Los psicofármacos como tecnología social: los antidepresivos
en el Uruguay
Andrea Bielli(1)
CSIC- Universidad de la República-Uruguay
Universidad del País Vasco
Resumen
En el presente artículo se analizan las transformaciones experimentadas
por las disciplinas psicológicas en el Uruguay
a partir de la introducción al país de una innovación
tecnológica mayor: los psicofármacos antidepresivos.
Se bosquejan, por tanto, las controversias y tomas de posturas
de los grupos sociales involucrados, a partir de la revisión de
la producción académica nacional sobre antidepresivos y
depresión desde los años 60 hasta la fecha. La llegada de
los antidepresivos ha obligado a las disciplinas psicológicas uruguayas
a desarrollar un lectura propia sobre lo que ellos constituyen, lectura
que no llega a dar una clausura definitiva a los debates generados en
torno a sus éxitos terapéuticos, pero que ha impulsado la
revisión de los ámbitos de acción para cada una de
ellas.
Introducción
El desarrollo de los psicofármacos a mediados del siglo XX significó
una innovación tecnológica sin precedentes en el campo de
la salud mental en general y en la práctica clínica psiquiátrica
en particular. Promovida desde el sistema científico-tecnológico
de los países desarrollados, dicha innovación penetró
en el campo de las disciplinas psicológicas de todos los continentes,
provocando a un tiempo fuertes adhesiones y grandes resistencias. En este
trabajo analizaremos la difusión y las articulaciones locales de
dicha innovación tomando como eje de análisis la recepción
de los psicofármacos antidepresivos en el Uruguay, un pequeño
país latinoamericano que en los últimos tiempos parece considerarse
a sí mismo como un país de depresivos. Para ello hemos revisado
las elaboraciones, tomas de posición, discusiones y debates generados
por las disciplinas psicológicas del Uruguay en torno a la delimitación
conceptual de los estados depresivos, sus explicaciones etiológicas
y tratamientos propuestos desde principios de la década de 1960
al presente.
De los distintos psicofármacos desarrollados, los antidepresivos
han ganado un protagonismo peculiar dentro de las terapéuticas
biológicas que los ha convertido, a diferencia de los antipsicóticos,
en un recurso cada vez más expandido para una enfermedad cada vez
más frecuente. Sin embargo, la llegada de los antidepresivos al
campo de las disciplinas psicológicas ha sido controvertida desde
la aparición de las primeras drogas antidepresivas hasta las más
recientes. Durante este tiempo, los distintos grupos sociales integrantes
de las disciplinas psicológicas no han llegado a un consenso acerca
de sus resultados terapéuticos. Mientras para algunos es evidente
la eficacia de estas drogas, otros han cuestionado su capacidad de dar
una cura definitiva a los estados depresivos. El dilema queda planteado
entre la eficacia de los antidepresivos en la cura los síntomas
depresivos y su incapacidad de abatir las causas de dicha dolencia mental.
Esta polémica ha tendido a reproducirse en la medida en que se
han realizan innovaciones incrementales en estos fármacos y parece
sostenerse en el tiempo en forma constante. La aparición hacia
1957 de los primeros tipos de antidepresivos sentó las primeras
bases de la discusión en torno a la naturaleza orgánica
o psicosocial de los estados depresivos, la oposición entre tratamientos
biológicos y tratamientos psicodinámicos, la validez de
las nosologías tradicionales o la necesidad de construir nuevas
categorías clasificatorias, la investigación cualitativa
en oposición a la investigación cuantitativa (Healy, 2000;
Ehrenberg, 2000). Años más tarde, a finales de la década
de los ochenta, la llegada al mercado farmacéutico mundial de los
inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS)(2)
prolongó el debate dentro de las disciplinas psicológicas
incorporando nuevas temáticas, como las planteadas por el popular
libro del Dr. Kramer Escuchando al Prozac (1994) en
torno a los límites de la transformación la personalidad
del individuo en base a estos nuevos psicofármacos.
La llegada de los antidepresivos al Uruguay también ha estado
acompañada por controversias y discusiones similares a las que
han tenido lugar a nivel internacional. Pero dichas polémicas han
reflejando en todos los momentos las particularidades específicas
de las disciplinas psicológicas del país. Teniendo en cuenta
que los antidepresivos hicieron su entrada al campo de la salud mental
como parte de una revolución psicofarmacológica que tendió
a desplazar las terapéuticas psiquiátricas y psicológicas
previas, su acogida en el Uruguay ha estado signada por los movimientos
realizados por un grupo de profesionales en cierta medida poco familiarizados
con los requerimientos teóricos y axiológicos que este tipo
de tecnología demandaba. En un medio en el que el psicoanálisis
ha ejercido y ejerce una fuerte influencia tanto en la psiquiatría
como en la psicología clínica, los antidepresivos son parte
de un arsenal tecnológico psicofarmacéutico que ha obligado
a las disciplinas psicológicas nacionales a reacomodarse en cuanto
a marcos teóricos, métodos de investigación, tratamientos
y definición de ámbitos de acción para cada una de
ellas. Este reajuste también ha alcanzado la propia visualización
de la tristeza como una enfermedad particular llamada depresión.
Si autores como David Healy (2000) han indicado que el descubrimiento
de las drogas antidepresivas supuso un marketing de la depresión,
para el Uruguay el auge de esta dolencia ha requerido un proceso de delimitación
de la misma de varios años, que ha desembocado recientemente en
su presencia casi constante en espacios académicos y no académicos.
De hecho, hacia 1998 la depresión captó la atención
de los círculos académicos uruguayos y saltó a la
esfera de los medios masivos de comunicación como una dolencia
mental de gran incidencia en el país. Datos epidemiológicos
manejados por la Sociedad de Psiquiatría del Uruguay, si bien controvertidos,
arrojaron cifras de entre 90.000 y 100.000 uruguayos afectados por este
malestar, mientras que una serie de debates y conferencias sobre el tema
tuvieron lugar en Montevideo durante los años 1999 y 2000(3).
Al mismo tiempo, los grandes medios de comunicación hicieron eco
del lugar destacado que la depresión ha adquirido en el ámbito
académico, a través de diversas publicaciones(4).
Que el Uruguay no se encuentre ni entre los centros líderes en
producción teórica de las disciplinas psicológicas
ni entre los centros de desarrollo industrial psicofarmacológico
ha coloreado este proceso de recepción tecnológica con las
peculiaridades de un país que, como muchos, ve restringidas sus
posibilidades de modificar las tecnologías que recepciona, pero
que no por ello se comporta como un simple receptor pasivo. Como veremos,
las disciplinas psicológicas del Uruguay desarrollan una lectura
propia de lo que los antidepresivos constituyen para ellas.
Los antidepresivos como tecnologías
Los fármacos han sido antes o después de su invención
parte de una investigación científica orientada a descubrir
los fundamentos de su eficacia, a determinar sus modos de empleo y márgenes
de seguridad. El conocimiento que los respalda surge de la conjunción
de la investigación básica y de la investigación
médica clínica en un proceso en el que toman parte la práctica
clínica psiquiátrica, la investigación química
y el estudio de los mecanismos biológicos. El modo en que investigación
básica y clínica se han articulado en la creación
de psicofármacos ha variado en el transcurso del tiempo hasta desarrollar
un procedimiento fuertemente pautado de creación de novedades farmacológicas.
Las tecnologías poseen procedimientos de construcción regulado,
es decir, formas de desarrollo pautado, que en el caso de los antidepresivos
se consigue en base al cumplimiento de las cuatro fases de creación
de medicamentos implementadas por la industria farmacológica (Pignarre,
1997:37). En la Fase I la droga en estudio se prueba en voluntarios sanos
para evaluar su tolerancia, en la Fase II la droga es suministrada a aquellos
pacientes que poseen la patología a la cual va destinada la sustancia,
en la Fase III la droga se prueba en pacientes representativos de la población
objetivo y la sustancia se compara con medicamentos ya comercializados.
Una vez superada esta tercera fase se solicitan los permisos a las autoridades
sanitarias para introducir el nuevo medicamento al mercado y en la fase
IV se realizan estudios sobre el medicamento ya disponible para la venta,
con el fin de establecer sus ventajas con respecto a otros medicamentos.
Hemos señalado que analizaremos el proceso de recepción
de los antidepresivos en el Uruguay, entendiendo que dicho proceso constituye
un caso particular de recepción de tecnologías. Sin embargo,
no resulta del todo evidente que las drogas antidepresivas puedan ser
consideradas tecnologías. Si en este trabajo hablamos de ellas
en la medida que las reconocemos como productos tecnológicos fundados
en el conocimiento científico. Los antidepresivos se fundan en
este tipo de conocimiento desde al menos dos puntos de vista. En primer
lugar, se necesita un conocimiento científico específico
para poder usarlas. Este conocimiento, que implica un saber hacer con
la dosificación de las drogas, sus posibles interacciones con otros
medicamentos, el manejo de los efectos secundarios, y también el
poder reconocer a los individuos afectados por el trastorno que los antidepresivos
permiten mitigar, es el conocimiento psiquiátrico. En segundo lugar,
su desarrollo viene respaldado por la investigación científica
de los laboratorios, con sus procedimientos pautados de validación
y desarrollo de las drogas.
Los antidepresivos, al igual que las restantes drogas de uso médico,
son tecnologías en la medida en que transforman expresamente la
realidad del sujeto aquejado por una patología determinada, es
decir poseen una eficacia con efectos intencionalmente buscados. Un horizonte
de cientificidad respalda esta intencionalidad en el desarrollo de las
drogas, con procedimientos complejos de control y evaluación que
determinan no sólo la producción de un producto tecnológico
particular, la píldora, sino el tipo de conocimiento que debe desarrollarse
para su uso. En tanto tecnologías, los antidepresivos suponen un
área específica de transformación la depresión,
sujetos que pueden operar el producto tecnológico los psiquiatras
y agentes encargados de su desarrollo los investigadores en farmacología.
Lo que se recepciona con la llegada de estas drogas, por tanto, es una
tecnología que se utiliza como terapéutica en un ámbito
de acción preciso y con fines determinados.
Antidepresivos y disciplinas psicológicas
Un rasgo distintivo de la adopción de los psicofármacos
es que los actores que los recepcionan son aquellos individuos que poseen
los conocimientos necesarios para poder comprender las ventajas de esta
tecnología y a su vez emplearla. Todo parece indicar, por tanto,
que son los psiquiatras los receptores evidentes de esta tecnología.
Sin embargo no hemos restringido nuestro análisis a este campo
disciplinario en particular, sino que hemos preferido abordar el conjunto
de las disciplinas psicológicas.
La noción de disciplinas psicológicas (Duarte, 1997) permite
reconocer un campo de lo social común a un conjunto de disciplinas
divergentes: el dominio específico del estudio y el abordaje terapéutico
de la intimidad-interioridad del ser humano. Bajo esta categoría,
entonces, la psiquiatría, el psicoanálisis y la psicología,
disciplinas que han pasado por momentos particulares de institucionalización
y desarrollo teórico-técnico, constituyen un campo de mutuo
relacionamiento y tensión, compartiendo entre sí un horizonte
general de conceptos y representaciones culturales.
Teniendo esto en cuenta, podemos pensar que los psiquiatras son los receptores
primarios de los psicofármacos, pero también podemos reconocer
que el impacto de dichas tecnologías va más allá
de esta disciplina concreta y engloba al resto de las disciplinas del
campo de la salud mental.
Esto redunda en la modificación de presupuestos epistemológicos
y lógicas subyacentes que queremos describir y analizar y se vincula
con el afianzamiento o declive de distintas corrientes teóricas
dentro de las disciplinas psicológicas. En este sentido, creemos
que la introducción de los antidepresivos constituye una innovación
tecnológica radical que obliga a las disciplinas psicológicas
a reacomodarse en cuanto a marcos teóricos, métodos de investigación,
tratamientos y definición de ámbitos de acción para
cada una de ellas, al tiempo que esta reacomodación se ha producido
en medio de controversias y tensiones propiciadas por las peticiones conceptuales,
epistemológicas y axiológicas asociadas a los antidepresivos
en tanto tecnologías.
El arribo de cada uno de los diferentes tipos de drogas al Uruguay ha
marcado distintos momentos de reflexión académica y de práctica
de investigación científica sobre las depresiones y los
propios antidepresivos. Momentos en los que se han puesto en cuestión
la eficacia de estas drogas, la naturaleza de la entidad depresión,
las categorías diagnósticas, los procedimientos de investigación
y las competencias específicas de cada una de las disciplinas psicológicas
en el ámbito de las depresiones.
Ahora bien, la llegada sucesiva de las nuevas generaciones de sustancias
antidepresivas lejos de cerrar los debates abiertos por sus antecesoras
han recogido sus núcleos temáticos principales y relanzado
hacia delante la discusión en una controversia que sin ser frontal
ni radical, parece resistirse a admitir una clausura definitiva.
En efecto, la llegada de los antidepresivos implicó también
el arribo al Uruguay de metodologías de investigación utilizadas
en su desarrollo, de las nosologías empleadas en estos ensayos
de drogas y también del sustento explicativo que por una parte
da cuenta de los mecanismos de acción de estas sustancias, pero
que también supone una toma de postura acerca de las hipótesis
de base sobre el funcionamiento psíquico humano. Es a esto a lo
que aquí nos referimos por peticiones de los antidepresivos ante
las disciplinas psicológicas del Uruguay. Esto no significa que
los antidepresivos en sí mismo sean sujetos activos de una imposición
o de un imperativo, sino que en torno a ellos se cristalizan relaciones
sociales en las que el tipo de conocimiento científico al que se
enlazan promueve el ascenso de una corriente psiquiátrica en particular:
la psiquiatría biológica. De hecho, no todos los psiquiatras
que recetan antidepresivos son psiquiatras biológicos, pero sí
implica que todos ellos tienen que vérselas con esta corriente.
Cierta pretensión totalizante se entreteje en torno a los antidepresivos
como terapéutica biológica que tiende a desplazar a las
terapéuticas psicológicas, por lo que también psicoanalistas
y psicólogos quedan enfrentados a la psiquiatría biológica.
Si esto sucede así es en la medida en que la oposición
biológico/psicológico, ya existía en el campo de
las disciplinas psicológicas. Los antidepresivos son interpretados
utilizando el código que esta oposición ofrece como herramienta
de lectura y que se reedita en distinciones tales como etiologías
psicopatológicas endógenas o exógenas o enfermedades
psíquicas psicóticas o neuróticas. Dicho código,
patrimonio de las disciplinas psicológicas a nivel mundial, enmarca
en Uruguay un debate peculiar en el que se pretende asegurar un lugar
a todas las corrientes de las disciplinas psicológicas.
De hecho, las temáticas controversiales abiertas por los antidepresivos
en el Uruguay pueden agruparse en cuatro ejes principales:
- Reclasificación de cuadros clínicos
- Oposición entre tratamientos psicofarmacológicos y
tratamientos psicoterapéuticos
- Oposición de explicaciones teóricas de la depresión
provenientes de la psicofarmacología con las de la psicología
dinámica
- Tensión entre investigación apoyada en ensayos clínicos
y la investigación apoyada en el estudio de casos.
Desarrollaremos estos ejes luego de una breve reseña de los distintos
tipos de drogas antidepresivas y de las características institucionales
de las disciplinas psicológicas uruguayas.
El arribo de una nueva tecnología
El arsenal psicofarmacológico actual está compuesto por
una serie bastante amplia de sustancias antidepresivas. Estos medicamentos
se caracterizan por modificar el humor depresivo con una eficacia que
oscila entre el 60 y el 80%. Cualquiera de estas drogas posee un período
de latencia que abarca de una a seis semanas para que sus efectos se expresen
y gran parte de éstas pueden ser aplicadas también con otras
indicaciones (fobias, compulsiones, pánico).
Los antidepresivos tricíclicos y los inhibidores de la monoamino
oxidasa (IMAO), las primeras sustancias antidepresivas que vieron la luz,
dominaron el mercado de los antidepresivos durante dos décadas
desde su invención casi simultánea en 1957, siendo los del
primer tipo los más utilizados por su mayor margen de seguridad
y efectos secundarios menos graves que los del primer tipo(5).
Hacia finales de los años 70 y principios de los 80 los laboratorios
farmacéuticos desarrollaron una segunda generación de antidepresivos
con la intención de lanzar al mercado drogas con efectos secundarios
más leves. Entre estas nuevas sustancias se encuentran los tricíclicos
derivados de la imipramina, los IMAO de segunda generación (moclobemida,
por ejemplo) y nuevos tipos de moléculas antidepresivas que, sin
superar los niveles de eficacia de las drogas anteriores, tienen un mejor
perfil de efectos no deseados.
Sumariamente, el Uruguay recepcionó en primera instancia las drogas
más antiguas hacia los años 60 y hacia los años 80
los llamados antidepresivos de segunda generación en un mercado
nacional liderado por las firmas internacionales Roche, Ciba-Geigy y Rhône-Poulenc.
La década de los 90 comenzó con una nueva innovación
en el campo de los antidepresivos con la puesta a punto de los Inhibidores
Selectivos de Recaptación de Serotonina (ISRS), cuya vedette principal,
la fluoxetina, llega al Uruguay en 1990, a través de laboratorios
nacionales, pues la firma Elly Lilly carece de filial en el país.
En el mismo año, la sertralina, otro ISRS, llega al país
de la mano del laboratorio Pfizer. A diferencia de las drogas anteriores,
estos antidepresivos fueron desarrollados cuando ya se conocía
la posibilidad de poder obtener medicamentos con efectos concretos sobre
el humor. Por lo tanto, fueron pensados como nuevas sustancias que mejorarían
la eficacia antidepresiva y sobre todo, que evitarían las reacciones
adversas suscitadas por los antidepresivos más antiguos.
Hacia finales de los años 90, el mercado farmacéutico uruguayo
aún continúa recepcionando nuevas sustancias como la mirtazapina,
drogas que no pertenecen ni al grupo de los nuevos ISRS ni a los antiguos
tricíclicos o IMAO. De todas formas, los ISRS son claramente las
drogas de primera elección a la hora de la prescripción
psiquiátrica.
Instituciones y grupos sociales involucrados
Según datos del Ministerio de Salud Pública del Uruguay,
los antidepresivos llegaron al país a principios de los años
60. Los laboratorios Ciba-Geigy y Roche fueron los impulsores de la llegada
de la primera generación de tricíclicos e IMAO. Aparentemente
desde esos años los laboratorios mantuvieron una estrategia de
contacto con los psiquiatras que, más allá del trabajo de
los visitadores médicos como difusores de las características
de las nuevas drogas, incluía un nexo estrecho con algún
profesional destacado del medio al que se le proporcionaba la nueva droga
poco antes de su aparición en el mercado para que la probara en
sus pacientes.
A medida que las nuevas generaciones de antidepresivos fueron arribando
al Uruguay, la Clínica Psiquiátrica de la Facultad de Medicina
de la Universidad de la República comenzó a perfilarse como
uno de los lugares privilegiados para ser contactado por los laboratorios
en el momento de ingreso de las nuevas drogas. De hecho, la Clínica
aglutinaba en buena medida a los profesionales más prestigiosos
del medio y tenía acceso a un número importante de pacientes
con los cuales ensayar las nuevas medicinas.
La Clínica Psiquiátrica fue por largo tiempo la principal
impulsora del saber psicológico y psiquiátrico del país.
Creada en 1908, durante los primeros años del siglo XX estuvo fuertemente
influida por la psiquiatría francesa y su tratamiento moral de
los enfermos (Barrán, 1993) al mismo tiempo que daba albergue al
pensamiento biológico en la psiquiatría uruguaya. La primacía
de esta línea dentro de la cátedra fue notoria hasta finales
de los años 40 aunque algunos de sus directores ya se habían
mostrado permeables a otras concepciones de corte psicosocial. En la década
de 1950 la influencia del psicoanálisis comienza a tomar rasgos
más definidos dentro del pensamiento psiquiátrico uruguayo
hasta afianzarse en 1956 con la fundación de la Asociación
Psicoanalítica del Uruguay (APU) (Pérez Gambini, 1999:99).
Con este nuevo marco institucional, parte de los psiquiatras interesados
en el psicoanálisis se alejan del pensamiento predominante en la
Clínica Psiquiátrica (Murguía y Soiza, 1987:178),
pero también ejercen influencia sobre la misma a través
de la participación docente. En efecto, en esa época la
Clínica Psiquiátrica se muestra receptiva al mismo tiempo
al psicoanálisis y a los nuevos aportes de las incipientes neurociencias
y otras corrientes psicopatológicas y psicoterapéuticas
(Ginés, 1999). En este contexto la Clínica supo dar cabida
a las distintas corrientes psiquiátricas. Desde los años
60 tanto psiquiatras como psicoanalistas participaron en las enseñanzas
que se impartían en la Facultad de Medicina, pero fueron preferentemente
los psiquiatras interesados en los avances de la psicofarmacología
y en la psiquiatría biológica quienes mantenían contacto
con los laboratorios.
Aunque con algunas variaciones, esto se ha mantenido así hasta
el presente. En algunos casos, haber pasado por la Clínica Psiquiátrica
como docente interesado en psicofarmacología, supuso para determinados
psiquiatras el establecimiento posterior con los laboratorios de un lazo
duradero en el que el ensayo de las nuevas drogas ingresadas al mercado
se realizaba con cierta regularidad.
Hacia los años 80 un nuevo núcleo de profesionales amplió
el espectro de los psiquiatras contactados por los laboratorios. En el
seno del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente
Estable (IIBCE), perteneciente al Ministerio de Educación
y Cultura se estableció un departamento de neurociencias al que
se incorporó un núcleo de investigadores en psiquiatría
con formación doctoral en el exterior que estableció nuevos
contactos con los laboratorios Roche y Ciba-Geigy, en el momento en que
llegaba al país la segunda generación de antidepresivos(6).
Mientras estos grupos de psiquiatras que participaban en la realización
de ensayos clínicos con las drogas publicaban regularmente sus
resultados en el órgano de prensa más importante de la psiquiatría
uruguaya, la Revista de Psiquiatría del Uruguay, otro grupo
de psiquiatras, también con participación en la Clínica
Psiquiátrica en algunos casos, desarrollaban su reflexión
sobre las depresiones y sus tratamientos psicológicos o farmacológicos:
los psiquiatras pertenecientes a la corrientes psicoanalítica,
e integrantes la más de las veces de la Asociación Psicoanalítica
del Uruguay, filial nacional de la International Psychoanalitic Association.
Particularmente, en los eventos organizados por la Sociedad de Psiquiatría
del Uruguay, la sociedad científica y gremial de más peso
en el desarrollo de la psiquiatría uruguaya desde 1923, la presencia
de los psiquiatras psicoanalistas ha sido constante.
Los integrantes de la psicología uruguaya, por su parte, mantuvieron
una participación marginal en torno a la discusión sobre
la depresión y los antidepresivos, probablemente en la medida que
no poseen la formación adecuada para prescribir medicamentos ni
están autorizados por ley para ello. Sin embargo, su participación
se hace cada vez más clara desde mediados de los años 80
en adelante, y particularmente en el debate sobre la epidemia de depresión
acaecido en el Uruguay en 1998. En 1953 aparecerá la Sociedad de
Psicología del Uruguay y la creación de la APU marcará
una creciente influencia de la corriente psicoanalítica en la psicología
del país orientándola principalmente a la actividad clínica(7).
La Universidad Católica y la Universidad de la República
son las principales instituciones uruguayas que brindan formación
en psicología estando abiertas a la mayoría de las corrientes
psicológicas (psicoanálisis en sus varias escuelas, conductismo,
psicología social) pero mostrando un fuerte interés por
la psicología clínica y comunitaria más que por la
psicología experimental que no encontró mayor desarrollo
en el país. Los psicólogos, asimismo, se asocian en distintas
instituciones de carácter científico y gremial que también
muestran una fuerte influencia del psicoanálisis.
Una tecnología con definiciones propias
Para la psiquiatría uruguaya las depresiones en sí mismas,
no constituirían un tema de reflexión académica profusa
hasta entrada la década de 1980. Durante los años 60 y 70
la producción de artículos sobre la depresión en
la Revista de Psiquiatría del Uruguay es escasa (tres durante
la década de 1960 y otros tres durante la segunda mitad de los
años 70). De todas formas, poco tiempo después de la aparición
en el mercado internacional de los tricíclicos e IMAO comenzaba
a delimitarse el rumbo de las discusiones promovidas por los nuevos antidepresivos.
En marzo de 1960 concurrían desde el Uruguay varios psiquiatras
al Coloquio Internacional sobre Estados Depresivos realizado en Buenos
Aires (de la Fuente, 1960). La relatoría del evento publicada en
la Revista de Psiquiatría del Uruguay no sólo da
cuenta de la presentación de trabajos originales de psiquiatras
uruguayos en dicha ocasión, sino también de los puntos de
relevancia sobre los que giraba la reflexión de las depresiones
en el inicio de la década y que a través de la revista eran
difundidos a nivel nacional.
Ya en esos años encontramos la enumeración de algunos temas
que persistirán en la producción académica sobre
las depresiones: la existencia de la depresión enmascarada en grandes
partes de la población que consulta preferentemente al médico
general y la ausencia de criterios clasificatorios consensuales. Particularmente
la innovación propuesta en esta materia, proveniente de un profesor
de la Universidad de McGill, causó grandes discusiones entre el
auditorio. Esta propuesta clasificatoria otorgaba un uso sin precedentes
a las terapéuticas biológicas. Las palabras de de la Fuente,
autor de la relatoría, son claras en la descripción de lo
sucedido:
"Una de las aportaciones originales importantes, por lo menos a
mí me parecieron originales y de importancia, fue (sic)
el trabajo del Dr. Cameron del a Universidad de Mc Gill, quien propuso
abandonar nuestra estereotipía en la concepción de los estados
depresivos, dejar un poco a un lado la clasificación clásica
y tradicional, para buscar otros medios que nos permitan clasificar a
las depresiones de acuerdo a sus respuestas a la terapéutica. Al
hacer un intento de clasificación señaló un hecho
que me parece de la mayor importancia para todos lo que tenemos interés
en hacer investigación clínica en estos problemas, que quizás
los casos más interesantes, los que pueden arrojar más luz,
no son los casos que se curan, no son los que responden en forma dramática
al electroshock o las psicodrogas, sino son aquellos casos en que se produce
un fracaso terapéutico. Este trabajo del Dr. Cameron no fue (sic)
generalmente aceptado; su punto de vista pues representa un intento de
avanzar en la psiquiatría aprovechando la experiencia en otros
campos de la medicina, en los cuales el descubrimiento de nuevos medios
terapéuticos ha permitido hacer una reclasificación y una
revalorización de los cuadros clínicos." (1960: 26-27)
El hecho de que resultara una novedad para el auditorio mayoritariamente
latinoamericano indica al menos que la psiquiatría de la región
aún no se encontraba familiarizada con las peticiones que las nuevas
tecnologías estaban realizando al campo disciplinario en sus elaboraciones
conceptuales. Resulta interesante remarcar que para el relator, perteneciente
a la Universidad Nacional de México, este uso de las tecnologías
como criterios de clasificación de enfermedades, es exógeno
al campo de la psiquiatría. Al parecer, lo que las tecnologías
empezaban a promover en la psiquiatría latinoamericana eran experiencias
de administración de drogas monitoreadas. Son estas experiencias
que de la Fuente rotula con el nombre "estudios estadísticos"?
que cuentan con poco número de pacientes, sin grupos de control,
con dosis irregulares? los primeros intentos de investigación sobre
las nuevas drogas, aunque también se torna un tema de reflexión
la combinación de los fármacos en los tratamientos psicoterapéuticos.
Alrededor de este punto se encuentra nuevamente otro aspecto controvertido
del uso de las nuevas drogas. Tras señalar la resistencia de los
psicoanalistas al uso de los psicofármacos en la medida que interfiere
negativamente en la relación médico-paciente, agrega:
"La opinión expresada en el Congreso por uno de los participantes,
en cuya discusión participé entusiastamente, es que no debe
haber este inconveniente y que el ideal para el futuro es la práctica
de una psiquiatría integral en que aquellos que prefieren manejar
problemas por medios psicológicos, lo cual implica una selección
apropiada de los casos que pueden beneficiarse por medios psicológicos,
y aquellos que prefieren tratar sus enfermos por medios farmacológicos
o físicos, no se mantengan en dos campos diferentes, sino que en
cada caso particular se puede usar el psicoanálisis y un medicamento
antidepresivo en un deprimido o, antes de intentar un tratamiento psicoterapéutico
en un esquizofrénico, que le administren las drogas que tienen
valor antialucinante, favorece el restablecimiento del contacto del enfermo
con la realidad." (de la Fuente, 1960:29-30)
El debate que tuvo lugar en el Coloquio, evidencia una primera consecuencia
de la aparición de los psicofármacos tanto antidepresivos
como neurolépticos: el resquebrajamiento de la unidad del campo
psiquiátrico. El uso de los psicofármacos introduce una
contradicción dentro de la práctica clínica que impone
una línea demarcatoria entre dos enfoques que de ahí en
más se verán excluyentes: la psiquiatría dinámica
y la psiquiatría biológica. Aún sin referirse a las
implicancias teóricas del uso de los fármacos, parece que
en lo inmediato estos ya imponen dificultad en la práctica clínica
diaria. Queda planteado así el primer escollo que el campo va a
tratar de resolver: articular las terapéuticas dinámicas
con las físicas. Lo que en esta ocasión se presenta como
una cuestión de "preferencias" del médico psiquiatra,
años más tarde será articulado como una estrategia
clínica que responde a la naturaleza dispar de las distintas depresiones
y patologías mentales. De todas formas, ya se delimita en 1960
la bipartición psicótico-neurótico articulada con
la de tratamiento psicoterapéutico- tratamiento farmacológico
y sus posibles combinaciones.
Reclasificación de cuadros clínicos
La noción de depresión ha presentado durante el siglo XX
una cierta dificultad de especificación que se manifiesta en el
propio uso singular y plural del término (depresión y depresiones)
y en la heterogeneidad de los malestares que engloba (delimitación
de distintos tipos de depresiones o estados depresivos). La diversidad
de taxonomías sobre la depresión en el seno de estas disciplinas
representa un escollo para el propio uso de los antidepresivos.
Es decir, si lo que los antidepresivos curan es la depresión,
es necesario poder reconocerla cabalmente, para poder hacer uso de ellos.
Lo que los antidepresivos impulsan es una definición más
precisa de la depresión para poder prescribir certeramente este
tipo de tratamiento. ¿Existen diferentes formas mórbidas de
depresión? ¿Responden todas a las mismas causas y tratamientos?
Éstas son las preguntas guiadas por la introducción de esta
nueva tecnología y a las que también se pretenderá
responder con esta tecnología. Como se indicara en el Coloquio
de 1960, la pretensión de que los antidepresivos hagan las veces
de criterio diagnóstico y de ordenador de nosologías será
cada vez más fuerte.
La esperanza en los avances que la psicofarmacología podía
dar al respecto y el esfuerzo reflexivo sobre las categorías nosológicas
de la depresión es constante en boca de varios psiquiatras uruguayos
durante los años 70 y 80.
Hacia 1977 varios docentes de la Clínica Psiquiátrica abordan
las dificultades nosológicas de las depresiones en la vejez, intentando
integrar la tendencia clasificatoria internacional basada en las respuestas
terapéuticas con las concepciones particulares elaboradas en el
medio uruguayo por el entonces Profesor Titular de la Clínica Psiquiátrica.
Si bien los profesores se encuentran en la encrucijada de optar por las
nosologías propuestas por las diferentes escuelas francesas, alemanas,
españolas y norteamericanas, realizan una fuerte apuesta al fruto
que podrán dar en unos años las clasificaciones sobre la
base de las respuestas a las terapéuticas farmacológicas.
Diecisiete años más tarde de la polémica que suscitara
el Prof. Cameron en el encuentro de Buenos Aires, esto viró en
un dato aceptado:
"Hoy día cabe pensar que el avance de la psicofarmacología
y la farmacopsiquiatría obligará a reemplazar aquellas clasificaciones
de base pretendientemente (sic) patogénica o de concepción
clínica por otras de base bioquímica, mejor ajustadas a
nuestros recursos" (Bayardo et al., 1977:40).
Este compromiso con las nuevas definiciones requeridas por los antidepresivos
se evidencia sobre todo en los grupos que participan en la realización
de ensayos clínicos con este tipo de drogas. Durante los años
70 y principios de los 80 el grupo liderado por el Dr. Héctor Puppo
Touriz en la Clínica Psiquiátrica hará eco de estas
nuevas definiciones y, entrados los años 80, el grupo liderado
por el Dr. Federico Dajas en el IIBCE será el encargado de incorporar
rápidamente las nuevas nosologías y las herramientas diagnósticas
impulsadas por la psiquiatría norteamericana embarcada en la delimitación
de criterios de investigación en psicofarmacología.
Si en los años 60 la posibilidad de una nosología basada
en las respuestas a las terapéuticas somáticas resultaba
controvertida y durante los años 70 se había transformado
en una apuesta casi segura, en los años 80 esta apuesta se traducirá
en términos de la búsqueda de indicadores bioquímicos
que permitan un diagnóstico certero. El grupo de Dajas es claro
al respecto:
"... dado el gran arsenal de drogas antidepresivas actualmente a
disposición del clínico y la diferente respuesta de los
pacientes depresivos a estas drogas, se hace imperiosa la necesidad de
delimitar constelaciones sintomáticas, psicopatológicas
y biológicas que faciliten aproximaciones terapéuticas diferenciales."(Dajas
et al., 1984:110).
Asimismo, un volumen publicado sobre depresiones por la Clínica
Psiquiátrica en 1984 ilustra el tenor de estas apuestas. Los autores
enfatizan los avances que la biología ha permitido en la búsqueda
de marcadores biológicos a los que estaría ligada la depresión
endógena. En este punto pasan revista a las alteraciones del sueño,
los neurotrasmisores y los factores neuroendócrinos en espera de
una futura clasificación biológica:
Es de esperar que en un futuro cercano, se contará en psiquiatría
con exámenes paraclínicos que permitirán clasificar
biológicamente las depresiones, lo cual hasta ahora se realiza
desde el punto de vista clínico. Los marcadores biológicos
harán posible como dijimos clasificar las depresiones,
pero además, permitirán la identificación de los
cuadros atípicos linderos con la esquizofrenia y propiciarán
el diagnóstico diferencial entre los trastornos distímicos
y los ansiosos. (Puppo Touriz, Martínez Pesquera, Puppo Bosch,
1984:26).
Esta tendencia a buscar los marcadores biológicos de las depresiones
endógenas muestra el cariz biológico que parte de la psiquiatría
uruguaya toma en esos años. Los marcadores biológicos representan
por tanto la entrada de la psiquiatría a la medicina científica
entendida como de base biológica y cuantificable. Los valores aquí
presentes son la cuantificación, la objetividad de los datos biológicos,
es decir, una concepción particular de la ciencia, que intenta
acercarse al modelo de las ciencias básicas.
A pesar de ello un grupo importante de psiquiatras y psicólogos
psicoanalistas seguirán utilizando las categorías de presión
psicógena, depresión neurótica e incluso depresión
narcisística, termino acuñado por un destacado psicoanalista
uruguayo, conceptos que hacen referencia expresa a teorías etiopatológicas
provenientes de la psicología dinámica y que se oponen a
la orientación de parte de la Clínica Psiquiátrica.
En ese mismo volumen un artículo con clara tendencia psicoanalítica
sostiene:
El término psicógeno implica para estas depresiones
una predominancia de los factores psicológicos, las conflicitivas
(sic) emocionales la manera como las separaciones, las pérdidas
y los duelos fueron vivenciados por los pacientes. Probablemente coexisten
con esta predominancia factores de orden biológico por ahora difíciles
de constatar. (Gaspar, Ramírez y García, 1984:30).
En esos mismos años llega al país la clasificación
diagnóstica del DSM-III utilizada principalmente por el equipo
de Dajas en la realización de ensayos clínicos, pero si
bien esta clasificación empapa rápidamente al campo de las
disciplinas psicológicas la utilización en el medio de las
distinciones anteriores seguirá persistiendo como forma de posibilitar
la coexistencia de enfoques de la psiquiatría biológica
y del psicoanálisis. La distinción propia del DSM-III de
depresión mayor o menor, se equipara con las antiguas distinciones
de depresión psicógena o endógena o psicótica
y neurótica. Y mientras algunos psiquiatras hablan de la depresión
como enfermedad, parte de los psicoanalistas del medio la consideran un
síntoma sobre el horizonte de las estructuras psicopatológicas
psicoanalíticas clásicas de neurosis, psicosis y perversión.
No hay consenso, por tanto, acerca de qué es lo que curan los antidepresivos
a pesar del esfuerzo reflexivo de las disciplinas psicológicas
del Uruguay sobre las taxonomías de la depresión.
Tratamientos psicofarmacológicos y tratamientos psicoterapéuticos
La propia dispersión de las categorías nosológicas
en depresiones psicógenas y endógenas se reitera a la hora
de la práctica clínica y la elección de tratamientos.
Habíamos visto que en la década del 60 esto ya resultaba
controvertido. Pues bien, en las décadas siguientes la elección
de una u otra terapéutica implicará el resquebrajamiento
del campo de las disciplinas psicológicas, a lo que se responde
con un intento de unificación a través del uso del término
biopsicosocial que emplean tanto los integrantes de la psiquiatría
como del psicoanálisis o de la psicología clínica.
En un encuentro organizado en 1985 por la Sociedad de Psiquiatría
del Uruguay sobre depresiones se vuelve una y otra vez sobre este punto.
Mientras que algunos integrantes de la Clínica Psiquiátrica
se limitan a discutir sobre las ventajas o desventajas de los diferentes
tipos de antidepresivos y los tratamientos medicamentosos indicados (Martínez
Pesquera, 1985; Orrego Bonavita, 1985; Sazbón, 1985) el uso controvertido
de los antidepresivos aparece en palabras de uno de los Profesores Agregados
de la Clínica, practicante del psicoanálisis. El uso de
las drogas se vuelve problemático, al menos en dos niveles, para
los médicos que tienen la doble condición de psiquiatras
y psicoanalistas. En el nivel de la utilización, pues se resisten
a prescribirlos y en el de competencias, pues hay superposición
entre tratamientos biológicos y no biológicos:
Nos referiremos a la postura que tenemos los médicos y la
sociedad con respecto a los psicofármacos y a los tratamientos
biológicos, concretamente a los electroshocks.
Postura contradictoria, paradojal como contradictorio y paradojal es
el mundo en que vivimos.
Es por todos conocido que existe una amplia gama de antidepresivos que
pueden mejorar los síntomas cardinales de la depresión.
Tiende a ser acertado que los E.S. (sic) constituyen una terapia
eficaz para las depresiones melancólicas que ponen en riesgo la
vida del enfermo con tendencias suicidas y que no respondieron a la medicación
Sin embargo los prejuicios existen por no decir aumentan. Mientras, como
se dijo más arriba, la población toma toneladas de fármacos
y productos comerciales que prometen salud, se resiste a tomar drogas
que envenenan, que sólo son drogas , que
no actúan sobre los conflictos.
Debemos estar en alerta sobre nuestra propia actitud al respecto y poder
conciliar en nosotros mismos dos posturas que sólo en apariencia,
son antagónicas: la palabra del medicamento y el efecto medicamento
de la palabra.(Gaspar, 1985:109)
Por su parte, la oposición neurosis-psicosis opera como demarcador
de las opciones técnicas del psiquiatra.
La cura psicoanalítica clásica es el tratamiento
de elección en estos cuadros depresivos de estirpe neurótica
que si bien ocasionalmente pueden adquirir mayor gravedad nunca desinvisten
el mundo externo ni adquieren las características psicóticas
que imponen las modificaciones técnicas consiguientes. (Acevedo
de Mendilaharsu, 1985).
En última instancia esta oposición plantea otra nueva en
la que el psicoanálisis termina siendo equiparado a tratamiento
psicoterapéutico y la psiquiatría a tratamiento farmacológico.
Es casi consenso que los duelos neuróticos constituyen la
gran mayoría de las indicaciones psicoterapéuticas, en cambio
los duelos psicóticos son de abordaje extremadamente dificultoso.
(...). Este otro extremo del espectro requiere un abordaje psiquiátrico
inicial, debiendo ser las técnicas psicoterapéuticas pensadas
para otro momento, en que las posibilidades sean mayores y los riesgos
menores. (Probst, 1985:182-183).
La articulación de ambos tipos de tratamientos continúa
siendo conflictiva, o al menos discutida. La vehemencia con que uno de
los ponentes defiende la utilización de medicamentos en pacientes
deprimidos que se encuentran en psicoterapia es índice de la existencia
de posturas contrapuestas:
Nosotros estamos absolutamente convencidos de que el paciente deprimido
tiene que estar medicado. Y bien medicado. Para hacer psicoterapia tenemos
que trabajar con elementos neurológicos lúcidos. Con elementos,
diría yo, entre comillas, lo más ágiles
posible. La medicación es de una ayuda increíble en estas
circunstancias. (Montenegro, 1985:227).
La búsqueda de criterios psicopatológicos que ayuden a
dirimir esta controversia se traduce una vez más en oposiciones
que recogen nuevamente la bipartición endógeno-reactivo
o gravedad y levedad.
La asociación con terapéuticas biológicas
(psicofármacos y circunstancialmente ESPT) es imprescindible y
necesaria cuando los factores biológicos son los determinantes
de la depresión (depresiones predominantemente endógenas),
o existe riesgo cierto de suicidio o sufrimiento intolerable y desorganizante
(y esto no sucede sólo en los casos de depresiones endógenas).
(Orrego Bonavita, 1985:252).
El problema planteado por las terapéuticas somáticas y
más específicamente por los antidepresivos, parafraseando
el título del artículo del Dr. Brum (1985) publicado en
la Revista de Psicoterapia Psicoanalítica, replantea la
relación entre la psiquiatría y el psicoanálisis.
Este replanteo, se realiza entonces en torno a las terapéuticas
que a veces se muestran contrapuesta y que a veces se muestran articuladas.
En este caso, los psicofármacos salen bien parados:
La medicación actual hace accesible la terapia a pacientes
que antes no hubieran podido recibirla, ha disminuido enormemente la necesidad
de internaciones y ha permitido una continuidad del tratamiento psicoterapéutico
antes imposible (Brum, 1985:79).
Los psiquiatras psicoanalistas se encuentran en muchos casos utilizando
las herramientas farmacológicas y psicoterapéuticas a un
tiempo en el tratamiento de las depresiones.
La diferenciación de ámbitos no sólo se produce
entre dichas corrientes sino también en torno a objetos de estudio
concretos que desmembran la depresión en unidades discretas. Así,
los artículos de corte biologicista abordarán algunos las
depresiones secundarias (Sazbón, Montalbán y Tellería,
1984; Tutté y Rosa, 1984), las depresiones enmascaradas (Puppo
Bosch, 1984), depresiones en la vejez (Ramírez et al., 1984) y
depresiones en enfermos terminales ( Puppo Touriz et. al, 1984).
Hipótesis psicofarmacológicas de la depresión
La discusión nosológica y la discusión sobre la
elección de tratamientos estaban siendo acompañadas por
un esfuerzo reflexivo acerca de las dimensiones éticas de los estudios
farmacológicos y sobre los cambios de corrientes que la psiquiatría
nacional estaba experimentando. El editorial que escribe Daniel Murguía
en el año 1988 para la Revista de Psiquiatría es
sumamente revelador de los movimientos conceptuales que la llegada de
la psiquiatría biológica implicaba en la psiquiatría
uruguaya. Proveniente de la vieja escuela psiquiátrica nacional,
lanza una lectura del pasado psiquiátrico en la que la vertiente
dinámica es producto del estado tecnológico de la investigación
anterior. Murguía apela a las grandes figuras de la psiquiatría
clásica como Morel, Kraepelin y Clerambault para sostener que la
disciplina ha concordado en todas las épocas con la hipótesis
de las bases biológicas de las enfermedades mentales. Llegando
a sostener que la psiquiatría siempre ha sido biológica,
acusa el fuerte impulso que las nuevas tecnologías tomografía
por emisión de positrones, la investigación electroencefalográfica,
entre otras han propinado a la investigación en psiquiatría.
El texto intenta ser conciliador frente a lo que parece amenazar la homogeneidad
hasta el momento existente dentro de su campo disciplinario, pero en este
mismo movimiento otorga un papel central a las nuevas perspectivas biológicas
en la psiquiatría nacional.
"Más que agrupar los hechos biológicos discernibles
en una gran sección denominada Psiquiatría Biológica
debemos pugnar por integrarlos con el conjunto de conocimientos que constituyen
la Psiquiatría Clínica tradicional en cuyo ámbito
nos movemos hasta el presente. No olvidemos que la persona es una entidad
bio-psico-social y por tanto no corresponde, por una limitación
en el conocimiento, separar artificialmente, en estancos diferentes, lo
que son fenómenos biológicos de aquellos subjetivos o sociales
que constituyen el acontecer o la manifestación psico-social del
individuo" (Murguía, 1988:195)
Por cierto, desde principios de los años 1980 una parte de la
psiquiatría uruguaya se vuelve receptiva a las propuestas de la
psiquiatría biológica. En el año 1981, la Revista
de Psiquiatría del Uruguay cuenta con una primera presentación
de la hipótesis monoaminérgica de las depresiones en relación
estrecha con los mecanismos de acción de los antidepresivos (Pérez
Fontana, 1981).
Esta perspectiva biológica de la psiquiatría nacional,
hace eco de las tendencias que van dominando la psiquiatría internacional,
señalando el papel de las tecnologías como promotoras del
avance disciplinario así como adoptando los acuerdos internacionales
que regulan las nuevas características que ha tomado el ejercicio
práctico de la profesión.
La presencia de la psiquiatría biológica en la Revista
de Psiquiatría del Uruguay será constante de ahí
en más. Durante los años 90 la Revista de Psiquiatría
preferirá publicar artículos internacionales sobre las características
farmacológicas de los ISRS en general, la hipótesis serotoninérgica
o las características neurobiológicas de la depresión,
mostrando el interés de la dirección de la revista en estar
al día con las publicaciones más recientes sobre la depresión
a nivel internacional.
En 1993 el profesor Murguía en una conferencia dictada en la Sociedad
de Psiquiatría del Uruguay reconoce este interés en lo que
él denomina etapa bioquímica de la depresión
como la fase histórica más recientes de la reflexión
psiquiátrica sobre los estados depresivos. Desde su punto de vista
esta etapa es producto de los adelantos sobrevenidos con los avances psicofarmacológicos
desde mediados del siglo XX y las teorías noradrenérgicas
y receptoriales de la depresión dominan el campo psiquiátrico
instalando la confrontación en el seno del mismo, confrontación
que se pretende superar con la apelación a la noción de
biopsicosocial:
Pero hay una cosa que quiero señalar: la aparición
de estas teorías bioquímicas (por eso yo llamaba la «etapa
bioquímica de la depresión»), pareció confrontar
las teorías sicológicas (sic) con las teorías
bioquímicas; con un reduccionismo extremo, riguroso, anticientífico,
se podría decir que la depresión depende de que haya más
o menos neurotrasmisores y entonces para qué sirve especular sobre
una situación defectuosa de relación objetal, ambivalente,
etc.?, o al revés, decir si todo es problema sicológico
(sic), si todo gira alrededor de una primera relación
objetal defectuosa que después impide la resolución de un
duelo, entonces para qué sirven estos neurotrasmisores? Bien, colocarse
en esa posición de antagonismo aparente, de contradicción
entre dos teorías, que las dos tienen sus confirmaciones clínicas,
es completamente anticientífico. Y ello sucede porque se pierde
de vista que la persona es una entidad sicobiológica (sic).
Es decir que es una estructura holística, indivisible, en donde
los sicológico (sic), lo biológico y lo bioquímico
están intimamente (sic) correlacionados, en interrelación
recíproca. Se pierde de vista que la persona es una entidad psicobiólogica
(sic), que la actividad mental es una actividad sicobiólogica
(sic), que la depresión, como manifestación de
actividad mental, defectuosa o no, es una manifestación sicobiológica;
es decir que tiene una vertiente sicológica y una vertiente que
en este momento decimos bioquímica. (Murguía, 1994:16).
La corriente psicoanalítica y la psicología darán
respuesta al empuje bioquímico a fines de la década de los
90 en ocasión de la irrupción de algunos psiquiatras nacionales
en los medios de prensa. Hacia el año 1998 el papel de los médicos
generales como mayores receptores de consultas sobre depresión
y también como mayores prescriptores de tratamientos farmacológicos
generará una salida de la psiquiatría a los medios masivos
de comunicación del país, que también insistirá
sobre el aumento de la prevalencia de depresión en Uruguay. Esta
presencia de la psiquiatría y de la depresión en los medios
de comunicación promovió una serie de eventos académicos(8)
por parte de varias instituciones vinculadas al psicoanálisis,
la psiquiatría y la psicología nacionales que en gran medida
combinaron una respuesta política al manejo mediático del
tema con una respuestas académicas que retomaban gran parte de
las posturas heredadas de los años anteriores sobre depresión
y antidepresivos.
Hipótesis dinámicas de la depresión
La corriente psicoanalítica que años antes venía
reflexionando sobre la depresión en torno al duelo y la pérdida
de objeto (Uriarte, 1993) publica a fines del año 1998 una edición
especial de la Revista Uruguay de Psicoanálisis sobre Duelo
y depresión en la que si bien se continúa con el mismo
eje de reflexión se está alerta de las dimensiones que los
estados depresivos han tomado en el campo de las disciplinas psicológicas
del momento. Las palabras del editorial del volumen son elocuentes:
Este número aparece en momentos en que en el medio académico
y periodístico hay una preocupación grande por el tema de
la depresión, al punto de llegar a considerarla como una epidemia
oculta en el Uruguay y en el mundo".
La depresión es una constante en nuestra vida y en nuestra práctica.
Desde la psiquiatría se la considera una enfermedad,
para la cual la predisposición se encuentra en el nivel genético
o bioquímico. Desde nuestro campo es difícil pensarla conceptualmente.(Revista
Uruguaya de Psicoanálisis, 1998:5).
De hecho, del conjunto de trabajos publicados en la revista, sólo
dos tratan específicamente el tema de las depresiones (Uriarte,
1998; Veríssimo de Posadas, 1998) y la respuesta que la APU intenta
dar no sale de los límites de las exposiciones habituales que sus
miembros venían realizando con anterioridad sobre el tema, por
lo que no se establece ningún diálogo con la psiquiatría
ni con las etiologías biológicas a las que se hace referencia
en el editorial. La demarcación resaltada en dicho editorial sobre
el enfoque psiquiátrico de la depresión y el psicoanalítico
no va más allá del reconocimiento de la división
del campo de las disciplinas psicológicas del momento, en torno
a las depresiones. Dos años más tarde la Asociación
vuelve a dar otra respuesta con la realización del I Congreso Uruguayo
de Psicoanálisis y XI Jornadas Científicas denominado Los
duelos y sus destinos.
Depresiones, hoy. El director científico de la APU del momento,
interrogado acerca de las razones por las que se organizó el congreso
argumenta: nosotros hicimos un congreso para discutir con los
psiquiatras duelo y depresión, porque nos interesa esa interfase.(9)
Reconoce la disparidad entre psiquiatría y psicoanálisis
cuando se refiere a la propia noción de depresión como un
concepto representativo del enfoque psiquiátrico sobre los trastornos
del humor, y a la noción de duelo como la aproximación característica
del psicoanálisis a los mismos: La idea era discutir un
tema que tuviera que ver con el psicoanálisis, que es el de los
duelos y con el de las depresiones que es un tema más psiquiátrico(10).
La distinción no se refiere a la distinción de ámbitos
de acción específicos para la psiquiatría y el psicoanálisis
en referencia a los distintos tipos de depresión, sino a un modo
propio de cada una de estas disciplinas de conceptualizar y trabajar teóricamente
sobre los estados depresivos. Así, los trabajos psicoanalíticos
sobre la tristeza y las depresiones, apelan más que a la noción
de depresión a la noción de duelo, pues ella les proporciona
una explicación psicogenética de la pesadumbre a punto de
partida del clásico artículo de Freud Duelo y melancolía.
La abrumadora mayoría de los trabajos presentados en dicho congreso
siguen esta línea de pensamiento y una forma de presentación
similar basada en viñetas clínicas o estudios de casos particulares.
En definitiva pocos abordan el tema concreto de los estados depresivos,
lo que subraya aún más la ajenidad que el propio concepto
supone en el marco psicoanalítico (Acevedo de Mendilaharsu, 2000;
Tellería, 2000; Nin, 2000; Gutiérrez, 2000; Errandonea,
2000; Martinovic y Kovacs, 2000). En las ocasiones en que se trata el
tema de las depresiones establecen un diálogo con las nosologías
y los tratamientos psiquiátricos. Las referencias a las categorizaciones
clásicas como la melancolía siguen siendo claves para la
corriente psicoanalítica pero es explícita la apelación
a las corrientes más influyentes dentro de la psiquiatría.
Algunos meses más tarde, la Coordinadora de Psicólogos
de Uruguay organiza su propio Coloquio sobre depresiones para el que lanza
una publicación con distintos artículos sobre el tema. En
dicha publicación se hace patente la influencia que la corriente
psicoanalítica ejerce sobre la psicología nacional, pues
la mayoría de los trabajos responden a ésta línea.
La presentación de esta publicación ubica claramente el
tema de las depresiones dentro de un debate en el que los tratamientos
parecen ser la piedra angular:
Tratar el asunto de las depresiones que parece azotar al país
como una epidemia, implica abrir el juego en relación al problema
de la medicalización, los efectos de la propaganda, a la vez que
situar la posición de un tipo de prácticas como son los
tratamientos psicológicos u otro tipo de intervenciones no químicas,
que tienen sus efectos, pero que parecen confrontados por los abordajes
químico-comerciales en un reparto de saberes que no tendrían
demasiado en común, ni tampoco posibilidades de discusión.
(Comisión de actividades científicas, 2000:3).
Las apelaciones a la teoría del duelo se reiteran también
en los artículos elaborados por los psicólogos (Amaral y
Zijlstra, 2000; Klein, 2000; Rama de Tabárez, 2000; Rodríguez,
2000) y el psicoanálisis también se hace presente a través
de la producción de algunos de los miembros de la Asociación
Psicoanalítica del Uruguay y del psicoanálisis lacaniano
(García, 2000; Schkolnick, 2000; Assandri, 2000; Castellano, 2000).
El único artículo del conjunto que pretende reflexionar
sobre el tratamiento mediático de la llamada epidemia de
depresión uruguaya señala el papel de los psicofármacos
como sustancias respaldadas en un arsenal científico que han cambiado
la faz del hombre:
El hombre analizado, disuelto químicamente al punto que
se puede componer un mapa completo de sus moléculas, un mapa de
sus átomos, un mapa de sus genes, ... pero ¿un mapa de este
tipo puede orientar a los sujetos en los recorridos de sus actos, sus
placeres, sus elecciones, sus sufrimientos? ¿Un mapa de ese tipo
orienta la vida de alguien? (Assandri, 2000:24-25).
Las preguntas que cierran la cita se convierten en los mojones que indican
el rumbo de la controversia entre el tratamiento psicoanalítico
y un cierto tratamiento psiquiátrico de la depresión de
fines de los años 90. De hecho, estas preguntas bien podrían
sustituirse por afirmaciones en las que el éxito de los antidepresivos
y el enfoque neuroquímico que los sustenta queda puesto en entredicho.
Esta confrontación es planteada por uno de los miembros de la Comisión
Científica de la Coordinadora de Psicólogos que organizara
el Coloquio como una respuesta a los artículos aparecidos en la
prensa y una respuesta a la biologización del dolor humano
desde la psiquiatría(11).
El encuentro, por tanto tenía un objetivo claro dentro del campo
de las disciplinas psicológicas nacionales: crear un debate en
torno a cierto enfoque que estaba predominando en la presentación
de los estados depresivos ante la opinión pública.
Modificaciones en el tipo de investigación
La década de 1980 contrasta con las anteriores por la explosión
exponencial de la producción nacional en torno a las depresiones
y los antidepresivos. Pueden encontrarse alrededor de una cincuentena
de trabajos en distintos tipos de publicaciones nacionales generadas principalmente
como fruto de eventos académicos de distinta índole. Dentro
de esta proliferación de trabajos se constata un aumento tajante
de los ensayos clínicos sobre "nuevas drogas antidepresivas",
aunque representan un bajo porcentaje comparados con los trabajos teóricos
sobre depresión. Los autores también se multiplican y no
necesariamente tienen una vinculación institucional formal con
la Clínica Psiquiátrica de la Facultad de Medicina. Mientras
que en la década de 1970 los profesores de la Clínica son
los principales generadores de aportes nacionales en torno a las depresiones
y los antidepresivos, en los años 80 van a surgir nuevos actores
en el campo disciplinario: psiquiatras con vinculación directa
a algunos laboratorios y psiquiatras pertenecientes al Instituto de Investigaciones
Biológicas Clemente Estable.
Si bien los ensayos de drogas aumentan notoriamente y se estandariza
su metodología siguiendo los lineamientos de la literatura internacional,
los mismos presentan características particulares al medio: los
estudios son preferentemente de fase IV y con bajo número de pacientes
involucrados. El ensayo realizado por los doctores Rey Tosar, Caetano
y Domínguez (1980) involucró a 40 pacientes en el estudio
comparativo de viloxazina contra amitriptilina, en el estudio realizado
con moclobemedia por Dajas el equipo de Federico Dajas (Dajas et al.,
1984) participaron 26 pacientes, en el realizado con maprotilina en 1987
(Dajas, Nin y Martínez, 1987) 40 pacientes y los realizados por
varios antiguos profesores de Clínica Psiquiátrica incluyeron
58 pacientes en la contrastación de metapramina con imipramina
(hubo otro estudio en 1985 con la misma droga con 40 pacientes) (Puppo
Touriz et al., 1987) en un caso, 49 en el otro (Puppo Touriz et al., 1988)
y 50 en la evaluación de carpipramina (Puppo Touriz et. al., 1989).
Los resultados que arrojan estos ensayos en su gran mayoría son
confirmatorios de la eficacia ya probada en los procesos de desarrollo
de la droga realizados en los países centrales. Este tipo de ensayos
parece más un ejercicio de aplicación de los métodos
de investigación asociados a la investigación con antidepresivos
y una demostración de su manejo por parte de los psiquiatras nacionales
que una búsqueda de conocimiento original.
El diseño de estos estudios es acorde a los diseños regulares
de la investigación psicofarmacológica: administración
de una droga a pacientes con el diagnóstico para el que esta droga
se supone eficaz, medición de la gravedad de la sintomatología
depresiva de los sujetos involucrados en el estudio al inicio del ensayo,
a mediados del mismo y al final; contrastación de la eficacia de
la droga con otro medicamento de eficacia ya verificada o contra placebo,
administración a doble-ciego. La escala de Hamilton de evaluación
de la depresión es la herramienta constante en todos los ensayos
clínicos desde al menos 1975 (Bayardo et al., 1975).
El cambio más notorio que se produce en los ensayos clínicos
es la adopción de las categorías diagnósticas propuestas
por el DSM III. Mientras que al inicio de la década el ensayo clínico
realizado por Rey, Caetano y Domínguez (1980) se continúa
utilizando la distinción entre depresiones reactivas y endógenas,
los ensayos posteriores la habían abandonado definitivamente. En
1984, la utilización por parte del equipo de Dajas de los Criterios
Diagnósticos para la Investigación (Research Diagnostic
Criteria, en el inglés original) elaborados por el psiquiatra norteamericano
Spitzer(12), marca la adopción
de una nueva herramienta de diagnóstico al servicio de los métodos
de investigación en psicofarmacología.
Por su parte, los trabajos realizados únicamente por antiguos
integrantes de la Clínica Psiquiátrica en el mismo período
se limitaban al ensayo de la droga proporcionadas por los laboratorios
Rhône-Poulenc que en tanto "nuevos antidepresivos" eran
comparados con los clásicos tricíclicos (Puppo Touriz et
al, 1987). En el año 1988 cuando el director médico de Rhône-Poulenc
intenta reintroducir en Uruguay la toloxatona(13)
aparece en la Revista de Psiquiatría del Uruguay una revisión
sobre la molécula (Caetano, 1988) tres números antes de
que fuera publicado el ensayo clínico realizado por la Clínica
Psiquiátrica (Puppo Touriz et al., 1988).
Los psiquiatras que participaron en los ensayos clínicos de los
años 70 y 80, más allá de reconocer los ensayos clínicos
como instrumentos de los laboratorios para introducir nuevas drogas al
país, encuentran en su realización beneficios concretos
para la psiquiatría nacional. Adquieren importancia en una lógica
académica que se expresa del siguiente modo: eran trabajos
que uno realizaba para ganar training en esos productos, porque te daban
el producto. En realidad para la gente joven, para hacerse evidentemente
una posición con trabajos presentados, eran trabajos con una mirada
clínica, presentados en jornadas.(14)
Una lógica similar se encuentra en las afirmaciones del encargado
de organizar los ensayos clínicos en el laboratorio Rhône
Poulenc: uno de los primeros que impuso hacer trabajos fui yo,
trabajos nacionales. ¿Por qué? Porque teniendo la posibilidad
de tener la molécula los médicos experimentaban, por qué
no liberar nuestra opinión realmente, porque al final de cuentas
no se necesitaban cosas muy sofisticadas, a no ser a través de
protocolos ya establecidos, establecer la eficacia. (...) Yo creo que
el liderazgo de Rhône Poulenc nació fundamentalmente de darle
al médico un lugar, al psiquiatra, un lugar que le correspondía
en la posibilidad e de trasmitir su propia experiencia y llevarla a congresos(15).
Para el equipo liderado por Federico Dajas, los ensayos clínicos
servían de fuente indirecta de financiación para la verdadera
línea de investigación del grupo en determinación
de catecolaminas en sangre. El equipo se encontraba realizando contribuciones
originales en un área de investigación que combinaba la
investigación básica con la clínica, y podían
integrar los ensayos clínicos financiados por la industria farmacéutica
y parte de sus propias investigaciones independientes(16).
Durante los años 90 desaparece la publicación de ensayos
clínicos sobre drogas antidepresivas de las revistas académicas
nacionales. Sin embargo, los ensayos clínicos se continúan
realizando. La relación de estos estudios con los intereses de
los laboratorios queda más en claro en la medida que los datos
de estos ensayos aparecen en dossiers publicados por los propios laboratorios
o se presentan en eventos puntuales de lanzamiento de las nuevas drogas.
Los ensayos clínicos del momento focalizan el estudio de las nuevas
sustancias antidepresivas ingresadas al país: la venlafaxina, la
mirtazapina y los ISRS. En el año 1993 se realiza la presentación
en el Congreso de Mundial de Psiquiatría de Río de Janeiro
de uno de los últimos estudios a nivel privado con antidepresivos
IMAO (moclobemida)(17).
Entre 1994 y 1995 la Clínica Psiquiátrica participó
en un estudio multicéntrico para el laboratorio Wyeth, representado
a nivel nacional por el laboratorio Servimedic, en el que se contrastaba
la venlafaxina contra sertralina(18).
Hacia 1998 se realizó un estudio multicéntrico, también
a nivel privado de tratamiento de depresión con sertralina organizado
por el laboratorio Pfizer. Los resultados de este ensayo fueron presentados
en la Sociedad de Psiquiatría del Uruguay(19).
En noviembre de 1999, también a nivel privado, se realiza un ensayo
clínico con mirtazapina, a pedido del laboratorio uruguayo-argentino
Gramón Bagó, representante nacional del laboratorio Organon.
El estudio fue coordinado por el Dr. Eduardo Blengio y participaron en
el mismo 9 psiquiatras de reconocida trayectoria en el medio(20)
(Blengio, 2000). Los datos fueron presentados en agosto del 2000 ante
un público compuesto preferentemente por psiquiatras(21).
Estos ensayos clínicos realizados entre 1990 y el año 2000
fueron promovidos por los laboratorios, al igual que la mayoría
de los ensayos realizados durante la década de los 80. El interés
comercial de la realización de dichos ensayos no pasa desapercibido
para quienes participaron en los mismos. Muchos consideran que la realización
de los ensayos clínicos con las nuevas drogas introducidas en el
país era parte de una estrategia de marketing de los laboratorios.
Resulta interesante que dicho reconocimiento toma en algunos casos un
tono claramente moral y otras veces de crítica científica
a la validez de dichos estudios, que opone, por un lado una verdadera
investigación científica a una falsa investigación
científica y por otro una investigación científica
pura a una investigación científica espúrea.
Los antidepresivos, como productos provenientes de un sistema científico,
tecnológico y comercial de los países centrales dejan en
una posición a veces incómoda a quienes quedan ubicados
en cierta cercanía con los laboratorios, ya sea en estudios de
pre-mercado como de post-mercado.
Mientras los trabajos apoyados en la experiencia clínica realizados
desde la psiquiatría incorporan esta nueva metodología que
suplanta el estudio de caso por ensayo clínico, enfatizando la
búsqueda de confiabilidad, representatividad, validez y la cuantificación
de los datos obtenidos, el estudio de casos clínicos es conservado
como metodología válida para las disciplinas psicológicas
por los integrantes de las instituciones vinculados con la corriente psicoanalítica,
las publicaciones de la APU y de la Coordinadora de Psicólogos
del año 2000 son un ejemplo ilustrativo de esto. El estudio de
caso era una herramienta de investigación para la psiquiatría
durante la década del 60 y del 70, pero no 30 años más
tarde.
Consideraciones finales
El proceso de recepción de los antidepresivos en el Uruguay, que
hemos esbozado, implicó no sólo la recepción de nuevas
sustancias médicas, sino la recepción de nuevos conocimientos.
Los primeros antidepresivos tricíclicos e IMAO fueron producto
de actividades de investigación estrechamente ligados a la actividad
clínica y se desarrollaron en un momento en que el sistema regulatorio
internacional era altamente flexible. La introducción de dicho
tipo de fármacos en nuestro medio parece haber exigido una nueva
formación a usuarios que respondían a la psiquiatría
francesa y que que no estaban necesariamente familiarizados con los ensayos
clínicos utilizados en el desarrollo de nuevas drogas.
La situación será divergente en el momento de ingreso al
país de los IMAO y tricíclicos de segunda generación.
Ese momento coincide con la consolidación de un grupo de trabajo
integrado por psiquiatras con formación de cuarto nivel en el exterior,
que en base a su inserción institucional en la Clínica Psiquiátrica
de la Facultad de Medicina y en el Instituto Clemente Estable,
impulsaron la creación de un departamento de investigaciones psicofarmacológicas.
Esto supuso una vinculación particular de las ciencias básicas
y clínicas en psicofarmacología distinta a la observable
en los centros de desarrollo de nuevas drogas. Es decir, mientras que
en la creación de medicamentos las disciplinas clínicas
se nutren de los primeros aportes de las ciencias básicas, en Uruguay,
la introducción de nuevos antidepresivos permitió que las
ciencias básicas se apoyaran en los ensayos clínicos para
poder llevar adelante investigaciones paralelas al ensayo de las drogas.
En pocas oportunidades los investigadores nacionales participaron en la
prueba de drogas que no hubieran entrado al mercado, es decir, la mayoría
de los estudios eran de Fase IV, con oportunidades nulas de generar verdadero
conocimiento original en el campo del desarrollo de drogas antidepresivas.
En este sentido, los ensayos clínicos, más que una herramienta
de investigación son herramientas de difusión de drogas,
es decir oportunidades de familiarización de los receptores con
las nuevas tecnologías. Así, es posible establecer una clara
conexión entre la introducción de nuevos antidepresivos
en el país y la realización de estos ensayos clínicos.
Aquellos que participan en estos ensayos son los considerados expertos
en el tema en el medio uruguayo, es decir, los líderes de opinión
que escriben las monografías de presentación de los medicamentos
y quiénes tiempo más tarde realizan los cursos de formación
continua en psicofarmacología.
Frente a este modo de recepción de las drogas el resto de las
disciplinas psi se mantiene al margen de los conocimientos específicos
para el uso de las mismas, pero adoptando en parte una posición
reflexiva ante la consolidación de la noción de depresión
en los términos empleados en los ensayos clínicos. Las intervenciones
de psicoanalistas y psicólogos en eventos académicos impulsados
en los años 80 y fines de los 90 responden en parte a esto.
Las novedades principales en esta materia serán la presencia cada
vez más acentuada, dentro de la psiquiatría uruguaya, de
las explicaciones neuroquímicas de la depresión, así
como el énfasis puesto por todas las disciplinas psicológicas
en explicaciones biopsicosociales. Este movimiento de producción
académica atestiguará la creciente importancia de la psiquiatría
biológica y la reacomodación de las restantes disciplinas
psicológicas frente a ello. Paulatinamente surgirá un mapeo
de las distintas prácticas clínicas y terapéuticas
a partir de la disgregación de distintos dominios del fenómeno
depresivo. En cierta medida, la concepción biopsicosocial de la
enfermedad que circula en el campo de las disciplinas psicológicas
como apelación a la interdisciplina, es la misma que permite aislar
los componentes biológicos y psicológicos y posibilita la
coexistencia de abordajes dispares del fenómeno depresivo. En una
suerte de lógica binaria, las depresiones mayores serán
dominio de los tratamientos psicofarmacológicos proporcionados
por la psiquiatría y las distimias dominio de los tratamientos
psicoterapéuticos practicados por las distintas corrientes psicológicas.
Al mismo tiempo, surgirá una proliferación de nuevos objetos
de estudio en los que las depresiones se fragmentarán como depresiones
en la infancia, en la adolescencia, en la edad media de la vida, en la
tercera edad, depresión en mujeres, insomnio y depresión,
depresiones resistentes a los psicofármacos, suicidio y depresión,
depresión y duelo, entre otros.
De hecho, los antidepresivos en sí mismos también son considerados
desde esta óptica reflexiva evidenciando que su uso como herramientas
terapéuticas dista de ser consensual. No todos los grupos involucrados
en las disciplinas psicológicas del Uruguay están de acuerdo
con la eficacia de los antidepresivos para curar las depresiones. En este
sentido, los antidepresivos no significan ni representan lo mismo para
todos los miembros de las disciplinas psi.
El grupo de los psiquiatras alineados a la psiquiatría biológica
es el que más claramente admite la eficacia de los antidepresivos
y su papel como herramienta farmacológica revolucionaria del campo
de la salud mental. Para buena parte de los psiquiatras de corriente psicoanalítica
los antidepresivos representan una herramienta eficaz en la medida en
que puede ser combinados con tratamientos psicodinámicos y algo
similar sucede con los psicólogos clínicos.
De todas formas la noción de eficacia de los antidepresivos se
emparenta tácitamente con la concepción de cura y las teorías
etiológicas que cada uno de estos grupos parece sostener. Los psiquiatras
y psicólogos vinculados a la corriente psicoanalítica no
consideran los efectos de los antidepresivos como una cura del sujeto.
La remisión de los síntomas que estos psicofármacos
provocan son sólo eso, remisión de síntomas. Mientras,
los psiquiatras vinculados a la psiquiatría biológica consideran
los antidepresivos como una vía clara de curación siendo
éstos los únicos remedios eficaces para los tipos de depresiones
más graves. Los mecanismos de acción de estas drogas les
proveen incluso de hipótesis etiológicas sobre los estados
depresivos que respaldan científicamente el uso de estos medicamentos.
La vinculación de los antidepresivos con la ciencia que los fundamenta
rebasa incluso la explicación de su funcionamiento. El tipo de
ciencia implicada en el desarrollo de los psicofármacos, viste
las experiencias con drogas realizadas en el país, incluso cuando
de antemano se sabe que estos ensayos no aportarán información
sustancialmente nueva. Es decir, se emula una metodología de experimentación
que si bien no asegura la producción de conocimiento original,
le imprime carácter científico al estudio que se realiza.
La introducción de los antidepresivos en el Uruguay parece realizar
una petición fuerte a los académicos del medio en cuanto
a la valoración positiva de los mecanismos y procedimientos de
la investigación psicofarmacológica. Pero la conjunción
de los valores epistémicos con los valores comerciales que los
antidepresivos representan en tanto productos tecnológicos distribuidos
en el mercado por la industria farmacéutica resulta controvertida
para las disciplinas psicológicas del Uruguay. La distinción
entre verdadera investigación y falsa investigación
que pudo constatarse en el discurso de varios psiquiatras del medio responde
en gran medida a ello.
Como hemos visto, la introducción de los antidepresivos en el
Uruguay ha generado debates, controversias y tomas de posición
en el seno de las disciplinas psicológicas del país que
han acompañado el proceso de recepción de esta tecnología
desde sus primeros años hasta el presente. La discusión
parece no haber alcanzado aún la última palabra y el campo
de las disciplinas psicológicas continúa en ebullición.
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Datos de la autora
Andrea Bielli
Institución: Comisión Sectorial de Investigación
Científica (CSIC), Universidad de la República, Uruguay.
Breve Curriculum vitae:
Prof. Asistente de la Unidad Académica de CSIC, Universidad de
la República, Uruguay. Dicho cargo implica docencia e investigación
en el CTS y la gestión de programas de apoyo a la investigación
científica en la Universidad de la República.
Estudiante del programa de Doctorado Filosofía, Ciencia,
Tecnología, Sociedad de la Universidad del País Vasco.
Becaria del Ministerio de Asuntos Exteriores de España
Agencia Española de Cooperación Internacional, 2003-2004.
Licenciada en Ciencias Antropológicas, Universidad de la República,
Uruguay, 1999.
Licenciada en Psicología, Universidad de la República,
Uruguay, 1996.
Notas:
(1) Becaria del Ministerio de Asuntos
Exteriores de España Agencia Española de Cooperación
Internacional.
(2) A este tipo de drogas pertenece
la fluoxetina, más conocida como Prozac, su nombre de venta
al público en Estados Unidos y algunos otros países.
(3) En junio de 1999 la Sociedad de
Psiquiatría del Uruguay organizó una Jornada sobre depresión
con invitados extranjeros, en mayo del 2000 tuvo lugar en Montevideo el
1er. Congreso de Psicoanálisis y las 11as. Jornadas Científicas
organizadas por la Asociación Psicoanalítica del Uruguay
titulada Los duelos y sus destinos. Depresiones, Hoy, en tanto
que la Coordinadora de Psicólogos del Uruguay convocó a
un Coloquio sobre depresión el 9 de septiembre del mismo año.
(4) La depresión que exige
atención médica afecta ya al treinta por ciento de los uruguayos,
diario El País, 28 de mayo de 1999, Uruguay; Uruguay: hay
100.000 enfermos por depresión, pero el 80% desconoce estar afectado,
diario El País, 8 de agosto de 1999, Uruguay.
(5) Mientras que los tricíclicos
poseen efectos secundarios que se expresan a nivel del aparato cardiovascular
(taquicardias leves, por ejemplo) y se traducen en efectos anticolinérgicos
(sequedad de boca, constipación, visión borrosa y micción
demorada), los IMAO poseen importantes efectos colaterales tóxicos
que se presentan cuando entran en interacción con alimentos ricos
en tiramina.
(6) Paralelamente, pero en menor medida,
los psiquiatras nucleados en el área de farmacología de
la Facultad de Medicina de la Universidad de la República, en torno
a la figura del Prof. Jaime Monti, aunque abocados principalmente al estudio
de las benzodiazepinas y su relación con el sueño, incursionaron
en algunas oportunidades en el trabajo con antidepresivos, pero con independencia
de las propuestas provenientes de los laboratorios.
(7) Tanto psiquiatras como psicólogos
pueden convertirse en miembros de la APU.
(8) Ver notas 3 y 4.
(9) Entrevista al Dr. Álvaro
Nin, agosto del 2002. Todas las entrevistas que se mencionan de aquí
en más fueron realizadas por la autora del presente artículo.
(10) Entrevista al Dr. Álvaro
Nin, agosto del 2002.
(11) Entrevista a los miembros de
la Comisión Científica de la Coordinadora de Psicólogos
del Uruguay, septiembre del 2002.
(12) Spitzer sería el encargado
de liderar durante los años 1970 la redacción del DSM-III.
(13) La toloxatona era una molécula
de IMAO de segunda generación que aventajaba a la primera por no
producir el "efecto queso" cuando entra en interacción
con la tiramina.
(14) Entrevista al Dr. Héctor
Puppo Touriz (agosto de 2002).
(15) Entrevista al Dr. Guillermo
Caetano (septiembre de 2002).
(16) Entrevistas a los Dres. Federico
Dajas (marzo de 2002), Álvaro Lista (junio de 2002) y Alvaro Nin
(agosto de 2002).
(17) El trabajo estuvo a cargo de
Álvaro Lista, Gonzalo Baliño y Álvaro DOttone.
Fuente: entrevista al Dr. Álvaro DOttone, junio de 2002.
(18) Entrevista al Dr. Alvaro DOttone,
junio de 2002.
(19) Comunicación personal
del Dr. Álvaro Lista.
(20) Los participantes en el ensayo
fueron los doctores Marcos Atchugarry, Pedro Bustelo, Milton Gagliardi,
Alvaro Lista, Teresa Pereira, Enrique Probst, Juan Carlos Rey y Raquel
Zamora.
(21) Entrevista al Dr. Eduardo Blengio,
septiembre de 2002.
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