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Trabajo de la Cátedra CTS+I
Argentina-Uruguay
Primer Seminario OEI-UBA
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La inquietud por el tema de la evaluación de la ciencia y la tecnología es doble: por un lado parto del reconocimiento de la necesidad de construir una herramienta para evaluar su proceso de construcción y sus productos, eso es en última instancia la evaluación, una herramienta, pero por el otro, reconozco también las limitaciones de la modalidad tradicional de evaluación que es también uno modo de mirar la ciencia y la tecnología.
El quiebre del consenso social construido en torno de los logros de la ciencia y la tecnología provocado desde múltiples frentes, académicos epistemología, sociología del conocimiento, antropología de la ciencia y la tecnología, etc.- y fundamentalmente políticos, -movimientos de protesta contra ciertos desarrollos del sistema científico-tecnológico, cuestionamiento a la racionalidad instrumental, al papel de los expertos, entre otros-, facilitó la emergencia de un campo multidisciplinar como es el de los estudios sobre ciencia, tecnología y sociedad. Campo que no está excento de tensiones provenientes de líneas o tradiciones que se han desarrollado con intereses a veces muy marcados que han llevado a Steve Fuller a caracterizar con cierta ironía como alta iglesia y baja iglesia para referirse a las tradiciones académica y política o activista, respectivamente. No es mi intención abordar este punto, pero sí quiero mencionarlo para caracterizar aunque más no sea de modo general el contexto en el cual me parece fundamental situar a la evaluación de la ciencia y la tecnología como un objeto de conocimiento susceptible de ser abordado también desde una mirada política, y cuando digo política me estoy refiriendo entre otras cosas, a incluir en el análisis el amplio grupo de actores interesados, involucrados y afectados en el proceso de su construcción.
Más allá de las ironías de Fuller y las limitaciones que se derivan de mirar las dos tradiciones como compartimentos estancos, considero que los estudios originados en el ámbito del llamado Programa fuerte de la sociología del conocimiento científico a través de los trabajos producidos en la Universidad de Edimburgo durante la década del setenta para dar cuenta del carácter construido de la ciencia y su extensión posterior al estudio de la tecnología durante la década del ochenta, han permitido mirar a la ciencia y a la tecnología como productos sociales, y como tales susceptibles de reinterpretaciones.
En este trabajo me voy a centrar en lo que podría ser un marco conceptual posible para la evaluación constructiva de un tipo particular de tecnología: las tecnologías médicas, y dentro de ellas las reproductivas, tratando de reflexionar acerca de la flexibilidad interpretativa y realizativa (Bijker, 1997) de una tecnología en un contexto en el cual el proceso de medicalización es un fenómeno imposible de soslayar. Para ello voy a hacer referencia a un análisis que aborda algunas limitaciones de la llamada tesis de la medicalización (Williams et al.: 1996) a partir de señalar las transformaciones de la sociedad contemporánea respecto de los parámetros existenciales de la vida en la modernidad tardía abordado conceptualmente por Giddens (1991). Esta discusión se estructura en torno de algunos temas claves, entre los cuales señalo: el aumento de la reflexividad social y la emergencia de una agenda política en torno a los problemas de la vida. Luego voy a remitirme brevemente a algunos abordajes antropológicos centrados en el estudio de las representaciones y prácticas asociadas con el desarrollo y aplicación de las tecnologías reproductivas, especialmente las técnicas de diagnóstico prenatal y su impacto en la forma en que las mujeres están experimentando el embarazo y cómo este evento adquiere nuevos significados en nuestra sociedad.
Evaluación tradicional vs evaluación constructiva
La evaluación constructiva de tecnologías es una alternativa a la visión clásica de la evaluación y podría considerarse un emergente del campo CTS. La evaluación tradicional se caracteriza por otorgar a los científicos y tecnólogos el rol de expertos y únicos autorizados para emitir juicios técnicos, estos juicios se aplican a los productos finales de los procesos científico-tecnológicos, de modo que su capacidad para regular los desarrollos de la ciencia y la tecnología está restringida a las etapas finales de una tecnología dada, a lo que se denomina evaluación del impacto. Su orientación es económica y probabilista. Los modelos se elaboran sobre la base de indicadores cuantitativos y tienen un carácter mas bien reactivo.
En contraste, la evaluación constructiva toma como objeto de conocimiento las trayectorias tecnológicas. En principio, desde una perspectiva constructiva, la tecnología no es un hecho autónomo y por lo tanto no puede ser evaluada solamente desde criterios internos. Las tecnologías son procesos multidireccionales que se desarrollan en entornos socialmente construidos y, como tales están sujetas a valoraciones sociales. La flexibilidad realizativa surge del hecho de que la dirección que asume una tecnología es la resultante de un conjunto de elecciones y valores. El problema del cambio tecnológico ha sido abordado por las teorías sociológicas a través de la aplicación de conceptos y enfoques metodológicos derivados de los estudios de la ciencia, por ejemplo, los estudios de caso de Bijker y Pinch (1994) y Bijker (1997) sobre la evolución de la tecnología y por las teorías económicas de la corriente evolucionista del cambio tecnológico como alternativa a la visión formal y reduccionista de la corriente neoclásica (López, 1998)
Una mirada histórica y constructiva de la tecnología puede dar cuenta de las trayectorias tecnológicas. En contraposición a la mirada reduccionista o esencialista de la tecnología como una caja negra que oculta su pasado y, por ende, el proceso de selección y variación, la mirada constructivista da cuenta de las transformaciones y del carácter reversible de una tecnología dada. No sólo eso, da cuenta también de los actores que participan en su construcción, grupos de interés con distinto grado de involucramiento según su relación con la tecnología, valoraciones sociales, de género, etc. Esto explica el carácter dinámico y controversia del proceso de construcción, ya que las selecciones orientan el curso de la tecnología en una dirección u otra. Pero una vez concretada la opción por una alternativa se producen situaciones irreversibles que resultan de la desaparición gradual de algunas elecciones posibles.
Cuando la tecnología ya se consolidó tenemos la información necesaria para la evaluación pero menos posibilidad de ejercer un control sobre sus efectos. Habrá un atrincheramiento, resultante, entre otras cosas, de la apropiación social de esa tecnología que hace más compleja su desactivación. El problema entonces es cómo intervenir correctivamente en esas trayectorias tecnológicas. Qué mecanismos sociales, políticos, podrían ponerse en funcionamiento para no llegar tarde y evaluar sólo los resultados? En la práctica: ¿cómo evaluar constructivamente una tecnología?
En síntesis, la evaluación constructiva se caracteriza por otorgar un status legítimo al conocimiento de los grupos de interés afectados por la tecnología. Está centrado en el proceso de generación/construcción de tecnologías y por ello puede actuar en fases tempranas. Está orientada interdisciplinariamente, adoptando en el curso de la evaluación diversidad de criterios, valores subyacentes y no sólo criterios económicos. Se trata de una evaluación comprensiva y cualitativa, por tanto, los indicadores no surgen meramente de cálculos económicos. Se sustenta en la discusión pública de todos los actores implicados en su desarrollo, desde los expertos hasta los usuarios de esa tecnología para ver la el grado de implantabilidad de una tecnología o proyecto tecnológico dado.
La perspectiva constructivista
Bijker (1997) propone el concepto de marco tecnológico para analizar el proceso de construcción de un artefacto. Un marco tecnológico incluye elementos de naturaleza diversa: teorías aceptadas, estrategias de resolución de problemas y prácticas de uso que se ponen en relación para la solución de problemas. La solución del problema depende de la forma en que el propio marco tecnológico define lo que es un problema así como las estrategias disponibles para resolverlo. Esto convierte un marco tecnológico en una combinación de teorías aceptadas, conocimiento tácito, práctica ingenieril (métodos y criterios de diseño), procedimientos específicos de prueba, objetivos y prácticas de manipulación y uso. La forma en que estos elementos se combinan dependerá del marco tecnológico de que se trate. Otra característica muy importante del marco tecnológico es que se aplica a la interacción de diversos actores. Los marcos se localizan entre actores, no en los actores o sobre los actores, en tal sentido, el concepto de redes desarrollado por Callon (2001) tiene algunas semejanzas con la propuesta de Bijker.
Los significados que los miembros de los grupos sociales atribuyen a un artefacto juegan un papel crucial en la descripción del desarrollo tecnológico. El marco tecnológico de tales grupos sociales estructura la atribución de significado al proporcionar al marco una especie de gramática. Esa gramática se utiliza en las interacciones de los miembros del grupo social, produciendo así una atribución de significado compartida. El hecho de que el significado de un artefacto sea compartido, al menos en parte, entre los miembros del grupo social es un elemento clave en la identificación de los grupos sociales relevantes. Un marco tecnológico se constituye para Bijker cuando comienza y se desarrolla la interacción alrededor de un artefacto. Un marco tecnológico muestra cómo la tecnología existente estructura el ambiente social, actuando como un ejemplar. No obstante, nunca lo hace de forma completa: primero, porque los diferentes actores tendrán grados diferentes de inclusión en el marco, y segundo, porque los actores serán miembros de más de un marco tecnológico. El concepto de inclusión es multidimensional. Un miembro de un grupo social puede tener diferentes grados de compromiso con el marco tecnológico. De allí el carácter dinámico del desarrollo tecnológico. Me parece que una limitación de la forma en que Bijker define el concepto de marco tecnológico es la que surge de la afirmación de que se constituye alrededor de un artefacto. Por ello me parece más rico el concepto de traducción extendida desarrollado por Callon (op. cit.: 49) Traducción se refiere a todas las operaciones que unen dispositivos técnicos, enunciados, y seres humanos. La noción de traducción lleva al de redes de traducción, que son cadenas que combinan elementos heterogéneos de modo similar al marco tecnológico definido por Bijker. La noción de traducción permite abandonar la distinción entre el contexto y el contenido de un conocimiento o tecnologías dada. Las traducciones son siempre tentativas y en su desarrollo postulan actores nuevos, generan aliados o enemigos según el caso. Las traducciones pueden darse en textos escritos, en cosas materiales, habilidades e instrumentos. Enlazan problemas técnicos en la constitución de un espacio de circulación para el conocimiento que es producido.
La noción de red de traducción se refiere a una realidad compuesta en la cual las inscripciones, dispositivos técnicos, actores humanos (investigadores, técnicos, industriales, empresas, organizaciones, políticos) son puestas juntos e interaccionan. Las redes se amplían o contraen de acuerdo con la extensión de los grupos que participan y las traducciones que se movilizan. La noción de actor se sustituye por la de actante (Latour, 1987), entidad dotada de la capacidad de actuar rechazando la división tajante entre naturaleza y sociedad, entre lo humano y lo humano. Todos estos actantes son puestos en juego, movilizados en instrumentos, habilidades etc. Cada nueva traducción puede modificar o movilizar a las anteriores ya que cada traducción puede producir una discrepancia en relación con las traducciones previas dependiendo del carácter de la tecnología y de la dinámica que se establece entre los que conforman las redes.
Ciencia y tecnología: entre la confianza y la duda radical
La tesis de la medicalización tiene para Williams (op. cit.) ciertas limitaciones para dar cuenta del cambio social en la relación entre la medicina moderna y la sociedad. El concepto de medicalización se refiere a las formas en las que la medicina se ha expandido hasta alcanzar un dominio pleno a través de la intervención en problemas que no son estrictamente médicos pero para los cuales se proveen soluciones basadas en el conocimiento de la medicina científica. La pregunta es qué margen de actuación tienen los individuos en este marco. Sin negar la potencialidad de la tesis, los autores reflexionan acerca de la emergencia de espacios de reflexión crítica y resistencias a aceptar pasivamente el dominio de la biomedicina en la sociedad. La actitud de la sociedad ante la medicina también involucra cierto nivel de escepticismo y de duda respecto de su capacidad para resolver todos los problemas o para crearlos a partir de su propia intervención.
Giddens define la modernidad como un orden social reflexivo, caracterizado por cierto dinamismo en la reestructuración de las relaciones con la naturaleza y el ambiente. La actividad social reflexiva somete a la naturaleza a constante revisión a la luz del conocimiento y la información. Tal como afirma Giddens (1991: 7): Las actitudes de la sociedad hacia la ciencia, la tecnología y otras formas esotéricas de conocimiento experto, en la era de la alta modernidad, tienden a expresar la misma mezcla de actitudes de reverencia y reserva, aprobación y rechazo, entusiasmo y antipatía, que los filósofos y analistas sociales expresan en sus escritos. Se espera de la medicina científica que provea respuesta a todos los problemas humanos, pero también se experimenta cierta desilusión cuando estas expectativas no se cumplen de acuerdo a lo esperado. Esto se observa particularmente en el caso de las tecnologías reproductivas: profundos sentimientos de ambivalencia subyacen a la percepción social de esas tecnologías. Los individuos no son simplemente consumidores pasivos sino agentes críticos y reflexivos de cara a los desarrollos tecnológicos. El acceso a varias fuentes de información, algunas de ellas generadas por el uso de las mismas tecnologías o por los medios de comunicación puede ser interpretada y reinterpretada por los grupos sociales. No obstante se da un fenómeno en el cual un individuo puede ser experto en un área determinada mientras que no lo es en otras áreas: ...el conocimiento experto de una técnica es continuamente reapropiado por los agentes sociales como parte de su rutina de tratar con sistemas abstractos...La vida moderna es un asunto complejo y hay muchos procesos por los cuales el conocimiento técnico de una forma u otra es reapropiado por las personas y aplicado rutinariamente en el curso de la vida diaria y de las actividades... (Williams, op. cit.1616)
La emergencia de agendas políticas es una demanda a veces explícita de confrontación con dilemas existenciales y morales que la racionalidad tecnocientífica ha tratado de excluir de su propia agenda. La política de la vida es una política que surge del enfrentamiento de formas diversas de ver el mundo, un mundo que era definido y fijado por la tradición y que ahora está sujeto cada vez más a las decisiones humanas. Es una dialéctica de incertidumbre y de confianza en la que algunas voces alcanzan estado público y se muestran más críticas respecto de la práctica médica en ciertas áreas específicas como las del manejo de la reproducción, el tratamiento de las enfermedades crónicas, discapacidades, entre otras, donde la medicina no parece tener todas las respuestas.
Las tecnologías reproductivas: el proceso de construcción social de las técnicas de ultrasonido
La aplicación de las técnicas de monitoreo fetal permite obtener imágenes a través del ultrasonido. A su vez, estas técnicas se asocian a otras técnicas de diagnóstico prenatal como la de la amniocentesis. Hay un debate epidemiológico postergado acerca de si sus efectos a largo plazo pueden ser negativos para la salud de la madre y el feto, análisis de costo beneficio desde los sistemas de salud y lo que se refiere a la seguridad en el uso de estas técnicas en las pacientes. Pero hay un conjunto de dimensiones más amplias que las que se acaban de mencionar y que se refieren al impacto psicosocial derivado de la aplicación de estas tecnologías en las mujeres y las familias y que remiten al contexto social y cultural en el que esta problemática se inscribe. Un tema que por sus consecuencias merece ser tratado desde la perspectiva CTS.
Desde perspectivas de género, movimientos feministas, especialmente en los países en donde estas tecnologías se han desarrollado y difundido con más rapidez, se producen críticas respecto de los efectos de la medicalización del embarazo, que no es otra cosa que la extensión del control médico a etapas cada vez más tempranas del embarazo y no sólo al cuerpo de la madre, sino al del feto, que alcanza a nivel de la representación médica un lugar como entidad independiente que lo convierte en un paciente potencial para la biomedicina y lo transforma en persona con las consecuencias jurídicas y éticas que esta entidad tiene en nuestra sociedad.
Rapp (1997) aborda este problema como resultado de un largo estudio antropológico realizado con mujeres embarazadas en la ciudad de Nueva York. Sostiene que estas imágenes fetales arrojan luz proyectando en una pantalla pública un espacio que sin duda se constituye en un escenario para la discusión y el debate político más allá de las resistencias que el sector médico tiene para hacer visibles algunas consecuencias de la aplicación de estas tecnologías. Layne (1992) en coincidencia con Rapp, señala los cambios producidos a partir de la amplia difusión y aplicación rutinaria de estas tecnologías en los servicios de obstetricia en los Estados Unidos: aumento de las expectativas de las pacientes y sus familias respecto de los avances de la biomedicina en la solución de los problemas del embarazo y las enfermedades genéticas, centralidad del rol del médico y de la biomedicina en el desarrollo de este evento y cambios en la forma de experimentar y resignificar el embarazo y la maternidad. Hay una suerte de silencio médico respecto de los embarazos que no llegan a término que contrasta con la enorme difusión y publicaciones científicas del avance de las tecnologías reproductivas. Esto contribuye a aumentar las expectativas construidas en torno del éxito en la aplicación de esas técnicas y el nivel alcanzado por la competencia médica más allá de algunas evidencias en contrario.
Haciendo una breve historia de estas tecnologías, su origen puede rastraerse hacia finales de la década del cincuenta, precisamente en el año 1958 en el Hospital San Louis de París donde se estaba experimentando con las primeras técnicas genéticas en tejidos de personas con síndrome de Down, publicándose los primeros resultados en 1959. Hacia el mismo año, en la Universidad de Edimburgo, un grupo de investigadores llegó independientemente a los mismos resultados. Años más tarde, en 1967, investigadores americanos hicieron el primer reporte de los cromosomas de un feto a través de una muestra tomada del líquido amniótico del útero de una mujer embarazada, se trata de la técnica llamada amniocentesis que permite detectar la secuencia de cromosomas y hacer diagnósticos prenatales sobre enfermedades de origen genético. Estas técnicas se difundieron rápidamente en países como Japón, Suecia, Francia, además de los Estados Unidos y Gran Bretaña. Esta técnica estuvo acompañada desde sus fases muy tempranas por otro desarrollo tecnológico íntimamente asociado, las ultrasonografías. En la misma época que se estaban desarrollando experimentalmente las técnicas genéticas antes descriptas, se estaba produciendo la adaptación de una tecnología de origen naval, el sonar naval, a aplicaciones de tipo civil. Después de la segunda guerra mundial, los ingenieros comenzaron a diseñar esas aplicaciones, las cuales pasaron rápidamente al área médica, por ejemplo, la utilización de las ondas sonoras en terapias de rehabilitación y en las técnicas de diagnóstico de tumores en el cerebro, especialidades como la cardiología, entre otras, pero el éxito y la mayor difusión se alcanzó en el área de la obstetricia. En breve tiempo los médicos la consideraron totalmente segura aún antes de que se hicieran estudios concretos. Sin duda, una técnica invasiva como la de la amniocentesis se torna más segura con el empleo de un instrumental que permite monitorear el curso del estudio, reduciendo en un porcentaje alto el riesgo de dañar a la madre o al feto, lo cual no significa que otros riesgos menos visibles no estén operando.
¿Qué cambios comenzaron a hacerse notorios a partir de la aplicación rutinizada de estas tecnologías? En principio, cambios en la constitución de los vínculos entre el médico y las pacientes como consecuencia de una intervención cada vez más temprana en el desarrollo del embarazo. Los radiólogos y obstetras pueden ver el feto en tiempo real. Estas técnicas de monitoreo incrementan la ansiedad y preocupación de las mujeres y sus familias respecto del status específico de salud del feto canalizados a través del deseo de tener un bebé saludable que surge de las narrativas de las mujeres embarazadas. El poder de estas imágenes científicas es muy grande, las mujeres y sus fetos se transforman en objetos de representación y de control. Las ultrasonografías ofrecen imágenes que están produciendo cambios en la forma de experimentar y resignificar el embarazo y la maternidad en fases muy tempranas, acelerando conexiones subjetivas y sentimientos de tipo parental cada vez más intensos. Pero, además, introducen al decir de Giddens, nuevas fuentes de incertidumbre y duda radical: ¿qué hacer cuando el diagnóstico arroja el resultado tan temido de una enfermedad genética? Las mujeres se enfrentan con el fantasma del aborto. ¿Qué decisión tomar al respecto? Sin duda el conocimiento, la información produce una mayor conciencia de los riesgos inherentes al embarazo. Se hace cargo la medicina de estas incertidumbres y ansiedades generadas por su propia intervención? Rapp y Layne consideran que no. Las narrativas demuestran cómo el silencio de la medicina se puebla de otras voces, de otros sistemas de interpretación convocados por las familias para canalizar estas ansiedades y hallar significado al dolor y la duda, cuando el resultado del embarazo no es ese bebé saludable que todos ansían tener.
¿Qué procesos están impulsando esta proliferación de tecnologías de diagnóstico prenatal? Rapp (op. cit.:36) ha podido registrar la existencia de una demanda por parte de las pacientes y de sus familias para la realización de estos estudios, cabe aclarar, con ciertas ambigüedades y críticas por parte de las pacientes. Puede hablarse de una suerte de éxito comercial que está configurando un nuevo mercado de imágenes. Las tecnologías de diagnóstico prenatal se han ido desplazando con notable rapidez del locus académico en el que se gestaron hacia un locus comercial. Enorme cantidad de laboratorios se dedican a realizar estos estudios, los que cada vez resultan más accesibles en precio (al menos para un sector de la sociedad que tiene cobertura médica) aún antes de que realmente se hayan estudiado en profundidad las consecuencias que la aplicación de estas tecnologías tiene tanto para la vida de las pacientes involucradas directamente, como para la sociedad en su conjunto. Esto es un breve resumen del impacto de esta tecnología, razones de espacio me impiden explayarme con más detalle. He mencionado las que me parecen más relevantes para comenzar a reflexionar acerca de cómo podría pensarse la evaluación constructiva de estas tecnologías.
A modo de conclusión
Una evaluación tradicional sólo podría dar cuenta del grado de efectividad y eficacia derivadas de la aplicación de estas tecnologías. Evaluaría a partir de indicadores sanitarios muy precisos, aspectos referidos a la seguridad en el manejo de las técnicas, cuantificación del riesgo, si se verifican efectos negativos en las pacientes y en los fetos haciendo estudios longitudinales a largo plazo, sin duda todos ellos necesarios a la hora de establecer un juicio médico, clínico, epidemiológico y desde el punto de vista de la salud pública. Los estudios de costo efectividad evaluarían por medio de criterios cuantitativos la eficiencia de estas técnicas en función de los resultados obtenidos médicamente y los recursos empleados en su aplicación. Para esta evaluación se convocaría seguramente a expertos en el manejo de las técnicas, especialistas médicos, genetistas, epidemiólogos, sanitaristas, economistas de la salud, gerenciadores y auditores. Sería improbable que la evaluación tuviese en cuenta la percepción de las usuarias y usuarios de estas tecnologías, incluidas la de los profesionales intervinientes, dejando fuera las dimensiones subjetiva, valorativas y culturales de los grupos de interés.
En la práctica, ¿cómo evaluar constructivamente una tecnología? En primer lugar considerar a todos los grupos de interés involucrados no sólo en su aplicación o consumo, sino en las fases tempranas de su desarrollo. Las tecnologías reproductivas no pueden ser analizadas fuera del contexto más amplio del conocimiento biomédico del que forman parte. El marco tecnológico estructura las relaciones en una de las áreas más estratégicas de la medicina. Podría decirse que se ha producido una traducción exitosa de saberes y dispositivos técnicos del área académica, como es la de la genética, a un ámbito del mercado de la salud. Los actantes son aquí no sólo los investigadores o ingenieros que diseñaron y tradujeron estas técnicas a través de redes dinámicas y extendidas, por ejemplo aplicando exitosamente una tecnología originada en un ámbito no médico a un sector de la salud de gran impacto en el mercado como lo es el de las tecnologías diagnósticas, sino también los laboratorios e instituciones de salud, técnicos y especialistas médicos, genetistas, y los consumidores, en este caso, las mujeres embarazadas y las familias. ¿Qué cambios se han operado en el conocimiento y las prácticas médicas? Se ha fracturado el saber y la práctica con elementos heterogéneos y muy dinámicos derivados de la alta tecnología y del mercado.
Para analizar la percepción social del impacto es necesario considerar las dimensiones no sólo técnicas sino subjetivas y valorativas que también tienen una traducción en el lenguaje y las narrativas de las pacientes. Allí puede relevarse el carácter movilizante que estas imágenes tienen en la vida y la forma de experimentar y resignificar el embarazo. Las imágenes no sólo tienen significado para los médicos sino para toda la sociedad, construyendo nuevos actantes que antes no aparecían en escena. Un conjunto de escenas también invaden las instituciones médicas, imágenes interiores y exteriores del cuerpo provistas por las tecnologías diagnósticas generan cada vez más una suerte de hyper-realidad. El cuerpo biológico de la medicina desaparece o se transforma para dar lugar a una cadena sin fin de imágenes autoreferenciales (Williams, op. cit.: 1615).
Los que participan en la aplicación de estas técnicas están constantemente negociando un sistema de interpretación tanto para los productores como para los consumidores del conocimiento científico. Hay negociaciones de género: manipulación, resistencias en torno a la decisión de las mujeres en la aceptación o rechazo de estas tecnologías. La información que proveen estas técnicas no carece de ambigüedad. Los movimientos en defensa de los derechos humanos atacan los efectos que estos tests tienen al reforzar los prejuicios contra los que padecen enfermedades genéticas y discapacidades. De modo que la aplicación de estas tecnologías tiene consecuencias éticas y filosóficas de enorme relevancia. El debate político en defensa de los derechos de todas las personas, las leyes que protegen y promueven la igualdad de oportunidades y la aceptación social de las personas con discapacidades exige ver el problema desde una perspectiva social amplia y no sólo médica. La emergencia de estas agendas públicas construidas en torno de la vida tienen implicancias epistemológicas y producen desafíos políticos para la ciencia y la tecnologías médicas de enormes consecuencias para el conjunto de la sociedad.
Bibliografía citada
Bijker, W. La construcción social de la Baquelita: Hacia una teoría de la invención. En: Ciencia, Tecnología y Sociedad. Lecturas Seleccionadas. Marta. I: Gonzalez García, José, A. López Cerezo y José Luis Luján, editores, Ariel, Barcelona, 1997. Pag. 103-129.
Callon, M. Cuatro Modelos de dinámica de la Ciencia. En: Desafíos y Tensiones actuales en Ciencia, Tecnología y Sociedad, Editores Andoni Ibarra y José A. López Cerezo, Biblioteca Nueva, Organización Estados Iberoamericanos, Madrid, 2001.Pag. 27 a 62.
Giddens, A. Modernity and self-Identity: self and Society in the Late Modern Age. Polity Press, Cambridge, 1991.
Latour, B. Science in Action: How to Follow Scientists and Engineers through Society, Harvard University Press, 1987.
Layne, L. Of fetuses and Angels: Fragmentation and integration in narratives of pregnacy loss. En: Knowledge and Society: The anthropology of Science and Technology, Edited by David Hess and Linda Layne, Vol.9, Jay press, United Satate of America, 1992. Pag. 29-58.
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Rapp, R. Accounting for Amniocentesis. En: Knowledge, Power and Practice. The Anthropology of Medicine and Everyday life. Edited by Shirley Lindenbaum and Margaret Lock, University of California Press,1993. Pag. 55-76.
Real-Time Fetus. The role of the Sonogram in the Age of Monitored Reproduction. En: Cyborgs and Citadels. Anthropological Interventions in Emerging Sciences and Technologies. Edited by Gary Lee Downey and Joseph Dumit, School of American Research, 1997. Pag. 31-48.
Williams, S.J., Calnan, M. The Limits of medicalization?: Modern Medicine and the lay populace in late modernity. Soc. Sci., and Medicine, Vol. 42, N· 12, pp. 1609-1620, 1996.
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