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La Universidad Latinoamericana del Futuro
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En este capítulo se busca destacar ciertos rasgos mayores de la dinámica continental que se ha empezado a configurar a partir de la crisis de los '80. No se apunta, por supuesto, a una presentación global del tema sino tan sólo a señalar algunos aspectos con gran incidencia en la situación y perspectivas de las universidades latinoamericanas; por consiguiente, las características a estudiar pueden dar cuenta tanto de cambios como de permanencias; en este último caso, corresponderá atender a lo que la historia enseña acerca de la interacción entre la evolución socioeconómica global y la de la enseñanza superior.
¿Cómo caracterizar la "tercera etapa"?
Suele aceptarse que, después de la Independencia, una primera gran etapa de nuestra historia estuvo signada por la configuración del "orden neocolonial" (Halperin, 1993), durante la vigencia del cual la evolución socioeconómica del continente y su inserción externa fueron configuradas por el llamado "crecimiento hacia afuera", de base primario-exportadora. La crisis de la década de 1930 constituyó el punto nodal del tránsito a una segunda etapa, la del "crecimiento hacia adentro", basado en la Industrialización por Sustitución de Importaciones. La década de 1980 marcó su agotamiento, y abrió así una nueva etapa en la historia contemporánea de América Latina.
En medio de una inmensa crisis, se impulsó un "paquete" de reformas dirigidas a la apertura económica al exterior, la disminución del tamaño del Estado y el control de la inflación, para lo cual se asignaba un papel estelar a las privatizaciones y a la desregulación en general, esperándose que todo ello marcara el tránsito hacia un "modelo exportador", capaz de asegurar un nuevo "crecimiento hacia afuera", entretejido con mejoras en la productividad, el empleo y la equidad.
Al concluir la década de 1990, se destacaba un gran logro en materia de estabilidad de precios, atribuyéndose ello en medida significativa a la contención del déficit fiscal; de una manera u otra, la inflación, que había llegado a ser realmente muy alta, promediaba el 11% en 1999. Más allá de ello, ¿se está configurando un crecimiento hacia afuera que supone una reinserción exitosa en la economía mundial? En términos más generales, ¿es posible ofrecer una caracterización sintética y general de la dinámica tecno-económica latinoamericana después del período de la Sustitución de Importaciones? Buscando una respuesta tentativa, empezamos por recordar algunos elementos de juicio.
Durante los años '90, el ritmo de crecimiento del PIB conoció una cierta recuperación, pero sin alcanzar el promedio, superior al 5%, del período 1950-1980; el ahorro interno bruto creció lentamente, llegando a ser poco superior al 20% del PIB, mientras que antes de la crisis, en 1980, superaba el 25%; por su parte, la inversión, que era del orden del 30% del PIB en 1980, tras caer al 20% en 1990, se ubicaba por debajo del 25% al promediar la década, durante la cual se constató una tendencia a la sustitución de ahorro privado por el público y del ahorro nacional por el externo. (CEPAL, 1996a)
La apertura externa ha sido muy grande, como lo indica el sustancial incremento del comercio exterior en relación a la producción total. Esta es una de las más notorias diferencias respecto al período anterior. Esto no significa, sin embargo, que se pueda hablar de la conformación de un modelo exportador, en el cual una exitosa inserción en los mercados internacionales motoriza a la economía. Según datos de la Organización Mundial de Comercio, entre 1990 y 1997, las exportaciones de la región crecieron casi al 10% anual, alcanzando a unos 280 mil millones de dólares, mientras que en el mismo período las importaciones crecieron cerca de un 15% anual, llegando casi a los 320 mil millones de dólares.
El déficit comercial creciente fue financiado con el creciente flujo de fondos externos. Como bien se sabe, desde 1990, la entrada de capitales a la región ha sido muy considerable, al menos hasta el desencadenamiento de la nueva crisis que tuvo un pico con la devaluación brasileña de enero de 1999; el aflujo masivo de fondos externos no se interrumpió realmente durante la crisis mexicana (efecto "tequila") desatada a fines de 1994. La compra de papeles públicos y de empresas privatizadas o nacionales han dado cuenta de una gran proporción de tales fondos, pero ha venido creciendo también la inversión dirigida a la ampliación de la capacidad productiva.
La apertura incluye un peso cada vez más grande del capital extranjero. Las empresas transnacionales han venido invirtiendo fuertemente en el sector minero, por ejemplo, previéndose que se afirmará la tendencia al alza de la participación latinoamericana en la producción mundial de los más importantes metales. Esto se basa, sin duda, en la proverbial riqueza minera del continente; también, en las ventajas que ofrece el marco regulatorio del sector, donde los derechos laborales y la protección ambiental no constituyen exigencias mayores.
El crecimiento de la capacidad exportadora ha sido motorizada en gran medida por las actividades procesadoras de recursos naturales; su expansión ha incluido la puesta en funcionamiento de nuevas plantas, tecnológicamente avanzadas y con poca incorporación de mano de obra. En términos generales, esas nuevas plantas industriales se han limitado a las fases iniciales del procesamiento, sin avanzar hacia las que incluyen mayor elaboración e incorporación de capacidad técnica (CEPAL, 1996a: 79)
En conjunto, sigue vigente "una característica fundamental del desarrollo regional" señalada por Fajnzylber (1990: 14): "el agregado de valor intelectual a los recursos humanos y naturales disponibles ha sido particularmente exiguo". En algún sentido, ello se ha agravado pues, por motivos que iremos destacando, han habido formas particularmente fuertes de destrucción de capital humano y de capacidades tecnológicas previamente acumuladas por la sociedad (Katz, 1999: 46).
Suele interpretarse el "cambio de modelo", en materia de crecimiento, como el tránsito de un proceso hegemonizado por el Estado a otro protagonizado por la empresa privada. Sin duda, esa alteración constituye un dato de la realidad; pero, para caracterizar un hipotético nuevo modelo, es preciso averiguar cuáles son las características del empresariado en auge. Al respecto, el siguiente balance es instructivo: "En general, los segmentos del sistema productivo más afectados por el cambio en las reglas del juego y en los marcos regulatorios fueron las ramas industriales que producían para el mercado interno, las actividades que hacían uso relativamente intensivo de la ingeniería, las firmas pequeñas y medianas y el conjunto de las empresas estatales. Por el contrario, los sectores que participaban de la exportación, las actividades vinculadas a los recursos naturales, los grandes conglomerados de capital nacional y muchas empresas transnacionales pudieron adaptarse con más éxito a las nuevas circunstancias." (CEPAL, 1996b: 12)
Los rasgos predominantes tanto en lo que se refiere al papel relativo de las distintas ramas productivas como a la estructura empresarial se van confirmando al concluir la década: Se ha consolidado la posición de mercado de las ramas productivas procesadoras de recursos naturales, elaboradoras de commodities industriales de uso difundido, como son el hierro y el acero, la celulosa y papel, los aceites vegetales, etc. así como también las ramas maquiladoras, productoras de equipos electrónicos, aparatos de video y TV e indumentaria. En todas ellas han ganado presencia las subsidiarias domésticas de firmas transnacionales y los grandes grupos corporativos de capital local. Como contrapartida de todo esto, ha perdido peso relativo dentro del producto industrial el colectivo de firmas PYMES y prácticamente ha desaparecido el otrora fuerte núcleo de empresas estatales. (Katz, 1999: 4-5)
La acrecentada capacidad para exportar tiene que ver con la expansión de sectores empresariales modernos, más competitivos y preparados para colocar sus productos en el exterior, que incluso llegan a usar técnicas cercanas a la frontera tecnológica internacional en ciertas ramas, y que han incrementado sustancialmente la productividad laboral.
Ahora bien, esto último constituye un rasgo general de la evolución reciente, que debe ser adecuadamente evaluado: las mejoras de productividad han estado más asociadas a expulsión de mano de obra y destrucción de puestos de trabajo -tanto en el ámbito industrial como en el agrícola- que a ritmos realmente elevados de crecimiento del volumen físico de producción. (Katz, 1999: 48)
Por otra parte, como comentario general, se sostiene que los sectores exportadores han generado escasos eslabonamientos internos, por lo cual no parecen configurarse como un motor fundamental del crecimiento; en cambio, aquellos mismos sectores han sido incorporados en importantes eslabonamientos externos, lo que va configurando un tipo de modernización dependiente. Ejemplo de ello lo ofrece la privatización del ente petrolero argentino, YPF, que hoy constituye una empresa más moderna, por ejemplo en su relacionamiento internacional o en su manejo financiero, pero que prácticamente ha dejado de hacer I+D, para lo que antes tenía un Departamento con centenares de personas y decenas de millones de dólares por año. (Esta y otras afirmaciones de esta sección tienen su origen en la exposición efectuada por Jorge Katz en el Segundo Seminario del Proyecto Globalización e Innovación Localizada: Experiencias de Sistemas Locales en el Ambito del Mercosur y Porposiciones de Políticas de CyT, Mangaratiba, diciembre de 1998, cuya interpretación es por supuesto de nuestra exclusiva responsabilidad).
A justo título, se han destacado los altos costos sociales de las políticas de ajuste; a mediano y largo plazo, pueden también ser realmente graves los costos que esas políticas están teniendo en materia de capacidades y niveles tecnológicos. En este sentido, se destaca una continuidad con la década anterior, respecto a la cual se ha afirmado: Las políticas de los años 80 revirtieron de hecho la reducción de la dependencia tecnológica que América Latina había alcanzado en los años 70. (Castells, 1996: 123)
En términos promediales, la organización modernizada de la producción requiere menos gente; aún así, la productividad -como cociente de la producción total por el empleo total- ha crecido menos durante los años '90 que en el período de la Industrialización por Sustitución de Importaciones. Es evidente que el crecimiento de la producción en el sector más moderno genera muy escasa ocupación: en los últimos años, más del 80% de los empleos se crearon en el sector informal, en el que se desempeña bastante más de la mitad de la mano de obra. Paralelamente, la diferenciación salarial según la capacitación se va ampliando.
Recapitulando, dentro de una heterogeneidad continental que siempre fue grande y que en la nueva etapa tiende a ampliarse, puede sostenerse que la transformación de la relación económica externa del continente la hace considerablemente más importante que en la etapa anterior, y tiende a centrarla en el intercambio de bienes y servicios intensivos en ingeniería y más generalmente en conocimientos, que constituyen el núcleo de las importaciones, por bienes intensivos en recursos naturales, alimentos y "commodities", así como productos de la maquila, todos los cuales ganan peso relativo en las exportaciones, en las que lo pierden los productos intensivos en ingeniería o en mano de obra.
Se trata de un intercambio entre bienes cuya demanda evoluciona de manera altamente diferenciada, ampliándose dificultosamente la colocación de la mayor parte de los productos exportados por América Latina, mientras que cosa muy distinta sucede con los que importa, los cuales incluyen a los de mayor dinamismo en el comercio internacional. Tenemos aquí un "intercambio desigual", con tendencia a deteriorarse desde el punto de vista de nuestro continente, lo que puede ser visto como una reaparición, bajo nuevas condiciones, de un fenómeno destacado en términos clásicos por la escuela cepalina.
Conviene, sin embargo, señalar que no se está hablando del intercambio de bienes primarios por otros de tipo industrial: el intercambio desigual se da más bien entre productos de alto y bajo contenido tecnológico incorporado. La importancia de la biotecnología, por ejemplo, implica que la producción forestal no necesariamente es de bajo valor intelectual agregado, aunque en el continente lo sea en la mayor parte de los casos, incluso cuando se trata de grandes explotaciones de capital nacional, que como se ha dicho son más dados a "extender" la producción que a "intensificarla." Cabe sospechar que la rentabilidad a corto plazo de la primera opción es mayor actualmente, debido a la combinación de la reestructura impositiva, las capacidades tecnológicas y la endeblez de la protección ambiental. Una vez más, como en las discusiones clásicas acerca del desarrollo, se hace manifiesta la debilidad del mercado para incorporar las dimensiones del largo plazo.
Katz (1999: 5-6) afirma que, tras la etapa de la Sustitución de Importaciones, se han venido perfilando en América Latina a grandes rasgos dos tipos de especialización productiva y de inserción en el comercio internacional, el modelo intensivo en recursos naturales, típico de los países del Cono Sur del continente, y el modelo intensivo en industrias maquiladoras, hacia el que se vuelcan México y algunos pequeños países de América Central. En ambos casos, es relativamente bajo el valor agregado doméstico.
En esta nueva etapa, tiene lugar una sustitución de sentido inverso a la que caracterizó el período precedente: la apertura y la privatización impulsan el reemplazo no sólo de la maquinaria local por otra de fabricación extranjera sino también la sustitución de ingeniería interna por externa. Se han cerrado o reducido departamentos de ingeniería que las empresas estatales habían creado en tiempos de la Sustitución de Importaciones; las filiales de las empresas transnacionales precisan realizar menos esfuerzos tecnológicos de adaptación que en el pasado, y recurren directamente a los departamentos de ingeniería de sus casas centrales. Nos encontramos así con un fenómeno que resume trazos esenciales de la nueva etapa: la paradoja de estar avanzando hacia programas de producción tecnológicamente más complejos y cercanos a la frontera técnica mundial pero, al mismo tiempo, menos intensivos en el uso de conocimientos técnicos y equipamiento de origen local. (Katz, 1999: 24)
En más de un sentido, la estructura productiva se ha modernizado; el equipamiento se ha renovado considerablemente y las formas de gestión se han modificado. El relacionamiento con los centros de la economía mundial es bastante más estrecho que veinte años atrás, en múltiples sentidos que van desde lo tecnológico a lo financiero.
Por otro lado, la estabilidad, conseguida a un alto costo social y productivo durante los '90, se refiere en todo caso a la variación de los precios, pero incluye una altísima inestabilidad, una verdadera fragilidad, en lo que hace a los movimientos de capitales; se ha configurado un panorama en el cual el margen de maniobra que le permiten a nuestros países esos movimientos y los organismos financieros internacionales es realmente muy pequeño. Aldo Ferrer ha afirmado reiteradamente que, desde la Independencia, nunca fuimos tan dependientes como hoy.
América Latina, con todas las singularidades de un continente tan diverso, estaba en los años 90 en proceso de ser integrada en la nueva economía global, aunque, nuevamente, en una posición subordinada. (Castells, 1996: 130)
En términos técnico-económicos, el eje de la inserción internacional en vías de consolidación es la exportación de productos de bajo valor intelectual agregado, con demanda poco dinámica, y la importación de bienes y servicios de alto valor, cuya demanda tiende al alza. Esa inserción ubica a nuestra región como periferia de los centros neurálgicos de la emergente economía global, basada en el conocimiento, modelada por el aprendizaje y motorizada por la innovación.
En conjunto, los trazos gruesos de la evolución económica latinoamericana durante los años finales del siglo XX dibujan un proceso de modernización y reinserción externa dependiente y neoperiférica.
Subdesarrollo y periferias en la economía del conocimiento
Las conclusiones tentativas de la sección precedente apuntan tanto a una continuidad como a un cambio: las nociones de periferia y subdesarrollo seguirían teniendo vigencia en esta época, pero sus ejes definitorios no coincidirían con los de ayer. Se trata de afirmaciones controvertibles, que en esta sección buscamos examinar con cierto grado de generalidad mayor.
La persistencia de grandes diferencias estructurales en el panorama económico mundial, junto a ciertas alteraciones profundas de las causas de semejantes asimetrías, puede ser captada a partir de la caracterización de Castells, quien habla de una economía global pero no planetaria.
Lo primero refleja los nuevos rasgos de la "economía-mundo" capitalista en la época del gran auge de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs): La economía informacional es global. Una economía global es una realidad históricamente nueva, diferente de una economía mundial. Una economía mundial, es decir, una economía en la cual la acumulación de capital se da a través de todo el mundo, ha existido en occidente al menos desde el siglo dieciséis, tal como Fernand Braudel e Immanuel Wallerstein nos lo han dicho. Una economía global es algo diferente: es una economía con la capacidad de trabajar como una unidad en tiempo real a escala planetaria. Mientras que el modo capitalista de producción se caracteriza por su expansión continua, siempre tratando de superar límites de tiempo y espacio, es sólo a finales del siglo veinte que la economía mundial es capaz de volverse realmente global sobre la base de las nuevas infraestructuras provistas por las tecnologías de la información y de la comunicación. Esa globalidad está relacionada con los elementos y procesos medulares del sistema económico. (Castells, 1996: 92-93, negrita en el original; nuestra traducción)
Pero esta nueva economía, si bien afecta a todos los habitantes del planeta, lo hace de manera muy desigual y no incluye a todos: no es una economía planetaria. En otras palabras, la economía global no alcanza a todos los procesos económicos del planeta, no incluye todos los territorios y no incluye a toda la gente en sus empleos, aunque sí afecta directa o indirectamente las formas de subsistencia de toda la humanidad. Mientras que sus efectos alcanzan a todo el planeta, su estructura y operación actuales están relacionados solamente con ciertos segmentos de estructuras económicas, países y regiones, en proporciones que varían de acuerdo a la posición particular de un país o región en la división internacional del trabajo. (Castells, 1996: 102; ídem, ídem)
¿Cómo ubicar a países o regiones en la nueva división internacional del trabajo, basada a nuestro entender en las asimetrías respecto al conocimiento, el aprendizaje y la innovación? Empecemos por el principio, esto es, por el "centro". Parece consensual la afirmación de que la dinámica del conocimiento y de la innovación se concentra en algunos países y regiones, que se constituyen en líderes de los procesos de cambio técnico-económico, cuyos derroteros y "standards" fijan de hecho. Esta divisoria entre el "centro" y el "resto" se asemeja a la de ayer, entre los países industriales y los otros, que en parte sobrevive y en parte resurge transformada en la divisoria de hoy. Se calcula, por ejemplo, que los países de la OCDE darán cuenta en el año 2000 de casi el 70% de la producción manufacturera mundial, mientras que su población será apenas superior al 15% del total. (Castells, 1996: 108) Como veremos en una próxima sección, la concentración en ese conjunto de países de la actividad científica y tecnológica y de la educación avanzada es todavía mayor. Constituyen pues "el centro" de la economía del conocimiento -o, si se prefiere, el conjunto de sus tres "centros", la Unión Europea, Estados Unidos y Canadá, Japón y los nuevos países industriales del Asia Oriental.
La primera cuestión espinosa es la de si el "resto" está constituido por zonas atrasadas o por zonas subdesarrolladas. Esta disyuntiva clásica, que separó aguas en el pensamiento acerca del desarrollo, puede replantearse hoy en los siguientes términos: ¿las dinámicas del conocimiento, la tecnología y la innovación, configuradas en el "centro", son tales que las otras regiones y naciones pueden aprovecharlas de manera más o menos directa para su propio avance? Una respuesta afirmativa llevaría a caracterizar a estas últimas como naciones y regiones "en vías de desarrollo", por los senderos o avenidas trazadas por los "países desarrollados".
Ahora bien, para que esa interrogante tenga respuesta afirmativa, también deben tenerla varias otras que incluyen las siguientes:
i) ¿El conocimiento, la innovación y la tecnología son globales en el sentido de que pueden ser eficientemente usados con independencia del contexto en el cual surgieron?
ii) ¿La diversidad técnica ha llegado a ser tan grande que, recorriendo las rutas virtuales del supermercado tecnológico global, todo problema puede encontrar su solución?
iii) ¿Es conveniente para todos la divisoria entre las naciones que se han constituido en fábricas de conocimientos y las que, no habiendo prestado históricamente mayor atención a la cuestión, no disponen de ventajas comparativas en semejante terreno?
Recordemos que, como lo expresa elocuentemente Albert Hirschman, la cuestión de si el relacionamiento centro-periferia es mutuamente beneficioso constituye un asunto cardinal de la problemática del desarrollo.
Las políticas económicas que dominan el panorama continental parecen, implícitamente, contestar por la afirmativa las preguntas que anteceden. Pero un examen cuidadoso lleva más bien a pensar lo contrario. La realidad de la producción latinoamericana pone en evidencia las dificultades derivadas de la utilización de tecnologías altamente condicionadas por el muy diferente contexto socioeconómico en el que fueron desarrolladas; son muchos los ejemplos de problemas de diverso tipo que no encuentran solución "lista para usar". Por consiguiente, aunque los países "en desarrollo" se encuentren en posiciones muy débiles en lo que hace al conocimiento y a la innovación, apoyarse al respecto sólo en lo que hay ya hecho en el mundo no es buen negocio: incluso para seleccionar, modificar en la medida de lo necesario y usar eficientemente elementos provenientes de la oferta tecnológica mundial, hay que desarrollar las propias capacidades creativas. Pero las dinámicas prevalecientes en materia de generación y uso del conocimiento no apuntan en esa dirección, sino más bien a consolidar una "división del trabajo" entre el centro y el resto, que desfavorece a este último, y en tal sentido constituye, en términos muy estrictos, un factor de subdesarrollo.
Puede, como ayer, llamarse "periferia" a todo lo que no es "centro", pero ese conjunto definido por exclusión es hoy al menos tan heterogéneo como antes. Quizás quepa distinguir los siguientes cuatro niveles en la nueva "división internacional del trabajo" que se va configurando en función del conocimiento, el aprendizaje y la innovación:
(2) La "periferia económicamente próxima", o "semiperiferia",
que en una representación gráfica muy esquemática constituiría
el primer anillo en torno a la zona central. La caracteriza un uso amplio de
productos y procesos tecnológicamente avanzados, en su enorme mayoría
importados, pero se registran niveles apreciables de adaptación local;
los países que la componen suelen recibir una diversificada inversión
externa y su capacidad exportadora tiende también a diversificarse, aunque
por lo general de manera más bien lenta y sin hacer un uso sustancial
del conocimiento endógenamente generado; cuentan con ciertas estructuras
de investigación de alto nivel, frecuentemente más vinculadas
a institutos del "centro" que a otros del país o la región,
y disponen asimismo de una capacidad tecnológica no menor; el analfabetismo
es escaso, la educación media está bastante extendida y el acceso
a niveles terciarios de la enseñanza es significativo. Figuran entre
los países denominados de Desarrollo Humano alto o intermedio -en general
con IDH menores de 0,9 y mayores de 0,7-, y dentro de ellos, en el contexto
de desigualdades mayores o menores, los sectores más acomodados por lo
general replican las pautas de consumo de las grandes metrópolis..
(3) La "periferia" en sentido propio, donde es muy débil la
capacidad para generar conocimientos y a veces aún más para utilizarlos
de manera innovadora. El uso de la tecnología avanzada tiene en todo
caso el carácter de enclave, la inversión externa se concentra
en pocos rubros y la producción exportable no sobrepasa el nivel de los
productos primarios con escaso valor intelectual agregado; en esta área
la pobreza afecta a las mayorías, el nivel promedial de vida es bajo
(el IDH es menor que 0,7 y habitualmente mayor que 0,6) y el analfabetismo es
importante.
(4) El "área de la marginación", donde se agrupan la
mayor parte de las víctimas de lo que Riccardo Petrella denominó
el technoapartheid. Son las regiones que van quedando fuera de la economía
global y se ven atenazadas por la miseria, donde el analfabetismo es muy alto
y la esperanza de vida no alcanza a los 60 años; su IDH promedial es
inferior a 0,5; incluye a gran parte del Africa subsahariana y a los denominados
"países menos avanzados", donde la producción por habitante
bajó en términos reales durante el último cuarto del siglo
XX.
En las regiones donde son grandes las áreas marginadas, la nueva centralidad
del conocimiento suscita más temores que esperanzas, como lo destacó
la Conferencia Regional de Educación Superior en el Africa subsahariana,
realizada en 1997. "La conclusión más importante de la reunión
fue que el sorprendente crecimiento de la base de conocimiento a escala mundial
no ha tenido repercusiones favorables en Africa, existiendo la percepción
de que la revolución tecnológica puede convertirse en una amenaza
y acentuar la brecha que hoy separa a los países ricos de los países
pobres." (Yarzábal, 1999: 118)
Hemos hablado de regiones y países; éstos no son nunca homogéneos;
sobre todo en los más grandes, suelen encontrarse zonas de considerable
extensión que correspondería clasificar de manera bastante distinta
de acuerdo a los niveles aquí manejados: como es demasiado sabido, Brasil
ofrece de ello un ejemplo por antonomasia.
La economía globalizada, operando en el mundo como unidad en tiempo real,
según la caracterización de Castells, no invalida diferenciaciones
como las esbozadas sino que las reproduce al interior incluso de los grandes
conjuntos nacionales. "Después de la crisis económica de
1990, la India tuvo una política de internacionalización y liberalización
de su economía que indujo un boom alrededor de áreas como Ahmedabad,
Bombay, Bangalore (un nuevo nodo en la industrial electrónica mundial),
y Nueva Dehli. Sin embargo, en la mayor parte de las áreas rurales, así
como en los mayores centros metropolitanos, como Calcuta, perdura una situación
de casi estancamiento. Más aún, la desigualdad social y una nueva
especie de capitalismo desbordado mantiene en condiciones de vida miserables
a la mayoría de la población india, incluida la de los centros
urbanos más dinámicos." (Castells, 1996: 113; nuestra traducción)
Así, en un país cuya población es hoy más de la
mitad de lo que era la población de todo el globo hacia 1900, encontramos
zonas semiperiféricas, periféricas y marginales.
Las ventajas suelen ser acumulativas, y también las desventajas; Braudel
decía que los países ricos son muy a menudo los que han sido ricos,
y cosa parecida podría decirse de los pobres. En cierta medida, ello
vale también para las relaciones de dependencia, que no han desaparecido
por cierto, sino que se prolongan por vías nuevas a partir de las de
ayer: "el nuevo paradigma competitivo basado en las capacidades tecnológicas,
a la vez que induce interdependencia en la nueva economía global acentúa
la dependencia, en una relación asimétrica que ha reforzado, en
todas partes, patrones de dominación creados por formas previas de dependencia
a lo largo de toda la historia." (Castells, 1996: 109; nuestra traducción)
Aún así, la clasificación esbozada no resulta estática,
ni siquiera a mediano plazo. A lo largo del siglo XX, los países escandinavos
pasaron de la periferia al centro y, después de los '50, Corea del Sur
ascendió de los niveles inferiores de la periferia a los más altos
de la semiperiferia. Con todo, son pocos los casos de avances semejantes. Y
existen ejemplos de signo opuesto, como el tránsito de la periferia a
la marginación sufrido por no pocos países del Africa subsahariana.
El "ascenso" no es automático, ni el resultado de algún
tipo de evolución más o menos natural. No se reduce al crecimiento
económico. Tampoco es fácil en absoluto ni "unilineal":
las trayectorias de Escandinavia o de Corea y Taiwan han sido muy diferentes.
No existe "una" escalera, por la cual todos deban o puedan subir,
ni "un" piso superior. El "centro", prácticamente
coextensivo con la "tríada", muestra fundamentales rasgos comunes:
se trata de países capitalistas con un muy avanzado grado de industrialización,
en los que tiene lugar una revolución tecnológica, que los impulsa
en el tránsito de la sociedad industrial a otra de nuevo tipo. Pero las
diferencias culturales y sociales son también muy grandes, ante todo
entre Japón y el Occidente pero también entre la Unión
Europea y los Estados Unidos. El desarrollo, tal vez más que ayer, sigue
signado por la complejidad y la diversidad.
Volvamos a América Latina y, más específicamente, a la
cuestión de caracterizar su evolución técnico-económica
una vez agotado el "crecimiento hacia adentro". Durante ese período,
la principal fuente de iniciativas lo constituyó el propósito
de construir una base industrial, con el Estado como gran impulsor del proceso
y, en mayor o menor grado, la visión cepalina como orientación
general. A partir de la crisis de la deuda, que puso al descubierto los límites
de "la industrialización trunca de América Latina" (Fajnzylber,
1984), las iniciativas más gravitantes para los cambios se inspiraron
ideológicamente en "la contrarrevolución en la teoría
del desarrollo" (Toye, 1987) y fueron estructuradas en torno al "consenso
de Washington": mediante la apertura externa, la privatización de
las empresas públicas, la disminución del papel del Estado en
la economía y la liberación de las fuerzas del mercado, se apuntaba
a poner en marcha un nuevo "crecimiento hacia afuera". Pero ello no
ha encontrado demasiada confirmación en la realidad.
El crecimiento latinoamericano de los últimos tiempos, irregular y promedialmente
no muy rápido, ha sido impulsado más por el aflujo de fondos externos
y el alto consumo de ciertos sectores que por la configuración de un
modelo exportador propiamente dicho. Se asiste a la apertura modernizadora,
que estrecha aceleradamente los lazos con la economía global, de una
manera que en conjunto puede calificarse como altamente dependiente y "neoperiférica",
pues en el cada vez más heterogéneo panorama continental predominan
los rasgos de la situación periférica, junto a amplias zonas de
marginalidad y a gravitantes regiones "semiperiféricas".
El panorama de las zonas periféricas o semiperiféricas no es
de estancamiento y pasividad; hay cambio y crecimiento, cuyas relaciones con
el conocimiento es preciso calibrar, si se quiere estimar tanto las tendencias
predominantes que enmarcan la evolución posible de la enseñanza
superior latinoamericana como las eventuales inflexiones que puedan abrir nuevas
alternativas.
Una compacta formulación manejada por de la Mothe y Paquet (1996: 23),
ya citada antes, establece que, en una economía basada en el conocimiento
y motorizada por la innovación, la acumulación de conocimientos
es el nombre del juego. Se tiene así una idea ajustada, creemos, de lo
que sucede en el "centro". Pero en el resto del mundo, el panorama
no es el mismo. En la periferia propiamente dicha y, más aún,
en la semiperiferia, se despliegan procesos de modernización técnica
y crecimiento de la producción, pero los mismos se basan mucho más
en variadas combinaciones de recursos naturales, fuerza de trabajo e inversión
que en la innovación. Por consiguiente, son demandantes comparativamente
débiles de conocimientos, y esa demanda se canaliza ante todo hacia el
"centro". Tales fenómenos están en la raíz de
lo que se describe a continuación.
Panorama sumario de la innovación tecnológica en América
Latina
La situación puede resumirse a partir de cinco rasgos mayores:
1) Esfuerzo innovativo global muy inferior al de los países centrales,
no sólo en términos absolutos sino también en relación
a las dimensiones de cada economía.
2) Limitado involucramiento promedial del sector público en la generación
endógena de conocimientos y en la promoción de su aprovechamiento
por la sociedad.
3) Reducida demanda de conocimientos por parte del sector productivo; relacionamiento
de este último con el sector académico que, si bien se ha fortalecido
en alguna medida durante la última década, es todavía muy
débil.
4) Aislamiento relativo y graves problemas estructurales del sector académico,
que sin embargo realiza una contribución significativa al esfuerzo global
de I+D, la cual es proporcionalmente muy superior al del sector empresarial,
al revés de lo que se constata en los países centrales.
5) Escasa incidencia en las agendas colectivas de las reflexiones prospectivas
que ubican a la temática de la ciencia, la tecnología y la innovación
en el contexto amplio de una visión de país o de región.
Nos limitaremos aquí a comentar brevemente ciertos aspectos del resumen
presentado, sin abundar, como sería fácil hacerlo, en datos que
lo sustenten. Con todo, se nos permitirá menciona algún número
elocuente: el porcentaje del gasto nacional que se ejecuta en I+D dentro de
las empresas es el 69% en Alemania, el 62% en Irlanda, el 53% en Irlanda, mientras
que en América Latina el guarismo más alto al respecto se registra
en Chile, con un 18%, siendo el 11% en Argentina y el 8% en México.
Además, las encuestas de innovación realizadas recientemente en
América Latina muestran que son débiles las interacciones de las
empresas con las universidades y con los institutos públicos de investigación
y desarrollo. En el recuadro que sigue puede verse una justificación
de esta afirmación:
Relacionamiento de empresas con universidades de acuerdo a datos de encuestas de innovación
Brasil (San Pablo, 1997): el 8,3% de las empresas declaran que el relacionamiento
con la universidad fue importante para el desarrollo y logro de innovaciones.
Colombia (1997): las universidades son la opción menos mencionada como
origen de ideas para la innovación, respondiendo que lo son el 13,4%
de las empresas de la muestra.
México (1998): los acuerdos de cooperación para proyectos
innovadores establecidos con universidades fueron declarados por el 6% de las
empresas de la muestra, siendo la valoración recibida por estos acuerdos,
en una escala de muy significativo a irrelevante, muy cerca de esta última
apreciación.
Venezuela (1998): las vinculaciones externas declaradas por las empresas
venezolanas alcanzan el 43%; de éstas las vinculaciones con universidades
son el 3,5%.
Chile (1995) : el 25% de las empresas declara haber realizado contratos
con universidades; de éstas las que declaran intensidad media o alta
en la firma de contratos con universidades alcanzan al 3,7% del total.
Argentina: las universidades fueron mencionadas como originadoras de
ideas para la innovación por poco más del 4% de empresas de la
muestra: en un ordenamiento de importancia con quince factores, la universidad
ocupó el lugar doce.
Uruguay (1987): la asesoría contratada a organismos públicos
de carácter tecnológico alcanzaba en 1987 al 27,2% de los establecimientos,
correspondiendo a la Universidad de la República el 10% del total.
Nota: Estos datos no son estrictamente comparables, pues las encuestas siguieron metodologías diferentes para seleccionar sectores, definir la muestra y formular preguntas. Sin embargo, los resultados a preguntas similares muestran una tendencia consistente.
Fuente: Indec (1998); Quadros et al (1999); Ine (1996); Durán et al (1998); Conacyt (1998); Conicit, 1998; Ciesu, Uruguay, 1988.
En resumen, el involucramiento del sector empresarial del continente en la creación
de conocimientos es realmente endeble.
En el influjo del Estado sobre la generación endógena de conocimientos
y su utilización incide considerablemente la disolución del sistema
de crecimiento anterior; éste tenía uno de sus puntales en el
conjunto de empresas públicas, cuya masiva privatización lleva
a suprimir -con particular incidencia cuando se trata de áreas tan intensivas
en I+D como las telecomunicaciones o la petroquímica- tanto laboratorios
estatales como convenios de colaboración con las universidades nacionales,
lo que redunda en la disminución de la capacidad técnica regional
y de la demanda de investigación interna que existía antes, parte
de la cual pasa a dirigirse al exterior.
Se afirma que la polìtica pública en materia generación
de tecnología se desplaza desde la oferta -por ejemplo, vía financiamiento
de laboratorios e institutos públicos- al subsidio de la demanda, por
ejemplo financiando a empresas para que busquen por sí mismas la tecnología
que les conviene, al tiempo que el Estado tiende a privatizar los centros estatales
de de Investigación y Desarrollo. (Katz, 1998) Pero, en cualquier caso,
el tema en su conjunto no se ubica en posiciones destacadas de la agenda gubernamental
en la región.
Lo que realmente hace el sector público en la materia deriva en buena
medida de una activa estrategia del Banco Interamericano de Desarrollo, implementada
mediante préstamos cuyos montos, en relación a los exiguos recursos
habitualmente disponibles, son ciertamente importantes. Dicha estrategia (Licha,
1997: 144-147) impulsa hacia una cierta homogeneización de las políticas
públicas de ciencia y tecnología, apuntando a su fortalecimiento
así como a su reconversión en políticas de innovación
y competitividad, con una orientación que ha sido calificada de frecuentemente
unilateral y un tanto cortoplacista. En cualquier caso, las comunidades académicas
latinoamericanas suelen apostar a la concreción de nuevos préstamos
del BID -relacionándose directamente con sus jerarcas y altos funcionarios-
como gran paliativo para sus penurias.
Las políticas públicas difieren bastante de un país del
continente a otro pero, sin desmedro de reconocerlo, es posible afirmar que
la temática de la innovación no ocupa un lugar destacado en la
agenda de ninguno de los gobiernos latinoamericanos, y a menudo está
por completo ausente.
Educación superior e investigación en términos comparativos
En el capítulo 2 de este documento hemos incluido no poca información
cuantitativa sobre la educación superior latinoamericana. Aquí
agregaremos ciertos datos sobre esta temática y sobre el panorama de
la investigación continental, desde una óptica comparativa.
Según informa el Observatoire des Sciences et des Techniques (OST, 1998)
más de las tres cuartas partes del gasto mundial en I+D tiene lugar en
los países de la "Tríada": 35,8% en Estados Unidos,
26,6% en la Unión Europea y 14,8% en Japón; China da cuenta del
4,9%, Canadá el 2,1%, la India el 2%, y América Latina en su conjunto
el 2%.
Japón invierte en este rubro el 2,6% de su PBI, Estados Unidos el 2,5%,
Europa el 1,9%, lo mismo los nuevos países industriales de Asia (Corea
del Sur, Taiwan, Hong Kong, Malaisia y Singapur), Canadá el 1,6%, Australia
y Nueva Zelanda en conjunto el 1,5%, Brasil el 0,4%, y el resto de América
Latina, el 0,3%. La debilidad de nuestra inversión en Investigación
y Desarrollo no precisa ser destacada.
De acuerdo a la misma fuente, durante la primera mitad de los '90 la producción
científica -medida por las publicaciones en las denominadas revistas
de corriente principal- creció relativamente en Brasil, China y sobre
todo los nuevos países industriales de Asia. La producción tecnológica
-estimada mediante las patentes obtenidas en los países centrales- mostró
durante los '90 una importante recuperación de Estados Unidos, un retroceso
relativo de la Unión Europea y de Japón, y un gran avance de los
nuevos países industriales de Asia.
En conjunto, el panorama de la generación de conocimiento científico
y tecnológico muestra una "brecha" grande entre el "centro"
y casi todo el resto, así como la mejora rápida de las posiciones
de los nuevos países industriales. Esa "brecha" tiende a la
vez a consolidarse y a repercutir de manera creciente en el conjunto de las
actividades sociales y económicas debido a lo que sucede en el campo
estrechamente relacionado de la enseñanza avanzada, del que nos ocuparemos
a continuación.
Con base a datos de "L´Etat du Monde 1999", consignaremos algunas
cifras concernientes al panorama educacional; queremos poner de manifiesto que
varios países están en plena marcha hacia lo que puede ser denominada
la generalización de la educación terciaria.
Para ello, empezamos por aclarar cierta terminología: la tasa de analfabetismo
es la proporción de la población de más de 14 años
que no sabe leer y escribir; la "esperanza de escolarización",
inspirada por la ya clásica esperanza de vida, se define como el número
de años de enseñanza a los que puede aspirar una persona nacida
en el presente si, durante toda su vida, se mantiene la tasa de inscripción
actual por edad; la tasa de inscripción terciaria equivale al total de
estudiantes de ese nivel dividido por la población entre los 20 y los
24 años de edad. Conociendo la precisión de la mayor parte de
las estadísticas disponibles, no se pierde demasiado en precisión
y se gana en concisión redondeando los porcentajes.
No todos los datos están disponibles para todos los países. Como
sólo nos interesa señalar algunas similitudes y diferencias, nos
restringimos a una sola fuente -la recién mencionada- para que las comparaciones
tengan sentido, y consignamos cifras de unos pocos países, que en el
caso latinoamericano son los tres con sistemas terciarios más grandes.
Analfabetismo:
China, hombres 10%, mujeres 27%; India, hombres 34%, mujeres 62%; Nigeria, hombres
33%, mujeres 53%; Corea del Sur, hombres 1%, mujeres 3%;
México, hombres 8%, mujeres, 13%; Argentina, hombres 4%, mujeres, 4%;
Brasil, hombres 17%, mujeres, 17%.
Escolarización de 12 a 17 años:
China, 44%; India, 44%; Nigeria, 32%; Corea del Sur, 80%; Japón, 90%;
Australia, 89%; Canadá, 92%; Estados Unidos, 89%; Alemania, 88%; Reino
Unido, 92%; España, 94%; Francia, 93%; Italia, 88%; México, 60%;
Argentina, 79%; Brasil, 74%.
Inscripción terciaria:
China, 6%; India, 6%; Nigeria, 4%; Corea del Sur, 50%; Japón, 40%; Australia,
72%; Nueva Zelanda, 58%; Estados Unidos, 81%; Canadá, 102,9%; Alemania,
43%; Holanda, 49%; Dinamarca, 45%; Reino Unido, 48%; España, 46%; Francia,
50%; Italia, 41%; Portugal, 34%. México, 14%; Argentina, 38%; Brasil,
11%.
Esperanza de escolarización:
Australia, 13,5; Nueva Zelanda, 15,5; Canadá, 17,5; Estados Unidos, 15,5;
Alemania, 14,5; Holanda, 15,5; Dinamarca, 15; Reino Unido, 15; Francia, 14,5;
España, 14,5.
Estos pocos guarismos alcanzan para corroborar ciertas tendencias mayores,
consideradas obviamente sólo desde un punto de vista cuantitativo:
a) Los países del "centro" han universalizado hace ya tiempo
la alfabetización; un "nuevo país industrial" como Corea
lo ha logrado recientemente, y en plazos muy breves. En la periferia y semiperiferia,
la situación es más difícil: Argentina está muy
cerca de esa meta, mientras que grandes países como Brasil, México
y China están más lejos, y mucho más India o Nigeria.
b) En la enseñanza media, los países del "centro" han
sobrepasado ampliamente su "generalización" (si convenimos
en designar así al caso en el cual la cobertura alcanza a más
del 50%) y, con una tasa promedial que está alrededor del 90%, avanzan
hacia su "universalización", como también lo hace Australia;
Corea del Sur, el nuevo país industrial que aquí tomamos como
referencia los sigue de cerca, y asimismo Argentina. En el sentido indicado,
México y de manera más neta Brasil han generalizado este nivel
de formación, logro todavía no alcanzado en China o India, y del
que Nigeria parece lejos.
c) Respecto a la inscripción terciaria, lo primero a destacar es la inadecuación
del índice utilizado al fenómeno actualmente en estudio: cuando
empieza a expandirse la educación permanente, medir la formación
postsecundaria con relación al tramo de edad 20-24 años es ya
anacrónico, pudiendo dar lugar a tasas superiores al 100%, como en el
caso canadiense. Aún así, los números -adecuadamente entendidos,
es decir como indicios sin pretensión de completa exactitud- resultan
bastante elocuentes. Se comprueba en efecto que los países del "centro"
avanzan rápidamente hacia la generalización de la enseñanza
terciaria, nivel que muchos de ellos ya han alcanzado, como también Corea,
Australia y Nueva Zelanda; en esos países la cobertura terciaria supera
claramente el 40%, salvo en el caso de Portugal que, con Argentina, se ubica
por debajo pero cerca de ese guarismo, del cual México y Brasil están
muy lejos, y China, India o Nigeria mucho más todavía.
En Canadá o Estados Unidos, y también en Australia o Nueva Zelanda,
si se interroga al azar a un joven de unos 20 años, respecto a si está
cursando estudios terciarios, la respuesta afirmativa tiene probabilidad mayor
que la contraria; lo mismo sucederá muy pronto en Europa Occidental y
en Corea, pero no en América Latina, ni por supuesto en el conjunto de
los países periféricos.
d) La constatación central recién anotada puede deducirse también
de la "esperanza de escolarización". No disponemos de ese índice
sino para un conjunto muy reducido de países, y son claras las limitaciones
del mismo, como las del que lo motiva, la "esperanza de vida", que
sin embargo se emplea ampliamente. Tiene pues sentido subrayar que, en el "centro",
ese índice promedialmente parece sobrepasar ya los 15 años. Como
todo promedio, encierra o esconde seguramente no pocas desigualdades, y también
diferencias de calidad. Aún así, con cierta perspectiva histórica
constituye todo un acontecimiento la comprobación de que lo esperable
es que un joven no sólo complete la educación elemental y media
sino que también llegue a contar con tres años de formación
terciaria. La generalización de este nivel de la enseñanza es
uno de los grandes procesos en curso que caracterizan al "centro"
y a los países que logran escapar a la condición periférica;
a la inversa, en la consolidación de esta última incidirá
cada vez más la ajenidad a tal proceso.
En la "sociedad del conocimiento", algunos países parecen de
una manera u otra acercarse a constituir "sociedades de aprendizaje",
mientras que la mayoría está bastante o muy lejos de ello.
La agenda en la academia globalizada
La debilidad de las estructuras científicas y tecnológicas latinoamericanas
no les permite realizar un aporte significativo al desarrollo del continente.
Pero el problema de la brecha va más allá de ello; en efecto,
el diferencial de conocimientos entre el Norte y el Sur implica que casi todo
el esfuerzo mundial de investigación se piensa desde, para y por el Norte.
Según Cetto y Vessuri (1998: 67), más del 95% de toda la actividad
cientítica mundial, incluyendo gran parte de los esfuerzos latinoamericanos,
gira en torno a proyectos estructurados desde el "centro".
Consiguientemente, las cuestiones pendientes en nuestros países suelen
ser encaradas como el problema de trasladar las correspondientes soluciones
ya ensayadas con mayor o menor éxito en el Norte, lo cual puede o no
ser viable, y puede o no ser deseable, si lo que se quiere es resolver nuestras
dificultades en materia de crecimiento económico, avance técnico,
preservación ambiental, o atención a las necesidades básicas
de la población. Incluso en materia de políticas para la ciencia
y la tecnología, suele recurrirse a la importación sin reflexión
propia, con efectos a menudo frustrantes, y que a veces hasta amplían
la brecha.
La cuestión no es sólo la de dónde se genera el conocimiento
sino también la de en torno a qué problemas se investiga. A este
respecto, afirma el último Informe sobre el Desarrollo Humano (PNUD,
1999: 7, 68), es el dinero el que decide, no las necesidades: los cosméticos
y los tomates de maduración lenta figuran así antes en la lista
de prioridades que los cultivos resistentes a la sequía o una vacuna
contra el paludismo.
Al igual que en otros terrenos de la actividad social, la confección
y el control de la agenda es central en el mundo de la investigación.
Pensado desde América Latina, el tema se vincula directamente con las
formas del relacionamiento externo de nuestros institutos de creación
de conocimientos -las universidades en primer lugar- y con su inserción
en la trama de la cooperación científica internacional.
En la medida en que la globalización esté definida estrictamente
por la dinámica económica, "la dinámica del acceso
al conocimiento internacional se hace a partir de la relación de unas
pocas instituciones académicas de cada uno de los países no avanzados
con los centros de excelencia de los países avanzados, y tienen menor
importancia las relaciones de integración entre los centros de una misma
región, subregión o país. Este ha sido el esquema que ha
predominado en los procesos de internacionalización de los países
no avanzados en general. Por un lado, las instituciones más importantes
de estos países establecen lazos directos con sus homólogas en
los países avanzados, y por el otro no sólo no tienen o tienen
pocas relaciones con sus homólogas de los países de la misma región,
sino que tampoco tienen relaciones significativas con las otras universidades
del propio país. Este esquema ha producido en el pasado dos tipos de
efectos no deseables: transferencias acríticas de conocimientos (y formas
de producir conocimiento) no del todo pertinentes a los países receptores;
y fuga de cerebros. El primer aspecto ha sido bien estudiado por los dependentistas
de los años setenta. El segundo aspecto, aunque mucho menos estudiado
a pesar de que existen datos sumamente preocupantes, surge en los actuales momentos
con una gran relevancia por la presencia de un 'mercado educativo internacional'
dispuesto a captar talentos vengan de donde vengan." (García Guadilla,
1996a: 22-23)
La cooperación internacional en materia de investigación ofrece
no pocos apoyos para potenciar la débil comunidad científica latinoamericana,
que en relación a la población es algo así como la décima
parte de la que trabaja en los países industrializados (Cetto y Vessuri,
1998: 58). Pero no puede ignorarse que, más allá de intenciones,
las formas que reviste actualmente la cooperación para la investigación
suelen fomentar la fuga de cerebros, problema que está lejos de haber
desaparecido. Por ejemplo, el artículo recién citado da cuenta
de estimaciones según las cuales entre el 40% y el 60% de todos los investigadores
argentinos, chilenos, colombianos y peruanos viven y trabajan fuera de sus países.
Desde el punto de vista de los menguados recursos públicos, sólo
se justifica ampliar la inversión latinoamericana dedicada a formar investigadores
si además se logra que éstos puedan realmente formar parte de
la comunidad científica latinoamericana.
Es un hecho reconocido que durante las últimas décadas los programas
de postgrado han experimentado un crecimiento significativo en la región,
si bien con grandes diferencias de un país a otro. Diversas combinaciones
de estudios en la nación de origen y en universidades del Norte han dado
lugar a un avance significativo en la calificación del profesorado universitario,
y también de una cierta proporción de los profesionales que se
desempeñan fuera de la academia. Ahora bien, la formación avanzada
ha ido de la mano con la fuga de cerebros, habiéndose señalado
una "tendencia del personal calificado a irse hacia proyectos individuales
no relacionados con las áreas para las cuales fueron formados, o a salir
del país que costeó su formación." (García
Guadilla, 1996a: 91). Lo que es "pérdida" desde la periferia
resulta "ganancia" desde el centro, donde se radica una muy importante
cantidad de investigadores cuya formación ha sido en gran medida financiada
por países dependientes, con lo cual los países más ricos
se benefician, obteniendo a costos comparativamente bajos el aporte de personas
que, en muchos sentidos, han mostrado capacidad alta. Se observa, por ejemplo,
que "cerca de la mitad de los graduados extranjeros en ciencias permanecen
en Estados Unidos después de obtener sus doctorados." (ídem:
92)
Algunos países, notablemente Corea, han atacado el problema de la fuga
de cerebros a través de políticas proactivas de "recaptación",
con no poco éxito. Otros, aceptando la ireversibilidad de la emigración,
han procurado que sus nacionales en el exterior encuentren un espacio institucional
de apoyo a la ciencia de su tierra, descollando en este sentido la Red Caldas
colombiana. Se ha llegado incluso a hablar de una reversión de otro tipo
del "brain drain", vehiculizada por las TIC's, que estaría
generando un "brain game", cuando no un "brain gain": la
virtualización del trabajo científico, al borrar distancias geográficas
estaría también desdibujando la importancia de la localización
de los investigadores, haciendo que su interacción genere ganancias para
todos. Pudiera ser así desde el sólo punto de vista de la acumulación
de conocimiento, pero caben serias dudas sobre la validez de esa apreciación
si de lo que se trata es de vincular conocimiento y desarrollo. Más allá
de ello, lo cierto es que la emigración física de latinoamericanos
continúa mostrando que son los más educados los que se van; los
cambios recientes en las políticas migratorias estadounidenses, que facilitan
la radicación de personas con ciertos perfiles de conocimiento, típicamente
en el área de computación, no permite imaginar una rápida
reversión de la tendencia. Cifras de un libro reciente, sintetizadas
en el cuadro que sigue, muestran con elocuencia la dimensión del problema
(los últimos datos disponibles corresponden a 1990):
| Países origen de la migración | Años promedio de educación formal de los migrantes a EEUU |
Años promedio de educación formal en los países de origen |
| Argentina | más de 13 | menos de 9 |
| Brasil | más de 15 | menos de 9 |
| Guatemala | más de 9 | menos de 3 |
| Mexico | 6.5 | 6.1 |
Fuente: eleaboración propia en base a Massey, D. et al, 1998, p. 236.
Las tecnologías de la información y la comunicación ofrecen
nuevas posibilidades para que investigadores radicados en América Latina
puedan cooperar activamente con colegas de las instituciones mejor dotadas del
mundo. Esa cooperación es imprescindible para que la investigación
en la periferia no sea una investigación periférica, una ciencia
de segunda clase, aislada de los centros más dinámicos y por ende
poco capaz de contribuir tanto a la creación cultural en nuestros países
como a la solución de sus problemas sociales. Pero esta faceta de la
cuestión no debe ocultar otra, frecuentemente desatendida: la cooperación
internacional, acelerada porlas TICs, incide poderosamente en la estructuración
de la agenda de investigación, vale decir, en la selección de
los temas, los problemas, los enfoques y las soluciones que se consideran de
mayor valor; en principio, en esa selección pesarán más
los grupos científicos más fuertes y con acceso más directo
a fuentes de financiamiento. Por consiguiente, la cooperación científica
internacional puede ayudar no sólo a que los científicos del Tercer
Mundo trabajen con mayores rendimientos sino también a que lo hagan preferentemente
en torno a cuestiones seleccionadas en el Primer Mundo, las que pueden o no
coincidir con las prioridades de sus propios países. Las TICs permiten
que investigadores radicados en países periféricos formen de hecho
parte de equipos científicos de los países centrales, en una suerte
de "fuga de cerebros parcial".
Al fenómeno de la fuga completa o parcial de cerebros colaboran no poco
ciertos usos muy difundidos, que suelen considerarse casi como sinónimo
de respetabilidad en la academia globalizada. Por ejemplo, es frecuente medir
la "productividad" científica esencialmente por el número
de artículos publicados en las revistas definidas como de "corriente
principal" -independientemente del número de autores de cada artículo,
de su extensión y contenido. Esa corriente principal está conformada
por revistas en general de alta calidad, casi exclusivamente del Norte y con
el inglés con idioma principal. Primera consecuencia obvia de ello es
que trabajar en el Norte -o al menos con un equipo del Norte y en sus problemas-
es promedialmente más conveniente para publicar, y así no perecer,
que buscar desarrollar una línea propia desde las a menudo ingratas condiciones
del Sur. Segunda consecuencia, se pone en manos de los comités editores
de las revistas mencionadas, y de los sistemas de financiamiento y uso de la
ciencia en que las mismas están insertas, una inmensa influencia en la
determinación de la agenda de investigación.
En muchas ramas de la actividad científica, recomendar a los investigadores
que se involucren con los problemas de su medio y, a la vez, juzgarlos de la
manera indicada, induce una real esquizofrenia. En cierto sentido, dicho sistema
ahonda la "brecha", pues convierte a gran parte de la ciencia globalizada,
de hecho, en capacidad científica de los países industrializados.
Y desalienta lo que podríamos llamar "investigación de riesgo",
la que incursiona por nuevos caminos, que por ende tiene menos probabilidades
de obtener resultados publicables. ¿Cuál es el mensaje que se
transmite a los jóvenes que quieren dedicarse a la investigación?
¿Cuál el tipo de compromisos e involucramiento que se induce?
Los efectos sobre las comunidades de investigación latinoamericanas derivados
del carácter internacional de la ciencia y del cuasi monopolio ejercido
por los países "centrales" en el otorgamiento de ciudadanía
científica y en la fijación de los requisitos para adquirirla
se ven así reforzados por el sistema propio de evaluación. Sin
duda, éste no puede enfrentarse de forma radical al existente en el mundo
-ni tendría sentido que lo hiciera- pero ello no excluye la posibilidad
de alternativas distintas al puro "seguidismo": buscarlas parece tarea
a la vez relevante y urgente. Ello está lejos de ser sencillo, por cierto.
Hay toda una corriente, tanto de pensamiento teórico como de orientación
de la cooperación internacional, que entiende que en países donde
los grandes problemas de la gente tienen que ver con la extensión de
los métodos de rehidratación oral, por ejemplo, poco sentido tiene
desarrollar investigación científica, salvo en campos aplicados
a problemas muy específicos. En general estas críticas están
dirigidas a países subdesarrollados que destinan importantes recursos
a programas militares o de prestigio, concentrando enormemente sus esfuerzos
de investigación en direcciones aplicadas muy lejanas de cualquier vinculación
con el bienestar de la población, siendo la India ejemplo paradigmático.
Pero aunque sean ésos los casos que tienen en mente quienes desarrollan
la teoría o diseñan las estrategias de cierta cooperación
internacional, todos los países subdesarrollados terminan siendo incluidos
en esa variante de la alternativa a hacer "ciencia internacional"
que consiste en recomendar que se mutile drásticamente la ciencia nacional.
La cuestión es mucho más difícil que optar entre esas alternativas:
muchísmos de los problemas del subdesarrollo derivan de la pobreza y
no de la falta de investigación, pero justamente si es cierto que apenas
5% -o menos según otras estimaciones- de la investigación mundial
se dirige a problemas que sólo están presentes con fuerza en el
subdesarrollo, difícil es imaginar cómo se les podría abordar
sin un ingente esfuerzo de investigación original, que incluya muy centralmente
la investigación fundamental y las personas que ésta contribuye
a formar. Se hace igualmente difícil imaginar que la ciencia básica
que se hace en el mundo y, como tal, aparece publicada en las revistas, alcanzará
para formar el núcleo a partir del cual trabajar en las aplicaciones
necesarias. La hipótesis del "supermercado tecnológico mundial"
en el que se encontraría todo lo que hace falta tiene aquí su
contracara científica: que los grandes esfuerzos por hacer avanzar la
frontera del conocimiento los hagan quienes tienen recursos suficientes para
ello, y los demás que usen esos resultados para investigar en torno a
cuestiones concretas que les atañen directamente. Al igual que en el
caso tecnológico, difícilmente se pueda encontrar mejor recomendación
para no salir del subdesarrollo.
Sin embargo, la investigación fundamental -por cierto en ciencias exactas
y naturales pero también en el área social y humanística-
tiene la vida todavía más difícil que la investigación
tecnológica. En efecto, a la tenaza formada por las modalidades de legitimidad
internacional que las sesgan hacia un lado y por las exigencias de que sólo
se ocupen del espectro más aplicado de la investigación que las
sesgan hacia otro, se suma el reclamo de que toda la investigación debe
tender a financiarse a sí misma. Los magros fondos nacionales no son
mayor aliciente y los internacionales se consiguen plegándose a alguno
de los dos sesgos anteriores: ¿cómo poner el conocimiento al servicio
del desarrollo si no es posible definir de forma autónoma cómo
ello debería hacerse? No es este tema menor en la agenda de reflexión
de las universidades de investigación latinoamericanas.
Dimensiones de la autonomía cultural
Las políticas explícitas para la ciencia y la tecnología,
tal como se practicaron en Estados Unidos y Europa Occidental en los años
siguientes a la II Guerra Mundial, inspiraron en América Latina la creación
de los Organismos Nacionales de Ciencia y Tecnología (ONCYTs); esas políticas
ponían el énfasis en la "oferta" de conocimientos. La
experiencia fue convenciendo a los decisores -más en el Norte que en
el Sur- acerca de la importancia de la "demanda", convicción
que por cierto podía apoyarse en grandes tradiciones teóricas
y en investigaciones realizadas incluso bastante antes, relacionadas con la
historia social del cambio técnico. En las páginas anteriores,
hemos insistido en la escasa demanda de conocimientos endógenamente generados
que ha caracterizado promedialmente al sector productivo latinoamericano, y
en las consecuencias de ello para la investigación y la enseñanza
superior en el continente.
Es tiempo de prevenir contra toda interpretación unilateral de semejante
fenómeno. Nos estamos refiriendo, por supuesto, a los conocimientos relevantes
desde un punto de vista técnico-económico, pero no sólo
a ellos. En todas las áreas se detecta, de una forma u otra, el impacto
de un entramado de tendencias que limitan considerablemente los incentivos para
la creación cultural en sentido amplio. Esas tendencias no han operado
de manera mecánica, y frecuentemente han sido contrarrestadas por otras,
pero su predominio en el largo plazo constituye una de las principales diferencias
con los procesos de cambio socioeconómico desplegados en otras regiones.
Vale la pena detenerse, aunque sea brevemente, en el análisis de tales
tendencias, sobre todo porque cabe conjeturar que, en el marco de la economía
basada en el conocimiento, constituyen uno de los grandes nudos problemáticos
para el futuro latinoamericano.
La cuestión puede abordarse atendiendo a la captación y al uso
del excedente económico. Este se incrementó rápidamente
durante los tramos iniciales del período del crecimiento hacia afuera.
La elevada desigualdad social en cuyo contexto se desplegó ese proceso
y las características propias de éste favorecieron la captación
de una gran porción del excedente por sectores muy minoritarios, compuestos
en buena medida por las élites tradicionales. Estas heredaban una antigua
tradición de desprecio de la técnica mezclado con ignorancia;
carecían de una vocación nacionalista en los planos de la cultura
y la economía, como la evidenciada por los sectores de las élites
del Japón que dirigieron al país después de la Restauración
Meiji; en cambio, las capas privilegiadas latinoamericanas se orientaban sobre
todo a la imitación de las pautas de consumo de sus similares europeas.
Fue mínima la proporción del excedente que se destinó a
las labores científicas y tecnológicas, impulsadas por un puñado
de tozudos pioneros, con el apoyo de pequeños grupos ilustrados y modernizadores.
Fue también muy reducida la proporción del excedente que se canalizó
a la mejora de la calidad de vida y hacia una mayor equidad, a través
de la inversión y la creación endógena en materia de educación,
salud o vivienda para las capas postergadas; esta tendencia fue parcialmente
contrarrestada en áreas donde sectores medios y aún populares
alcanzaron algún grado de incidencia. Pero, en conjunto, fue muy débil
la "demanda solvente" de conocimientos para una mayor equidad, y también
la capacidad colectiva para compensar esa debilidad en términos de mercado
mediante el accionar sociopolítico.
La evolución en este aspecto de América Latina, en el período
de su incorporación como periferia a la economía internacional,
fue muy distinta de la que vivió Escandinavia, por entonces también
una zona periférica; en esta última región, además
de los efectos de la proximidad a los centros dinámicos, se destacó
el papel de una mayor equidad y de la capacidad de ciertos sectores no privilegiados
-como las cooperativas campesinas danesas- para captar cierta porción
del excedente y orientarlo no sólo hacia la mejora de sus condiciones
de vida sino también hacia el fortalecimiento de su posición técnico-productiva.
Aún al nivel de una presentación tan sumaria como ésta
habrá quedado claro, esperemos, que no vemos a los incentivos para la
creación endógena de conocimientos como unos demiurgos que los
hacen surgir de la nada, entre una mañana y la siguiente noche. Cuando
se afianzan las tendencias que apuntan en esa dirección, semejante creación
se expande, siempre y cuando haya existido una importante labor previa, sustentada
en tendencias aún marginales pero reales. Ejemplos de estas últimas
se detectan en América Latina durante las primeras décadas del
siglo, que son las últimas de la etapa del crecimiento hacia afuera,
de base primaria-exportadora. Distintos procesos -incluyendo ciertos efectos
derivados de la expansión económica, los impactos de la inmigración
masiva, los cuestionamientos agudizados al orden oligárquico, el ascenso
de las clases medias- estimularon la creación autónoma de conocimientos,
particularmente en las ciencias sociales. Hacia éstas se canalizó
una "demanda", no demasiado "solvente" pero vigorosamente
respaldada por nuevos valores ideológicos y culturales, de pensamiento
crítico y alternativo. Como lo subrayamos en el capítulo 1, todo
ello incidió poderosamente en la emergencia del Movimiento de la Reforma
Universitaria, y se vio a su vez estimulado por la acelerada expansión
del propio Movimiento en las realidades políticas e institucionales pero
sobre todo en los imaginarios colectivos de sectores intelectuales y juveniles.
Durante el período del crecimiento hacia adentro, cobraron alguna fuerza
tendencias hacia la generación endógena de conocimientos. Promoviendo
el desarrollo de incipientes capacidades preexistentes, se favoreció
así la expansión de ciertas capacidades técnico-productivas,
la investigación en torno a grandes problemas colectivos, la elaboración
en el terreno de las ciencias sociales en general, la creación artística
profundamente original. Ejemplo destacado de lo que decimos lo constituye la
elaboración latinoamericana de las teorías del desarrollo y la
dependencia en las décadas posteriores a la II Guerra Mundial.
Las tendencias que fomentaron esas capacidades creativas incluyeron a la ndustrialización
sustitutiva de importaciones, con sus necesidades técnicas, sobre todo
de adaptación y mantenimiento; al avance relativo que, en términos
de equidad, tuvo lugar en algunos países, particularmente al comienzo
del período; a la menor dependencia respecto al exterior de algunos de
los Estado latinoamericanos durante esa etapa, en lo que hace a la elaboración
de las políticas públicas y a sus pautas orientadoras; a la difusión
de nociones según las cuales América Latina constituía
una región original tanto por su personalidad cultural como por un futuro
que se sentía inminente. De manera confusa, variopinta e incluso muy
conflictiva, esas facetas se reflejaron en la Universidad Latinoamericana, fueron
amplificadas por ésta, y contibuyeron a la forja de su personalidad original.
Pero nunca dejaron de ser fuertes, y aún predominantes, las tendencias
que limitan la demanda social de creación científica y cultural,
y la canalizan preferentemente hacia el exterior. El agotamiento del crecimiento
hacia adentro más bien las acentuó. Nunca dejaron de signar a
la evolución latinoamericana ciertos rasgos de vieja data, cuya vigencia
se arrastra hasta hoy: la alta inequidad promedial, el uso suntuario e imitativo
de gran parte del excedente, la subvaloración cultural de la ciencia
y la técnica. La crisis de los '80 les sumó un alto descreimiento
en las vías alternativas para el desarrollo y, correlativamente, también
en la vigencia de la idea latinoamericana de Universidad.
Al presente, la "demanda solvente" de conocimiento endógeno
es más bien pequeña en la mayor parte de las disciplinas; si pensamos
en términos de incentivos no solamente monetarios, la "demanda social"
resulta algo más amplia, y también más diferenciada. Por
ejemplo, si bien son muy escasos los recursos que el sector privado destina
a la investigación nacional en las ciencias básicas y las tecnologías,
y también escasos los que en ello invierte el sector público,
si éste quiere desplegar un discurso "moderno" no puede desentenderse
del todo de un tema como éste, bastante a la moda, lo cual también
genera apoyos provenientes de la cooperación internacional. Muchísimo
más débil todavía resulta, en cambio, el estímulo
para la reflexión social crítica, salvo en áreas muy delimitadas,
con cierto reconocimiento reciente y apoyos de alguna significación provenientes
del exterior; el pensamiento alternativo, que en décadas anteriores inspiró
visiones del desarrollo como transformación global, encuentra pocos incentivos
en lo material y quizás aún menos en lo espiritual.
Ahora bien, las líneas de creación original en distintas áreas
tienen, en principio al menos, el potencial de estimularse mutuamente, no sólo
por la colaboración entre áreas más o menos próximas
sino también por la creación de climas propicios y por la consolidación
de la confianza en las capacidades propias, que son imprescindibles para llevar
a cabo grandes esfuerzos. Claro está, esos potenciales "círculos
virtuosos" tienen su contracara en los círculos viciosos que se
generan cuando la falta de independencia en ciertas disciplinas se "contagia"
a otras y al conjunto de las políticas explícitas o implícitas
para la investigación, que por supuesto incluyen los criterios de asignación
de recursos y de evaluación.
Los eslabonamientos directos e indirectos entre las distintas prácticas
creativas van creando una trama de la que depende muy directamente la autonomía
cultural. Si ésta es débil, sus consecuencias para la dependencia
en general serán todavía mayores que en el pasado debido a la
relevancia contemporánea del conocimiento, del aprendizaje y de la innovación.
La capacidad para estudiar toda esta temática "desde el Sur",
atendiendo tanto a sus dimensiones globales y a lo que va surgiendo en los "centros"
como a las especificidades de los procesos involucrados en los países
latinoamericanos y a las posibilidades de éstos, da una medida de las
posibilidades de revertir las tendencias al presente dominantes en el campo
de la creación y uso de conocimientos.
Las demandas sociales, las prioridades temáticas, los eslabonamientos
internos y externos, su consistencia y su endeblez, pueden leerse en la agenda
-o, mejor dicho, en el conjunto de las agendas de investigación y en
sus interacciones- tema que ofrece así un punto de vista fecundo para
el análisis de varias dimensiones de la autonomía cultural, y
por ende tanto del papel real de las universidades latinoamericanas como de
sus perspectivas de futuro.
"Transformación productiva con equidad": ésta era
según la CEPAL (1990) la tarea prioritaria para el desarrollo de América
Latina y el Caribe en los años '90.
Promediada la década escribía Manuel Castells (1996: 131; nuestra
traducción): "dado que la masiva inversión extranjera, tanto
financiera como en activos físicos, es una parte esencial del nuevo dinamismo
económico de Argentina, Perú, Bolivia, México y, en alguna
medida, Brasil, podríamos estar observando un incremento artificial de
la riqueza de estas economías al denominar inversión a lo que
es básicamente una transferencia de propiedad de activos existentes,
particularmente con la privatización de empresas públicas en sectores
estratégicos. Así, la nueva prosperidad de la región podría
ser en parte un espejismo financiero, sujeta a la reversión de flujos
de capital que escrutan sin descanso el planeta buscando rentabilidad de corto
plazo y posicionarse en sectores estratégicos (como el de las telecomunicaciones).
La competitividad de economías orientadas a la exportación, incluyendo
a Brasil, está restringida por la brecha tecnológica de la cual
América Latina todavía no se ha librado. Más aún,
la devastación social y ambiental resultante de las políticas
inspiradas por el FMI de los años '80 no han sido revertidas por un nuevo
modelo de crecimiento económico que le de a algún otro criterio
preeminencia por encima de la austeridad fiscal y la competitividad externa.
Así, la extendida pobreza reduce el potencial de los mercados internos,
forzando a las economías a sobrevivir en la competencia global recortando
costos en materia salarial, de seguridad social y de protección ambiental."
La nueva crisis, marcada por la devaluación brasileña de enero
de 1999, vino a confirmar este enfoque. Ello refleja el accionar de factores
diversos, que incluyen la brecha tecnológica a la que se refiere Castells,
la brecha educativa en la que tanto hemos insistido en estas páginas,
y más en general "la brecha de la equidad", título de
un revelador documento de la CEPAL (1997).
Aunque el peso del comercio exterior ha aumentado mucho en América Latina,
no creemos que realmente pueda hablarse de la constitución de economías
exportadoras. Por ejemplo en Brasil, calculando a partir de los datos de L'Etat
du Monde 1999, resulta que las exportaciones apenas sobrepasan el 5% del PIB;
para fijar ideas, en Corea del Sur superan el 20% del PIB.
El crecimiento latinoamericano de la década parece basado, mucho más
que en la conformación de economías exportadoras "sistémica"
o "estructuralmente" competitivas, en el flujo de fondos externos
(cuyo signo se invirtió precisamente en 1990, pasando a ser netamente
positivo), en el consumo y en el uso de recursos naturales, combinados con las
restricciones salariales y la deficiente atención a la problemática
social o ecológica. La CEPAL calificó de "competitividad
espuria" la que practicó el continente durante la "década
perdida"; no es evidente que la tónica de los '90 haya sido completamente
distinta.
La apreciación transcrita antes refuerza nuestra impresión de
que lo que aconteció en la realidad fue una transformación productiva
limitada y con muy escasa equidad. Ahora bien, en las nuevas condiciones socioeconómicas,
la equidad no es sólo un objetivo deseable de la transformación
económica sino, en gran medida, uno de sus principales requisitos. Cuando
el conocimiento, el aprendizaje "haciendo, usando e interactuando",
y la innovación "distribuida" devienen las grandes claves,
entonces la pobreza generalizada no sólo debilita los mercados internos
sino que hace muy endebles las capacidades sociales para construir una economía
moderna y competitiva en términos internacionales.
Recapitulando, el análisis de las relaciones entre transformación
productiva y equidad puede ofrecer tanto una perspectiva diferenciada de lo
que ha venido ocurriendo con el desarrollo latinoamericano como un marco de
referencia para la reflexión prospectiva. A ello apuntamos en la próxima
sección.
Una matriz de ayuda a la reflexión
Retomaremos aquí la consideración de una "matriz"
de posibles combinaciones entre transformación técnico-productiva
e (in)equidad que, relacionada con el famoso tema de "la caja negra y el
casillero vacío" planteado por Fajnzylber (1990), empezamos a estudiar
en un artículo titulado "¿Transformación productiva
sin equidad?" (Arocena, 1997).
La Transformación de la capacidad Tecno-Productiva (TTP) tiene que ver
con la generación endógena de conocimientos, con los aprendizajes
en general, con la innovación en sentido estricto y con la difusión
del cambio técnico; por consiguiente, TTP se vincula no sólo con
la tecnología sino también con las instituciones, en el sentido
en el que se habla de "sistemas nacionales de innovación".
De manera esquemática, consideramos para nuestra matriz que la TTP puede
tener cuatro "valores"; será:
(i) escasa, cuando el avance técnico se reduce a sectores aislados;
(ii) inducida, cuando la difusión del cambio técnico es importante
pero ocurre esencialmente por imitación;
(iii) significativa, cuando en sectores fundamentales de la economía
se incorpora y adapta tecnología avanzada;
(iv) profunda, cuando, además, tienen lugar relevantes procesos de innovación
endógena y difusión masiva.
La alternativa (i) caracteriza a los países Latinoamericanos menos desarrollados,
y la (ii) a casi todos los otros, mientras que (iii) es posiblemente el caso
de algunas subregiones particularmente dinámicas de los más poderosos
económicamente entre esos países; la alternativa (iv) está
ausente del continente.
En lo que se refiere a la (In)Equidad (InE), es evidente que presenta variadas
facetas, algunas más vinculadas con lo técnico-productivo que
otras; sin desconocer esa diversidad, quizás sea útil una clasificación
esquemática, según la cual la InE asume también cuatro
valores, pudiendo ser:
(i) regresiva, cuando la exclusión es la tendencia dominante en
la evolución de la sociedad;
(ii) alta, cuando la desigualdad es igual o mayor que el promedio continental
y la redistribución es baja;
(iii) reducida, cuando la desigualdad es baja en términos continentales
y/o está disminuyendo notoriamente;
(iv) integradora, cuando, además, una redistribución sustantiva
y "sostenible" tiene lugar, acompañada de una elevación
sistemática de los niveles educativos.
Son muchos los ejemplos del caso (i) en América Latina; (ii) es el caso
entre otros de Brasil, aunque probablemente no de todo el país; en el
caso (iii) se puede incluir a Costa Rica, Uruguay, Chile y tal vez Argentina;
de (iv) no vemos ningún ejemplo en nuestro continente.
La combinación de las posibilidades mencionadas da lugar a "la matriz
TTP-InE".

TTP Transformación de la capacidad Tecno-Productiva
No todas las combinaciones son viables. No se puede tener a la vez una "profunda"
TTP y una InE "regresiva", porque la alta desigualdad, el analfabetismo
masivo y la miseria extendida no son compatibles con un progreso técnico-económico
capaz de sostenerse a sí mismo a lo largo del tiempo. Tampoco parece
viable la combinación de una "escasa" TTP con una situación
social "integradora", pues ésta difícilmente surge y
más difícilmente logra preservarse si la capacidad productiva
es muy baja y se mantiene estancada. Estos "casilleros imposibles",
ubicados geográficamente en el NO y el SE del cuadro, están marcados
con una X. Tal vez sean inviables también las posiciones más próximas
al casillero SE, lo cual justifica los signos de interrogación en el
cuadro.
Otros casilleros merecen nombres conocidos. La conjunción de una escasa
TTP con una InE regresiva constituye el casillero de la exclusión: es
una combinación bastante estable, en la cual se encuentran atrapados
algunos países pequeños y de tamaño intermedio, así
como extensas subregiones de algunos países grandes.
Parece relativamente estable la conjunción de una TTP inducida con una
alta InE, por antonomasia el casillero de la competitividad espuria, en el que
se ubicó el grueso de América Latina durante los '80, y del que
probablemente gran parte todavía no ha salido.
La complejidad se incrementa cuando la TTP no es mínima y la InE no es
alta. La combinación de una TTP inducida con una InE reducida da lugar
a ciertas evoluciones que sugieren que éste es el casillero de la modernización
inducida; Uruguay puede ser un buen ejemplo de ello.
Si la TTP es significativa y la InE es alta, importantes cambios técnico-productivos
tienen lugar, pero los mismos tienden a reproducir a la "sociedad dual",
y en especial afirman la "heterogeneidad estructural" entre el sector
moderno y el sector atrasado de la economía, restringiendo las posibilidades
de futuros avances; se trata pues del casillero de la modernización redualizadora,
en el que probablemente se ubican ciertas partes de Brasil y México.
Otros casilleros definen posiciones más inestables; diríase que
es difícil que un país se mantenga en ellos. A las posibles trayectorias
de cambio, en el marco de la matriz TTP-InE, nos referiremos en la próxima
sección. Antes bauticemos el casillero del SO: en este modelo, la conjunción
de una importante capacidad colectiva para crear, usar y difundir conocimientos
con condiciones de vida aceptables para todos y desigualdades claramente menores
que las prevalecientes en el planeta, definen un proceso en el cual transformación
productiva y equidad se potencian mutuamente, dando lugar a una modernización
solidaria.
Sobre las posibles trayectorias
En lo que acontezca en el futuro con las universidades latinoamericanas incidirá
poderosamente la "coevolución" de la transformación
técnico-productiva y las diversas dimensiones de la equidad, pues las
distintas formas que puede adoptar esa coevolución tendrán diferentes
consecuencias respecto al papel social del conocimiento. Utilizaremos la matriz
recién presentada como referencia para algunas breves observaciones sobre
esta cuestión.
Naturalmente, las dos "variables" destacadas están lejos de
ser las determinantes exclusivas de la situación; ambas pueden experimentar
cambios inducidos por otro factor, por ejemplo el acontecer político.
Pero, en cualquier caso, difícilmente varíen de manera independiente;
cabe más bien suponer que sus interacciones serán importantes,
y es en ellas que concentramos la atención, inquiriendo qué "trayectorias"
son posibles desde una posición inicial en cada uno de los casilleros
señalados.
Si bien prácticamente ninguna trayectoria puede ser descartada, algunos
casilleros parecen menos inestables que otros. Así, no sorprendería
la consolidación de cualquiera de las situaciones que se procura captar
mediante los casilleros que han sido "bautizados". En cambio, los
casilleros laterales, definidos por la combinación de valores intermedios
de una variable con valores extremos de la otra, sugieren interacciones entre
equidad y transformación productiva que apuntan al cambio de las posiciones
iniciales.
Cuando la InE es regresiva, la capacidad tecno-productiva, si ya no es escasa,
tenderá probablemente a disminuir, por falta de gente calificada y de
potencial creativo amplio, por la debilidad de la demanda social de conocimiento
endógenamente generado. Y si la TTP es escasa, la inequidad tenderá
a agravarse, por falta de capacidad para expandir la producción y de
resolver autónomamente ciertos grandes problemas. Por eso, en los casilleros
intermedios de la fila de arriba y de la columna de la derecha hemos dibujado
flechas que apuntan hacia el casillero del NE, para sugerir tendencias hacia
la expansión de la marginalidad.
Por el contrario, en una sociedad articulada, comparativamente igualitaria y
con niveles educativos al alza, una capacidad tecno-productiva significativa
tiende frecuentemente a profundizarse. Recíprocamente, una profunda transformación
productiva en un contexto de reducida desigualdad genera dinámicas de
crecimiento que requieren más calificación y permiten un mayor
margen de redistribución, apuntando hacia una mayor equidad. Así,
en los dos casilleros adyacentes al del extremo SO hemos dibujado flechas que
apuntan hacia la "modernización solidaria".
Los tres casilleros ubicados en la "subdiagonal principal" de la matriz
definen una "zona de incertidumbre".
Si la TTP es inducida pero la equidad es integradora, se tiene una compatibilidad
difícil, que puede impulsar tanto al incremento de la capacidad productiva
como al deterioro de la equidad, según los actores colectivos más
interesados en la preservación de esta última sean o no capaces
de impulsar lineamientos propios de modernización tecnológica.
Las dos posibilidades son sugeridas por las flechas dibujadas en el casillero
inmediatamente por debajo del extremo NO.
Más complicado es el panorama en el casillero justo a la izquierda del
extremo SE. Una TTP profunda, si la InE es alta pero no excesiva, induce impulsos
hacia la ampliación de la calificación y la mejora del nivel de
vida de ciertos sectores (flecha a la izquierda en dicho casillero); si la inequidad
de partida es más alta, cabe esperar un deterioro del crecimiento y de
la capacidad productiva (flecha hacia arriba), mientras que la conjunción
de una TTP profunda con una InE muy alta define una situación poco verosímil
(signo de interrogación).
La máxima incertidumbre se define por la combinación de una InE
reducida -lo que hace prever niveles educativos, de salud y de articulación
social elevados en términos latinoamericanos, aunque pueden no serlo
en el concierto internacional- con una TTP significativa, lo que implica una
competitividad alta en el marco continental pero bastante limitada en relación
a los países centrales. Si un país, o incluso un estado o subregión
de una nación grande, se encuentra en la posición caracterizada
por este casillero, todas las evoluciones posibles son bastante probables.
Sospechamos que, en la "zona de incertidumbre" pero también
en otras situaciones, distintas formas de la equidad, vinculadas de manera diferencial
con el conocimiento, pueden inducir trayectorias bastante diferentes. Suele
admitirse que la igualdad es importante para el desarrollo, pero la igualdad
puede ser evaluada de muy disímiles formas: "¿igualdad de
qué?" es una interrogante fundamental (Sen, 1995), y distintas respuestas
tendrán diferentes consecuencias desde el punto de vista del desarrollo.
Específicamente, creemos que un hilo conductor lo ofrece la siguiente
pregunta: ¿cuándo la equidad es innovativa?
Sin pretensión de sobresimplificar tema tan complejo como crucial, cabe
señalar que la relación entre equidad e innovación puede
desplegarse en el tiempo, como lo sugiere la pregunta, de la equidad a la innovación,
como parece haber sido el caso escandinavo, o a la inversa, como da la impresión
de que ocurrió por ejemplo en ciertos países del sudeste asiático.
Esquemáticamente:

En todo caso, la gran cuestión es la de cuándo la equidad impulsa
hacia su propia profundización. Se trata de saber cuándo la profundización
de la democracia y/o la disminución de la desigualdad son "autosustentables",
en el sentido de que se convierten a su vez en palancas de innovación
y crecimiento bajo nuevas condiciones. A este respecto, cabe establecer una
primera y gruesa distinción entre (i) equidad defensiva o reactiva, y
(ii) equidad proactiva o creativa.
El primer tipo lo ejemplifica el Uruguay y su "modernización inducida".
Según la CEPAL (1997), este país mostró los más
importantes avances hacia la equidad en América Latina entre 1986 y 1994.
Esa constatación, sin duda relevante, debe sin embargo ser relativizada,
no sólo porque la situación se ha estancado en los últimos
años y los cálculos más serios indican que casi la cuarta
parte de la población está en la pobreza, sino porque el progreso
anterior se basó sobre todo en un gran incremento del gasto en jubilaciones
y pensiones, mientras que los esfuerzos en educación y salud son débiles,
incluso en una comparación continental, lo que dificultará probablemente
futuros avances. Ese carácter "defensivo" y con escaso potencial
"creativo" de la equidad en el Uruguay surge con claridad de una comparación
de largo plazo: actualmente, el Indice de Desarrollo Humano de este país
es levemente inferior a los de Argentina, Chile y Corea del Sur, y netamente
menor que el del Japón, pero en 1960 estaba bien por encima de todos
ellos.
En el largo plazo, probablemente los países escandinavos (Jamison, 1982;
Lingarde y Tylecote, 1998) ofrecen la mejor ilustración de las formas
proactivas o creativas de la equidad, las cuales combinan (a) la prioridad a
la educación, (b) la valoración cultural de la técnica
y del trabajo manual, (c) la disposición de los "productores directos"
a incidir en la orientación de la producción y en el rumbo del
cambio técnico, (d) una vocación por la cooperación basada
en la confianza.
La equidad proactiva se manifiesta seguramente de maneras variadas; para evaluarla
hace falta, más que diseñar indicadores propiamente dichos, atender
a ciertos procesos relevantes; así, la generalización de la enseñanza
avanzada, de calidad y permanentemente renovable constituye uno de las "medidas"
más confiables de la afirmación del tipo de equidad que nos ocupa.
Volviendo a la matriz TTP-InE, la equidad creativa es la que impulsa "el
avance hacia el SO", como proceso de desarrollo integral. Precisemos brevemente
lo dicho, vinculando la matriz con la clasificación en "centro",
"semiperiferia", "periferia" y "área de la marginación"
discutida antes. (Ver el diagrama siguiente)
TTP Transformación de la capacidad Tecno-Productiva
El casillero superior derecho -el extremo NE- y las posiciones más próximas
de los dos casillerso adyacentes, caracterizadas por la conjunción de
la muy alta inequidad con la escasa o bastante escasa capacidad técnico-productiva,
corresponden al área de la marginación; incluyen a lo antes denominado
como "exclusión" y a lo que está muy cerca.
A continuación ubicamos a la periferia, que incluye la mayor parte de
lo que está por "encima" de la diagonal principal NO-SE de
la matriz, exceptuando el área de la marginación, los casilleros
imposibles en los extremos de la mencionada diagonal (y las "posiciones
improbables" indicadas con signos de interrogación). Comprende pues
al casillero de la "competitividad espuria" y partes considerables
de los casilleros de la "modernización inducida" y de la "modernización
redualizadora".
Las posiciones más al SO de esos dos casilleros ya quedan dentro de la
semiperiferia, aquí representada como un cuadrante de anillo, con centro
en el vértice inferior izquierdo del cuadro.
En este dibujo, el avance hacia el SO simboliza, en sus diversas trayectorias
posibles, al desarrollo humano autosustentable, como conjunto de transformaciones
técnico-productivas y socio-institucionales, que expanden las capacidades
colectivas para la generación de bienes y servicios, volcándolas
en medida apreciable a la mejora de la calidad de vida de los seres humanos,
salvaguardando el ambiente de modo de no comprometer las posibilidades de las
generaciones venideras (sustentabilidad del desarrollo) y construyendo en el
presente las bases educativas, materiales y culturales del desarrollo en el
futuro, su autosustentabilidad. Estos procesos son impulsados, en la transición
a la sociedad del conocimiento, por las formas creativas y proactivas de la
equidad.
En esta perspectiva, el "avance hacia el SO", como proceso desplegado
hacia el porvenir, no puede ser visto como la aproximación a lo que hoy
es el "centro", con sus propias deudas de equidad y su estilo de crecimiento,
ambientalmente poco sustentable y espiritualmente empobrecedor. Por ello, al
pequeño cuadrante ubicado abajo a la izquierda -que incluye al casillero
de la "modernización solidaria" y las posiciones más
próximas en los dos casilleros adyacentes- lo hemos denotado como área
de las sociedades de aprendizaje, que imaginamos signadas por procesos en los
que se aprende colectivamente a mejorar las técnicas, las relaciones
con la Naturaleza y las pautas de convivencia entre los seres humanos.
© UDUAL, México
Los derechos de autor son propiedad de UDUAL. Esta edición digital se
hace con la autorización de UDUAL y de los autores.
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