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Entrevista a Silvia Di Segni Obiols1
(Universidad de Buenos Aires)
Según el último informe del Fondo de población
de la UN, la mitad de la población mundial tiene menos
de 25 años y de ese 50% un 20% está constituido
por adolescentes entre 10 y 19 años. Si pensamos en
la adolescencia como un período en que entran en crisis
valores y actitudes sostenidas hasta entonces con particularidades
propias según el nivel socioeconómico y cultural
de origen, nos parece que abordar esta temática de
los jóvenes, sobre todo en relación a determinadas
instituciones como son la escuela y la familia puede ser un
tema de interés
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¡Mírame a los ojos! Tengo
la sabiduría en ellos. Este presente no lo comprende.
Olhe meu olhos! Tenho neles a sabedoria. Este presente
não o comprende
Grupal - Escuela Ejército de los Andes, 13 y
14 años
Lomas de Zamora, Argentina
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Creo que el tema se puede plantear de esta manera: ¿qué
influencias encuentra hoy en su educación un prepúber,
un púber o un adolescente? Hasta la segunda mitad del
siglo XX se encontraba con los padres, con la escuela y con
alguna religión que tenía influencia sobre su
educación; los pares tenían muy poco peso. A
partir de la segunda mitad del siglo XX esto cambia al aparecer
una influencia nueva, la "cultura adolescente",
que se transmite sobre todo por los medios masivos y que está
destinada a este público. El adolescente no es descubierto
por el mercado hasta la década del 50 junto con el
rock que es su bandera musical. Desde entonces comienzan a
producirse una serie de artículos destinados a él:
camperas, aparatos de audio, viajes de egresados, zapatillas,
rock, además de otras muy dañinas como drogas
y publicidades de bebidas alcohólicas.
Al mismo tiempo que emerge y se consolida esta cultura adolescente,
la cual obviamente es dirigida por adultos, correlativamente
y en parte como consecuencia de ella se va desarrollando una
crisis del rol del adulto. Una imagen de adulto que parecía
químicamente puro, sin debilidades, sin rasgos infantiles,
comienza a resquebrajarse; se empiezan a ver sus fallas y
sufre una crisis. Va perdiendo lugar como modelo social y
aparecen algunas consecuencias positivas de este proceso:
se acorta la brecha generacional, se establece una mejor comunicación
entre las generaciones en la medida en que se pierde una verticalidad
que se deslizaba fácilmente al autoritarismo. Pero
también es cierto que es difícil llegar a un
equilibrio, salir del rol autoritario y no convertirse en
un compinche. Mantener un lugar especial donde uno siga siendo
adulto sin por eso alejarse en la comunicación ni impedir
que el adolescente pueda apoyarse en sus mayores.
Correlativamente, la escuela y las religiones entraron en
crisis. Las grandes religiones de Occidente sufrieron una
crisis después de la Segunda Guerra Mundial de la cual
todavía no se han recuperado demasiado. De hecho lo
que vemos es el auge de las sectas a través de las
cuales mucha gente busca otras variantes, otras opciones.
En el consumismo entraron también las religiones. Y
algunas nuevas se ofrecieron a la medida de cada uno, según
lo que a uno le guste o en lo que pueda creer. La quiebra
de las religiones tradicionales y del rol adulto produjo una
fuerte pérdida de valores o la dilución de los
mismos. Hay que pensar que el papel del adulto, fuera un pastor,
fuera un padre o una madre, suponía explícitamente
transmitir valores. Y en la medida en que se produjo una crisis,
en la medida en que nosotros empezamos a dudar de cuáles
eran nuestros valores, a replanteárnoslos, a pensar
si realmente seguíamos creyendo en ellos tan fielmente,
se volvió difícil trasmitirlos. Y en ese marco,
fueron creciendo las sucesivas generaciones.
La escuela, por su parte, sufrió su propia crisis,
producto indeseable de algo que es muy positivo. La escuela
pública ha sido uno de los grandes logros de los últimos
siglos pero, al mismo tiempo, en la medida que la escuela
se hizo masiva, que requirió cada vez más docentes,
que llegó a capas más amplias de la población,
se hizo también muy difícil sostener un nivel.
Es obvio que es más fácil sostener un nivel
para pocos que para muchos, aunque sea mucho más importante
llegar a muchos. El resultado fue que la escuela y el docente
perdieron valor en la sociedad; no era lo mismo la maestra
de la década del 50, que era considerada la vanguardia
cultural, que la consideración que recibe el maestro
hoy, un maestro que muchas veces queda en la retaguardia,
que muchas veces no tiene tiempo ni medios, ni posibilidades
de acceder a actualizarse.
Entonces el joven se va encontrando con esta situación:
con una escuela en crisis, con un adulto en crisis, con valores
en crisis. Ahora, cuando digo crisis no estoy diciendo que
todo vaya para mal. La crisis, como sabemos, es siempre una
posibilidad de apertura y de crecimiento. Lo que ocurre es
que mientras estamos en ella no es fácil trasmitir
un mensaje claro. Y, al mismo tiempo, se encuentra con la
cultura adolescente que aparece mucho más segura que
todo lo demás porque su objetivo es vender y, cuando
se vende no se duda, se asegura que el producto es bueno.
Y les vende música, cigarrillos, gaseosas al mismo
nivel que la cerveza, les vende muchos productos y lo hace
con una aparente muestra de seguridad y una imagen muy clara.
En eso los adultos perdemos porque nosotros tenemos muchas
dudas. Y esto no es un fenómeno que uno pueda decir
es propio de un país como el nuestro, la Argentina,
que sufre una especial crisis de valores junto a una terrible
crisis socioeconómica sino que, con mayor o menor acento,
se ha globalizado a Occidente, por lo menos; y, hay que decir,
que en el último tiempo, Japón, por ejemplo,
está dando muestra que esto también le está
pasando. Es una crisis bastante generalizada. Esto para mí
sería el planteo general, cómo sacar lo mejor
de la crisis y al mismo tiempo tratar de transmitir algo a
los chicos en este marco muy dinámico, es decir que
tiene una gran riqueza de posibilidades pero
en movimiento.
Fitoussi y Rosanvallon, en La nueva era de las desigualdades,
sostienen que las sociedades modernas experimentan un nuevo
malestar resultado de la falla simultánea de las instituciones
que hacen funcionar el vínculo social y la solidaridad
de lo que resulta la crisis del estado providencia, de las
que se ocupan de las formas de relación entre economía
y sociedad que se traduce en crisis de trabajo y las encargadas
de gestar las identidades individuales y colectivas que se
manifiestan como crisis del sujeto. Es interesante observar
cómo en los tres ámbitos se presenta una crisis
de sentido, crisis de sentido de la que no es ajeno el adolescente
ni el adulto.
Es importante esto que traes en relación
a la subjetividad porque hay otra crisis
Antes dije
con qué se encuentra un adolescente en relación
a su entorno, pero también se encuentra con su propia
crisis, que es una crisis vital, importante, necesaria, donde
él tiene que poner en duda todo lo recibido y tamizar
para ver con qué se queda de ello. Entonces, es otro
elemento más que está en movimiento en esta
etapa, que, si el marco externo no está relativamente
estable y equilibrado, quiero decir si no tiene una familia
razonablemente continente y estable en sus valores, en lo
que le aporta, una escuela que lo acompañe, la crisis
puede ser caótica porque es muy difícil tolerar
todo esto al mismo tiempo. Este es un punto.
Ahora, la otra cuestión que me parece muy importante
acá es qué valores rescatar. Porque efectivamente
uno no puede fanáticamente en un mundo donde, justamente,
mientras nosotros estamos en medio de mucha crisis y mucho
cambio, otros proponen soluciones fanáticas, decidirse
por ellas. Entonces es importante pensar sobre qué
bases hacer pie en vistas a la tolerancia y la variedad que
queremos sostener. Y quizá lo único en que podamos
acordar como valores, que es muy importante por otro lado,
sea la Declaración de los Derechos Humanos. Derechos
que podemos compartir desde distintas posturas religiosas
o no religiosas y podemos sustentarlos desde distintas etnias.
El problema siempre es la bajada de esos valores, cómo
llevarlos al mundo real donde permanentemente hay una marea
en contra, donde se propone el individualismo contra la solidaridad,
el fanatismo contra la tolerancia. Hay que pensar que la adolescencia
por sí misma es una época fanática pero,
si lejos de ser contenido y matizado, ese fanatismo es fomentado
por los adultos que rodean a los jóvenes en el fútbol,
en la música, en las guerras donde hay que matar a
los otros o destruirlos porque no son buenos para nosotros,
evidentemente estamos atentando contra valores que nos ha
llevado siglos tratar de levantar y de acordar sobre ellos.
Insisto en esto, ¿por qué tienen mucho éxito
estos contravalores? Porque movilizan lo más infantil
de cada uno: el egocentrismo, el narcisismo, el estar metido
dentro de uno y no importarle el otro, el "salvarse"
individualmente, el creerse mejor que el otro. En estos aspectos
no somos impermeables los adultos. De ninguna manera.
Creo que una de las cosas fundamentales que tenemos que pensar
es qué es lo que trasmitimos a los jóvenes a
través de actitudes y no en palabras. Los años
60 del siglo XX apuntaron contra la hipocresía burguesa,
intentaron transparentar las actitudes, evitar que los trapos
sucios se limpiaran en casa, a escondidas unos de otros y
que el polvo se acumulara bajo la alfombra. Se logró
mucho y, en ese sentido no se puede decir que todo tiempo
pasado anterior a esos cambios haya sido mejor. El problema
hoy, cuando no queremos hipocresía, es tratar de ver
cómo logramos que haya coherencia entre las palabras
y las actitudes y ésta es una tarea que tenemos que
hacer todo adulto constantemente.
El tema de la hipocresía me recuerda al resultado
de las elecciones en España, que en función
del manejo que se hizo de la información del atentado
dio como resultado un cambio en las elecciones atravesadas
por un fuerte escepticismo en torno a la figura política
Mencionas el escepticismo, me parece importante, porque hay
un momento en el cual uno se pregunta ¿un partido mintió?,
¿el otro utilizó?, ¿los dos utilizaron?,
¿a otro le fue bien porque se portó bien? No
se sabe. Hay un momento en que, finalmente, surge un fuerte
escepticismo respecto a las figuras políticas; esto
es algo que se ha generalizado mucho porque hemos visto tantas
ya de estas cosas, de estas manipulaciones que finalmente
uno tiende a no creer en nada. Y está bien no creer
fanática o ingenuamente. Pero no vamos a ningún
lado si no depositamos cierta confianza en las figuras que
tienen que llevar adelante un país. Lograr ese equilibrio,
es difícil y tiene peso sobre nuestros jóvenes
que nos ven no creyendo en nada, ni en nuestra misma generación.
Hay muchos estudios que nos muestran cómo cambió
la valoración que los jóvenes tenían
sobre la participación política en décadas
pasadas con respecto a la actual. Hoy la participación
se expresa de otra manera, por ejemplo en el crecimieno del
voluntariado. La función de síntesis que ofrecía
la política dejó de ser efectiva y el interés
está más focalizado.
El voluntariado, las ONG, aparecen como propuestas nuevas,
alejadas de los partidos políticos que recibieron todo
el peso de la crisis. Pero todas estas organizaciones, en
mayor o menor medida, arrastran la crisis adulta ya que están
compuestas por personas de esa generación. A esto se
suma la crisis de las ideologías, la muerte de las
ideologías de la que tanto se habló y que sigue
vigente. En vez de declararlas muertas, descartables, sería
mejor pensar por qué entraron en crisis y repensarlas,
ya que tal vez ese proceso no esté terminado como sostienen
algunos filósofos, Habermas, en particular, para quien
la modernidad no terminó; no hay que darla por cerrada
sino que es necesario repensarla, criticarla y seguir adelante.
Tal vez este sea un buen camino. Por ejemplo: ¿cuáles
eran los valores modernos que hoy seguimos pensando que tienen
sentido? El valor del esfuerzo, el valor del trabajo ¿cómo
resucitarlos?
Efectivamente, el consumismo generó la ilusión
de que el dinero parecía poder conseguirse fácilmente
a través del crédito y se podía gastar
y obtener satisfacción rápida. Esto entierra
rápidamente esta cultura del trabajo; una cultura del
trabajo que, tal como la planteaban aquellos inmigrantes externos
o internos que llegaban a sus destinos y desplegaban un enorme
esfuerzo trabajando 24 por 24 para salir adelante, hoy en
día sería difícil de sostener. Y quizás
ni siquiera sea sano hacerlo así. Pero también
hay que rescatar que era una cultura del trabajo y del esfuerzo
que dio enormes frutos.
Yo creo que esta cultura del consumismo tiene, lamentablemente,
otro peso importante, penetra muchísimo y penetra en
sectores sociales de muy poca capacidad de consumo. A pesar
de ello, les vende a los jóvenes la idea se sentirse
ilusoriamente ricos, fumando un cigarrillo tal, bebiendo la
bebida tal, poniéndose tales zapatillas. El que se
ve ganado por esa ilusión puede terminar saliendo a
robar esas zapatillas o un kiosco. Porque evidentemente es
muy fuerte la ilusión de pertenecer por el mero hecho
de tener tal objeto sobreidealizado. No hay que olvidar que,
como lo cuenta Naomi Klein en No logo, grandes marcas de zapatillas
en Estados Unidos prueban los nuevos modelos con la población
afroamericana más pobre porque si ellos dicen que valen,
esas son las que se venden. No van a la gente más rica
que seguramente las puede comprar sino a aquellos que se van
a matar para conseguir el dinero para tenerlas; hacer lo imposible
para tener la ilusión de pertenecer a ese grupo.
Frente a esta ilusión que vende la cultura del
consumismo, la pregunta que se plantea es cómo es posible
restablecer, refundar una cultura del esfuerzo que trascienda
una conducta voluntarista cuando no se mantienen los resultados
beneficiosos sobre los que esta práctica se asentaba,
como el progreso, el acceso al trabajo, para nombrar algunos.
Sobre este punto creo que hay varios problemas; en primer
lugar que, en alguna medida, la misma escuela ha desdibujado
el valor del esfuerzo con la idea de que al niño hay
que retenerlo en la escuela porque la calle es peligrosa y
hay que retenerlo de cualquier manera. Haga lo que haga es
mejor que se quede adentro. Llevada al extremo esta postura,
como se ha llevado en algunos casos en nuestro país,
no creo que esto haya sido una gran política porque
finalmente termina ocurriendo que la calle se mete en la escuela,
es decir, finalmente las drogas, la violencia y todo lo demás
pasa por la escuela porque, evidentemente, la escuela no logra
otra cosa más que eso. Entonces ahí también
se requiere cierto equilibrio. Tampoco se trata de hacer toda
la presión y el que no rinde, adiós. Pero hay
que tener mucho cuidado en cómo se plantean las cosas
porque la escuela debe ser un lugar donde se valorice el esfuerzo.
Y por otro lado, los padres como adultos acompañando
a la escuela, muchas veces tampoco valorizan el esfuerzo.
Estamos frente a una generación adulta que muchas veces
se queja de lo poco que consiguió en relación
al esfuerzo realizado; ese discurso lo absorben sus hijos.
Por supuesto, hay una parte del problema que, efectivamente,
excede el marco de los educadores y es que la sociedad ofrezca
posibilidades. Esto es imprescindible. Pero después,
si están las posibilidades, es muy importante que la
escuela y la familia no pierdan de vista esta idea de que
el conocimiento de cualquier cosa que se quiera aprender pasa
por el esfuerzo. Cuando digo cualquier cosa que se quiera
aprender, creo que tenemos que abrir el abanico porque muchas
veces los adultos, docentes o padres, tenemos una visión
restringida de aquellas carreras tradicionales o posibilidades
laborales, algunas de las cuales están en crisis y
no son tan posibles ni lucrativas como eran antes, ni dan
tantas satisfacciones, Simplemente, si se compara lo que es
una Guía del Estudiante hoy, que es un tomo que debe
tener 500 páginas, con lo que era 30 años atrás,
que si tenía 100 páginas era mucho, se han sumado
infinidad de carreras que nadie creía que tuvieran
valor y que pueden ser importantes y muy exitosas. Primero
hay que abrir la cabeza en eso, pero al joven hay que mostrarle
que vaya a hacer lo que haga: música, gastronomía,
física-nuclear, medicina o lo que le dé la gana,
nada de eso se consigue sin esfuerzo. Esto hay que pelearlo
desde la niñez porque a través de los medios
se le vende permanentemente la idea de que puede hacer el
bachillerato en tres años, puede estudiar inglés
en cuatro semanas, puede hacer gimnasia sin esfuerzo, sin
cansarse, y puede adelgazar sin hacer dieta. Hay toda una
publicidad del placer que hay que contrarrestar cotidianamente.
Insisto en esto, creo que la escuela compró algo de
eso, en el sentido de pensar que todo se podía enseñar
lúdicamente y sin esfuerzo. Y el juego es una cosa
y la enseñanza es otra. Creo que incluso el juego se
pervierte cuando hay que incluirlo en la escuela todo el tiempo.
Una cosa es que se haga un juego con un motivo, como una técnica
grupal, y otra es que todo tenga que ser "lúdico",
porque finalmente no es ni divertido, ni enseña.
En ese sentido creo que ahí también nos hemos
ido al otro lado, de la escuela que no permitía ni
una sonrisa a la escuela donde siempre debemos estar divirtiéndonos.
Son estos movimientos pendulares, producto de la crisis, los
que debemos equilibrar.
Sin duda que esto tiene que ver con los péndulos
de la crisis, pero, precisamente por eso, lograr un equilibrio
es difícil, sobre todo cuando ese equilibrio supone
ir contra propagandas, modas que estimulan en el chico un
menor esfuerzo. Los adultos encuentran ahí competidores
fuertes.
Creo que los seres humanos somos los seres vivos con mayor
intolerancia a la frustración al nacer. Damos muestra
de ello con los primeros berridos, cuando cualquier otro animal
se levanta y camina y se busca su comida, nosotros, que nacemos
bastantes inmaduros, nos pasamos un buen tiempo berreando
para conseguir lo que queremos. Y, la tolerancia a la frustración
tenemos que incorporarla en toda su dimensión, es algo
que hay que enseñarles a los chicos desde que nacen,
por supuesto en la medida justa para cada edad. Así
el pediatra puede decirle a la mamá que lo deje llorar
porque no le va a pasar nada cuando tiene satisfechas otras
necesidades y sólo necesita dormir, que no lo alimente
cada media hora porque no le hace bien. A partir de ahí
hay pequeñas tolerancias que debemos ir aprendiendo.
Por ejemplo, es necesario aceptar que ni bien se toma una
guitarra el sonido que sale es un desastre y que es necesario
gastarse los dedos hasta que hagan callos y ponerlos en el
lugar que corresponda para tener un buen resultado, pero hasta
que eso ocurra es imprescindible la tolerancia a la frustración.
Y en eso, el problema con el que nos encontramos, es que
tenemos una generación adulta que le tiene lástima
al niño: ¡pobrecito!, ¡qué lástima
frustrarlo!, y no sólo lástima sino que desecha
el ponerse en el lugar de alguien que tenga que decir que
no cuando es mucho más agradable ser súper mamá
o súper papá y decirle que sí a todo.
Eso tiene patas cortas. Hay que tener en cuenta que, el niño,
aún el de sectores humildes hoy en día, puede
ser criado sin tolerancia a la frustración. Es tal
lo que la industria produce que, en los primeros años
de vida cuando el niño no discrimina marcas, padres
con recursos apenas por encima de lo necesario para la subsistencia
pueden darle mucho de lo que pide y entonces sus hijos también
pueden crecer sin mayor tolerancia a la frustración.
Ahora bien, a medida que el niño crece eso se va cortando
porque quiere cosas más importantes o quiere cosas
que no se compran como ser exitoso, ganar su dinero o un novio
o una novia. Entonces ¿qué hacemos? Y es ahí
donde el atajo ante la frustración pueden ser las drogas
porque, como no toleran ninguna, es mejor tomar algo para
sentirse bien. La clave está aquí: todos tenemos
que aprender a manejar la frustración. Antes parecía
natural la tolerancia a la frustración porque la educación
era tan frustrante que efectivamente se incorporaba, ahora
no. Ahora tenemos que producirla, tenemos que evitar darle
al niño todo lo que podamos sobre todo en los sectores
medios que, por la crisis económica han pasado de una
época donde parecía que el dinero era fácil
a una época donde hubo un muy brusco corte de dinero.
Hoy en día en los consultorios recibimos adultos de
sectores medios muy deprimidos porque luego de haberles dado
a sus hijos todos los gustos, cuando finalmente las cosas
le fueron mal por la crisis económica, en vez de recibir
apoyo, solidaridad de sus hijos, recibieron rechazo y maltrato
porque dejaron del día a la noche de ser los padres
superpoderosos y eso nadie se los agradeció. Les hubieran
agradecido si hubieran sido criados con cierta tolerancia
a la frustración de manera de poder adaptarse a una
época peor, pero eso no ocurrió.
A los padres trabajar en este sentido les exige mucha
constancia y también, en cierta medida, tolerancia
a la frustración.
Efectivamente. Para nosotros, adultos padres, es una tentación
espantosa convertirnos en el ideal del niño. Ser una
persona maravillosa que le da todo lo que quiere. Un ideal
nocivo, porque no es el ideal del esfuerzo, del trabajo, de
determinados valores, sino el ideal omnipotente del que ofrece
siempre placer, que es el ideal de esta época. Hay
una fuerte tentación de ubicarse en ese lugar ya que
es mucho más pesado ser constantemente alguien que
está regulando las cosas, que está midiendo,
que está diciendo que no a esto y a lo otro que sí.
A la larga, y no tan larga, porque esto supone infancia y
parte de la adolescencia, esto tiene beneficios enormes; pero
en lo inmediato es más trabajoso.
En estas personalidades hedonistas, narcisistas que fue
creando nuestro tiempo, que fuimos creando, ¿cómo
trabajar la cuestión del otro, del diferente, de la
aceptación del otro como diferente?
Descartando lo que se llama hoy trastornos narcisistas de
la personalidad, que son trastornos graves en los que, efectivamente,
la falla está en la imposibilidad de sentir empatía,
de sentir lo que le pasa al otro, de sentir afecto por el
otro, el problema es que la sociedad occidental actual parece
estar barnizada por lo que Christopher Lash, un historiador
norteamericano, llamó la "cultura del narcisismo".
Hay un barniz narcisista en todo: en el aumento del individualismo,
en el exitismo, en la superficialidad de los sentimientos,
en sentirse perteneciente a un grupo superior. La escuela,
por su parte, en tanto una institución fundada en la
modernidad aspira a ser abierta, tolerante y variada en relación
a divergencias culturales, étnicas, religiosas y, una
de las cosas que el chico tiene que aprender a tolerar en
ella es que no necesariamente está dirigida a él
en particular.
La poca tolerancia a la frustración, la cultura del
narcisismo, sin duda hacen hoy más difícil descubrir
al otro. Nosotros hacemos todo el tiempo énfasis en
los jóvenes, porque nos preocupan, pero personalmente
creo que no podemos nunca dejar de visualizar la dupla adulto-niño,
adulto-joven o adulto-anciano. Y el eje pasa por nosotros,
los adultos. Porque si se le pide a la escuela que haga todo,
trabajando algunas horas por día con los niños
o con los adolescentes, no alcanza. Creo que hay que trabajar
sobre la condición adulta y eso no es función
de la escuela. Hay que poder lograr que nosotros, los adultos,
en tanto padres y docentes tengamos otra actitud, aprendamos
junto a los pediatras, los asistentes sociales, los jueces
e institutos de minoridad a hacernos cargo del rol y que logremos
trasmitirles a los jóvenes valores en ese amplio espacio
de la vida a la que la escuela no llega, porque si no la escuela
queda desbordada.
A la escuela se le fue pidiendo sustituir cada vez más
a los padres y no puede realizar todo lo que se le pide. Puede
educar en valores, por ejemplo tal como se le ha pedido, tenemos
Formación Ética y Ciudadana como materia para
ello; puede educar a través de la figura del docente
y a través de lo teórico, pero no puede contrapesar
en cuatro u ocho de escuela todo lo que pasa alrededor. De
ninguna manera. La influencia tiene que pasar por otras vías
también y más vale quitarle carga a la escuela
como para que pueda cumplir su rol específico. En cambio
de esto, lo que vemos es que cada vez tiene que cumplir con
más funciones: dar de comer, vacunar, detectar enfermedades,
tiene que hacer de padre y madre. Pero no de chicos de la
calle, lo cual sería entendible, sino, lo que es peor,
de chicos que tienen medios y también padre y madre,
pero son huérfanos de alguien que se ocupe de ellos
pues están ahí como un objeto más de
la casa pero no como alguien a quien atender.
En buena medida creo que muchos adultos actuales han ido
perdiendo la idea de que el esfuerzo que conlleva criar un
niño es retribuido a la larga con amplitud en afecto,
en compañía, en intereses nuevos que a uno le
despiertan a su vez nuevas motivaciones, siempre que uno se
haya hecho cargo del niño en su momento. En cambio
lo que vemos es que hay muchos adultos que quieren ser jóvenes
eternos y sienten que es más divertido salir a bailar
todas las noches y que al niño lo críe otro
o que "deben" trabajar el doble -no para cubrir
necesidades básicas, lo cual es perfectamente entendible
incluso por sus hijos, sino para pagarse más vacaciones
o cambiar el auto, lo cual no es tan entendible-. El niño
crece solo y el resultado es que a la larga los adultos se
encuentran que cuando quieren recoger frutos no hay frutos,
porque sus hijos no tienen demasiado interés en ellos
así como no lo tuvieron los mayores hacia ellos. Efectivamente,
somos nosotros los primeros que tenemos que entender que si
aceptamos criar un niño es un sacrificio en buena medida,
un esfuerzo, pero que da muchas satisfacciones inclusive mientras
se lo va haciendo, a la larga es maravilloso y ahorra muchos
problemas y conflictos personales y sociales.
Veíamos la importancia de trabajar sobre la condición
de adulto en la problemática adolescente. Pero también
es una realidad que la escolarización del adolescente
constituye un gran desafío y esta escolarización
muchas veces se desarrolla en un ámbito muy desvalorizado
por el mismo adolescente y por la sociedad en general.
Para valorizar la escuela creo que lo importante es que el
docente esté muy bien formado y esto no siempre ocurre
porque al docente no se les dan excelentes oportunidades y
las mejores no están a su alcance por cuestiones económicas
con lo que no es tan fácil lograr esto, aunque me parece
imprescindible. Este es un aspecto. El docente que está
bien formado es valioso socialmente y reconocido por el estudiante.
Por otra parte, el asunto es cómo se logra que la escuela
sea valorada por el chico. Se han hecho intentos por el lado
de aggiornar, de actualizar la escuela tratando de
incorporar a ella la cultura adolescente. Me parece que esto
no va; que es nefasto desde todo punto de vista. Lo único
que se logra es que para este chico la escuela no le interese
más una vez que lo de afuera se incluye en ella. Se
han hecho intentos valiosos de actualizar los contenidos de
la escuela. Eso es algo atendible y que debe hacerse con cuidado
porque hoy actualizar puede querer decir incluir infinita
cantidad de conocimientos nuevos y diversos; es difícil
hacer una buena selección de qué es lo importante
y qué no lo es y conseguir que la escuela transmita
lo que uno podría considerar fundamental en las disciplinas
y no cargar de enorme cantidad de información al estudiante.
Todo esto implica realmente repensar a la institución
escolar muy a fondo. Desde mi punto de vista creo que es fundamental
capacitar a los docentes y, sobre todo, creo que es muy importante
quitarle a la escuela actividades de las cuales no debería
hacerse cargo, que tendrían que pasar por el hospital,
por la familia, por un asistente social antes que por la escuela,
o por una organización no gubernamental o comunitaria
que se hiciera cargo, por ejemplo de alimentar a los niños
que lo necesitan y permitir a la escuela hacer su papel específico.
¿Y cómo definiría hoy usted esta
visión de para qué es la escuela?
Creo que la escuela sigue siendo el lugar donde obtener los
conocimientos y desarrollar las habilidades básicas
para poder seguir estudios superiores o una formación
técnica; es decir, abrir el camino al trabajo o a estudios
superiores. Esto hoy no se logra y lo reclaman los medios
cada vez que un número enorme de jóvenes fracasa
en los exámenes que hacen algunas universidades y también
lo reclama la sociedad: cuando puede ofrecer trabajo no encuentra
jóvenes bien capacitados. Sabemos que un enorme número
de jóvenes fracasa en sus intentos de seguir estudiando
y de conseguir trabajo con las herramientas que trae de la
escuela. Vemos con sorpresa que están llegando a la
universidad y no pueden comprender lo que leen, habilidad
que suponíamos que se adquiría en la escuela
primaria. Entonces hemos querido abarcar tanto que no logramos
transmitir ni siquiera las habilidades básicas. Hablábamos
antes de política. Un joven que llega a la escuela
secundaria, no hablo ni siquiera de estudios superiores, y
no sabe hablar en voz alta, qué posibilidades tiene
de participar en una asamblea, de hablar frente a un grupo
de personas; se han perdido habilidades imprescindibles. Nos
estamos ocupando de que tenga cada vez más información
y tenemos escuelas con una enorme cantidad de materias porque
eso vende más para los padres. Pero resulta que se
nos pierde de vista lo básico: adolescentes que escriban
correctamente, que sepan poner en palabras lo que piensan.
Nos estamos perdiendo en cosas que se pueden vender en el
mercado de consumo pero donde se nos perdió de vista
el joven con sus habilidades básicas bien integradas.
Esta crisis por la que está pasando la escuela
no es ajena a la crisis en el mundo del trabajo, pues antes
la escuela preparaba para el trabajo pero era posible conseguirlo.
Esa posibilidad hoy está en duda y por eso la relación
del joven con el trabajo también cambió.
En ese aspecto pasan cosas llamativas porque el mundo del
trabajo tampoco es ajeno a las modas. Y ocurre, por ejemplo,
aún en nuestro país con todas las dificultades
económicas que hay, que hay carreras que tienen salida
laboral prácticamente asegurada y los chicos o no las
conocen o creen que no les interesan. Y es notable que ni
el estado se ocupe de difundirlas, incluso becar y promoverlas
por su salida laboral. En cambio está de moda tal cosa
y van enormes cantidades de chicos a una carrera sin ninguna
perspectiva cierta de trabajo. No estoy hablando de restricciones
sino simplemente de orientaciones, porque a lo mejor, si lo
piensa dos veces, le da lo mismo hacer un estudio que otro
y tiene capacidades para hacer los dos y, en un caso, puede
tener una salida laboral y, en el otro, no. En ese sentido,
desde la cultura, creo que utilizamos mal los medios masivos
para orientar a los chicos hacia aquello que les puede ofrecer
mejores oportunidades y desalentarlos de situaciones donde
por el mero número que son se les reducen las posibilidades.
Por otra parte, si antes la escuela secundaria permitía
llegar entrar en el mundo del trabajo y llegar con los años
a cargos altos, hoy apenas sirve para trabajar en un supermercado;
esto es necesario repensarlo quizás al revés
de cómo se lo suele hacer, desde el mundo del trabajo
hacia la escuela y no desde la escuela, bastante aislada por
cierto, hacia un supuesto mundo del trabajo.
Poder dar una dirección a los intereses de los
jóvenes hacia carreras con salida laboral respondería
a un plan más amplio en política educativa o
en política en general del que carecemos.
Yo creo que tenemos que darle a los jóvenes una noción
de diferentes realidades y de sus posibilidades dentro de
ellas para poder insertarse mejor, sea en sus proyectos laborales
como en seguir formaciones superiores. Lo que voy a decir
es una idea inmadura que merece profundizarse mucho más
y que parte del hecho de que nuestro país ha eliminado,
con razón y luego de una situación profundamente
dramática, el servicio militar. Creo que, cuando hacemos
un gran cambio como ese no registramos el impacto ambiental,
diría yo, que tiene. Aquella era una situación
realmente autoritaria, de mal trato, de poco beneficio para
el joven que la pasaba. Pero muchas veces los sectores más
humildes lograban alfabetizarse, algunos aprendían
un oficio y, además, no pocas veces, todos iban a otros
lugares alejados del propio y conocían otras realidades.
Entonces, ¿estos aspectos beneficiosos se pueden rescatar
en otra forma que sea mejor que un servicio militar y destinado
tanto a varones como mujeres? Nuestro país, sobre todo
con la crisis económicosocial que vive, podría
tener una especie de servicio civil para los jóvenes
cuando terminaran su escuela. Este podría ocupar los
tres meses del verano y ser destinado a que fueran a ayudar
a construir una escuela, a pintar, a sembrar una huerta colectiva,
o alfabetizar. Los que recibieron educación podrían
alfabetizar a los que no lo están y los que saben levantar
una pared enseñárselas a hacer a los que nunca
vieron el cemento ni el ladrillo. Es decir, un espacio en
el que hubiera un intercambio entre sectores sociales, de
saberes, de experiencias, de capitales culturales diferentes,
donde se profundizara el conocimiento del propio país,
de sus serios problemas. Para muchos jóvenes de sectores
medios y altos sería la oportunidad de abandonar ese
dislate del viaje de egresados que, en los hechos, para muchos
aparece como una iniciación en el alcohol y otras drogas,
para los jóvenes de menores recursos sería la
oportunidad de vivir una experiencia en sitios inaccesibles
para sus familiares de los que volvieran con conocimientos
y estímulo para seguir desarrollándolos.
Antes habíamos hablado del importante papel que
cumplió la escuela en la modernidad, así como
de algunas cosas que no fueron tan positivas y que había
que corregir como el autoritarismo, el miedo, ¿qué
valores piensa usted que debe rescatar la escuela de la modernidad
y qué de la posmodernidad?
Creo que la escuela debe rescatar de la modernidad la exigencia
y el esfuerzo. La exigencia debe entenderse para los docentes,
para los alumnos y también para los padres en términos
de acompañar este proceso de los jóvenes y respetar
lo que la escuela propone. Tiene que rescatar de la posmodernidad
todo lo que hemos aprendido sobre continencia desde el punto
de vista afectivo, sobre comunicación entre nosotros
y entre las generaciones como para no dejar al niño
solo ni traumatizarlo; todo lo que hemos aprendido de pedagogía,
de psicología infantil y del adolescente, como para
acompañarlo de la mejor manera. Pero lo que no se puede
olvidar es que debe haber exigencia y esfuerzo. Esta me parece
que es la síntesis que debemos lograr que no es sencilla
pero que podemos hacerla.
Muchas gracias
Nota:
1 Médica psiquiatra;
docente del Departamento de Salud Mental de la Facultad de
Medicina de la Universidad de Buenos Aires, Argentina; jefa
del Departamento de Filosofía y Psicología del
Colegio Nacional de Buenos Aires. Autora de de Adultos en
crisis/Jóvenes a la deriva y otros libros.
Correo electrónico sdisegni@fibertel.com.ar
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