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La ciencia, la tecnología y la sociedad son tres conceptos de gran actualidad. Nuestro tiempo es el de la ciencia. Nunca antes se ha estado tan pendiente del avance de los conocimientos científicos como ahora. Nunca antes se ha esperado tanto de la ciencia. Pero tampoco nunca antes se la ha temido tanto. Sabemos más que nunca tiempo sobre el funcionamiento de todo cuanto nos rodea: desde nuestro entorno natural hasta los confines del universo. También sabemos más que nunca sobre nosotros mismos: desde nuestros orígenes en el planeta hasta las bases bioquímicas del funcionamiento de nuestro cuerpo. Una hermosa historia cuenta que el ser humano es el único animal que participa de los dones divinos porque un personaje mítico, Prometeo, le entregó la sabiduría y el fuego que había robado a los dioses. Si Prometeo pudiera contemplarnos hoy comprobaría que los castigos que hubo de sufrir a causa de su robo no fueron en vano. Hemos desarrollado mucho nuestros saberes, tanto que casi ya no queda espacio para los mitos y para las divinidades. La ciencia nos ha colocado en el lugar de los dioses pero también sabemos que la ciencia pone a nuestra disposición los poderes de los demonios. Sabemos que estamos en el tiempo de la ciencia, en el tiempo de los conocimientos acelerados, pero también sabemos que con esos conocimientos podemos hacer cosas muy distintas. Nuestros conocimientos nos capacitan tanto para el bien como para el mal. Orientar correctamente el rumbo de nuestra ciencia es más difícil como disponer de nuevos conocimientos. Ningún científico, ningún experto puede resolver el problema de cómo hacer un buen uso de los conocimientos, porque eso no es tan simple como resolver un problema científico.
Pero también estamos en el tiempo de la tecnología. Hoy sabemos que siempre hemos estado en él, que nuestro tiempo en este planeta ha sido precisamente el tiempo de la técnica. La frontera entre la condición animal y la humana no fue atravesada, como se decía en el mito, cuando accedimos a una cualidad divina, sino cuando nuestros antepasados empezaron a hacer cosas: primero con sus manos, luego con sus palabras y más tarde con sus pensamientos. Los demás seres vivos son producto de una evolución natural que les ha colocado en un lugar concreto entre las formas de vida existentes en la naturaleza. Están adaptados a su entorno y, mientras es así, sobreviven en él. Sin embargo, nuestra especie hizo algo inaudito: usando las técnicas forzó las leyes de la propia evolución natural y fue capaz de ir adaptando los entornos a sus propias condiciones. Los seres humanos ya no estamos obligados a sobrevivir en un lugar concreto de la naturaleza. Más que sobrevivir, la técnica nos ha permitido vivir a nuestro antojo en cualquier sitio del planeta. Incluso la técnica ha hecho posible el más antinatural de los caprichos humanos: vivir por un tiempo fuera del propio planeta. Los seres humanos ya no debemos temer a la naturaleza e intentar sobrevivir frente a ella. Nuestro reto empieza a ser otro. Con la técnica hemos conseguido poder vivir como queramos, pero la técnica no nos orienta sobre cómo queremos vivir. También por la técnica se está comenzando a invertir nuestra relación con la naturaleza. Empieza a ser la propia naturaleza la que está en peligro por la evolución de nuestras técnicas. Ahora es la naturaleza la que tiene que sobrevivir frente a los seres humanos y sus técnicas. Incluso, el único peligro cierto que amenaza la supervivencia de la especie humana es ella misma, es decir, el uso que haga de sus poderes técnicos. Y para ello, para sobrevivir a nosotros mismos y a nuestras técnicas, no podemos contar con el concurso de otras técnicas. Porque éste no es un problema de saberes o de técnicas: es un problema de actitudes y de valores.
Quizá por eso este es el tiempo de la sociedad. Los seres humanos además de animales sabios, que lo somos, además de animales hábiles, que también lo somos, somos animales sociales o animales políticos, como nos definía Aristóteles hace ya veinticuatro siglos. Hay otros muchos animales sociales en la naturaleza. En ellos la organización comunitaria es determinante para su supervivencia. Pero en nuestra especie las formas de organización social no son rígidos automatismos dirigidos solamente a la supervivencia. Nuestra vida está también socialmente organizada, pero de modos diversos en los diferentes lugares y de formas cambiantes a lo largo del tiempo. Nuestras sociedades, a diferencia de las de las hormigas, las abejas o los delfines, tienen historia. Las sociedades humanas son diversas y cambiantes, pero además si los seres humanos somos animales políticos es porque queremos, y a veces podemos, decidir sobre las características de nuestras sociedades y el rumbo de sus cambios. Hoy sabemos que las sociedades son construcciones tan humanas como otras (como la ciencia o la tecnología), pero además hoy queremos que las decisiones sobre su presente y su futuro estén también en nuestras manos: los individuos que vivimos en sociedad queremos ser ciudadanos que decidimos sobre esa sociedad. La aspiración a la participación democrática en las decisiones que afectan a la vida social forman parte de la esencia de lo humano (del animal político que somos) de forma no menos intensa que nuestra aspiración a conocer la realidad (porque somos también un animal sabio) y a transformarla (porque somos un animal hábil). La construcción de una sociedad democrática y justa nos humaniza porque sólo nosotros podemos hacerla y porque sólo en ella podemos ser verdaderamente humanos. Esa necesidad de la democratización social es, además, el reconocimiento de algo que también afecta a la ciencia y a la tecnología: que los seres humanos tenemos diversas opiniones, diversos valores y diversos intereses. Por ello, el futuro social, como el de la técnica o el de la ciencia, no debe ser el fruto de supuestos conocimientos verdaderos o eventuales técnicas eficaces, sino el de la negociación y el consenso entre planteamientos valorativos en los que se reconoce la legitimidad del desacuerdo.
¿Es bueno saberlo todo sobre el genoma de los seres humanos?, ¿se debe transformar el material genético humano todo lo que nos puedan permitir las biotecnologías?, ¿deben decidir sólo los científicos sobre la primera cuestión y los tecnólogos sobre la segunda? Las tres preguntas son de gran actualidad, tanto como nuestros conceptos sobre la ciencia, la tecnología y la sociedad que inspiran cada una de ellas. Esas tres preguntas y esos tres conceptos son muy importantes, sin embargo, parece claro que en ambos casos lo tercero supone una nueva mirada sobre los otros dos. Como se puede comprobar, no todas las preguntas que proceden de la ciencia y de la tecnología pueden ser respondidas por ellas mismas. Muchas de esas preguntas nos obligan a un planteamiento más valorativo o más social de las cuestiones científicas y tecnológicas. Ciencia y tecnología plantean numerosos interrogantes que interpelan o afectan a la sociedad. Pero además esos interrogantes no son sólo éticos, como los que están presentes en los ejemplos anteriores, sino que, muchas veces suponen problemas de naturaleza política y hasta estética: ¿es justo que se investigue más sobre las enfermedades que afectan a quienes más dinero tienen?, ¿cómo afectan las nuevas tecnologías de la información y la comunicación a la educación de los ciudadanos?, ¿deben decidir sobre el futuro del planeta quienes disponen de las tecnologías capaces de destruirlo?, ¿son los seres humanos más felices cuando viven en entornos más tecnificados? Estas preguntas llevarán a otras en las que nuevamente se abrirán nuevos interrogantes. En todas ellas, desde las de alcance más global: ¿mejoran la ciencia y la tecnología la vida de las personas?, hasta las más concretas: ¿cuánto vale un ruiseñor?, se plantean conflictos valorativos en los que la ciencia, la tecnología y la sociedad aparecen estrechamente entrelazadas.
De este tipo de cuestiones es, precisamente, de lo que trata Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). Además de estar de gran actualidad la ciencia, la tecnología y la sociedad, por separado, la expresión y el acrónimo que los unen han adquirido gran importancia en los últimos años. Las preguntas del párrafo anterior son cuestiones CTS, asuntos en los que se plantean controversias a propósito de la relación entre la ciencia, la tecnología y la sociedad. Este tipo de controversias no son, o no son solamente, cuestiones científicas, tecnológicas o sociales, sino que surgen con las interacciones entre esos tres ámbitos. CTS no es la yuxtaposición de los temas propios de cada uno de esos conceptos (no podría ser tanto), es más bien lo que surge en los intersticios, en las fronteras, en las tensiones que aparecen en la relación entre ellos (lo cual no es poco). Como si hubiera una oculta regla triádica, son tres los sentidos en los que cabe hablar de CTS.
CTS como perspectiva teórica
En primer lugar, CTS es un enfoque o perspectiva que caracteriza en el ámbito académico al conjunto de estudios sobre la ciencia y la tecnología que tienen en cuenta los factores sociales en la explicación de su desarrollo. Tradicionalmente los estudios sobre la ciencia y la tecnología han tenido un marcado carácter teórico, obviando los aspectos más prácticos de las mismas. Por eso la tradición académica de reflexión sobre el conocimiento y la ciencia desde Platón hasta finales del siglo XX ha tendido a considerar al conocimiento científico como despojado de componentes prácticos (en el doble sentido de lo práctico: en el marxista de las relaciones concretas con contextos sociales determinados y en el kantiano de la referencia a elementos valorativos). Según la visión tradicional, la ciencia es una empresa humana de carácter exclusivamente cognoscitivo y, por tanto, la reflexión sobre ella debe ser únicamente una aproximación epistemológica de segundo grado que muestre su lógica interna, los principios metodológicos y formales que explican su desarrollo y progreso. En coherencia con esta primacía de lo teórico sobre lo práctico, la reflexión tradicional ha tendido a obviar a la tecnología considerándola como algo secundario, posterior a la propia ciencia y dirigido a aplicar los conocimientos científicos a la producción de bienes materiales. Así, en esta visión internalista de la ciencia se considera que sólo disciplinas como la filosofía de la ciencia y la lógica formal pueden realizar una aproximación significativa al estudio de la ciencia.
En el último tercio del siglo XX estos enfoques sobre la ciencia que se centran únicamente en su lógica interna entraron en crisis porque resultaban insuficientes para explicar los procesos de cambio y evolución histórica de las ciencias. Así, surgen nuevos planteamientos en los que también se tienen en cuenta los factores aparentemente externos a la ciencia y la tecnología, los elementos prácticos relacionados con los contextos sociales y con los valores que arrojan una nueva luz en la comprensión del desarrollo de unas disciplinas que, por la misma época, adquieren un gran protagonismo en el propio cambio social. Analizar el modo en que los contextos sociales fueron determinantes en la aparición y desarrollo de las ciencias y las tecnologías, estudiar las propias actividades de los científicos desnudándolas del aura casi mágica que les confería la supuesta utilización rigurosa del llamado método científico y analizar la vida en el laboratorio con enfoques similares a los que se utilizan para estudiar otros fenómenos sociales, son algunas de las formas de investigación características de esta nueva consideración de la ciencia y la tecnología en clave social propia de los estudios CTS. Ello ha permitido que, frente al monopolio de la filosofía de la ciencia tradicional en la comprensión del hecho científico, hayan aparecido enfoques multidisciplinares en los que la actividad científica y tecnológica es analizada también desde la historia, la sociología, la economía, la ética, etc.
Por tanto, en un primer sentido, CTS es un conjunto de estudios de carácter teórico sobre la ciencia y la tecnología que enfatizan la presencia en ellas de los aspectos prácticos relacionados con los contextos sociales a los que corresponden. Los estudios CTS del ámbito académico suponen, por tanto, una nueva comprensión del fenómeno tecnocientífico poniendo el acento en los antecendentes sociales que lo explican. De esta manera, los estudios CTS tienen una importante dimensión teórica, aunque su planteamiento diferencial respecto de los enfoques internalistas tradicionales consista en poner de relieve la importancia de los aspectos prácticos en la propia construcción de la ciencia y la tecnología.
CTS como movimiento práctico
Además de una reacción académica a los enfoques tradicionales en los estudios sobre la ciencia y la tecnología, CTS es también un movimiento social de carácter eminentemente práctico. Tras la segunda guerra mundial se ha puesto de manifiesto que la ciencia y la tecnología tienen consecuencias de gran alcance para la sociedad y la naturaleza. En los últimos cincuenta años los conocimientos científicos y los artefactos tecnológicos han variado las formas de vida humana y han afectado a la naturaleza de forma más intensa de lo que había supuesto la actividad transformadora de nuestra especie en los miles de años anteriores. Sin duda, con ello se ha logrado el progreso en las condiciones de vida para muchos seres humanos. El cuidado de la salud, el desarrollo de las comunicaciones y el transporte, las oportunidades para la cultura y el ocio son algunos ejemplos de las mejoras en la forma de vida de muchas personas que ha supuesto el desarrollo de la ciencia y la tecnología.
Pero a la vez que la ciencia y la tecnología han servido para mejorar la calidad de la vida humana, también han tenido consecuencias muy negativas para millones de seres humanos. El siglo XX supuso el desarrollo de los artefactos bélicos más mortíferos. La ciencia y la tecnología hicieron posible la creación de maquinarias militares que masacraron a millones de seres humanos. Además de las bombas y las armas químicas de devastadores efectos locales, se llegó a disponer y a utilizar armas que ponen en peligro la propia existencia de la vida humana y de cualquier otra forma de vida en el planeta: las armas nucleares. La guerra fría fue, en gran medida, una guerra tecnológica, la de la competencia por el desarrollo de las armas nucleares más mortíferas y la de la producción y almacenamiento de las mismas en cantidades que hacían posible la destrucción de varios planetas como éste. Junto con esos usos bélicos, la ciencia y la tecnología han tenido otros desarrollos más presentables, pero no menos temibles. Las plantas nucleares para la producción de energía en las que accidentes que eran considerados imposibles ya se han hecho reales, el uso de pesticidas para la eficiencia agrícola que han dañado la vida natural y la salud humana, o el desarrollo de una industria contaminante que amenaza la estabilidad del clima y el futuro de la habitabilidad del planeta, son algunos ejemplos en los que la aplicación de los desarrollos tecnocientíficos tienen efectos negativos para el conjunto de los seres humanos y para la propia naturaleza.
Frente a todos estos efectos de la actividad tecnocientífica, desde los años sesenta se han dado numerosos movimientos sociales de carácter práctico y activista en los que se han denunciado los peligros de un desarrollo tecnocientífico sin control y se ha reclamado la participación social en el gobierno de la ciencia y la tecnología. Desde las movilizaciones ciudadanas frente a situaciones concretas de riesgo hasta las propuestas de instituciones supranacionales (gubernamentales y no gubernamentales) en favor del control, la democratización y la justicia en la orientación del desarrollo tecnocientífico, se ha venido manifestando una creciente sensibilidad social hacia los temas de ciencia y tecnología que reclama la participación pública en las decisiones relacionadas con ellos.
CTS es, por tanto, también la cristalización de tales planteamientos prácticos en un movimiento que pretende hacer posible esa participación activa de la ciudadanía en las decisiones sobre el desarrollo de la ciencia y la tecnología que tan importantes efectos tienen sobre el futuro de la sociedad y la naturaleza.
CTS como acción educativa
Suele decirse que no hay nada más práctico que una buena teoría. Quizá por eso se considera que en las instituciones escolares los conocimientos teóricos son importantes: se espera de ellos consecuencias valiosas para la vida práctica de los ciudadanos que allí se educan. Pero es con la práctica como se aprenden las teorías. En cierto modo, en todo eso es en lo que consiste la educación: en los sucesivos caminos de ida y vuelta entre la comprensión teórica de las cosas y su manejo práctico. Seguramente es esa mezcla de lo teórico (lo que permite conocer la realidad) y lo práctico (lo que permite actuar sobre ella), lo que ha hecho que en la mayoría de los sistemas educativos se considere valiosa la educación científica y tecnológica. Mucho antes de que los planteamientos CTS llegaran a la educación, la ciencia y la tecnología ya se enseñaban en las instituciones escolares. Sin embargo, tradicionalmente la educación científica y tecnológica ha consistido en la transmisión de los conceptos y las destrezas correspondientes siguiendo un planteamiento no muy lejano a los enfoques internalistas antes comentados. Frecuentemente en la enseñanza de las ciencias y las tecnologías lo teórico se ha impuesto a lo práctico. Ello ha supuesto que se haya dado más importancia a las primeras sobre las segundas y que se haya supeditado el papel de las prácticas realizadas por los alumnos al de la ejemplificación de las teorías transmitidas por los profesores. Pero, además, la primacía de lo teórico sobre lo práctico en lo escolar ha supuesto también el olvido del resto de las cuestiones prácticas en la educación tecnocientífica: los asuntos relativos a la relación de la ciencia y la tecnología con la sociedad y los valores e intereses que aparecen en esas relaciones.
La reivindicación de lo práctico (en tanto que social y valorativo) en la perspectiva teórica de los estudios CTS y la propia práctica del movimiento CTS como activismo social en favor de la participación pública y la democratización de las decisiones sobre ciencia y tecnología confluyen en la acción CTS en el contexto educativo. Si el desarrollo de la ciencia y la tecnología no están al margen de los contextos históricos y sociales, tampoco la educación tecnocientífica puede realizarse aisladamente de esos contextos. De otro lado, si la ciencia y la tecnología tienen tan importantes efectos sobre la sociedad y la naturaleza que es imprescindible la participación pública en la evaluación y control de las mismas, también será necesario promover iniciativas educativas que favorezcan el aprendizaje social por parte de los ciudadanos de los hábitos que hagan posible su participación efectiva en esos temas.
La práctica educativa es, en cierto modo, la síntesis de las otras dos formas de entender qué es CTS. De los estudios CTS la acción educativa puede aprovechar esa nueva consideración más ajustada y crítica sobre el significado de la ciencia y la tecnología. Del movimiento CTS recibe el impulso para promover en las instituciones educativas las iniciativas que faciliten el aprendizaje social de la participación democrática en las decisiones sobre ciencia y tecnología. En la acción educativa CTS se hace nuevamente cierto ese quiasmo entre teoría y práctica que, parafraseando a Kant, afirmaría que las prácticas sin teorías son ciegas y las teorías sin prácticas son vacías. La educación CTS da un nuevo contenido práctico a la educación tecnocientífica y aporta una nueva visión teórica sobre su papel social.
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