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Monografías virtuales
Ciudadanía, democracia y valores en sociedades plurales

Línea temática: Cultura de centro y convivencia escolar

ISSN 1728-0001

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Entrevista al Profesor Guillermo Hoyos

Las múltiples experiencias de frustración y desilusión moral que ha generado el proceso de transición y consolidación democrática en nuestra región, han permitido instalar ciertas concepciones fatalistas del poder que sostienen que los destinos del país se hallan en manos de las alianzas entre grupos políticos y económicos, y no del pueblo. Lo que conlleva, sin dudas, una subestimación y descrédito del poder ciudadano.
En este contexto interesa particularmente trabajar el concepto de poder comunicativo empleado por Habermas para revalorizar muy fuertemente rol protagónico de la ciudadanía democrática.
¿Cómo interpreta usted que puede construirse tal poder comunicativo?

Yo empezaría por una expresión que no fue lo suficientemente comprendida, creo yo, en los ensayos de Jürgen Habermas previos a su Teoría del actuar comunicacionalmente (el primer Habermas). En el artículo del 65 Conocimiento e Interés él expone la idea de que el lenguaje es el único poder por su naturaleza no violento que posee el hombre. Esto lo pone en estrecha relación con el poder que me da a mí el lenguaje para poder expresar mis puntos de vista, mi malestar, mi indignación, mi protesta, mi crítica. En ese momento se pensaba en el poder no violento del lenguaje como poder de denuncia, en el sentido si se quiere de ‘desobjetivación’.

Ya en la Teoría de la Acción Comunicativa, del actuar comunicativo, el lenguaje en una perspectiva más intersubjetiva se enriquece con dos poderes más. Sobre todo cayendo en cuenta de que en ese momento ya Habermas tiene que responder a Foucault. En especial debe confrontarse con la crítica de Foucault a un poder monológico de la autorreflexión, de la autocomprensión, de la autodeterminación y de la autoconstitución. A partir de ese poder fuerte de un sujeto protagónico, que se encarna también de las instituciones y se ejerce regulativamente en el Estado de Derecho, se hace urgente distinguir entre un poder generado en la comunicación y un poder que es dominación porque se cierra a la comunicación. La crítica a un poder que ha devenido dominación en todos los ámbitos de la sociedad es asumida también por la teoría del actuar comunicacional. Pero una vez reconocida la necesidad de la crítica de la dominación, se descubre que una teoría discursiva de la política, del derecho, de la ética y de la moral tiene competencias comunicativas propias que es necesario reconstruir.

Un aspecto inicial de la reconstrucción se orienta por el sentido de Ilustración como liberación. Esto lo destaca Habermas en su lectura de Freud en el libro Conocimiento e Interés: allí resalta que para Freud dominación, como algo distinto de poder, es aquel poder que se resiste a la crítica por su legitimidad. Por tanto, un poder que reconoce la crítica que se le hace a su legitimidad, que muestra tener fundamento, argumentos, posee credenciales de legitimidad, no es dominación y sí es poder. Todo lenguaje es poder. Hay un poder del lenguaje que parece muy superficial, pero que no lo es: se trata de un poder retórico, que es entrar mediante actos de habla a una situación, para tratar de explicarla, de comprenderla y solucionar los conflictos presentes en ella. A la hora de la verdad, comprender el lenguaje de otro es un poder de abrir, de abrir nuestro mundo de la vida y de comprender su mundo de la vida. Pero es todavía más fuerte, -y yo creo que ahí es donde hay que jugársela a propósito de la pregunta por la ciudadanía y la participación democrática-, es todavía mayor la fuerza del lenguaje, cuando una vez comprendida una situación y una vez que me hago comprensible, logro poder convencer al otro o él logra ejercer su poder de convencerme a mi.

¿Qué relación directa tiene este poder del lenguaje, que no es dominación, con los planteamientos actuales en torno al tema de la ciudadanía?

Precisamente, se trata de un poder por su naturaleza no violento como competencia de ciudadanas y ciudadanos en los procesos públicos. Ese es, digamos, un poder no sólo crítico sino político, en el sentido de que si nos ponemos de acuerdo en unas metas comunes, en un programa común, respetando todas las diferencias, el poder de llegar a un acuerdo, como proyecto político, es válido.

Yo encuentro en el planteamiento de la filosofía del derecho de Jürgen Habermas un nuevo sentido de poder que es muy interesante. O sea, venimos del primer planteamiento del cambio de paradigma de la acción comunicativa, al principio de los años 70. Pero de todas maneras en la Teoría de la Acción Comunicativa uno todavía podría pensar que una acción, un poder, es tanto más legítimo, cuanto más fundamento comunicativo tenga, y tanto menos moral cuanto más estratégico sea. O sea, acá sí que había una regla: comunicación versus estrategia. Estrategia sospechosa de manipulación, casi que de dominación. Y comunicación casi idéntica con poder legítimo, porque es un poder ganado en la discusión, en el debate. Había, por tanto, cierto purismo de que la comunicación es moral y lo que no se dé en la lucha política y en el debate público en comunicación franca es sospechoso de ser manipulación. Yo creo que media un debate muy fuerte entre Habermas y Apel en esos años, en el que Apel le está reclamando a Habermas: “mire, usted no sabe lo que es racionalidad estratégica, usted está confundiendo racionalidad estratégica con ‘racionalidad’ manipuladora”.

Sin embargo, cuando llega a Facticidad y validez, es decir a la filosofía del derecho, Habermas hace un gran descubrimiento: a saber, que el derecho es un dispositivo, es un instrumento para concretar y dar estabilidad a los acuerdos. El derecho es acción instrumental. Pero es una acción instrumental absolutamente necesaria en el ámbito de lo público, si la acción comunicativa ha de tener sentido desde el punto de vista de los acuerdos sobre mínimos. En este momento se tendría que poder decir: la comunicación pública exige racionalidad estratégica en la forma jurídica. Y en estos momentos uno no puede ya decir: “obrar comunicativo es poder legítimo, es poder moral y obrar estratégico es la perversión del lenguaje y de la comunicación. No, obrar estratégico es complementario ahí, si uno habla de la complementariedad entre la racionalidad comunicativa y la racionalidad estratégica, y no empeña en reducir toda la racionalidad estratégica a racionalidad comunicativa. La complementariedad se da en la relación misma: entre comunicación pública y forma jurídica.

¿Cuál debería, pues, ser la relación del poder comunicativo con el poder de los ciudadanos que se articula como poder político, muchas veces enfrentado con el poder económico, y no raras veces dependiente del poder de los medios de comunicación?

Podríamos referirnos al diagnóstico que puede establecerse con respecto a las relaciones de poder en el actual contexto de la globalización. Desde un punto de vista sociológico podemos hablar de tres poderes que se interrelacionan: un poder material, que es poder económico, un poder administrativo, que es poder político, y hay un poder social, que es el poder de la solidaridad, el de la opinión pública, el de la comunidad, precisamente el de la ciudadanía. La situación contemporánea nos muestra que normalmente el poder político presiona al poder social, al poder de la solidaridad, lo fracciona, lo distorsiona, llega a dominarlo. Si preguntamos por qué sucede esto, debemos mirar hacia el poder económico, que en situaciones recientes en Latinoamérica ha mostrado toda su fuerza desestabilizadora de proyectos democráticos. En el medio de esos tres poderes, el de la soberanía popular como procedimiento, el político como administración y el económico de las grandes multinacionales y la banca mundial, está el poder de la comunicación. En primer lugar, como medios de comunicación al servicio del poder económico y tratando de legitimar el poder político. Es aquí donde “el derecho como correa de transmisión” –la metáfora es del mismo Habermas- de los intereses de la comunidad, que son intereses de solidaridad y de participación, esa correa de trasmisión, si es el procedimiento de la soberanía popular, transforma esos intereses en un discurso sobre derechos humanos y en un discurso todavía más concreto, político y constitucional. Este poder legítimo del Estado de derecho reemplaza el sentido de un poder administrativo al servicio del poder económico por un poder al servicio de los intereses de la comunidad y del bien común. Este poder debe mandar mensajes al poder económico, sin pretender apropiárselo, ya que es de la sociedad privada, pero sí procurando morigerarlo.

En este momento lo que estaba en el medio público que eran los ‘medios’ de comunicación, pierden parte de su legitimidad y su función ética y política, si no se dirigen al público en el sentido de fortalecer la comunicación y la participación pública, ciudadana. Es lo que percibimos hoy: unos medios simplemente al servicio de propaganda de los emporios económicos y de la banca internacional, dispuestos a prestar una falsa legitimación al así llamado Estado de derecho, al poder administrativo, dando mensajes que dramatizan las crisis para exigir a la población cada vez más paciencia y más esfuerzos en aras de una “estabilidad financiera” cada vez más abstracta, que no parece llegar nunca. Por eso la figura del derecho como garante y promotor de los derechos humanos, también de los de segunda generación como derechos socio-económicos, es poder estratégico, en cuanto derecho al servicio de la comunidad, como correa de trasmisión. El derecho es comunicación concertada llevada a comunicación en forma jurídica, en su forma paradigmática que es la Constitución. La forma jurídica tiene una gran ventaja: es relativamente exacta, permite constatar que se está de acuerdo con ella, como quien comparte unos mínimos, sin tener que estar de acuerdo con otras muchas cosas, conservando las diferencias, respetando los máximos de los diversos grupos sociales. Además, la forma jurídica tiene la ventaja de la estabilidad relativa, mientras cumpla sus funciones en el mejor sentido del pragmatismo, porque siempre podrá ser modificada, según lo exijan las circunstancias y de acuerdo con procedimientos democráticos de soberanía popular.

¿Piensa que la escuela puede considerarse como organismo, como un espacio de comunicación? ¿Qué condiciones mínimas deberían asegurarse para que se comporte como tal?

La respuesta es obvia. La escuela es comunicación, ni siquiera es sólo espacio. El proceso educativo es un proceso por esencia comunicacional. Yo pienso que, por ejemplo, el modelo rawlsiano del pluralismo razonable y del consenso entrecruzado de mínimos, es un proyecto educativo por excelencia. A la educación llegan los diversos actores, sobre todo los alumnos y alumnas, llegan a la escuela con tantas visiones omnicomprensivas de la vida como tantos alumnos hay. Cada uno llega con sus tradiciones, sus virtudes, su pertenencia familiar, social, religiosa, etc. Y llega el primer día de clase convencido de que el mundo es precisamente el suyo. Y cada uno de los 40 alumnos piensa igual. El proceso educativo consiste por eso en empezar a intercambiar no tanto informaciones, sino sobre todo comprensiones del bien, formas de vida, ‘visiones omnicomprensivas’, como las llama Rawls. El aula es comunicación por excelencia, porque permite también una comunicación no reglada. Por eso el maestro que quiere reglar la comunicación desde el primer día fracasa.

En segundo lugar, desde el principio en la escuela no se buscan ‘verdades’; lo primero que se inculca es apertura, lo primero que se busca es comprensión de unos con otros, comprensión del mundo que los rodea, de sus familias, de la historia de la nación propia y de las naciones vecinas, etc. Es el horizonte de horizontes de toda comprensión. O sea, es un proceso comprensivo que no se obsesiona por encontrar la verdad, dado que en un primer momento se trata de caracterizar las diferencias. Pero gradualmente sí se deben ir buscando esos mínimos de convivencia ciudadana que son, a la hora de la verdad, los mínimos de convivencia escolar. Lo que uno no puede es distinguir mucho los mínimos de convivencia escolar de los mínimos con los que se van a encontrar los estudiantes en la polis. Tanto la escuela como la polis están hechas de lo mismo: de diferencias, de prejuicios, de confianza, de consensos y disensos, etc. Por eso a mí me gusta, cuando se habla de educación, sugerir algo que está todavía por hacer: una teoría discursiva de la pedagogía. Contamos en cierta forma con teorías discursivas de la ética, de la política, del derecho; hay elementos para una teoría de la religión y de la estética; pero habría que explicitar los elementos para una teoría discursiva de la pedagogía.

¿Cuál sería el sentido de una tal teoría discursiva de la pedagogía, quizá orientándose por el sentido radical del actuar comunicacional?

Desde la teoría del actuar comunicacional se podrían plantear estos principios: la educación es en sí misma comunicación; la comunicación es en su misma estructura performatividad moral; la educación es en última instancia educación en valores; esto permitiría concluir que la educación es en sí misma eticidad. Es claro que gracias al proceso de aprendizaje se va realizando en el mundo de la vida el reconocimiento del otro como diferente, como interlocutor válido en su diferencia. Incluso el maestro autoritario tendría que caer en cuenta en algún momento que su alumno trae información diferente y nueva.

Todo lo anterior nos ayuda a comprender por qué la educación debe ser inclusiva, lo que precisamente se constituye en un privilegio exclusivo de la educación pública. Por eso mismo, en la educación a nadie se le puede quitar la palabra y a quien interviene se le debe exigir que al menos él dé a entender que está convencido de lo que dice; en educación se solicita que el que intervenga sepa por qué interviene y tenga razones y argumentos para decir por qué dice lo que dice, de suerte que sea capaz de reflexionar sobre ello, reconocer sus posibles equivocaciones y comprender mejor los puntos de vista de sus interlocutores. Y habría que decirles decididamente a los educadores que ellos no son instructores, sino que son participantes en un diálogo, en una comunicación, en la cual naturalmente ellos tienen una labor específica, que es participar como quienes tienen mayor experiencia y mayor conocimiento de los asuntos, pero su labor tendría que ser preferencialmente la de un “director de orquesta”. No deben pretender imponer su propia visión, sino que lo que ellos saben lo deben presentar en estilo propositivo o en forma interpretativa, pero de ninguna manera lo pueden poner como el punto de vista del “yo” abstracto o como una verdad ya alcanzada.

Siendo que en muchas escuelas se promueve una racionalidad más de tipo instrumental que de tipo comunicativo, ¿cómo le parece que podría pasarse de la una a la otra?

Yo creo que ahí hay dos elementos, que podemos analizar a partir de lo que hemos llamado teoría discursiva de la educación, inspirados en la teoría del actuar comunicacional de Jürgen Habermas. Me parece que el primer elemento es la manera en que se propone la apertura a los tres mundos, figura que se presenta en todo momento del proceso educativo, pero que no se refleja como debería reflejarse. Hablamos del mundo objetivo: en él comprendemos y explicamos comunicativamente los fenómenos de la naturaleza y con base en razones y argumentos procuramos ir encontrando la verdad como aquello que nuestros juicios pretenden establecer con respecto a la objetividad de los hechos; en el mundo social comprendemos situaciones del mundo de la vida y mediante razones y motivos pretendemos justificar la rectitud y legitimidad de determinadas normas; refiriéndonos al mundo subjetivo le apostamos a lo veraz y a lo auténtico: también aquí se dan razones y motivos que me hagan creíble a los demás. Aquí están los tres mundos relacionados con las tres ‘razones’ de la filosofía de Kant. En la educación puede presentarse -y esto ocurre con frecuencia- el que se distorsione esta relación entre los tres mundos en el mundo de la vida, al descuidarse lo referente al mundo expresivo, el de las humanidades y las artes; se piensa que la dimensión estética es algo que deben desarrollar sólo unos cuantos, los futuros artistas, dado que lo más urgente para el común de los ciudadanos es su formación para el trabajo y en un sentido del trabajo y de las profesiones muy marcado por las ciencias empírico-analíticas o eventualmente por las ciencias sociales. Es preocupante cuando la educación queda desequilibrada y se privilegia, en un reduccionismo inexplicable, la formación sobre todo en las ciencias naturales, las matemáticas y aspectos relacionados con la racionalidad instrumental. Con lo cual se descuida en gran parte el sentido de razonabilidad de las así llamadas ciencias blandas, de las sociales y también de los discursos expresivos y de todo lo relacionado con la formación estética. Para que se conserve cierto equilibrio entre los diversos tipos de saberes y discursos, es necesario pensar en la complementariedad entre las ciencias de la naturaleza, las ciencias sociales y las humanidades y las artes. Esto permite comprender el sentido instrumental de la racionalidad estratégica. No se trata de reeditar las viejas críticas al positivismo científico, pero sí de enfatizar el sentido de pertinencia de los diversos saberes, precisamente como lo hace un enfoque de la educación desde el paradigma de “Ciencia, Tecnología y Sociedad” (CTS).

Este planteamiento permite desarrollar en la educación como un todo las competencias comunicativas, discursivas, políticas y éticas del ciudadano. Las aplicaciones que se hagan de la ciencia en cuanto técnica y tecnología en ámbitos del medio ambiente, de la bioética, en aspectos de la economía política, de políticas de empleo, de fomento de la justicia como equidad, de los derechos humanos en general, todo ello se valida en una comprensión de la sociedad y desde un diálogo con las ciudadanas y ciudadanos que explicite con la ayuda de las ciencias sociales, las humanidades y las artes, el sentido de la vida, de la calidad de la vida, de la convivencia y de los valores.

La convivencia escolar parece ser un escenario privilegiado para los aprendizajes de tipo comunicativo, sobre todo aquellos que tienen que ver con lo político, lo público, el derecho ¿Cómo cree usted que deberían potenciarse estos aprendizajes en el ámbito de la convivencia escolar?

Efectivamente, como lo he venido insinuando, la educación es un proceso eminentemente comunicativo y en cuanto tal un escenario privilegiado de formación ciudadana. Es necesario insistir en aquellos aspectos que tienen que ver con la educación en política: el sentido de la democracia, el de las instituciones y el del Estado de derecho. No se trata sólo de redefinir los cursos de educación cívica, donde todavía los hay, sino de movilizar el proceso educativo en esta dirección, de suerte que estos aspectos estén presentes en las clases tanto de sociales, como también en las otras, dado que el sentido de aplicación de los diversos saberes está íntimamente relacionado con la pertinencia y con el contexto sociopolítico.

Desde un punto de vista pedagógico es importante analizar cómo se forma la competencia ética de los alumnos a partir de compromisos valorativos fundamentales. Por ejemplo mediante el ejercicio de la discusión y solución de dilemas morales y sirviéndose de modelos de gobierno escolar, de comunidades escolares democráticas, modelos que ofrecen experiencias más cercanas al mundo de la vida que los mismos dilemas morales. De dichos modelos se dice que responden a la idea de John Dewey, para quien autonomía y responsabilidad, democracia y educación se condicionan mutuamente de forma que no puede darse la una sin la otra. En esta misma tradición, Michael Walzer ha recordado en Las esferas de la justicia cómo lo fundamental en la educación es formar ciudadanos

 

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