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En un aula del último año de la escuela
secundaria hay cuatro grupos de trabajo semiconcentrados
en la tarea que les encomendó Gabriela, la profesora
de Ciencias Sociales:
- ¿Pero no ves que no entendés nada? ¿De
qué te las das? ¡Qué te crees!- increpa
Juan a Leopoldo fuera de sí.
- Y a vos qué te importa, metete en tus cosas-
responde Leopoldo elevando la voz.
- ¿Ustedes creen que yo puedo trabajar con los
demás mientras se están peleando?- tercia
la docente que se ha incorporado en su silla ocupada
con otro grupo para animarlo en su tarea.
- Dejen de molestar o los retiro ya mismo del salón.
- ¿Sabe lo que ocurre profe? Éste dice
Juan desde el fondo del salón, señalando
con el dedo a Leopoldo- se la pasa todo el tiempo molestando,
no hace nada y me quiere enganchar a mí en eso-.
- Andáa...si vos la jugás de educadito
y después te llevás diez materias- responde
Leopoldo con mirada de desprecio.
- Y a vos ¿qué te importa? ¿por eso
me tenés que molestar a mí? ¿a qué
venís a la escuela? ¿por qué no te
quedás en tu casa mejor? Si no servís
para nada responde Juan sin intimidarse.
- De súbito, Leopoldo enardecido se para y se
abalanza sobre Juan gritando: - Yo a vos te voy a reventar-.
- El grupo de compañeros más cercano
físicamente se aparta prudentemente. Juan, que
también se halla ya medio erguido, recibe un
golpe en la cabeza pero con un empujón lanza
a Leopoldo contra la pared.
- ¡Esto no puede ser!- Interviene Gabriela acercándose
a los gritos desde el otro extremo - ¡Si quieren
pelearse se van a la calle!- dice interponiéndose
entre los dos que la sobrepasan ampliamente en estatura.
-¡Llamá al preceptor!- dice, pidiendo ayuda
a la alumna más próxima, mientras extiende
sus brazos como un árbitro de boxeo.
- La pelea parece detenerse. El curso observa atónito
en general, unos pocos, más curtidos en estas
lides, sonríen y alientan en voz baja a alguno
de los pugilistas. Mariela, la novia de Juan, está
parada junto a él y mientras lo abraza insulta
en voz baja a Leopoldo.
- Pero ¿qué pasa acá? ¿se volvieron
todos locos?- dice Rodrigo, el preceptor, con tono de
mando que entra a grandes pasos y parece tener ascendiente
sobre los protagonistas. - Ustedes dos vengan acá,
acompáñenme a preceptoría. Profesora,
siga con la clase y después me pide las sanciones
que quiere ponerles.
- Ya en la preceptoría en medio de otros preceptores
que, sin levantar la vista del teclado, siguen escribiendo
en sus computadoras, Rodrigo hace sentar a los dos alumnos
delante de su pequeño escritorio: -Pero ¿qué
les pasa? ¿ dónde se creen que están?
¿por qué se pelearon?
- Es éste que ya me tiene podrido y ya no lo
aguanto más contesta Juan adelantándose.
- ¡Pero callate! Siempre se la da de santo el
tonto- responde Leopoldo con desprecio.
- ¡Hacete ver la cabeza loco!-contesta Juan
- Che ¿la van a terminar o la termino yo?-interrumpe
el preceptor -¿De dónde salieron ustedes
dos? Después se concentra en Leopoldo: -Y vos
Leopoldo todos los días con problemas. La verdad
es que ya no sé que hacer con vos. Voy a hablar
con el Director sobre esto y las que te vengo aguantando
hace tiempo-
- Lo que pasa es que...¡Ma sí hacé
lo que quieras, ya estoy podrido de esta escuela!- dice
dando medio giro en la silla y metiendo la cabeza entre
los hombros.
- Acá también estamos podridos -replica
rápido Rodrigo- Ya te bancamos lo suficiente,
pero vos no la querés entender. Traté
de acercarme, de ser tu amigo, te dejé pasar
varias. ¿Te acordás del día que te
escapaste antes de hora y yo me enteré que estabas
en la estación de tren? No abrí la boca.
Te dije que te quedaras tranquilo por un tiempo. Sólo
tengo cinco años más que vos y te tengo
que aguantar como si fueras mi hijo. No te cubro más.
Ya me estás comprometiendo a mí también
con el director.
- Leopoldo fue suspendido por un mes de la escuela.
Nunca retornó. Tampoco quiso ingresar en otra
a pesar de que se le ofreció el traslado. Su
única opción fue salir a buscar trabajo
pues así lo quiso él y así lo dispusieron
sus padres. Hoy es un desocupado más.
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