Número 3 / Mayo - Agosto 2002
Debate


Sociedad, ciencia, tecnología e innovación: a propósito de la contribución de Renato Dagnino.


Jorge Núñez Jover
Coordinador de la Cátedra CTS + I de la Universidad de La Habana.


Bienvenidas las reflexiones y propuestas que Renato Dagnino ha colocado en su "La relação pesquisa - produção: em busca de un enfoque alternativo". La importancia del tema y el valor de su contribución me motivan a escribir estos comentarios.

Comparto la critica social que subyace a este documento. El autor aprecia que la dinámica actual del desarrollo científico y tecnológico, sus prioridades y orientaciones, no se dirigen a la satisfacción de las necesidades humanas básicas de las mayorías; al contrario, satisface cada vez más las exigencias de las capas enriquecidas de los países más ricos. Esta apreciación no sólo es válida para la mayoría pobre de Brasil, sino que es extensiva a la población mundial. No es de extrañar que eso ocurra si consideramos la extrema concentración de la capacidad científica y tecnológica mundial en un reducido grupo de países y un centenar de corporaciones y su orientación preferente al mercado de los consumidores solventes.

Dagnino nos muestra convincentemente cómo la distribución de renta y el costo de los productos tecnológicos descalifican las visiones optimistas sobre el acceso de las mayorías a los avances tecnológicos como un proceso más o menos natural.

La globalización capitalista en marcha, calificada por Chomsky como "mercantilismo de las corporaciones", no se orienta en lo absoluto a lo que pudiéramos llamar "justicia social mundial". Las prioridades tecnocientificas son parte de esa dinámica excluyente, bastante alejada de los propósitos de un desarrollo sustentable. Aún la tímida Declaración de Johanesburgo reconoce los efectos perversos de la globalización.

Cada vez más la ciencia y la tecnología aparecen asociadas a los grandes dilemas mundiales, desplazando aquella visión que las asume neutrales y siempre benefactoras.

La primera conferencia mundial sobre la ciencia para el siglo XXI, pese a sus limitaciones, expresó preocupación por el uso democrático de la ciencia y su distribución asimétrica.

El informe sobre el desarrollo humano (2001) de la ONU insistió en la centralidad de la tecnología en los procesos de desarrollo. A propósito de este informe Mark Malloch Brown, Administrador General del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), ha mencionado que en Europa y Estados Unidos hay un amplio prejuicio contra el uso de las nuevas tecnologías en los países en desarrollo lo que podría conducir a profundizar la división entre el norte rico y el sur empobrecido.

Un hecho reciente vinculado con Cuba parece ratificar esa percepción. Funcionarios de la administración norteamericana expresaron públicamente meses atrás su preocupación por los avances biotecnológicos cubanos y su supuesta utilización con el fin de producir armas biológicas. Pareciera que sólo se atribuye a las grandes potencias la capacidad científica y la rectitud moral para el desarrollo biotecnológico . Que la biotecnología cubana avanza mucho es cierto, en cambio, la afirmación relativa a las armas biológicas carecía de todo fundamento como lo reconoció el expresidente James Carter.

La propia ONU (1999) ha criticado las agendas de investigación que colocan los productos cosméticos innecesarios por encima de los cultivos resistentes a la sequía o la vacuna contra la malaria.

Ha tenido gran resonancia mundial el tema de las patentes de los medicamentos que combaten el SIDA y el enfrentamiento de países como Brasil y Sur África con las transnacionales a propósito de ese asunto. Un analista como Winner (2001) ha dicho que la filosofía pública de los centros de producción de alta tecnología es la "fiebre del oro". Khrishna (1999) ha sugerido que al "nuevo contrato social entre ciencia y sociedad" debe contrarrestar los "aspectos hegemónicos y violentos de la ciencia y la tecnología". A su juicio la primera condición para ello sería romper el monopolio de las decisiones que hoy detentan las élites científicas y políticas e intereses privados corporativos.

Según creo, estas preocupaciones, de clara naturaleza ética, deben ocupar un espacio relevante en los Estudios CTS, al menos desde la perspectiva del Sur.

El discurso de Dagnino traduce esas preocupaciones políticas, éticas y sociales al campo de los "estudios de análisis de política" para arrojar luz sobre modelos alternativos de política científica y tecnológica (PCT). Para ello se sitúa en una perspectiva constructivista que asume las trayectorias tecnocientificas como resultado de intereses económicos, políticos, entre otros. Esta visión es utilizada por Dagnino no para mostrar la evolución de una tecnología particular como suelen hacerlo los estudios clásicos sobre esos temas, sino para examinar el "caso" Brasil.

Como se sabe Brasil es un país con una comunidad científica relativamente amplia, de cierta visibilidad internacional, que trabaja preferentemente en universidades e institutos públicos de indudable capacidad investigativa. Como suele ocurrir en América Latina, mucha de esa investigación se vincula a los estudios de posgrado. Debido fundamentalmente a los obstáculos estructurales" (derivados del modelo socioeconómico) que Dagnino describe, existe un divorcio acentuado entre la investigación y producción y las agendas de investigación no atienden las necesidades de la mayoría de la población. Más bien la investigación que se realiza sirve para legitimar a la comunidad de investigación ante si misma y sus pares internacionales. La producción local de conocimiento, según Dagnino, no se orienta a ofrecer a la mayoría de la población "bienes" y servicios más efectivos y baratos". Para ello haría falta una "dinámica de exploración de la frontera científica y tecnológica" distintiva a la hegemónica.

El diagnóstico sobre los obstáculos estructurales es convincente y en cierto sentido resume lo que venía discutiéndose en los trabajos de los autores pioneros del pensamiento Latinoamericano en CTS: Oscar Varsavsky, Amilcar Herrera, Jorge Sábato, entre otros.

El análisis de Dagnino, sin embargo, se orienta preferentemente a los "obstáculos institucionales", principalmente la racionalidad dominante en la PCT y los actores que tienen un peso mayor en su definición: la comunidad científica. Esos obstáculos agravan la disfuncionalidad del complejo de educación superior e investigación pública.

Más allá del diagnóstico, Dagnino presenta alternativas. Ellos se basan en algunos supuestos.

  1. Los obstáculos estructurales, en particular el modelo de PCT, es relativamente autónomo respecto al modelo socioeconómico. A pesar de éste,
  2. La comunidad de investigación, actor central de la PCT, puede generar cambios en la orientación de la investigación, incorporando otras prioridades.
  3. Las nuevas prioridades son esenciales en un escenario de "democratización económica" donde los intereses de las capas más pobres sean atendidos.

Veamos esto un poco más detenidamente.

El primer supuesto es legítimo sólo hasta cierto punto. Es verdad que el modelo de PCT puede modificarse sin variar el modelo socioeconómico (Venezuela por ejemplo lo ha intentado con su modelo de "ciencia y tecnología para la gente"). Pero recordando a Amilcar Herrera y su clásica distinción entre política explicita e implícita, es probable que la primera sea más fácilmente modificable que la segunda. Nuevas trayectorias tecnocientificas requerirán otro financiamiento, en particular financiamientos públicos. El Estado tendría que comportarse como traductor de los intereses de la mayoría de la población para, a la vez que alienta la democratización económica, procura satisfacer sus demandas con ciencia y tecnología socialmente orientadas.

La pregunta es si el Estado quiere y puede hacer esto. Es difícil imaginar a la actual "burguesía rentista" como le llama Dagnino y a Estados cautivos de las corporaciones y las instituciones globales tomando decisiones que favorezcan la democracia económica. Es verdad que esta es imprescindible o la anomia, la violencia y la ingobernabilidad crecerán. Pero ya eso es otra cosa.

Esto me hace pensar que al menos algunos cambios políticos habrá que introducir para que la democracia económica se convierta en un proyecto real.

Sin embargo, lo de la autonomía relativa de la PCT es cierto en otro sentido: es posible que los cambios políticos y socioeconómicos no generen necesariamente una PCT del tipo que Dagnino sugiere. Hay muchos obstáculos. Uno de ellos es la cultura científica dominante, en particular una concepción de la "calidad de la investigación" que coloca a las comunidades locales en relación de subordinación respecto a los criterios de calidad y prioridades que dominan en los países centrales y por ello en la "transnacional de la ciencia". Hay que construir otro ethos y otros criterios de calidad para reorientar las trayectorias científicas en la periferia.

Por eso creo que Dagnino dirige su mensaje principalmente a esa comunidad que ha importado un ethos y un concepto de calidad disfuncional respecto a la necesidad de producir ciencia relevante para perfiles alternativos de consumo. La idea de Dagnino parece coincidir con el llamado "modo2" de producción de conocimiento que Gibbons y otros autores han detallado. En el "nuevo modo de producción de conocimientos" una de las novedades consiste justamente en introducir nuevos criterios de calidad. La relevancia social puede ser uno de ellos.

También es verdad que la idea según la cual la investigación de calidad -en el sentido dominante hoy- conduce en uno u otro plazo al desarrollo, la riqueza y el bienestar, permanece muy firme, sobre todo en las comunidades académicas.

Por ello el trabajo de Dagnino es importante: rechaza ese sentido común del asunto y muestra el nexo entre tejido de relaciones (con sus actores e intereses)- campos de relevancia- criterios de calidad, evidenciando el mecanismo real que explica las actuales prioridades y el concepto de calidad que los acompaña.

Si la educación científica y tecnológica asimilara tales enfoques, deberían esperarse avances, al menos en la conciencia del asunto. Ellos servirían de critica al cientificismo y el tecnoeconomicismo, ideologías de la ciencia preferentes en el ámbito Latinoamericano.

El "modelo ofertista" aún necesita de más critica y presentación de alternativas. También lo necesita el modelo más reciente que privilegia la gestión tecnológica y la innovación, mientras evade el debate auténticamente político sobre ciencia y tecnología y sustituye el objetivo de crear una base científica y tecnológica nacional por el énfasis en la innovación, la rentabilidad, la ganancia y las "ventanas de oportunidad".

Por ello me parece bien el objetivo de Dagnino: desmontar el credo habitual sobre la PCT apoyado en la cadena lineal de innovación y el supuesto de un camino único e inexorable al desarrollo, mostrar que son posibles las alternativas y prefigurar un camino.

Afirmando el valor de estas indagaciones opino que las estrategias alternativas sólo serán debidamente respaldadas en presencia de la democratización económica postulada y los cambios políticos que la hagan posible.

La razón es que la innovación tecnológica no es un acto neutro, carente de valores, sino un proceso social conectado a intereses, valores, prioridades; en otros términos y sintetizando mucho: la innovación tecnológica debe conectar con la innovación social. Al discutir sobre innovación tecnológica, hay que debatir sobre el escenario social deseado.

Hay otro punto del argumento de Dagnino que merece comentarse. Creo que no bastará con reorientar las trayectorias tecnocientificas hacia las necesidades de los pobres. Hay algo más. Existe suficiente evidencia empírica (Arocena y Sutz 2001), que muestra una conexión estrecha entre distribución de la riqueza e innovación tecnológica. La equidad no sólo es moralmente deseable, sino imprescindible para el proyecto de generar estrategias innovativas, de avanzar hacia "sistemas nacionales de innovación. En otras palabras, no es suficiente reorientar el trabajo de la élite científica hacia otras prioridades, un nuevo ethos y otro concepto de calidad en la investigación, es necesario ampliar el espectro de la población apta para participar en la innovación tecnológica y ello exige elevar su educación y calidad de vida.

Es probable que Dagnino no destaque esto porque su discurso se orienta a la comunidad de investigación mostrándole cómo la vanguardia de la tecnociencia puede ser encontrada en otras fronteras. Pero en rigor, un replanteamiento de la PCT tiene que incluir la multiplicación de las capacidades sociales para generar y difundir la innovación tecnológica. Esta perspectiva permite dudar de la idea bozada por el autor de que no se trata de aprovechar el conocimiento creado por unos fines y en ciertos contextos, con otros fines, en otro contexto. Hay mucho conocimiento ya creado que puede ser utilizado para otros fines: producir fármacos más baratos, equipos de cómputo más accesibles, etc. y ese conocimiento es imprescindible para transferir, adaptar, evaluar, diseminar tecnologías. Todo ello es de la mayor importancia, aún para la comunidad de investigación. El conjunto de esa diversidad de estrategias epistémicos y técnicas caben muy bien en el propósito de avanzar hacia formas alternativas de construcción social del conocimiento que sugiere Dagnino.

Observación final: SCT mejor que CTS.

En resumen, me parece que la discusión que promueve Dagnino es fundamental. Necesitamos encontrar otras racionalidades posibles en materia de PCT y necesitamos promover otras representaciones del desarrollo científico y tecnológico que alienten otras estrategias educativas. Supongo que los estudios CTS nos pueden ayudar en ese esfuerzo. Pero ya sabemos que CTS es un campo diverso en los planos teórico, metodológico y aún ideológico. En América Latina y el Caribe necesitamos desarrollar una perspectiva CTS que nos permita comprender mejor los nexos ciencia, tecnología, innovación y desarrollo social. El eje central de esa discusión es el desarrollo social, siempre postergado. Para mi ese es el tema clave en una agenda CTS Latinoamericana. Por suerte hay una tradición Latinoamericana que anima este debate y autores como Dagnino que se esfuerzan por actualizarla.


Referencias bibliográficas.

Khrishna, (1999): "Del pueblo y para el pueblo". UNESCO.

Naciones Unidas (1999): Human Development Report, Nueva York, Oxford University Press.

Naciones Unidas (2001): Informe sobre el Desarrollo Humano, Mundi-Prensa, México.

Winner, L (2001): "Dos visiones de la civilización tecnológica", Ciencia, tecnología, sociedad y cultura en el cambio de siglo, Biblioteca Nueva/ oei, Madrid, 55-65

Arocena, R; Sutz, J (2001): "Desigualdad tecnológica e innovación en el desarrollo Latinoamericano", Iberoamérica I, I (2001), 29-49.


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