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CÁTEDRA CTS+I Argentina-Uruguay
Primer Seminario OEI-UBA

La enfermedad de Chagas desde un enfoque CTS

Mariana Sanmartino

Centro de Enfermedad de Chagas, Fundación INCALP, La Plata, Argentina.
Laboratorio de Didáctica y Epistemología de las Ciencias, Univ. de Ginebra, Suiza.

Introducción

La educación para todos y, más precisamente, la alfabetización científica para todos, se ha convertido, en opinión general, en una exigencia urgente (Daniel Gil Pérez, 1998).

La visión tradicional de la ciencia y la tecnología como entidades aisladas de las controversias sociales ha sufrido una crisis en las últimas décadas; y actualmente se observa la aparición de un reclamo generalizado hacia la contextualización social de la tecnociencia (Mayor Zaragoza, 1999; Martín Gordillo y López Cerezo, 1998); así, la investigación científica se origina y justifica cada vez más en el contexto de aplicación del conocimiento, es decir, en las posibilidades y expectativas de su utilización (Vaccarezza, 1998).

Con esta “crisis” se plantea la necesidad de un nuevo contrato ciencia / sociedad, que solo será posible si todos los ciudadanos y ciudadanas poseen una cultura científica que les permita comprender y administrar la vida cotidiana con responsabilidad y participar activamente en la búsqueda de soluciones a los problemas (Declaración sobre la Educación Científica, 2001). Surgen así, las nociones de nuevo compromiso social de la ciencia el cual deberá basarse en la erradicación de la pobreza, la armonía con la naturaleza y el desarrollo sustentable (UNESCO-Montevideo, 1999) y de democratización del conocimiento científico como paso obligado hacia la reclamada “contextualización social de la tecnociencia”. Para avanzar en el nuevo contrato entre ciencia y sociedad, la UNESCO, conjuntamente con el Consejo Internacional de Uniones Científicas (CIUC), congregó entre el 26 de junio y el 1º de julio de 1999, en Budapest, a científicos, empresas privadas, gobiernos y actores sociales; con una preocupación primordial: que los beneficios de la ciencia alcancen en primer lugar a los que deja de lado (Mayor Zaragoza, 1999). En dicha oportunidad se elaboró la llamada Declaración de Budapest sobre la ciencia y el uso del saber científico (UNESCO-CIUC, 1999), en donde quedaron definidos los pilares para la “contextualización social de la tecnociencia”: los países y los científicos del mundo deben tener conciencia de la necesidad apremiante de utilizar responsablemente el saber de todos los campos de la ciencia para satisfacer las necesidades y aspiraciones del ser humano sin emplearlo de manera incorrecta. Las ciencias deben estar al servicio del conjunto de la humanidad y contribuir a dotar a todas las personas de una comprensión más profunda de la naturaleza y la sociedad, una mejor calidad de vida y un entorno sano y sostenible para las generaciones presentes y futuras.

En este contexto, la perspectiva Ciencia, Tecnología y Sociedad o “perspectiva CTS” (López Cerezo, 1998; Vaccarezza, 1998) se vislumbra como el marco de acción y reflexión óptimo para hacer frente a los nuevos desafíos. En los enfoques CTS está implícito el objetivo central de construir una cultura científica transdisciplinaria que la población en general pueda llegar a sentir como propia, lo cual requiere priorizar la investigación socialmente útil y culturalmente relevante (Declaración sobre la Educación Científica, 2001; UNESCO-Montevideo, 1999). De esta manera, se hace hincapié en que la producción de ciencia, especialmente en los países en vías de desarrollo (como es el caso de Argentina), tiene que mantener un fuerte vínculo con su enseñanza y democratización (Rietti, 1999) y este vínculo se logra, como primera medida, a través de la integración de la actividad científica alrededor de los grandes problemas locales (Varsavsky, 1968).

Un “gran problema regional” (de toda América Latina) es, sin duda, la enfermedad de Chagas junto a la complejidad que la caracteriza. Un problema real y local que requiere de una aproximación CTS para su comprensión, tratamiento, control y erradicación.

La enfermedad de Chagas

La enfermedad de Chagas es una mancha que categoriza, que define pobreza, que marca las dificultades político-administrativas de la América Latina. Su control constituye una obligación moral y ética, ya que representa una gran deuda social que los latinoamericanos tenemos la obligación de saldar (João Carlos Pinto Dias, 1988).

La enfermedad de Chagas afecta las poblaciones semirurales y rurales que habitan las tierras más cálidas de América Latina y es una de las endemias más expandida del continente. Las estimaciones de 1990 de la Organización Mundial de la Salud señalan que entre 16 y 18 millones(1) de personas presentan serología positiva, que 50 mil individuos mueren cada año por causa de este mal y que existen aproximadamente 90 millones de personas que viven en situación de alto riesgo de contraer la enfermedad (WHO, 1991). Estas cifras, junto al estrecho vínculo que existe entre esta dolencia y el alto grado de subdesarrollo social y económico, convierten a la enfermedad de Chagas en uno de los problemas de salud pública más graves de toda Latinoamérica.

El protozoario Trypanosoma cruzi es el agente causal de esta enfermedad. Sus vectores son insectos de costumbre hematófaga, conocidos en la mayor parte de Argentina como “vinchucas”. Las especies de vinchucas más importantes desde el punto de vista epidemiológico son aquellas que colonizan las viviendas humanas. Triatoma infestans, que es el principal vector de la enfermedad de Chagas en Argentina, está confinado a los hábitats domésticos y peridomésticos, donde vive y se reproduce en grietas y hendiduras de construcciones precarias, saliendo de noche para chupar la sangre de sus huéspedes. La infección se efectúa a través de los excrementos que las vinchucas depositan cuando se alimentan. Es incurable en la mayoría de los casos y hasta el momento no se ha desarrollado ninguna vacuna efectiva para prevenirla. Por ello, su control depende principalmente de la eliminación de las poblaciones domésticas del insecto vector.

Esta dolencia puede ocasionar un gran perjuicio a sus portadores, debido a lesiones del corazón y de otros órganos vitales. Además de la vía vectorial existen otros mecanismos de transmisión: la transfusión de sangre o el transplante de órganos de donadores infectados, la transmisión congénita de madres infectadas y la ingestión de sustancias contaminadas con los excrementos del vector.

Las acciones puestas en marcha en la actualidad para la lucha contra la enfermedad de Chagas están dirigidas principalmente hacia el control químico de los vectores. Estas medidas en general no tienen en cuenta que existen elementos que favorecen la proliferación de las vinchucas dentro y fuera de las viviendas (Factores de Riesgo), como ser determinadas características de la construcción, la falta de higiene, el desorden y ciertas costumbres en relación con los animales domésticos, entre otros (García-Zapata y Marsden, 1994). Entonces se hace evidente que la simple aplicación de insecticida dentro de las viviendas no es una acción sanitaria totalmente efectiva para terminar con este flagelo (Sanmartino y Crocco, 2000; Storino, 2000; Pinto Dias, 1988).

El impacto social y económico de la enfermedad de Chagas es enorme; incluso ocurre que no se da trabajo a quien simplemente presenta serología positiva (Storino et al, 1997). Por los numerosos factores involucrados, a los cuales se suman aquellos de poder político y económico, esta enfermedad pasa a constituirse no sólo en una tradicional enfermedad de la pobreza, sino en un ejemplo de los mecanismos de ocultamiento y exclusión como forma de discriminación social y laboral (Storino, 2000).

Los estudios CTS

El cientificismo es la actitud del que, por progresar en esta carrera científica, olvida sus deberes sociales hacia su país y hacia los que saben menos que él. (Oscar Varsavsky, 1968).

Dado que la ciencia y la tecnología científica modifican, transforman y condicionan profundamente la sociedad, quienes están involucrados en esa producción tienen la responsabilidad ineludible de contribuir a hacer accesible ese conocimiento (Rietti, 1999). Así, se plantea la democratización del conocimiento científico como la manera ideal de contrarrestar un “estilo” de hacer ciencia, llamado críticamente, cientificista (Rietti, 1999; Varsavsky, 1968). En este contexto, la democratización de la ciencia y las metas que en torno a ella se plantean, enfatizan la importancia de la educación y la popularización de la ciencia y la tecnología para el conjunto de la sociedad (UNESCO-Montevideo, 1999): la enseñanza científica, en sentido amplio, sin discriminación y que abarque todos los niveles y modalidades es un requisito previo esencial de la democracia y el desarrollo sostenible. Hoy más que nunca es necesario fomentar y difundir la alfabetización científica en todas las culturas y todos los sectores de la sociedad así como las capacidades de razonamiento y las competencias prácticas y una apreciación de los principios éticos, a fin de mejorar la participación de los ciudadanos en la adopción de decisiones relativas a la aplicación de los nuevos conocimientos (UNESCO-CIUC, 1999).

En el marco de esta democratización del conocimiento científico y a modo de primera aproximación, se observa que los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, o estudios sobre ciencia, tecnología y sociedad (CTS), constituyen un campo crucial de trabajo donde se trata de entender el fenómeno científico-tecnológico en contexto social, tanto en relación con sus condicionantes sociales como en lo que atañe a sus consecuencias sociales y ambientales (López Cerezo, 1998). En América Latina el origen del movimiento CTS se encuentra en la reflexión de la ciencia y la tecnología como una competencia de las políticas públicas, este pensamiento latinoamericano nace a fines de la década del 60 como una crítica diferenciada a la situación de la ciencia y la tecnología y de algunos aspectos de la política estatal en la materia (Vaccarezza, 1998). Los planteamientos CTS comienzan negando la necesaria diferenciación entre ciencia y tecnología y colocan al contexto social en el centro del análisis para comprender el proceso de construcción tecnocientífica y sus efectos (Martín Gordillo y López Cerezo, 1998).

De esta manera, los estudios y programas CTS (de marcado carácter crítico e interdisciplinario) se han elaborado desde sus inicios en tres grandes direcciones (u horizontes de aplicación práctica):

De esta última dirección u horizonte se desprende la responsabilidad de impulsar a la educación como herramienta de igualdad y democracia, entendiendo a la difusión y la enseñanza de la ciencia como instrumentos políticos de crecimiento y desarrollo humano (Declaración sobre la Educación Científica, 2001; Rietti, 1999; Gil Pérez, 1998; Martín Gordillo y López Cerezo, 1998). Teniendo siempre presente que la práctica de la investigación científica y la utilización del saber derivado de esa investigación debería tener siempre estos objetivos: lograr el bienestar de la humanidad, comprendida la reducción de la pobreza; respetar la dignidad y los derechos de los seres humanos, así como el medio ambiente del planeta; y tener plenamente en cuenta la responsabilidad que nos incumbe con respecto a las generaciones presentes y futuras. Todas las partes interesadas deben asumir un nuevo compromiso con estos importantes principios (UNESCO-CIUC, 1999).

La clave de los estudios CTS está en presentar la ciencia como un proceso o producto inherentemente social donde los elementos no técnicos (valores morales, convicciones religiosas, intereses profesionales, presiones económicas, etc.) desempeñan un papel decisivo tanto en su origen como en su consolidación. Se trata, en suma, de desmitificar la ciencia y la tecnología (sin olvidar que desmitificar no es descalificar), situándolas en el contexto social en el que se desarrollan, mostrando los valores, intereses e impactos sociales que hacen de la ciencia y la tecnología una actividad terrenal que va más allá de la mera búsqueda de conocimiento (López Cerezo, 1998).

El punto de encuentro

Se requiere un esfuerzo conjunto genuino entre aquellos que poseen la mayor capacidad en ciencia y tecnología y aquellos que enfrentan los problemas de la pobreza y la exclusión social (Declaración de Santo Domingo, UNESCO-Montevideo, 1999).

Existe un consentimiento generalizado acerca del indiscutible papel que juega el conocimiento como factor fundamental en el desarrollo económico-social, ya que influye directamente en la mejora de la calidad de vida de la población (UNESCO-Montevideo, 1999). Simultáneamente a la producción científica es esencial, entonces, asumir la responsabilidad de contribuir al desarrollo de la capacidad de discernimiento de la gente, evitando el manejo exclusivo por parte de los expertos ya que favorece la instalación de formas sociales no democráticas (Rietti, 1999). Así, mejorar el conocimiento y la concientización de las personas es una condición necesaria para un enriquecedor aprendizaje social y una democratización en profundidad (Gil Pérez, 1998; López Cerezo et al., 1998).

Sin embargo, se observa cotidianamente cómo crece el abismo entre ciencia y sociedad frente a la progresiva mercantilización del conocimiento (Rietti, 1999). Conforme el saber científico se ha transformado en un factor decisivo de la producción de bienestar, su distribución se ha vuelto más desigual. Lo que distingue a los pobres (sean personas o países) de los ricos no es sólo que poseen menos bienes, sino que la gran mayoría de ellos está excluida de la creación y de los beneficios del saber científico (UNESCO-CIUC, 1999). Al respecto, dice Federico Mayor Zaragoza (Director General de la UNESCO): “A causa de la ‘privatización’ creciente de la investigación, ¿no se están dejando de lado necesidades esenciales y universales, por el hecho de que no son inmediatamente rentables? Los excluidos de este nuevo ‘poder científico’ deben hacer oír su voz” (Mayor Zaragoza, 1999). Incluso pareciera no tenerse en cuenta que la investigación científica es una fuerza motriz fundamental en el campo de la salud y la protección social, y que una mayor utilización del saber científico podría mejorar considerablemente el nivel de salud de la humanidad (UNESCO-CIUC, 1999).

En el caso concreto de la enfermedad de Chagas, es enorme la distancia que separa los avances logrados en el conocimiento científico sobre el tema, de la situación cotidiana de las poblaciones directamente afectadas por este flagelo (Rodriguez Coura ed., 1999; Morel, 1998; Storino y Milei eds., 1994). En las regiones endémicas, diferentes estudios han señalado que los pobladores tienen un conocimiento sumamente limitado de esta enfermedad y su transmisión (Sanmartino y Crocco, 2000; Ávila Montes et al., 1997; Martínez, 1996; Storino y Milei eds., 1994; Esteso, 1984; Petana, 1976). En 1976, Walter Petana concluía que, en la problemática de la enfermedad de Chagas, los principales obstáculos para la aplicación de medidas preventivas son la indigencia, las viviendas precarias, las malas condiciones de higiene y, principalmente, la ignorancia de las poblaciones afectadas en lo que se refiere a la presencia de vectores en sus casas, así como la relación de estos insectos con la enfermedad.

En lo que respecta a la enfermedad de Chagas, la democratización del conocimiento científico se revela como una necesidad imperiosa en el momento de pensar en su control y tratamiento. Así, es fundamental transmitir a las comunidades afectadas la información sobre enfermedades para las cuales aún no existen estrategias eficaces de prevención. Esta transmisión sólo puede ser hecha de manera eficaz partiendo de las percepciones de la situación que tienen las personas directamente afectadas (Giordan, 1998) y respetando sus pautas socio-culturales; es decir, dando al conocimiento popular su importancia ineludible. En este marco, se sostiene que los sistemas tradicionales y locales de conocimiento, como expresiones dinámicas de la percepción y la comprensión del mundo, pueden aportar, y lo han hecho en el curso de la historia, una valiosa contribución a la ciencia y la tecnología, y que es menester preservar, proteger, investigar y promover ese patrimonio cultural y ese saber empírico (UNESCO-CIUC, 1999).

Conclusiones

Para hacer frente a los problemas éticos, sociales, culturales, ambientales, económicos, sanitarios y de equilibrio entre los géneros, es indispensable intensificar los esfuerzos interdisciplinarios recurriendo a las ciencias naturales y sociales. El fortalecimiento del papel de la ciencia en pro de un mundo más equitativo, próspero y sostenible requiere un compromiso a largo plazo de todas las partes interesadas, sean del sector público o privado, aumentando las inversiones, revisando en consecuencia las prioridades en materia de inversión y compartiendo el saber científico (UNESCO-CIUC, 1999).

Se trata, como se mencionó anteriormente, de desmitificar la ciencia sin descalificar la ciencia (Gil Pérez, 1998; Martín Gordillo y López Cerezo, 1998). Dicho de otra manera, de acercar ciencia y sociedad. Aplicar estas premisas en ejemplos concretos y problemáticas locales, como la enfermedad de Chagas en América Latina, es un excelente comienzo. Como se ha visto hasta ahora, es en este marco que cobra fundamental importancia la perspectiva CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad), entendida esencialmente como un modo de pensar y enfrentar los desafíos cotidianos. Se busca, en definitiva, acercar la sociedad a la ciencia y la ciencia a la sociedad; romper con la visión de una ciencia ajena a los condicionamientos e intereses sociales (Gil Pérez, 1998).

Los gobiernos y científicos del mundo entero deben abordar los problemas complejos planteados por la salud de las poblaciones pobres, así como las disparidades crecientes en materia de salud que se dan entre países y entre comunidades de un mismo país, con miras a lograr un nivel de salud mejor y más equitativo, y también un suministro de asistencia sanitaria de calidad para todos. Esto se debe llevar a cabo mediante la educación, la utilización de los adelantos científicos y tecnológicos, la creación de sólidas asociaciones a largo plazo entre las partes interesadas, y el aprovechamiento de programas encaminados a ese fin (UNESCO-CIUC, 1999). Ante la situación descripta, urge la necesidad de realizar profundas transformaciones en la enseñanza de las ciencias: en sus objetivos, contenidos, métodos, modos de evaluación y recursos tecnológicos empleados. Si la ciencia constituye una actividad sociocultural indisolublemente asociada a la tecnología con hondas repercusiones en el desarrollo de la humanidad, ha de ser enseñada y aprendida como tal, y no como ha sido habitual hasta ahora, centrando la atención, predominantemente, en la formación de conocimientos aislados, en el tratamiento de conceptos y las manipulaciones de laboratorio (Declaración sobre la Educación Científica, 2001).

Por lo tanto, al abordar la enfermedad de Chagas desde un enfoque interdisciplinario característico de las perspectivas CTS, debe encararse una tarea conjunta en la que se implementen medidas concretas que fortalezcan el desarrollo y la participación de la comunidad. Involucrar también a otras ciencias como la antropología, sociología, ciencias de la educación, biología, ecología, psicología, política, economía y las ciencias aplicadas que están involucradas en la mejora de la calidad de vida como la arquitectura y la ingeniería civil. Esta tarea conjunta debe abarcar todos los niveles de prevención, enfocar la atención primaria interdisciplinaria del paciente chagásico y de la población en riesgo, apostar a la educación formal y no formal como herramienta imprescindible, apuntando así a modificar la situación de marginación y olvido que padecen millones de chagásicos víctimas de una enfermedad de la pobreza, agravada por su ocultamiento (Storino, 2000).

…el futuro de la humanidad dependerá más que nunca de la producción, la difusión y la utilización equitativas del saber (Declaración de Budapest, UNESCO-CIUC, 1999).

Referencias

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Notas

(1) Sin embargo, existen datos del mismo año que indican que sería de 24.7 millones el número de personas infectadas (Storino et al, 1997).

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