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Familias, medios de comunicación y valores democráticos
Moderador: Dr. Salvador Cardús.
Universidad Autónoma de Barcelona
La situación planteada ante la reciente guerra en
Iraq, impensadamente, pone de especial actualidad a nuestro
foro virtual acerca de los medios de comunicación y
los valores democráticos. Y, por supuesto, obliga a
pensar cual debe ser el papel de la familia en este contexto.
Pero aun teniendo el conflicto como telón de fondo,
nuestra discusión debería ser capaz de analizar
esta compleja relación de una manera distanciada, pensada
también para los períodos, por decirlo de alguna
manera, de "normalidad" en la política internacional.
Una "normalidad", no nos vamos a engañar,
que sugiere períodos en los que la barbarie, simplemente,
queda bien ocultada a la vista del público, pero que
no desaparece del mundo.
Para iniciar el Foro, creo que puede tener interés
el establecer unos primeros puntos de discusión en
forma de breves afirmaciones algo contundentes, para luego,
con la colaboración de todos, matizar hasta donde haga
falta.
1. Los medios de comunicación han irrumpido desde
hace tiempo en nuestra vida cotidiana y, como transportadores
de nuevos contenidos y pautas culturales, se han convertido
-con voluntad o sin ella- en agentes educativos de primer
orden. Hasta aquí, ninguna sorpresa, aunque algunos
aun se pregunten -con una cierta ingenuidad- si los medios
de comunicación son ciertamente educativos. Y es que
tal pregunta, apunta a otra cuestión implícita
en ella: ¿se trata de agentes colaboradores o los medios
de comunicación son competidores con la familia y,
claro está, con la escuela? Es decir, la cuestión
de fondo se refiere al hecho que los medios de comunicación,
en especial la televisión, a menudo suelen considerarse
más bien como competidores educativos, incluso más
potentes que la propia familia.
2. Desde mi punto de vista, para poder analizar correctamente
los modos de tal relación, lo primero que habría
que considerar es que la educación no se fundamenta
en modelos de aprendizaje retóricos, sino prácticos
y vividos como experiencias. Ciertamente, los modelos retóricos
tienen su influencia en la construcción de nuevas expectativas,
pero no tienen la misma fuerza educativa que los estilos de
vida. Así pues, afirmo sin reservas que la familia,
a pesar de la competencia televisiva, dispone de armas educativas
superiores en fuerza a las de los medios de comunicación,
siempre que no renuncie a usarlas, como sucede tan a menudo.
3. Si se atiende a tal principio, la competencia entre familia
y medios de comunicación ya no es una cuestión
de discusión entre los valores morales transmitidos
por unos y otros, sino principalmente de revisar la incorporación
y los usos de los medios de comunicación por parte
de la familia. Es decir, el problema ya no está tanto
en los contenidos de los medios como en las maneras de acceder
a tales contenidos en la família. El "cómo
vemos la televisión" se convierte en el problema
principal a considerar y no el de "qué vemos en
la televisión". Dicho de otra forma, el problema
de la televisión -por seguir con el medio más
importante- está en qué cosas no nos deja hacer,
qué alternativas se pierden en la experiencia familiar,
qué conflictos de fondo disimula su consumo sobreabundante,
etc.
4. Quizás en este punto sea conveniente revisar las
razones de la "mediafobia" que suele ser habitual
entre educadores. Puede ser que se trate de una manera de
vengarse de las dificultades que los medios de comunicación
crean a los antiguos agentes de educativos. Quizás
también se trate del hecho que los medios de comunicación,
especialmente los audiovisuales, introducen unos nuevos códigos
de comunicación que no son los tradicionales que ha
dominado la escuela o con los que los padres se sienten cómodos.
Probablemente, los medios de comunicación inician a
nuestros hijos e hijas en unos conocimientos no formales que
nos incomodan. Tal como la calle -como espacio educativo sin
control formal- ha hecho durante décadas, donde se
aprendían conocimientos prácticos fundamentales
para la vida de cada día pero incómodos -políticamente
incorrectos- para los mayores, ahora, casi desaparecida la
calle como espacio de socialización en muchas grandes
ciudades, los medios de comunicación han tomado el
relevo. En cualquier caso, las actitudes a la defensiva de
los educadores ante los medios no perjudican a los medios
sino a los propios educadores.
5. En este sentido, aunque se puedan considerar a los medios
de comunicación como competidores de la familia y la
escuela, lo cierto es que éstos se han convertido en
las instituciones disciplinadoras más adecuadas y eficaces
para ordenar una sociedad compleja como la actual. Aunque
parezca una provocación, hay que darse cuenta que sin
instrumentos como la televisión, el desorden y la violencia
crecerían de manera insoportable. Quizás sí
que provoquen algún tipo de violencia social, pero
las investigaciones que sostienen tal cosa encuentran tales
correlaciones porqué es lo único que andaban
buscando. Como sociólogo, no me convencen en absoluto
tales vinculaciones simples. ¿Qué pasaría
si se estudiasen los niveles de violencia en caso de familias
a las que se les retirase el aparato televisivo en según
qué condiciones de vida y niveles de formación?
¿Y cómo se ordenaría el mercado económico
o como se trasladarían los mensajes políticos,
sin medios de comunicación?
6. Quizás ahora ya podamos incluir alguna consideración
acerca de los valores democráticos. Si cuando pensamos
en ellos nos referimos a su expresión retórica
en forma de discurso, habría que decir que aun con
unos medios de comunicación influyentes ocupados en
hacer propaganda de tales valores -en realidad, la mayoría
suelen hacer tal difusión de valores abstractos- no
se conseguiría gran efecto, realidad que también
puede comprobarse sin mucha dificultad. Y es que no se puede
confundir la educación, un proceso la solidez del cuál
debe vincularse a la experiencia, con la propaganda, un mecanismo
de seducción eficaz solo en el corto plazo que dura
la campaña publicitaria. En cualquier caso, los valores
democráticos deben educarse inscritos en los estilos
de vida y en las maneras de hacer las cosas cotidianas. Especialmente,
en las maneras de resolver los conflictos, de construir y
defender el interés general y de utilizar el diálogo
de manera comprometida, como expresión de la fuerza
de los argumentos y de la flexibilidad necesaria para la vida
en comunidad.
7. En realidad, me refiero al hecho que los valores democráticos
no pueden ser un mero corpus de principios retórico,
sino una cultura pública desarrollada sobre la experiencia
cotidiana y convertida en una tradición que se proyecta
hacia el futuro. Unos valores democráticos son, asimismo,
un lenguaje, una manera de hablar de los conflictos de intereses,
y por esa razón, habrá que transmitir el uso
correcto de esos lenguajes. Por supuesto, unos valores democráticos
son unas instituciones que funcionan según unas reglas
y que hay que conocer. Por ejemplo, nunca he comprendido por
qué no forma parte de los programas escolares la enseñanza
del funcionamiento de la justicia, la historia y el propósito
de sus diversos códigos y, en fin, las garantías
que nos asisten.
8. En definitiva, habría que poner en relación
los tres elementos de nuestro debate de las siguientes maneras:
- las familias deberían incorporar estilos democráticos
al tomar ciertas decisiones, siempre que los participantes
en ellas tuvieran algún tipo de responsabilidad en
las consecuencias
- los medios de comunicación deberían favorecer
una cultura democrática general, denunciando con
rigor su ausencia y respetando ellos mismos las reglas que
se derivan de tal compromiso
- las familias deberían relacionarse con los medios
de comunicación de manera crítica pero no
con actitudes negativas y a la defensiva
- debería incorporarse una educación práctica
de las exigencias democráticas en los propios marcos
institucionales que las garantizan. Así, las visitas
escolares a los parlamentos, ayuntamientos, juzgados, etc.
y el conocimiento directo de su funcionamiento podrían
ser muy útiles, derivando en la organización
de "juegos de rol" que permitirían experimentar,
de manera práctica, las dificultades de tales exigencias
Espero que estas ideas breves permitan abrir un debate fructífero
y que, con las aportaciones de todos, lleguemos a unas conclusiones
útiles para todos.
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