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Las prioridades de los investigadores, las orientaciones de sus trabajos, sus formas de organización, los niveles de financiación que reciben, la circulación de los conocimientos a los que llegan, ¿se orientan hacia el bien y el interés públicos?
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La ciencia triunfa: jamás su poder ha sido tan imponente. Ha logrado vencer enfermedades que diezmaban a poblaciones enteras, abolir trabajos extenuantes, suprimir tareas repetitivas y fastidiosas. Ha tomado próximo lo lejano y ha ampliado el alcance de nuestros conocimientos de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, del mundo inerte y del mundo viviente. En resumen, ha conquistado el poder de moldear nuestra existencia, de modificar la vida. Pero también ha perfeccionado el poder de aniquilarla. La fuerza de un ejército depende del número y la determinación de los combatientes, pero también, principalmente, del grado de perfeccionamiento tecnológico de sus armamentos: después de Irak, los bombardeos en Serbia constituyen el último ejemplo.
Y, sin embargo, la ciencia se tambalea. Por primera vez, desde el siglo de las Luces, la utilización que de ella puede hacerse se cuestiona: el vínculo entre progreso científico y progreso social se distiende, a tal punto que aquí o allá surgen resabios de oscurantismo. Hiroshima retumbó como un primer trueno, Luego la crisis ambiental, fruto del modelo de desarrollo dominante, confirió a este cuestionamiento de la ciencia una dimensión planetaria. Ahora bien, ese modelo es indisociable de una utilización desenfrenada e indiscriminada de lo que se da en llamar la innovación tecnológica. Por último, los progresos biotecnológicos, que entrañan también inmensos peligros para la dignidad del ser humano, persiguen con demasiada frecuencia satisfacer el mero afán de lucro de sus promotores.
No se reprocha a la ciencia que no lo sepa todo: nadie la critica, por ejemplo, por no haber obtenido aún una vacuna contra el sida o por no llegar a una conclusión sobre la teoría del Big Bang. Nunca ha pretendido haber llegado a su fin, como algunos lo proclamaban para la historia. Debe pues, qué duda cabe, seguir sondeando incansablemente los innumerables misterios que perduran. Pero ya no puede -y sobre todo ya no podemos, gracias a ella y a su lado- eludir la pregunta primordial: la ciencia, ¿por qué y para quién?
Dicho de otro modo, las prioridades de los investigadores, las orientaciones de sus trabajos, sus formas de organización, los niveles de financiación que reciben, la circulación de los conocimientos a los que llegan, ¿se orientan hacia el bien y el interés públicos? O, en perjuicio de la investigación fundamental y del largo plazo, ¿se destinan sobre todo a los consumidores con un mayor poder adquisitivo? A causa de la "privatización" creciente de la investigación, ¿no se están dejando de lado necesidades esenciales y universales, por el hecho de que no son inmediatamente rentables?
Los excluidos de este nuevo "poder científico" deben hacer oír su voz. Por ejemplo, los habitantes de las 600.000 aldeas privadas de electricidad o los dos mil millones de seres humanos sin acceso al agua potable tienen derecho a exigir de la investigación que les brinde respuestas adaptadas a sus tan escasos medios.
Más aún, toda la humanidad tiene derecho a exigir que la investigación se ocupe, con la máxima prioridad, de las causas de los problemas planetarios y de las formas de contrarrestarlos. Asimismo, los ciudadanos tienen derecho a exigir que se entiendan mejor los mecanismos de las desigualdades y la exclusión que minan poco a poco la paz y la democracia.
Para avanzar en ese nuevo contrato entre ciencia y sociedad, la Unesco, conjuntamente con el Consejo Internacional de Uniones Científicas (CIUC), congrega a fines del próximo mes de junio, en Budapest, a científicos, empresas privadas, gobiernos y actores sociales. Con una preocupación primordial: que los beneficios de la ciencia alcancen en primer lugar a los que deja de lado. Su poder es tan grande que el progreso de estos últimos es a ese precio.
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1 Tomado de El Correo Unesco, mayo 1999. Nº 5 (1999).
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