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VIII Experiencia
Se lo tenía merecido
Joana Cochia
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¡Se lo tenía merecido!
Johanna Cochia
Patricia Fernández
Mercedes Ruiz Díaz
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Esa calurosa tarde de verano, los alumnos
se encontraron en las proximidades de la institución
escolar a la que concurren habitualmente; aprovechando
que salieron unos minutos antes de la hora habitual, convinieron
el lugar y la hora de reunión (a pocas cuadras
del establecimiento) para organizar la fiesta de cumpleaños
de uno de ellos.
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Olga, la portera del colegio, al finalizar sus tareas
habituales en la escuela (limpieza), firmó apresuradamente
la plantilla de asistencia y se retiró con paso
firme a su domicilio; mientras recorría apurada
la vereda, pensó:
Ojalá llegue antes que los chicos, así
me alcanza el tiempo para prepararnos e irnos tranquilos
a lo de su tía.
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Para acortar su ruta decidió desviarse y pasar
por una zona cuyo tránsito es más calmo.
A medida que caminaba observó que los chicos
de la escuela estaban reunidos, escuchó ese murmullo
característico en los grupos de jóvenes
cuando debaten amistosamente. Sintió un poco
de nerviosismo, ya que vinieron a su mente diferentes
situaciones en las cuales ella había delatado
a más de uno por haberse hecho la rata
de clases, lo que le adjudicó el bien conocido
apodo de buchona entre los adolescentes
de quinto año.
Intentó pasar con disimulo, pero cuando pensó
que pasaba desapercibida, una de las chicas del grupo
les dijo a los demás:
Che... ¡Oigan, cheeee... mirá quién
viene allí, fíjense la cara de tonta que
pone, como si quisiera evitarnos!
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A lo que otro respondió:
¡Uuuuhy... que miedo teeeengooooo... que
caraaaa tieeeneeeenn!
Olga nunca pensó que su actitud de disimulo
en lugar de evitarle inconvenientes le parecería
una provocación a ese grupo de jóvenes
alumnos.
Si el incidente se hubiera quedado en eso la cosa no
tendría importancia, pero los chicos siguieron
aumentando el tono de las cargadas hasta llegar a los
gritos e insultos, a tal punto que los vecinos de la
zona comenzaron a interesarse por el incidente.
Por supuesto, a medida que se fueron sumando los más
tímidos, el descontrol fue aumentando, sin que
ellos tomaran conciencia de lo que hacían...
Si tan sólo uno de ellos hubiera recapacitado,
si tan sólo hubieran sabido cuándo detener
la burla...
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| Olga logró identificar a dos o tres
de ellos (estaba casi todo el curso, 36 en total), pero
en principio no dió parte a las autoridades correspondientes
por considerarlo algo personal. Además optó
por una acción que les supusiera un escarmiento
más efectivo. |
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Días más tarde y después de meditarlo
mucho, decidió por fin dar parte del asunto a
la directora del establecimiento y pedir cuentas a los
acusados.
La directora se hizo cargo de la situación y
convocó una asamblea de profesores para acordar
una sanción adecuada. La asamblea estaba dividida:
algunos profesores pedían una medida dura, como
la expulsión de algunos alumnos para dar ejemplo
a los demás; otros abogaban por crear un espacio
de diálogo y buscar el acercamiento de las partes
implicadas para evitar futuros incidentes, ya que sostenían
que unas medidas duras sólo aumentarían
las diferencias entre los alumnos y la portera.
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La directora optó por tomar medidas
del tipo presión psicológica,
así que decidió que se expulsaría
a los responsables, eligiendo al azar a los acusados,
presionándolos para obtener un clima de traición
generado por la desesperación y, así, obtener
los nombres de los verdaderos responsables, ya que después
de desatado el incidente fueron sumándose los demás,
incluidos los alumnos más notables, destacados
por su buena conducta, disposición al estudio y
respeto a los profesores.
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Los alumnos, en lugar de asustarse, informaron a sus
padres, quienes rápidamente se reunieron con
los demás argumentando que todos los alumnos
eran responsables y que de alguna manera la portera
había contribuido a esa imagen negativa que tenían
de ella y que nunca hizo lo posible para acercarse a
ellos y demostrarles que su actitud era por el bien
de ellos y no por maldad.
Además, destacaron que son los mayores quienes
deben establecer la diferencia frente a los jóvenes
para así ser buenos modelos de conducta, no solamente
cuando las cosas están bien, sino también
frente a situaciones límite como la que experimentó
Olga.
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De ese modo sabían que no era posible la aplicación
de amonestaciones colectivas, ya que eso denotaría
que los alumnos tendrían motivos para tal comportamiento.
También argumentaron que la directora no debe
ejercer el poder de forma autoritaria, ya que los métodos
empleados para obtener la verdad, no porque funcionen
son necesariamente buenos; por el contrario, crean un
profundo malestar en todos.
Al plantear esta reclamación ante el conjunto
de docentes y la directora de la institución,
ésta última demostró una postura
muy inflexible y con poca voluntad para cambiar de actitud.
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Consideró que esta coacción puede significar
un acto de justicia, que se fundamenta en un fallo ejemplar
que demuestra o compromete una valoración hacia
las demás personas y hacia la institución.
Esto ayuda a corregir las actitudes propias de la actualidad,
que tienden a la deshumanización (carencia de
respeto), a la aniquilación del otro por la exaltación
del yo mediante su humillación.
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Los padres, quienes jugaron un papel secundario pero
no por eso irrelevante, cuestionaron las decisiones
de la directora. Algunos decían: Si esto
ocurre en un colegio de ese perfil religioso, debemos
preguntarnos por qué pasan estas cosas, luego
de tantos años de trayectoria. Otros
más conservadores se planteaban: Mi hijo
tiene 12 años de educación religiosa
y después de tanto tiempo me vienen a decir
que es un delincuente. Creo que es correcta
una sanción, pero no la expulsión de
los alumnos, explicaba un padre.
El incidente, no obstante, seguía sin resolverse.
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