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El estudio de la Innovación desde el Sur y las
perspectivas de un Nuevo Desarrollo
Rodrigo Arocena y Judith Sutz1
Universidad de la República,
URUGUAY
Presentación
En América Latina, y probablemente también
en otras regiones de lo que antaño se denominaba el “Tercer
Mundo”, la problemática del Desarrollo está cobrando
actualidad. Relegada durante demasiado tiempo, vuelve a escena impulsada
por los fracasos de las políticas dominantes desde la década
de 1980 y, sobre todo, por las urgencias sociales y los reclamos ciudadanos
consiguientes. La labor académica debe colaborar, con tanta modestia
como tesón, a la búsqueda de alternativas mejores a las
hasta ahora ensayadas. Hace falta promover un gran debate. Como pequeña
contribución al mismo, sintetizamos apretadamente en las páginas
que siguen una línea de investigación que lleva a ciertas
sugerencias para un Nuevo Desarrollo2.
La innovación desde el Sur
La nueva centralidad del conocimiento ha alterado profundamente todas
las constelaciones del poder social. La consiguiente relevancia de los
procesos de aprendizaje e innovación ha trastocado en particular
la problemática del Subdesarrollo. Con todos sus méritos,
las concepciones predominantes en el pensamiento latinoamericano sobre
el Desarrollo desde los ’50 a los ’70 no prestaron suficiente
atención a las cuestiones involucradas en los cambios científicos
y tecnológicos. Sin desmedro de ello, se registraron algunas contribuciones
pioneras, poco atendidas en su momento, que conservan aún hoy notable
vigencia. Si las ideas por entonces prevalecientes no estuvieron a la
altura de los desafíos emergentes, menos lo estuvieron las prácticas:
en la crisis de los ’80 se desdibujó lo que cabe denominar
la concepción latinoamericana clásica del Desarrollo,
tanto en sus variantes “cepalinas” como en las “dependentistas”.
Sus contribuciones sustanciales fueron casi olvidadas durante los años
siguientes.
Orienta nuestro estudio de la Innovación desde el Sur la intención
de combinar la teorización de la innovación técnico-productiva,
tan ricamente elaborada en algunos ámbitos del Norte desde la década
de 1980, con el análisis de la especificidad de la “condición
periférica”, propósito este último plenamente
vigente de la concepción latinoamericana clásica del Desarrollo.
La idea es poner a prueba la validez, para el estudio
de la innovación “realmente existente” en nuestros
países, de ciertos elementos conceptuales –en particular
los que condujeron a la elaboración de la teoría de los
Sistemas de Innovación (SIs)3- y, a la inversa,
reconsiderar estos conceptos a la luz de tal estudio. Ese doble movimiento
muestra a nuestro juicio que: (I) la teoría de los SIs es una herramienta
conceptual muy útil para el estudio de los procesos sociales de
innovación en el Sur, o al menos en nuestro Sur latinoamericano;
(II) para dar cuenta de tales procesos, ciertos elementos de la teoría
en cuestión deben ser revisados y aún modificados sustancialmente;
(III) algunas de esas modificaciones son fundamentales también
para el estudio de la innovación en el Norte. No se trata pues
de trasladar la teoría desde el Norte, ni tan sólo de adaptarla
al Sur, sino de ponerla a prueba, aprovecharla y discutir con ella desde
el Sur.
La conceptualización de los procesos de innovación ha
tenido lugar a partir de estudios empíricos que, entre otros aspectos,
pusieron de manifiesto el carácter “sistémico”
de la innovación en el Norte. En ciertos casos, ese carácter
llega a expresarse en un conjunto relativamente estable e “institucionalizado”
de relaciones entre diversos organismos -empresas, agencias gubernamentales,
centros de investigación, bancos, entidades gremiales, etc.- que
constituyen así un “Sistema”, como el que Freeman (1987)
analizó en un memorable estudio sobre Japón que constituye
uno de los cimientos de la teoría de los SIs.
En el Sur no se puede dar por supuesto que la innovación tenga
carácter sistémico. Se realiza, por cierto, a través
de vínculos e interacciones entre actores diversos, pero unos y
otras suelen ser frágiles, episódicos y escasos. Los Sistemas
de Innovación son más potenciales que reales. Esto tiene
importancia teórica, pero sobre todo práctica: las políticas
para la innovación en el Subdesarrollo no pueden dar por sentado
que los “sistemas” existen y funcionan como tales.
Cuando se estudia la innovación “realmente existente”
en los países subdesarrollados quizás lo primero que impacta
es su carácter altamente informal, tanto en la actualidad
como en décadas anteriores. A tal punto esto es así que
la aplicación de las encuestas diseñadas en el Norte llevaría
a concluir que prácticamente la innovación no existe en
el Sur. Tal conclusión sería profundamente equivocada, tanto
si la referimos al presente como al pasado. Sin embargo, ha sido afirmada
por muchos, en particular por algunos críticos maniqueos de las
políticas prevalecientes durante la Industrialización por
Sustitución de Importaciones (ISI), pese a que ha sido sobradamente
demostrado que durante ese período hubo innovación en América
Latina (Katz, 1994).
La innovación en el Sur suele también ser intersticial,
en el sentido en el que Michael Mann (1986, 1993) concibe el surgimiento
de las nuevas relaciones de poder, aludiendo al análisis ofrecido
por Marx de la emergencia del capitalismo en los “poros” de
la sociedad feudal. En efecto, la innovación en América
Latina suele tener lugar en los márgenes de las principales relaciones
de poder económico, político y cultural, e incluso en contra
de ellas. Así, por ejemplo, la innovación técnico-productiva
(que aquí llamamos innovación, a secas, en aras a la brevedad)
ha sido severamente perjudicada en nuestra región por los niveles
prevalecientes de valoración cultural de la técnica y del
trabajo manual, muy inferiores a los que se registran en los países
cuyas experiencias históricas sirvieron de base para la elaboración
de la teoría de los SIs.
Pese a ello, un grado sustancial de innovación ha existido y
existe en América Latina. Los trabajos de Rede Sist lo han puesto
claramente de manifiesto en el caso de Brasil (Cassiolato y Lastres,
1999, 2000; Cassiolato, Lastres y Maciel, 2003). El análisis de
una serie de encuestas realizadas en distintos países de la región
en diferentes momentos (Sutz, 2004) ofrece una visión de conjunto
y posibilita sugestivas comparaciones con el panorama en el Norte.
En muchas partes del continente, si bien por lo general con escasa frecuencia,
se encuentran circuitos innovativos, definidos como el encuentro
y la interacción entre un actor que tiene un problema que exige
soluciones nuevas y un actor con la capacidad de aportar el conocimiento
necesario para la construcción de tales soluciones. Notemos de
pasada que la innovación en general, y no sólamente en lo
técnico-productivo, suele ser el resultado de un “encuentro”
entre actores diferentes (Toynbee, 1972).
En los circuitos innovativos desempeñan frecuentemente un papel
destacado los equipos que cabe llamar sastres tecnológicos
-muy a menudo pequeñas empresas de base tecnológica- porque
disponen de las capacidades para encontrar conocimiento relevante y adaptarlo
“a la medida” del problema específico, de sus requisitos
técnicos, de sus restricciones económicas y de su contexto
social. Por supuesto, las funciones de los sastres tecnológicos
son importantes en el Norte, pero quizás lo sean aún más
en el Sur, donde la tarea de adaptación suele ser más complicada,
e incluso acostumbra requerir mayores cuotas de inventiva, ya que la mayor
parte del conocimiento disponible ha sido elaborado atendiendo a las especificidades
de otras realidades.
Los circuitos innovativos son “células” de los Sistemas
de Innovación. En el Norte, son numerosos y variados; están
bien conectados entre sí y con otros componentes del “sistema”;
a menudo son protegidos y conocen vidas bastante largas. En el Sur, el
panorama es distinto; los circuitos innovativos suelen tener que defender
su existencia en los intersticios de las relaciones de poder predominantes
y frecuentemente sucumben. Un ejemplo que, por su carácter paradigmático,
hemos mencionado más de una vez es el circuito innovativo generado
en Uruguay, entre un laboratorio empresarial operando como sastre tecnológico
y productores agropecuarios, que llevó a elaborar una vacuna contra
la aftosa más barata y eficiente que las hasta entonces disponibles,
lo cual a su vez colaboró a erradicar la enfermedad del país.
Una combinación de circunstancias -incluyendo reglamentaciones
vetustas, desatención a nivel político e ideológico
y presiones de los importadores de vacunas- obligó al desmantelamiento
del laboratorio. Cuando, poco después, la aftosa retornó
a Uruguay, se pagó muy caro por ello, en particular debido a los
costos de las vacunas importadas.
La teorización de los SIs asume, por lo general, que la innovación
es un fenómeno positivo; hay buenas razones para ello, que no es
preciso recordar aquí. Pero el fenómeno suele tener, asimismo,
facetas negativas; se trata de procesos sociales donde frecuentemente
hay perdedores además de ganadores. Ello ha sido destacado con
particular vigor por los estudios acerca de la difusión de las
innovaciones (Rogers, 1995). Asimismo, las consecuencias ambientales de
la innovación pueden tener signo muy variado, lo que ha llevado
a proponer la noción de “sistemas de innovación sustentables”
(Segura, 2000).
El carácter socialmente traumático de tantos procesos
de innovación es uno de los rasgos mayores de la historia del Subdesarrollo,
pero también se registra en otros ámbitos. En suma, el estudio
de la innovación desde el Sur lleva a proponer que la teoría
debiera prestar mayor atención, también en el Norte, a las
relaciones de poder y a los conflictos involucrados.
Esa dimensión es especialmente notoria cuando se concentra la
atención en la innovación basada en las ciencias de la vida
(Arocena y Sutz, 2003 c, d). Los conflictos vinculados con los organismos
genéticamente modificados, el patentamiento de la biodiversidad,
la clonación y varios otros asuntos tienden a hacerse más
agudos. En el marco de una emergente sociedad capitalista del conocimiento
difícilmente pueda ser de otra manera: en esos conflictos está
en juego la distribución de beneficios y perjuicios ligados al
nuevo papel del conocimiento; en ellos se pone en evidencia la poderosa
tendencia a la mercantilización del conocimiento; en su contexto
se corrobora asimismo la creciente importancia de las ciencias de la vida.
Esto último se conecta directamente con el lugar asignado a las
relaciones de poder en la teoría de los SIs; su elaboración
ha estado poderosamente influida por la expansión de las Tecnologías
de la Información y la Comunicación (TICs), así como
por su incidencia en los procesos de innovación. Si bien el auge
de las TICs no ha estado en absoluto exento de conflictos, éstos
no han alcanzado la envergadura de los que contemplamos a medida que se
incrementa la gravitación de la innovación en las ciencias
de la vida.
Por otra parte, y en una veta más positiva, conviene recordar
que esas disciplinas son las “reinas” de las ciencias en casi
toda América Latina, por lo cual los diferenciales de conocimiento
con el Norte son relativamente menores que en lo que se refiere a las
disciplinas en las que se basan las TICs. En otras palabras, el auge de
las ciencias de la vida es también una oportunidad para nuestro
Sur.
En la bioinnovación, las interacciones y los actores involucrados
son especialmente variados. Ello realza un aspecto fundamental de la teoría
general de los SIs: su énfasis en lo relacional. La teoría
lleva a centrar la atención en la conectividad de los
sistemas, reales o potenciales, en la existencia, densidad y caracteres
específicos de los vínculos entre actores. Se constata por
ejemplo que, en América Latina, es bastante mayor la conectividad
de los SIs agrarios que la de los industriales (Arocena y Sutz, 2000).
Esto tiene que ver, entre otros factores, con que el conocimiento necesario
para la innovación en el sector agrario es en gran medida dependiente
del contexto, lo que ha llegado a ser ampliamente reconocido. En el caso
industrial, en cambio, la necesidad de complementar con conocimiento local
la importación de tecnología es mucho menos comprendida,
lo que explica en parte la débil conectividad de los correspondientes
SIs.
La centralidad de lo relacional ya había sido certeramente analizada
por Jorge Sábato (1975), como parte de su pionera contribución
desde América Latina al estudio de la innovación. El tratamiento
que Sábato ofrece del problema de las interacciones anticipa,
de alguna manera, el papel que han tenido en la teoría de los SIs
los estudios sobre las relaciones entre usuarios y productores de innovaciones
(Lundvall, 1985, 1988). Ambos enfoques llevan a proponer la noción
de espacios interactivos de aprendizaje, caracterizados como
ámbitos relativamente estables de relaciones entre actores diferentes
que, sin mengua de conflictos entre ellos, cooperan desde sus distintas
dotaciones de conocimientos a la solución de problemas no triviales,
en el curso de lo cual amplían esos conocimientos y fortalecen
sus capacidades para la innovación. La noción de espacios
interactivos de aprendizaje se inspira también en la idea de ver
a la innovación como capacidad para resolver problemas, propia
de la concepción evolucionista del cambio técnico (Nelson
& Winter, 1982). Apunta asimismo a subrayar la íntima relación
entre aprender y resolver problemas.
Cuando los circuitos innovativos se afianzan, abordan nuevos problemas,
eventualmente se vinculan entre sí y/o establecen relaciones más
o menos estables con otros actores; así surgen espacios interactivos
de aprendizaje. Un circuito innovativo generado por el “encuentro”
entre el Secretariado Uruguayo de la Lana y el laboratorio de evolución
de la Facultad de Ciencias del mismo país llevó a la solución
de un problema de determinación del tipo de lanas, se vinculó
con diversos productores y amplió su radio de acción a otros
problemas; así está germinando un espacio interactivo de
aprendizaje. El sastre tecnológico del abortado circuito innovativo
de la aftosa en Uruguay reapareció en otro circuito, también
de bioinnovación, en este caso motivado por otras enfermedades
bovinas; la empresa en cuestión, sus propios servicios de extensión,
los productores vinculados y el laboratorio de virología de la
Facultad de Ciencias están conformando otro espacio interactivo
de aprendizaje. Los ejemplos podrían multiplicarse en otras latitudes
(para el caso de Costa Rica, ver Segura, Gregersen y Johnson, 2004).
Si los circuitos innovativos son células nacientes en los SIs,
los espacios interactivos de aprendizaje son células o tejidos
ya maduros. Son algo así como los “micro componentes”
de los SIs, donde se concretan “macro vínculos” como
los indicados por los “lados” del “triángulo
de Sábato” para el desarrollo técnico-productivo,
cuyos “vértices” son el sector productivo, el estado
y la academia (ver Sábato y Botana, 1968, Sábato, 1975).
Tanto el triángulo de Sábato como los SIs son herramientas
conceptuales idóneas para la formulación de políticas.
Este es un terreno pedregoso por el que conviene caminar lentamente. No
se puede decretar la creación de un Sistema Nacional de Innovación,
según lo ha proyectado algún gobierno latinoamericano, como
si se tratara de establecer alguna nueva repartición pública
con determinados cometidos. La teoría de los SIs los presenta ante
todo desde un enfoque empírico: se trata de dar cuenta de elementos
de la realidad, enraizados en dinámicas sociales profundas y de
larga data (a este último respecto ver el sugestivo trabajo de
Freeman, 1999). En principio, los SIs no son ni “buenos” ni
“malos”. Sin embargo, como sucede en general con las cuestiones
sociales, la teoría de los SIs sugiere combinar sin confundir enfoques
empíricos con enfoques normativos, propositivos y aún prospectivos.
Por supuesto, no existe el Sistema de Innovación “óptimo”;
cualquier intento de hacer benchmarking comparando los SIs con
alguno de referencia contradice la especificidad sociocultural, históricamente
forjada, de los sistemas o protosistemas de innovación. No en balde,
se insiste en que la innovación, como todo proceso social, es path-dependent,
vale decir, está altamente condicionada aunque no necesariamente
determinada por la trayectoria previa. Aún así, la teoría
de los SIs incluye un aspecto normativo: un Sistema “mejora”
si, en paralelo, su conectividad se hace más densa, la cooperación
entre actores prima sobre los conflictos, se multiplican los espacios
interactivos de aprendizaje y la innovación se orienta preferentemente
a la satisfacción de genuinas necesidades colectivas. En consecuencia,
los SIs son también legítimos objetos de política:
la teoría lleva a formular propuestas, que no implican la
pretensión de crear sistemas por decreto, pero que pueden sí
apuntar a fortalecer vínculos, a estimular aprendizajes y a orientar
la innovación hacia la solución de problemas sociales sustantivos.
Y la misma teoría incluye una dimensión prospectiva,
en tanto pone de manifiesto la gravitación de ciertas tendencias
que es imprescindible analizar si se quiere anticipar peligros y oportunidades.
La teoría de los SIs pone sistemáticamente en el centro
de la atención las relaciones “bidireccionales” entre
técnicas e instituciones. En este sentido, se ubica en la mejor
tradición de los estudios sobre Ciencia, Tecnología y Sociedad
(CTS), la que analiza prioritariamente las interacciones de las dinámicas
de la generación y uso de conocimientos con las relaciones sociales
generales, en el marco de las cuales aquellos procesos tienen lugar. Esta
concepción “interaccionista” del campo CTS se remonta
entre otros a uno de sus padres fundadores, John D. Bernal (1979), y a
varios de sus antepasados más famosos, como el propio Marx. Tal
concepción permite aprovechar lo que surge tanto de los estudios
“internalistas” de la evolución de la investigación
como de los estudios “externalistas” acerca de los condicionamientos
sociales de la creación de conocimientos, sin por ello caer, por
un lado, en el “internismo” de considerar a la creación
científica como un proceso que se explica por sí mismo o
en el determinismo tecnológico, ni por el otro lado, en la suposición
de que la sociedad “determina” todos los resultados de la
investigación.
El énfasis de la teoría de los SIs en
lo institucional muestra su fecundidad en un libro, no demasiado citado,
sobre los países pequeños ante la revolución tecnológica
(Freeman y Lundvall, 1988). Allí pueden encontrarse algunos de
los aportes pioneros de la teoría. Es una rica contribución
para analizar las perspectivas de los pequeños países periféricos.
Cuando se busca conectar lo mejor de la teorización moderna de
la innovación con lo más perdurable del pensamiento latinoamericano
clásico sobre el desarrollo, llama poderosamente la atención
cierta sintonía entre ese libro (que por cierto se refiere a pequeños
países del Norte) y una contribución casi olvidada de un
polifacético intelectual uruguayo (Real de Azúa, 1977):
ambos vienen a decir que, en “países de cercanías”
socialmente hablando, donde distintos actores tienen especial facilidad
para conectarse y conocerse, lo institucional es a la vez la gran oportunidad
y un riesgo mayor. Que se haga realidad lo uno o lo otro depende en buena
medida de si los intereses sectoriales pueden insertarse en visiones más
amplias que fomentan la cooperación y los “juegos de suma
positiva” o, por el contrario, si en las permanentes interacciones
propias de la pequeña dimensión la primacía de los
intereses grupales resulta paralizante. La sociología y el análisis
político del comportamiento de los actores siempre es importante
para la comprensión de las dinámicas de la innovación;
lo es más si cabe en los “ámbitos pequeños”,
vale decir en los espacios dotados de cierta unidad geopolítica,
histórica y sociocultural, donde los actores suelen encontrarse
“cara a cara”4.
Parafraseando el título del libro mencionado antes, sugerimos
que una tarea pendiente es la de realizar un estudio comparativo de los
pequeños ámbitos periféricos ante los desafíos
de la innovación.
En general, para avanzar en la elaboración de la teoría
de los SIs conviene insertar la dimensión institucional de los
estudios de la innovación en el análisis general del comportamiento
de los actores involucrados. Por esta vía aparece una pista para
intentar superar la dicotomía entre mercado y estado, que ha virtualmente
paralizado al pensamiento sobre el desarrollo. El debilitamiento contemporáneo
de los planteos “mercadocéntricos” abre una nueva oportunidad,
no para volver atrás a propuestas “estadocéntricas”
sino para avanzar hacia algo nuevo. Enfoques ampliamente divulgados (ver
por ejemplo varias de las contribuciones al volumen colectivo editado
por Meier y Stiglitz, 2001, y en particular la de Hoff y Stiglitz) analizan
las funciones necesarias pero inevitablemente parciales que deben y eventualmente
pueden cumplir mercados y estados. Ese es un marco de referencia adecuado
para procurar ir más allá de la contraposición paralizante.
A ello apunta, por ejemplo, el “modelo asociacional” que Cooke
y Morgan (1998) proponen a partir de su estudio de ciertas regiones -relativamente
pequeñas y altamente innovativas- en el Norte. En una sintonía
comparable, una de las conclusiones del análisis de la Innovación
desde el Sur (Arocena y Sutz, 2002) es que la teoría de los SIs
ofrece elementos valiosos para repensar el Desarrollo desde enfoques centrados
no en el estado ni en el mercado sino en la pluralidad de actores.
Hacia un Nuevo Desarrollo
Ante la nueva gravitación del conocimiento -cuantitativamente
muy superior y cualitativamente diferente aún a la del pasado cercano-,
el Subdesarrollo aparece cada vez más como escasez de capacidades
para producir y coordinar, para aprender a resolver problemas y para resolverlos
aprendiendo. Ello se refleja en los avatares de economías relativamente
frágiles y, sobre todo, en la muy poco alentadora situación
social. Si en Europa suele hablarse de una sociedad de dos tercios, pues
un tercio no llega a estar integrado, en América Latina a lo sumo
un tercio de la población total puede considerarse integrado (Franco
y Saenz, 2001).
Los estudios sobre la innovación tienden, desde hace ya varios
años, a destacar cada vez más la relevancia de los procesos
de aprendizaje (Lundvall, 1992; Lundvall y Johnson, 1994; Lundvall y Borrás,
1997). Su incidencia en la problemática del Subdesarrollo es especialmente
clara si se tiene en cuenta que dos tipos de oportunidades inciden decisivamente
en la construcción de capacidades: (i) las oportunidades de aprender
estudiando, particularmente en el sistema formal de enseñanza;
(ii) las oportunidades de aprender haciendo y resolviendo, vale decir,
trabajando en contextos donde la resolución de problemas demanda
tanto usar de manera no rutinaria los conocimientos disponibles como ampliarlos
sistemáticamente. Los países subdesarrollados son comparativamente
pobres en ambos tipos de oportunidades.
En lo que se refiere a las posibilidades de estudiar, recordemos tan
sólo que en el Norte más del 50% de los jóvenes del
correspondiente tramo de edad acceden a la enseñanza terciaria,
proporción que en países como Estados Unidos trepa al 80%,
mientras que en América Latina el promedio está bastante
por debajo del 30%; el diferencial se amplía si, además
de indicadores cuantitativos, se consideran aspectos cualitativos. Ahora
bien, no basta tener en cuenta sólo las capacidades que brinda
la educación: una atención, por lo menos igual, merecen
las oportunidades de usar efectivamente tales capacidades. En los países
subdesarrollados, las mismas son escasas y aún así se desaprovechan;
el fenómeno de la fuga de cerebros lo pone en evidencia. Ello tiene
que ver con algo ya destacado: mientras que el Norte es rico en espacios
interactivos de aprendizaje, que demandan capacidades avanzadas y las
amplían, el Sur es más o menos pobre en tales espacios y
en otras oportunidades para aprender resolviendo.
Dado que hay que tener en cuenta dos tipos de oportunidades, las diferencias
en materia de aprendizaje constituyen un fenómeno “bidimensional”,
del que la figura siguiente pretende dar una idea.
Oportunidades para aprender resolviendo (estimadas
por el % del PBI dedicado a I+D)

Oportunidades para aprender estudiando(estimadas
por el acceso a la Educación Superior)
El uso de otros indicadores para estimar unas y otras oportunidades modificaría
en cierta medida las posiciones relativas de cada país pero, en
cualquier caso aparecería una clara separación entre Norte
y Sur. Ella ilustra las divisorias del aprendizaje, aspecto mayor
de la problemática actual del Subdesarrollo.
Las
divisorias del aprendizaje generan las formas actuales del “intercambio
desigual” entre las periferias y los centros: grosso modo,
el valor agregado de conocimientos y calificaciones de los bienes y servicios
exportados es bajo en las primeras y alto en los segundos.
Por
supuesto, el “Norte” es heterogéneo y mucho más
lo es el “Sur”. En este último cabría distinguir
entre:
- Semiperiferias, caracterizadas por una industrialización
relativamente avanzada y diversificada.
- Paleoperiferias, cuya relación con los “centros”
sigue basada en la exportación de materias primas.
- Neoperiferias, donde esa relación está
cambiando hacia por ejemplo un papel mucho mayor de la exportación
maquiladora.
- Zonas “marginales”, escasamente conectadas
con la economía internacional.
No nos detendremos en esta cuestión, una muy primaria aproximación
la cual se ha recogido en otra obra (Arocena y Sutz, 2003 e), a partir
de una clasificación de los LICS (Learning, Innovation
and Capacity building Systems). Lo que importa señalar es
que, sin desmedro de distinciones como las recién sugeridas, lo
definitorio no es hoy el intercambio de bienes “primarios”
por bienes manufacturados; ciertas etapas de la industria incorporan poco
valor de conocimiento y calificación, mientras que en numerosas
prácticas agropecuarias ese valor puede ser muy alto, incluyendo
toda una batería de disciplinas “de punta”. Esa diferencia
de valor es la característica definitoria de dicho intercambio;
éste puede llegar a ser aún más desigual que en el
pasado, en la medida en que su propia lógica tiende a ahondar las
divisorias del aprendizaje.
Semejante tipo de intercambio predomina en las relaciones económicas
de América Latina con el mundo, que han devenido cada vez más
estrechas tras el agotamiento del “crecimiento hacia adentro”
motorizado por la ISI. En tal sentido, cabe hablar de la reinserción
neoperiférica de América Latina en la economía
internacional. Múltiples trabajos dan cuenta de diversas facetas
de tal proceso, incluyendo los ya citados de Rede Sist y los de Katz (2003,
2004, entre otros).
El proceso en cuestión incluye numerosos casos de desaprendizaje.
Un ejemplo mayor lo constituye el desmantelamiento de grupos especializados
que suele acompañar a la privatización de empresas públicas
que operan en ramas donde la demanda tecnológica es dinámica
y sofisticada. Se trata de fuentes de aprendizaje potencial, que se pierden
cuando los nuevos propietarios extranjeros redireccionan esa demanda enteramente
hacia sus países de origen. Conviene recordar que las empresas
estatales han jugado a menudo un papel mayor en la comprensión
de que hace falta promover en el propio país la I+D empresarial
en general (para el caso de Brasil, ver Villaschi, 1994: 157-9). En los
trabajos a los que hemos aludido en el párrafo anterior pueden
encontrarse otros ejemplos de desaprendizaje.
Los procesos de apertura, privatización y desregulación
han incrementado sensiblemente la gravitación de las empresas extranjeras
en América Latina. En ciertos casos, ello ha conducido a que plantas
instaladas en la región operen cerca de la frontera tecnológica,
con altos rendimientos y potenciales eslabonamientos “hacia adentro”.
Pero estos últimos serán débiles si disminuye el
contenido local de “ingeniería” para la innovación
y la adaptación, según se ha constatado en numerosos casos,
y más en general, si se vuelca predominantemente “hacia afuera”
la demanda de conocimientos y calificaciones de alto nivel.
En su etapa de “crecimiento hacia afuera” de base primario-exportadora,
América Latina conoció un tipo de inserción periférica
en la economía mundial tal que el avance tecnológico provino
sobre todo de las filiales de empresas extranjeras instaladas en la región,
varias de las cuales sin embargo operaban como “enclaves”
externos con tenues eslabonamientos internos. No está descartado
que fenómenos semejantes se registren en el marco de la reinserción
neoperiférica en curso.
En cualquier caso, la situación actual de América Latina
está signada por la fragilidad económica y el deterioro
social. En 2003, la transferencia neta de recursos de la región
al exterior siguió siendo negativa, alcanzando a 29.000 millones
de dólares, lo que refleja la magnitud de los intereses de la deuda
y de las remesas de utilidades. La inversión está en sus
niveles más bajos desde inicios de la década de 1970: la
formación bruta de capital fijo ronda en promedio el 18% del PBI.
Por otra parte, el 44% de la población, 227 millones de personas,
están por debajo de la línea de pobreza (CEPAL, 2003). Ello
significa que la proporción de pobres es hoy mayor que hace un
cuarto de siglo y que el número de personas pobres es bastante
mayor que la población total de América Latina hace medio
siglo.
Sin embargo, parecería que se ha abierto una “ventana de
oportunidad” para avanzar hacia perspectivas más alentadoras.
La oportunidad proviene de la erosión relativa, ya señalada,
de los paradigmas neoliberales y, sobre todo, de los agudizados reclamos
sociales en pro de cambios; además, un “sexenio perdido”
(CEPAL, 2003) toca a su fin y se reanuda el crecimiento, aunque en difíciles
condiciones económicas y políticas. ¿Se podrá
aprovechar esta “ventana” -seguramente pequeña y probablemente
transitoria- para pasar a una etapa en la que tome fuerza un Nuevo Desarrollo?
Cuando la cuestión del Desarrollo recobra cierta vigencia, puede
ser útil clarificar la terminología. Conviene, en particular,
repetir que crecimiento, desarrollo económico y desarrollo propiamente
dicho, si bien obviamente vinculados, son tres conceptos que es imprescindible
distinguir. Más aún, hace falta a nuestro juicio profundizar
la discusión de porqué el Desarrollo no puede identificarse
con el catching up, vale decir, con “alcanzar” a
los países considerados avanzados.
Ello es así, en primer lugar, por una enseñanza de la
historia: desde que, con la Revolución Industrial, Gran Bretaña
se adelantó claramente en lo técnico-productivo, todos los
países que han “alcanzado” a los vanguardistas o al
menos escapado a la “condición periférica” lo
han hecho siguiendo trayectorias que han estado lejos de copiar a las
de sus predecesores. Una de las causas de ello es que los países
exitosos en todos los períodos se han ocupado de “patear
la escalera” (ver Chang, 2002) por la que habían subido para
evitar que otros lo hicieran. Pero la causalidad es más profunda:
no existe la “escalera” del Desarrollo. Éste, como
vigorosamente lo afirmaba la concepción latinoamericana clásica,
sólo puede ser un proceso de cambio integral; por consiguiente,
no puede sino seguir trayectorias específicas, dependientes en
cada caso de la historia, de los recursos, de la constelación del
poder tanto interno como externo y de las capacidades disponibles. Se
debe aprender de todos, particularmente de los que han mostrado mayor
creatividad, pero no se debe copiar a nadie, ni a Inglaterra ayer, ni
a Taiwan o Irlanda hoy. Lo que tienen en común las experiencias
relativamente exitosas es, ante todo, su originalidad.
Ahora bien, no sólo corresponde descartar el catching up
como estrategia, camino recomendado o “escalera”, sino también
como meta: el objetivo del Desarrollo no puede ser alcanzar por alguna
vía los niveles de producción y consumo que hoy tienen los
países ricos. Plantear semejante meta restringe las posibilidades
de Desarrollo, en el mejor de los casos, a unos pocos países. Su
generalización resultaría ecológicamente insustentable;
basta imaginar lo que sería un mundo con tantos automóviles
por cabeza como los que hoy tiene Estados Unidos. También aquí
la historia tiene no poco para decir: Furtado (1992) ha recordado con
elocuencia cómo el consumo conspicuo de las élites latinoamericanas,
su vocación por imitar a las clases pudientes de Europa y Estados
Unidos, se ha constituido en una traba mayor para el Desarrollo. En años
recientes, el comportamiento rentístico de esas élites ha
vuelto a ser impactante (ver Palma, 2003: 146).
El Desarrollo no puede generalizarse si no se revalorizan ciertas pautas
de frugalidad y austeridad; implica pues transformaciones profundas también
a nivel de los valores y las costumbres.
En los propios países “centrales” la aspiración
al consumo conspicuo impulsa derroches mayores, riesgos técnicos
y ecológicos, agravamiento de la desigualdad y debilitamiento de
los tejidos sociales, con secuelas tan conocidas como indeseables. No
les es ajena la necesidad de revisar sus propios “estilos de desarrollo”.
Más todavía, y para decirlo sin mayor sofisticación:
¿cuántos países pueden plantearse, con una mínima
cuota de realismo, la meta de ser otra Corea? Para la inmensa mayoría
del Tercer Mundo, el propósito de “alcanzar” al Norte
es simplemente inviable. Por encima de todo, no es en tales términos
que se define lo que sus poblaciones necesitan ni lo que está a
su alcance realizar.
El catching up es, en tanto propósito general para el
Sur, ecológicamente insustentable, prácticamente inviable
e incluso éticamente discutible. El Desarrollo no es ni una escalera
ni un lugar o escalón a alcanzar; tiene que definirse en sí
mismo. Para ello, un fructífero punto de partida es caracterizarlo,
siguiendo a Amartya Sen (1984, 2000, 2001), como expansión
de las capacidades y las libertades de los seres humanos, capacidades
para afrontar carencias y dificultades, libertades para cultivar formas
de vida significativas y valiosas. La caracterización comienza
donde se debe, en lo normativo, pero va más allá pues, como
Sen lo resalta una y otra vez, la expansión de capacidades y libertades
es tanto la meta definitoria como la principal herramienta del Desarrollo.
Se dibuja así una visión “activista” -con énfasis
en la agency -, pues las personas involucradas no son vistas
como “pacientes” de las políticas o las ayudas sino
ante todo como “agentes” (Sen, 2000: 18-19, 137).
A partir de allí, el Desarrollo, en tanto transformación
integral, debe combinar las facetas siguientes:
- el desarrollo humano, en tanto mejora de la calidad de vida
de la gente, sin lo cual no hay real expansión de las libertades;
- el desarrollo sustentable, en tanto preservación en
el presente de los recursos que permitirán a las generaciones
futuras atender a su propia calidad de vida;
- el desarrollo económico, en tanto elevación
no sólo cuantitativa sino también y fundamentalmente cualitativa
de los niveles de producción, lo que es condición necesaria
pero no suficiente para el desarrollo humano sustentable;
- la construcción de las bases materiales y sobre todo de las
condiciones y capacidades sociales que garanticen la autosustentabilidad
del Desarrollo de cara al porvenir.
Cuando las divisorias del aprendizaje se han convertido en característica
mayor del Subdesarrollo, el enfoque esbozado en los párrafos precedentes
sugiere que un Nuevo Desarrollo ha de edificarse sobre “pilares”
como los que se mencionan a continuación.
a) Estrategias económicas alternativas, orientadas
a la elevación del nivel de conocimientos y calificación
del conjunto de las actividades productivas de bienes y servicios. Esto
es imprescindible para construir “ventajas competitivas” dinámicas,
sin resignarse a la explotación cada vez menos rendidora de las
ventajas comparativas estáticas, típicas de la “competitividad
espuria” que según la CEPAL caracterizó a la economía
latinoamericana en la década de 1980; basada ante todo en los bajos
salarios, las pobres condiciones de trabajo y el uso, a menudo depredador,
de los recursos naturales, esa forma de la competitividad se prolonga
hoy en la inserción neoperiférica de la región en
la globalización.
Ahora bien, las estrategias alternativas a las que aludimos no se identifican
con apostarlo todo a las ramas high tech o cosa parecida.
Mowery y Rosenberg (1998: 172) afirman que no se debe tener en cuenta
sólo los ámbitos por donde entran en la producción
las nuevas tecnologías, pues el análisis histórico
demuestra su potencial para revitalizar “viejas” actividades,
como las textiles, forestales, bancarias y financieras, ventas al por
menor y cuidados de la salud. Lundvall (2002: 42, 51, 201) se refiere
a esta cuestión, llamando a no descuidar a las ramas “menos
glamorosas”, insistiendo en la importancia de promover la innovación
en áreas de “baja tecnología” y señalando
el riesgo de olvidarse de la renovación de las capacidades en los
sectores tradicionales. Si ello es así en el Norte, con mucha más
razón lo es en el Sur.
Hirschman (1961) enseñaba que la estrategia del desarrollo económico
debe priorizar la búsqueda de recursos existentes pero descuidados
o subaprovechados. En las actividades “menos glamorosas” tecnológicamente
trabaja muchísima gente en el Sur; sus tradiciones, experiencias
y saberes en materia de producción y distribución son recursos
que no deben ser desperdiciados sino potenciados mediante la incorporación
de conocimientos y calificaciones.
b) Renovación de las políticas públicas,
para que el Estado pueda jugar el papel articulador de actores,
esfuerzos e iniciativas varias que se desprende de la concepción
de los Sistemas de Innovación. Se trata de un papel mucho más
activo que en los enfoques “mercadocéntricos”, pero
también bastante distinto del previsto en los enfoques “estadocéntricos”.
Implica además un reconocimiento de la especificidad de las relaciones
políticas de poder que estaba a menudo ausente de las antiguas
concepciones del Desarrollo, sobre todo cuando lo identificaban con desarrollo
económico.
Vale la pena recordar que, en una suerte de autocrítica famosa,
Hirschman (1984, capítulo I) afirmó que la economía
del desarrollo no era capaz por sí sola de afrontar los problemas
del Subdesarrollo, por lo cual debía “traspasar fronteras”,
yendo “de la economía a la política y más allá”.
Una de las direcciones para ello pasa por un enfoque desde los actores,
el cual en especial conecta la temática con la sociología
del desarrollo. Para esta última, un problema central es el de
re-conceptualizar las relaciones entre el desempeño de los agentes,
las instituciones, el conocimiento y el poder en la nueva “era global”
(Long, 2001: 29, 239).
Las distintas facetas del Desarrollo, evocadas más arriba, son
en sí mismas fuentes de contradicciones y conflictos, por ejemplo
entre los imperativos de la innovación tecnológica y de
la preservación ambiental. Corresponde señalar que diversos
trabajos (entre ellos Johnson, 1998; Segura, 2000; Gregersen y Segura,
2003; Segura, Johnson y Gregersen, 2004) han colaborado a introducir la
dimensión ambiental en la teoría de los SIs. También
son problemáticas las relaciones entre innovación, equidad
y cohesión social. Por consiguiente, el papel articulador al que
nos referimos no se reduce a “sumar” esfuerzos, sino que se
extiende a la representación e intermediación de intereses
que es tarea del sistema político en su conjunto, particularmente
de los partidos políticos.
Las políticas públicas para el fomento de la innovación
y los aprendizajes en el Subdesarrollo pueden ser vistas como políticas
de jardinería (Arocena y Sutz, 2003 b, 2004 a, b): sus objetivos
son cultivar los circuitos innovativos y los espacios interactivos de
aprendizaje, protegerlos de los “desaprendizajes”, detectar
y difundir las experiencias más valiosas, promover nuevas iniciativas
y preparar cuidadosamente el terreno para que puedan fructificar, en suma
impulsar “desde abajo” la ampliación y consolidación
de los Sistemas de Innovación.
Lo antedicho exige, en especial, una transformación de la gestión
pública para elevar sustancialmente los niveles promediales actuales
en materia de flexibilidad, agilidad y capacidad de iniciativa; tal objetivo
requiere a su vez otro nivel de involucramiento de los propios funcionarios
públicos, que parece difícil de lograr sin interesarlos
material y moralmente en la revitalización del Desarrollo.
Así pues, el papel del Estado y del sistema de partidos, además
de las fundamentales labores de articulación e intermediación,
ha de incluir la capacidad de la conducción política para
convocar a los esfuerzos colectivos en pro de un Nuevo Desarrollo.
c) Transformación de la educación, entendida
como la clave de bóveda en el enfrentamiento a las divisorias del
aprendizaje. Las mismas son notorias no sólo cuando se compara
América Latina con el Norte, sino también cuando se compara
las situaciones de los distintos grupos sociales dentro de América
Latina. Aprender estudiando y trabajando a alto nivel es algo reservado
a minorías en la región, lo cual está en la raíz
de la elevada desigualdad interna así como de la debilidad promedial
de capacidades disponibles, que a su vez se refleja en la agudizada dependencia
externa.
Desde el siglo XIX, la dependencia latinoamericana del exterior se asentó
en los diferenciales de poder entre sociedades industriales y sociedades
agrarias. Esa dependencia fue paliada en cierta medida por el deliberado
propósito de industrializar a la región, que tuvo su auge
desde la Segunda Postguerra hasta la década de 1970. Ese fue el
período en el que se registraron los mayores avances en términos
de modernización, mejora del ingreso, salud y educación
(Thorp, 1998: 45).
En los albores del siglo XXI, las dinámicas socioeconómicas
hacen emerger en el Norte una “sociedad del conocimiento”,
donde la mayoría de los jóvenes acceden a niveles educativos
avanzados y el nivel de calificación de la Población Económicamente
Activa se incrementa notoriamente. No es eso por cierto lo que sucede
en el Sur. En tal contexto, hace falta un proyecto deliberado de largo
aliento para la promoción de las capacidades individuales y colectivas.
A nuestro entender, el eje de tal proyecto ha de ser la generalización
de la enseñanza avanzada permanente, de calidad y conectada con
el trabajo a lo largo de la entera vida adulta. Ello exige, por supuesto,
diversificar y ampliar considerablemente el sistema educativo terciario,
pero requiere mucho más que ello: para disponer de los recursos
humanos y materiales que permitan extender, gradual pero sostenidamente,
la educación avanzada permanente a toda la población es
necesario convertir en “aula potencial” a todo ámbito
-hospital, fábrica, granja, laboratorio, centro turístico,
estudio profesional, medio de comunicación, etc.- donde una tarea
socialmente valiosa es eficientemente realizada. Semejante vinculación
entre los mundos de la educación y del trabajo permitirá
avanzar hacia “sociedades de aprendizaje” caminando con los
dos pies, aprender estudiando y aprender trabajando.
Cuando se mira a la Innovación desde el Sur, lo que se ve ante
todo es la gravitación de la Inequidad en la persistencia del Subdesarrollo
(Arocena y Sutz, 2003 f; Sutz, 2003). Las interacciones entre cambio técnico-productivo
y desigualdad constituyen un campo inmenso; al respecto nos limitamos
a mencionar un trabajo de un maestro del Norte (Freeman, 2000) y otro
de un maestro del Sur (Fajnzylber, 1990).
Las estrategias económicas alternativas, la renovación
de las políticas públicas y la transformación de
la educación -en el sentido tan sumariamente expuesto en los párrafos
precedentes- apuntan a promover formas de la equidad que puedan constituirse
en pilares de un Nuevo Desarrollo. A éste lo concebimos pues como
un proceso de democratización que revitalizaría lo más
alentador de nuestra historia reciente (Arocena, 2004). En efecto, un
Desarrollo desde los actores será posible en la medida en que se
pongan en juego energías colectivas, niveles de participación
e iniciativas de envergadura comparable a las que durante las décadas
de los 80 y los 90 condujeron a la reconquista de la democracia política
en tantos países de América Latina.
Conclusión: hacia una agenda renovada
La persistencia del Subdesarrollo es una fuente mayor de varios de los
principales problemas contemporáneos de la humanidad. La búsqueda
de nuevas alternativas para el Desarrollo debiera pues ser una prioridad
para las más diversas formas de cooperación entre países,
organismos y personas del Norte y del Sur. Pero, para que esa cooperación
sea fecunda, es preciso empezar por superar la dependencia en el plano
de las ideas que hoy aqueja a gran parte del mundo subdesarrollado.
Al respecto vale la pena citar lo que dice O’Donnell (2004: 111),
cuando comenta un “fenómeno que tal vez sea particularmente
agudo en la ciencia política y en la economía, pero que
dudo les sea exclusivo. Concebirnos sólo como asistentes de investigación
de hecho o de derecho, como recolectores de datos que luego son procesados
por los teóricos del Norte, es equivalente a exportar materias
primas de escaso valor agregado para que sean procesadas por las industrias
del Norte. Por el otro lado, el de la importación, ese papel subordinado
corresponde a ‘aplicar’ mecánicamente teorías
ya elaboradas en el Norte, lo cual es equivalente a importar industrias
o tecnologías llave en mano, a las cuales, a lo sumo, se les hacen
algunas adaptaciones teniendo en cuenta la calidad de las materias primas
o del trabajo disponible en nuestros países.”
Para mantener un diálogo fecundo con lo que se piensa en las
distintas regiones del mundo, urge revalorizar la mejor tradición
creativa e independiente del pensamiento social latinoamericano. Ello
pasa por la construcción de una agenda de investigación
y discusión donde se destaquen las cuestiones más relevantes
desde las perspectivas de los países del Sur. Las siguientes son
algunas de las cuestiones que debieran merecer especial atención:
- el análisis actualizado de las especificidades del Subdesarrollo,
incluyendo en el mismo todo lo que tiene que ver con los procesos de
innovación y, más en general, con la generación,
uso y apropiación de conocimientos, con la debida consideración
y cuidadosa comparación de las diferencias entre las distintas
“condiciones periféricas”;
- el esfuerzo por aprender de la sociedad, estudiando con particular
cuidado las mejores experiencias que surgen en el espesor de cada sociedad
así como las opiniones de la ciudadanía, que son elementos
constitutivos de un Desarrollo desde los actores y guías
fértiles para las “políticas de jardinería”;
- La reconsideración de la temática educación
y desarrollo, capítulo imprescindible de un análisis
integral de los procesos sociales de aprendizaje, de construcción
de capacidades y de expansión de las libertades.
Varios otros ejemplos de similar envergadura podrían mencionarse.
Lo fundamental es promover una amplia revisión de lo que el Desarrollo
puede y debe ser.
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Notas:
1 Versión revisada de un trabajo
preparado en ocasión del séptimo aniversario de la constitución
de la "Rede de Pesquisa em Sistemas e Arranjos Produtivos Inovativos
Locais", RedeSist, que coordinan José Cassiolato y Helena
Lastres desde el Instituto de Economía de la Universidad Federal
de Río de Janeiro. Desde 1997 hemos tenido el privilegio de colaborar
con Rede Sist. Sus promotores combinan generosidad, capacidad y preocupación
social a muy alto nivel; el apoyo de los colegas brasileños ha
sido fundamental para llevar adelante nuestra labor en el Uruguay. Es
un gusto señalar que nuestro enfoque ha sido construido, en particular,
mediante contribuciones a algunas de las publicaciones emanadas de RedeSist
(Sutz, 1999; Arocena, 1999; Arocena y Sutz, 2003 b).
2 Para un tratamiento más pausado
de la temática "Subdesarrollo e Innovación" en
general y de ciertos conceptos en concreto nos referimos a los trabajos
nuestros mencionados al final y, en especial, a Arocena y Sutz (2003 a).
3 Las referencias básicas al
respecto incluyen a Freeman (1987), Dosi et al (1988), Lundvall (1992),
Nelson (1993) y Edquist (1997). Una revisión reciente se ofrece
en Lundvall et al (2002).
4 En tales ámbitos cobran especial
importancia las diversas facetas del llamado "capital social",
que Albagli y Maciel (2003) discuten en relación al desarrollo
local.
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