conllevan un encubierto proceso de represión de la identidad y diversidad cultural.

Defendamos la globalización pero sin pérdida de identidad y defendamos todos los espacios independientes para el desarrollo de la razón y el espíritu porque nos conceden una participación activa entre las diversas comunidades culturales. No dejemos que los espacios de cultura, en tanto ámbitos de mediación, se conviertan en un universo de redes y portales que permita ampliar la brecha entre países desarrollados y subdesarrollados.

II. ¿Civilización globalizada o privación de la identidad cultural?

La noción de cultura es ciertamente vaga y confusa. Se asocia, en efecto, con el concepto de libertad, con la representación de dignidad e incluso con la edificación y manifestación de la propia identidad: hay quienes dicen que la cultura nos libera y que el hombre es un animal cultural. Según la mayoría de los antropólogos, la cultura perfecciona el estado natural al que estaría sentenciado el hombre como primate o más precisamente como mono en condición fetal; la solución es semejante a un órgano artificial: nos completamos por obra y gracia de la cultura. A pesar de su vaguedad, aquello que podemos reconocer como lo más sugestivo de la idea de cultura, es que su aura, su prestigio, es tan evidente que no necesita de exactitudes representativas.

Luis Villoro en su libro Estado plural, pluralidad de culturas define a la identidad cultural como «una representación intersubjetiva, compartida por una mayoría de los miembros de un pueblo, que constituirían un sí mismo colectivo. Más adelante continúa sobre el tema de la identidad explicando: Los individuos están inmersos en una realidad social, su desarrollo personal no puede disociarse del intercambio con ella, su personalidad se va forjando en su participación, en las creencias, actitudes, comportamientos de los grupos a los que pertenece. Esa realidad colectiva consiste en un modo de sentir, comprender y actuar en el mundo y en formas de vida compartidas, que se expresan en instituciones, comportamientos regulados; en suma en lo que entendemos por una cultura. El problema de identidad de los pueblos remite a su cultura. »

Ahora bien, si tomamos como análisis el fenómeno de reorganización cultural que se comenzó a originar con el proceso de globalización, nos encontraremos que existen efectos o fuerzas opuestas. Estas fuerzas son llamadas integrativas y desintegrativas, según se trate de la homogeneización y la fragmentación cultural respectivamente. Ambas fuerzas están sistemáticamente aniquilando las identidades culturales; las primeras por medio de la generalización del ser humano y las segundas por la omisión de su historicidad.

Es de suma necesidad reformular el concepto homogeneizante del modelo neoliberal de globalización para frenar este proceso de destrucción de las identidades culturales. La globalización de la cultura también conocida como civilización globalizada o aldea global deja de lado las tradiciones culturales, el folclore, las culturas autóctonas para producir, según conceptos de Nestor García Canclini, «un ensamble multicultural» que, a mi criterio, logra solamente una aniquilación de lo característico y costumbrista de cada región. En otras palabras, equivocando la noción de globalización nos acercamos al exterminio de la verdadera esencia del ser humano; esencia que no es más que la diversidad y la diferenciación de cada hombre y mujer sobre la tierra.

Pero no nos olvidemos que el ocaso de los imperios fue producto, en muchos casos, de la imposición de una uniformidad de identidades y la estúpida hegemonía de pensamientos sobre los pueblos conquistados. Los mandatarios de las grandes potencias mundiales deberían tener en cuenta que toda acción puede provocar reacciones que, según lo demostró en varias ocasiones la historia de la humanidad, es de igual o mayor trascendencia que el hecho que las generó.

Quizá sea una utopía (y en todo caso esta utopía será un regalo para los lectores de estas páginas) pero es mi anhelo que los países desarrollados no sigan convirtiendo el proceso de globalización en la privación de la identidad de aquellas culturas que les son desconocidas.

III. Sombras, nada más

El sociólogo francés Pierre Bourdieu en su libro Language and Simbolic Power nos dice que dentro de cada sociedad siempre podemos hallar un conjunto de personas que se adjudican el dominio y la potestad de la palabra en referencia a determinados temas imponiéndose al discurso de los demás grupos de individuos. En esta práctica coinciden tanto el anhelo de manipular monopólicamente un campo de producción cultural, así como el logro de la legitimación a los portadores de ese saber simbólico a través del consenso entre el resto de la sociedad.

Desde una perspectiva foucaultiana podemos decir que las prácticas sociales generan poder y para comprender los hechos, sucesos y situaciones que se producen en una sociedad en un tiempo determinado debemos analizar las relaciones de poder, generadores de producción de nuevos dominios de saber o verdad. A su vez estos saberes originan formas enteramente nuevas de sujetos y sujetos de conocimiento.

Ahora bien, aquellos que detentan el poder a través de discursos dominantes en las diversas comunidades latinoamericanas han sido legitimados por todos nosotros, es decir el pueblo. El poder según Michel Foucault es ascendente, no se posee, se ejerce. El poder crea verdad, y esa verdad que hemos conocido durante tantas décadas al parecer ha comenzado a ser seriamente cuestionada. Para ejemplificar sólo daré dos casos particulares. La caída del gobierno en Venezuela que luego de varias negociaciones y concesiones con militares y empresarios resucitó al tercer día, cual nuevo Mesías Tercermundista. Y la vergonzosa sucesión de incapaces e ineptos presidentes en Argentina.

No es mi deseo comparar ambos casos, tienen razones y justificaciones por demás diferentes; concisamente considero que existe un tópico en común que es la falta de legitimidad de las clases dirigentes de toda Latinoamérica producida por el desmoronamiento de aquellas verdades impuestas desde el norte del continente. Esas verdades –historias y versiones oficiales– ya no conforman, ya no alimentan esperanzas; en palabras de Bourdieu, ya no pueden «manipular el campo». Comienzan a generarse nuevas prácticas sociales y los portadores, hasta entonces legitimados, del saber simbólico no pueden seguir imponiendo su discurso.

Cuando la brecha entre el pueblo y sus gobernantes se hace inconmensurable, cuando más de la mitad de la población vive bajo la línea de pobreza, cuando las dos terceras partes de los niños están destinados al hambre, la miseria y la indigencia entonces no existe verdad o legitimación que se sostenga.

Sólo quedan sombras de esas verdades, espectros de esos gobiernos alguna vez legitimados por el pueblo. Sólo queda un vacío de poder tan desmesurado como la innegable carencia de futuro que tienen millones de niños latinoamericanos.

IV. Cárceles virtuales para el tercer milenio

Por fin ingresamos al tan mentado tercer milenio. Y en qué condiciones hemos llegado hasta aquí. Durante las últimas décadas nuestros cerebros han absorbido una ilimitada cantidad de información, nuevos desarrollos tecnológicos y modernos universos virtuales donde la velocidad en la transferencia de datos llega, en muchos casos, a sobrepasar nuestra propia capacidad de asimilación.

La tecnología ha irrumpido en la sociedad, ha ocupado cada una de las zonas que estaban libres en nuestra forma de vida y ha modificado nuestra manera de pensar y actuar frente a la gran mayoría de nuestros hechos cotidianos. Este nuevo milenio nos permite a través de Internet acelerar muchos de los procesos y medios de comunicación. Podemos acceder a la información necesaria sin importar de que rincón del mundo provenga. Simplemente no existen fronteras, y en esta ausencia es donde nos permitimos crecer culturalmente, convivir con ideologías antagónicas, con distintos modos de pensar y sentir; y por sobre todas las cosas nos permitimos conocer. Esta ausencia de fronteras nos concede el privilegio de acortar distancias y conocer aquellas identidades culturales que creíamos tan alejadas; y de esta nueva experiencia, en este nuevo cibermundo podemos acelerar los procesos de regionalización y crear una sociedad cosmopolita.

En lo que respecta al ser humano, a cada uno de nosotros interiormente nos concede la posibilidad de crecer, extender y desarrollar nuestros conocimientos y creatividad, ya que estamos en contacto con regiones del planeta, a las cuales sería muy difícil acceder de otra manera. Nos permite convertirnos en ciudadanos del mundo, dejando de lado aquel arcaico y equivocado sentido de pertenencia que nos inculcaron los gobiernos populistas y paternalistas: el ser nacionalista, el cual a desarrollado la cultura de la guerra y la xenofobia.

Pero esta ausencia de fronteras, que tanto se busca para crear zonas de libre tránsito y comercio entre países de una misma región, no ilusiona en todos los aspectos a los gobiernos. Esta desaparición de los límites entre las naciones que proclama cada político en su campaña electoral no es otra cosa que una forma encubierta del imperialismo. Porque cuando esta regionalización abarca otros aspectos más allá de los intereses económicos-financieros, cuando incluye el intercambio cultural y el crecimiento intelectual y creativo de los pueblos y las sociedades, entonces incomoda a los gobernantes. Es por ello que prefieren controlar hasta el más mínimo intercambio de información dentro de sus fronteras en pos de la identidad cultural de la Nación y es muy probable que de seguir con esta política de territorialidad en la red de redes, que ya han comenzado Francia y Alemania, donde cada gobierno decide como y cuando protege a sus ciudadanos, logren convertir la revolución tecnológica del último siglo en un nuevo método de censura y autoritarismo.

Si continúa y se extiende a todo el planeta esta nueva práctica que limita las libertades civiles en Internet y los gobiernos deciden por sus pueblos que sitios deben estar bloqueados y a cuales se les permite el acceso, entonces quedaremos encerrados en cárceles virtuales, en donde los cibergrilletes nos opriman definitivamente el cerebro y estaremos ante un nuevo método de violación de los derechos humanos.

V. Digitalización de la cultura

Hace unos días estuve leyendo una serie de artículos y textos del escritor uruguayo Eduardo Galeano compilados en una antología que lleva por título Apuntes para el fin de siglo. En uno de aquellos textos, publicado anteriormente en el libro Nosotros decimos no, el autor escribe: «la palabra tiene sentido para quienes queremos celebrar y compartir la certidumbre de que la condición humana no es una cloaca. Buscamos interlocutores, no admiradores; ofrecemos diálogo, no espectáculo». Al leer estas líneas me fue imposible evitar una serie consideraciones relacionadas con las redes de comunicación y el papel que nos toca cumplir a quienes estamos al frente de algún medio digital.

Desde que Internet comenzó a expandirse y popularizarse han cambiado las formas de comunicación y se han acelerado los flujos de información. Una de las diferencias más grandes que existe entre los medios tradicionales y la red de redes es que, esta última, invita desde su concepción a un verdadero intercambio de recursos, «busca interlocutores y ofrece diálogo». A través de este medio se permite una completa participación tanto de los autores como de sus lectores.

Internet nos otorga una infinita cantidad de beneficios, favorece la edición, difusión y comunicación de temas que en los medios tradicionales están marginados, para tomar un ejemplo, es el caso de las revistas culturales de edición electrónica. Sería imposible generar espacios de cultura como los que se producen on line, ya que en el mundo real los costos son mucho mayores y los intereses de los sectores económicos y de poder son mínimos cuando se trata de publicaciones artísticas y culturales.

Las publicaciones culturales generalmente se ven relegadas y desplazadas de sus lugares originarios de venta o distribución ya que apenas son una minoría quienes las respaldan. Existe mucho material para publicar que merece llegar a manos de la gente pero no se puede lograr por falta de medios. En la red es posible tener acceso a estos espacios y por sobre todo participar e intercambiar ideas logrando un contacto directo con autores y artistas. Pero estas mismas fortalezas y beneficios que nos otorgan las redes de comunicación ayudan a que encontremos todo tipo de calidad en el material que existe on line. Es por ello que deben realizarse sitios orientados a la excelencia, marcando una clara diferencia con aquellos que privilegian el contenido chatarra.

En esta realidad es que las publicaciones on line deben cumplir la misión que les corresponde dentro de la sociedad como medios de difusión hacia una grupo minoritario que día a día va ampliándose favorecida por la expansión de las redes de comunicación, y principalmente como verdaderos elementos disparadores del conocimiento.

No olvidemos que estos espacios de arte y cultura cumplen un rol importante como sitio de encuentro, intercambio de ideas y generación de proyectos, lo cual representa esencialmente el concepto del tiempo presente, genuina imagen de la práctica social.

Al parecer el único lugar de expansión que queda para las expresiones artísticas y culturales en este nuevo milenio es tan sólo la red, ¿acaso estaremos viviendo -con todo lo positivo y negativo que ello implica- una nueva era: la digitalización de la cultura? Cualquiera sea la respuesta recordemos las palabras de Galeano y «ofrezcamos diálogo, no espectáculo.»

VI. Puertas hacia el caos creativo

A partir del siglo XIX, y hasta la actualidad, el término cultura, en su más amplio significado, se ha ido componiendo de complejos y variados elementos íntimamente relacionados a los comportamientos sociales de los hombres. El concepto de cultura ha sufrido procesos caóticos y desorganizados, reuniendo componentes de diversas dimensiones y en algunos casos objetos y elementos absolutamente opuestos.

Con esto no quiero decir que la anarquía de conceptos no sea beneficiosa para las distintas expresiones artísticas y culturales, sin embargo durante estos procesos heterogéneos que transformaron y alimentaron a la cultura en los últimos 150 años, varios gobiernos y estados nacionales - por no decir todos ellos - se valieron de este caos para utilizarlo en su propio beneficio y despojar a los pueblos del derecho a una educación digna. Simplemente las elites gobernantes y económicas se distribuyen cantidades determinadas de "cultura" excluyendo por completo a los pueblos.

Pero esta cultura selecta no permite en ningún aspecto un verdadero progreso, un desarrollo de fondo que logre un real crecimiento espiritual e intelectual del individuo y por ende de las sociedades. El desarrollo que nos han impuesto es esencialmente tecnológico y, por supuesto, está reservado exclusivamente a esas elites. Las nuevas tecnologías electrónicas nos facilitan el intercambio de las distintas disciplinas y escuelas de pensamiento, pero cada vez más restringen a la gran masa de individuos que no tiene acceso a estos medios. Los grandes capitales multinacionales controlan el desarrollo y la difusión de las expresiones artísticas y culturales. Estos selectos grupos determinan la producción y la distribución de información; deciden quiénes son merecedores de alimentar su espíritu e intelecto y quiénes no.

No pretendo el aniquilamiento de esa masa caótica que es la cultura ni de sus elementos componentes. Deseo mayor caos creativo, anarquía de expresiones: lo único que anhelo es compartir la cultura con todos los individuos, que la sociedad en su conjunto goce de un real acceso a ella y, entonces sí, que cada uno sea libre de decidir que parte de aquella gran masa heterogénea lo beneficiará.

Pretendo que todos encontremos las puertas abiertas hacia el desorden laberíntico del conocimiento y, entonces podamos elegir, en igualdad de condiciones, que camino tomar.

VII. Sin dignidad no hay humanidad ni cultura

Se cree que en los últimos cinco años se han practicado mutilaciones genitales a más de 130 millones de niñas y pre-adolescentes, tanto en Africa como en Europa. En algunas de estas naciones el clítoris de la niña se machaca entre dos piedras, en Egipto se realiza el cercenamiento con bisturí en el quirófano. En Somalia se realizan ablaciones de clítoris al 98% de las mujeres. En España, las familias inmigrantes de origen africano realizan estas ablaciones en la clandestinidad poniendo la vida de sus niñas en constante riesgo.

La presión de cientos de años sobre las mujeres hace que éstas perpetúen la práctica y el silencio social sobre ella. Tanto en el Primer Mundo como en los países en desarrollo el debate sobre estas prácticas se ha tornado complejo, ningún gobierno quiere sobrepasar los límites culturales. Pero debemos tomar en cuenta que estos límites jamás debieran atentar contra los derechos humanos. La defensa del multiculturalismo no representa el abandono de los principios éticos universales.

Estas aberraciones inhumanas que agreden la integridad física y las condiciones elementales de desarrollo de la dignidad de los menores de edad se fundamentan en costumbres ancestrales asociadas con prejuicios religiosos. Es inminente que se pongan límites a este tipo de singularidades culturales que violan en nombre de la tradición los derechos humanos.

Durante la historia de la humanidad han existido infinidad de concepciones del vocablo cultura y sea cual fuere el concepto que se tome, jamás puede incluir prácticas que agredan al ser humano. El antropólogo Clifford Geertz en su libro La interpretación de las culturas, desarrolla una concepción sintética de cultura, es decir que los factores biológicos, psicológicos, sociológicos y culturales se tratan como variables dentro de un mismo sistema (el ser humano). Esta concepción está basada en la noción de que la cultura «no es sólo un ornamento de la existencia humana, sino que es una condición esencial de ella». Más adelante explica que el desarrollo físico y la evolución cultural fueron simultáneos, que los cambios biológicos más importantes se produjeron en el cerebro y en el sistema nervioso central y, por último, que el ser humano «es un animal incompleto, un animal inconcluso». De estas afirmaciones se desprende que «sin hombres no hay cultura por cierto, pero igualmente, y esto es más significativo, sin cultura no hay hombres».

Si la cultura es una «condición esencial» de la naturaleza del hombre, entonces las costumbres y factores culturales deben preservar la integridad humana. Los derechos humanos deben estar por encima de la tolerancia y del multiculturalismo.

Justificar las mutilaciones genitales como práctica singular de una cultura es una de las mayores violaciones a los derechos de los menores de edad. De esta manera se los priva de su integridad física y psíquica y, por sobre todas las cosas, se los despoja de su dignidad.

Como escribió Geertz, «sin cultura no hay hombres»; pero podemos completar esta expresión afirmando que sin dignidad no hay humanidad ni cultura.

VIII. El eterno retorno

El Corán dice que la muerte de un inocente es la muerte de toda la humanidad. Entonces, ¿cuántas humanidades hemos aniquilado y cuántas más exterminaremos? De modo inexorable reiteramos, como individuos y como sociedad, los actos más aberrantes y al parecer estamos dispuestos a regresar eternamente para confirmar que los ciclos de nuestra historia son similares. Alguna vez, Jorge Luis Borges escribió en El otro, el mismo:

Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:

Los astros y los hombres vuelven cíclicamente;

Los átomos fatales repetirán la urgente

Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

Repetimos la historia eternamente: se han sucedido civilizaciones enteras y absolutamente todas han desaparecido por el mismo motivo. Todas han tenido un protagonista excluyente. Todos y cada uno de nosotros somos Abel y Caín, víctima y victimario. Somos nuestro propio verdugo. El Bien y el Mal utilizan invariablemente idénticos procedimientos y casualmente los que mueren son inocentes, son los pueblos, las familias, aquellos que no pueden defenderse. ¿Acaso no existen fundamentalistas y extremistas en ambos bandos?

Tan sólo unos días luego del atentado al World Trade Center, el filósofo Gustavo Bueno escribió: «Con seis mil millones de hombres sobre la Tierra, enfrentados entre sí porque no existe ninguna Humanidad como fundamento armónico de la convivencia, el diálogo, como remedio, es imposible, y esto es un secreto a voces. Quienes buscan mantener el orden global, que a fin de cuentas es el único que hoy existe, o quienes buscan sustituirlo por otro, saben muy bien que tienen que contar con la guerra». Dicen que nuestra existencia es un eterno retorno. Los hindúes consideraban al tiempo de manera circular. Lo imaginaron Pitágoras y Poe pasando por Mircea Eliade, Deleuze, Francis Bacon, y hasta lo esbozó Nietzsche en su Zaratustra. El eterno retorno sugiere una segmentada eternidad, la repetición infinita de invariables cifras singulares sin discrepancia de los individuos.

El 29 de septiembre de 2001 miles de inocentes murieron por un atentado terrorista en Nueva York y otras tantas decenas de miles mueren cada día por hambre en todo el mundo. No es la primera vez y lamentablemente no será la última: El anhelo que poseen los fanáticos extremistas por destruir la historia de la humanidad, nuestra historia, se reitera incesantemente.

Eterno Retorno. Solamente tengo preguntas que giran en mi mente y comparto una con Uds.: ¿Cuántas humanidades hemos aniquilado y cuántas más exterminaremos?

IX. Hombres de carne y hueso

La primera vez que leí a Miguel de Unamuno tenía 17 años. Estaba finalizando el colegio secundario y luego de una clase de filosofía llegó a mis manos Del sentimiento trágico de la vida. Recuerdo que la lectura de este libro me llevó dos noches, pero recién con varios años y largas vigilias con títulos como La agonía del cristianismo o Mi religión y otros ensayos breves logré comprender parte de la evolución de sus razonamientos. Debo reconocer que no es Unamuno precisamente un autor que haya ejercido una excesiva influencia sobre mí; en realidad aquello que más rescato de su obra es la desmitificación que hace de los filósofos y su creencia en la irreconciliabilidad entre la vida y el pensamiento.

Hace unas semanas comencé a releer Del sentimiento trágico de la vida y me encontré con una afirmación que no recordaba de mis lecturas pasadas, seguramente porque no tiene mayor trascendencia en la vasta obra de este escritor español. En el primer capítulo del libro Unamuno nos dice «jamás me entregaré de buen grado, y otorgándole mi confianza, a conductor alguno de pueblos que no esté penetrado de que, al conducir un pueblo, conduce hombres, hombres de carne y hueso, hombres que nacen, sufren, y aunque no quieran morir, mueren; hombres que son fines en sí mismos, no sólo medios. »

El texto que cito fue escrito hace ochenta y siete años y, al parecer, no he sido el único que ha omitido este pensamiento, ya que si nos detenemos tan sólo un breve instante a reconstruir mentalmente la historia del último siglo podemos notar cuantas veces nos hemos equivocado en todo el continente, al menos en aquellas regiones de habla hispana y portuguesa. En todas las naciones latinoamericanas quienes detentan el poder son gobernantes que rinden pleitesía a los grandes poderes económicos aplicando a diestra y siniestra las instrucciones del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, sin siquiera interesarse en el presente y futuro de sus pueblos. Pueblos que están constituidos en su totalidad por «hombres de carne y hueso. »

¿Acaso en los distintos gobiernos de facto que hemos sufrido durante el siglo veinte, en algún momento se han privilegiado los derechos humanos? Y además pregunto, en las actuales democracias, ¿hasta qué punto se está dando una real protección a los ciudadanos? Que el gobierno despoje a sus habitantes de dignidad, por falta de trabajo, alimento y educación, ¿no es otra forma de violencia?

Tomemos el ejemplo del Plan Colombia, sobre este tema el periodista Jorge Elías de la redacción del Diario La Nación escribió: «no hay gobierno latinoamericano que vea con buenos ojos el Plan Colombia, más allá de los respaldos de cortesía que ha cosechado. Ni hay gobierno latinoamericano que no especule con la posibilidad de que el país se convierta en otro Vietnam (con la victoria, por fin, de los Estados Unidos). Pero, mientras tanto, prefieren no meterse». Es verdad que «la intervención en los asuntos de otro país es una intromisión», pero no llegará la solución otorgando plenas facultades de mando a los Estados Unidos y la Unión Europea sobre las vidas de los latinoamericanos. En determinadas situaciones como las que se viven en Colombia, donde la gravedad de los conflictos pueden involucrar a varias naciones del hemisferio, los gobiernos vecinos –y cuando digo vecinos hablo de Latinoamérica íntegra- deberían involucrarse proponiendo planes alternos para preservar la paz en la región. Se necesitan mandatarios que no sigan sacrificando generaciones para obedecer a las grandes potencias, y que de una vez por todas garanticen el bienestar de sus habitantes.

Si no quieren entender los conflictos regionales, si no poseen el valor para sugerir verdaderas soluciones a los procesos de paz, si miran hacia otros continentes desentendiéndose de las graves dificultades de Latinoamérica entonces están permitiendo por enésima vez que se violen los derechos humanos. Están eludiendo la responsabilidad de conducir «hombres de carne y hueso». Y esta es una de los formas más cobarde de violencia que puede ejercer un gobierno.

X. El comercio de la infancia

A mediados de marzo estuve leyendo una antología del poeta hindú Rabindranath Tagore, quien recibió en 1913 el Premio Nobel de Literatura. Hoy, luego de seguir la escasa información que los medios de comunicación argentinos han dado sobre el barco de bandera nigeriana que supuestamente transportaba a 250 niños esclavos, recordé un poema de aquella lectura:

¿Sabe alguien de dónde viene el sueño que pasa, volando, por los ojos del niño?
Sí. Dicen que mora en la aldea de las hadas;
que por la sombra de una floresta vagamente alumbrada de luciérnagas,
cuelgan dos tímidos capullos de encanto,
de donde viene el sueño a besar los ojos del niño.
¿Sabe alguien de dónde viene la sonrisa que revuela por los labios del niño dormido?
Sí. Cuentan que, en el ensueño de una mañana de otoño,
fresca de rocío, el pálido rayo primero de la luna nueva,
dorando el borde de una nube que se iba,
hizo la sonrisa que vaga en los labios del niño dormido.
¿Sabe alguien en dónde estuvo escondida tanto tiempo la dulce y suave frescura que florece en las carnecitas del niño?
Sí. Cuando la madre era joven,
empapaba su corazón de un tierno y misterioso silencio de amor,
la dulce y suave frescura que ha florecido en las carnecitas del niño.

UNICEF estima que tan sólo en Africa oriental y central existen unos doscientos mil niños víctimas del tráfico de menores. Los chicos son vendidos por sus padres a los traficantes, quienes luego los colocan como sirvientes o trabajadores en plantaciones de cacao y café donde son explotados o violados. Pero no sólo en Africa existe la explotación de menores, en todos los continentes nos encontramos con niños vendiendo en las calles, trabajando en condiciones infrahumanas en granjas, fábricas y barcos pesqueros, o en redes de explotación sexual.

Lamentablemente los gobiernos no se preocupan en tomar medidas adecuadas para eliminar el tráfico y la explotación de menores. Las iluminadas mentes líderes de los países desarrollados y el séquito de súbditos conformado por los mandatarios de las naciones tercermundistas se limitan sólo a denunciar el hacinamiento de la población en determinadas áreas, explicando que estas aglomeraciones demográficas originan pobreza y marginación: causas esenciales para el incremento del crimen, la prostitución y el trabajo infantil.

Eduardo Galeano escribió en su libro Úselo y tírelo (1994): «Cada vez son más los niños marginados que, según sospechan ciertos expertos, nacen con tendencia al crimen y la prostitución. Ellos integran el sector más peligroso de los excedentes de población. El niño como amenaza pública, la conducta antisocial del menor de América, es el tema recurrente de los Congresos Panamericanos del Niño desde 1963». En lugar de pasarse décadas debatiendo y elaborando respuestas que sólo promueven cambios de forma, los gobiernos tienen la responsabilidad y obligación de encontrar verdaderas soluciones estructurales y de fondo para combatir la explotación de menores.

Solamente promoviendo la cultura, desarrollando la educación, elaborando leyes contra el trabajo infantil, podremos darle a las familias aquellas herramientas que les permitan tomar sus propias decisiones. Entonces, acaso, logremos un mundo en el cual nos volvamos a preguntar al igual que Rabindranath Tagore: «¿Sabe alguien de dónde viene la sonrisa que revuela por los labios del niño dormido?»

 


Fabrizio Volpe Prignano

(*) Fabrizio Volpe Prignano es poeta, escritor y periodista argentino. Tiene estudios universitarios en Economía en la Universidad Nacional de Mar del Plata y Comercio Internacional en la UADE (Universidad Argentina de la Empresa).

Es Director de la revista de arte y cultura Enfocarte (www.enfocarte.com), Coordinador Editorial Adjunto de API (Asociación de Periodistas de Internet) y miembro de Periodistas Frente a la Corrupción.

Actualmente se encuentra trabajando en un libro de ensayos sobre cultura y globalización, y en próximamente publicará su libro de poesías titulado Crucifixión.

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