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Ciudadanía, democracia y valores en sociedades plurales

Número especial: Los jóvenes y los valores

ISSN 1728-0001

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Entrevista a Silvia Di Segni Obiols1 (Universidad de Buenos Aires)

Según el último informe del Fondo de población de la UN, la mitad de la población mundial tiene menos de 25 años y de ese 50% un 20% está constituido por adolescentes entre 10 y 19 años. Si pensamos en la adolescencia como un período en que entran en crisis valores y actitudes sostenidas hasta entonces con particularidades propias según el nivel socioeconómico y cultural de origen, nos parece que abordar esta temática de los jóvenes, sobre todo en relación a determinadas instituciones como son la escuela y la familia puede ser un tema de interés

¡Mírame a los ojos! Tengo la sabiduría en ellos. Este presente no lo comprende.
Olhe meu olhos! Tenho neles a sabedoria. Este presente não o comprende
Grupal - Escuela Ejército de los Andes, 13 y 14 años
Lomas de Zamora, Argentina

Creo que el tema se puede plantear de esta manera: ¿qué influencias encuentra hoy en su educación un prepúber, un púber o un adolescente? Hasta la segunda mitad del siglo XX se encontraba con los padres, con la escuela y con alguna religión que tenía influencia sobre su educación; los pares tenían muy poco peso. A partir de la segunda mitad del siglo XX esto cambia al aparecer una influencia nueva, la "cultura adolescente", que se transmite sobre todo por los medios masivos y que está destinada a este público. El adolescente no es descubierto por el mercado hasta la década del 50 junto con el rock que es su bandera musical. Desde entonces comienzan a producirse una serie de artículos destinados a él: camperas, aparatos de audio, viajes de egresados, zapatillas, rock, además de otras muy dañinas como drogas y publicidades de bebidas alcohólicas.

Al mismo tiempo que emerge y se consolida esta cultura adolescente, la cual obviamente es dirigida por adultos, correlativamente y en parte como consecuencia de ella se va desarrollando una crisis del rol del adulto. Una imagen de adulto que parecía químicamente puro, sin debilidades, sin rasgos infantiles, comienza a resquebrajarse; se empiezan a ver sus fallas y sufre una crisis. Va perdiendo lugar como modelo social y aparecen algunas consecuencias positivas de este proceso: se acorta la brecha generacional, se establece una mejor comunicación entre las generaciones en la medida en que se pierde una verticalidad que se deslizaba fácilmente al autoritarismo. Pero también es cierto que es difícil llegar a un equilibrio, salir del rol autoritario y no convertirse en un compinche. Mantener un lugar especial donde uno siga siendo adulto sin por eso alejarse en la comunicación ni impedir que el adolescente pueda apoyarse en sus mayores.

Correlativamente, la escuela y las religiones entraron en crisis. Las grandes religiones de Occidente sufrieron una crisis después de la Segunda Guerra Mundial de la cual todavía no se han recuperado demasiado. De hecho lo que vemos es el auge de las sectas a través de las cuales mucha gente busca otras variantes, otras opciones. En el consumismo entraron también las religiones. Y algunas nuevas se ofrecieron a la medida de cada uno, según lo que a uno le guste o en lo que pueda creer. La quiebra de las religiones tradicionales y del rol adulto produjo una fuerte pérdida de valores o la dilución de los mismos. Hay que pensar que el papel del adulto, fuera un pastor, fuera un padre o una madre, suponía explícitamente transmitir valores. Y en la medida en que se produjo una crisis, en la medida en que nosotros empezamos a dudar de cuáles eran nuestros valores, a replanteárnoslos, a pensar si realmente seguíamos creyendo en ellos tan fielmente, se volvió difícil trasmitirlos. Y en ese marco, fueron creciendo las sucesivas generaciones.

La escuela, por su parte, sufrió su propia crisis, producto indeseable de algo que es muy positivo. La escuela pública ha sido uno de los grandes logros de los últimos siglos pero, al mismo tiempo, en la medida que la escuela se hizo masiva, que requirió cada vez más docentes, que llegó a capas más amplias de la población, se hizo también muy difícil sostener un nivel. Es obvio que es más fácil sostener un nivel para pocos que para muchos, aunque sea mucho más importante llegar a muchos. El resultado fue que la escuela y el docente perdieron valor en la sociedad; no era lo mismo la maestra de la década del 50, que era considerada la vanguardia cultural, que la consideración que recibe el maestro hoy, un maestro que muchas veces queda en la retaguardia, que muchas veces no tiene tiempo ni medios, ni posibilidades de acceder a actualizarse.

Entonces el joven se va encontrando con esta situación: con una escuela en crisis, con un adulto en crisis, con valores en crisis. Ahora, cuando digo crisis no estoy diciendo que todo vaya para mal. La crisis, como sabemos, es siempre una posibilidad de apertura y de crecimiento. Lo que ocurre es que mientras estamos en ella no es fácil trasmitir un mensaje claro. Y, al mismo tiempo, se encuentra con la cultura adolescente que aparece mucho más segura que todo lo demás porque su objetivo es vender y, cuando se vende no se duda, se asegura que el producto es bueno. Y les vende música, cigarrillos, gaseosas al mismo nivel que la cerveza, les vende muchos productos y lo hace con una aparente muestra de seguridad y una imagen muy clara. En eso los adultos perdemos porque nosotros tenemos muchas dudas. Y esto no es un fenómeno que uno pueda decir es propio de un país como el nuestro, la Argentina, que sufre una especial crisis de valores junto a una terrible crisis socioeconómica sino que, con mayor o menor acento, se ha globalizado a Occidente, por lo menos; y, hay que decir, que en el último tiempo, Japón, por ejemplo, está dando muestra que esto también le está pasando. Es una crisis bastante generalizada. Esto para mí sería el planteo general, cómo sacar lo mejor de la crisis y al mismo tiempo tratar de transmitir algo a los chicos en este marco muy dinámico, es decir que tiene una gran riqueza de posibilidades pero… en movimiento.

Fitoussi y Rosanvallon, en La nueva era de las desigualdades, sostienen que las sociedades modernas experimentan un nuevo malestar resultado de la falla simultánea de las instituciones que hacen funcionar el vínculo social y la solidaridad de lo que resulta la crisis del estado providencia, de las que se ocupan de las formas de relación entre economía y sociedad que se traduce en crisis de trabajo y las encargadas de gestar las identidades individuales y colectivas que se manifiestan como crisis del sujeto. Es interesante observar cómo en los tres ámbitos se presenta una crisis de sentido, crisis de sentido de la que no es ajeno el adolescente ni el adulto.

Es importante esto que traes en relación a la subjetividad porque hay otra crisis… Antes dije con qué se encuentra un adolescente en relación a su entorno, pero también se encuentra con su propia crisis, que es una crisis vital, importante, necesaria, donde él tiene que poner en duda todo lo recibido y tamizar para ver con qué se queda de ello. Entonces, es otro elemento más que está en movimiento en esta etapa, que, si el marco externo no está relativamente estable y equilibrado, quiero decir si no tiene una familia razonablemente continente y estable en sus valores, en lo que le aporta, una escuela que lo acompañe, la crisis puede ser caótica porque es muy difícil tolerar todo esto al mismo tiempo. Este es un punto.

Ahora, la otra cuestión que me parece muy importante acá es qué valores rescatar. Porque efectivamente uno no puede fanáticamente en un mundo donde, justamente, mientras nosotros estamos en medio de mucha crisis y mucho cambio, otros proponen soluciones fanáticas, decidirse por ellas. Entonces es importante pensar sobre qué bases hacer pie en vistas a la tolerancia y la variedad que queremos sostener. Y quizá lo único en que podamos acordar como valores, que es muy importante por otro lado, sea la Declaración de los Derechos Humanos. Derechos que podemos compartir desde distintas posturas religiosas o no religiosas y podemos sustentarlos desde distintas etnias. El problema siempre es la bajada de esos valores, cómo llevarlos al mundo real donde permanentemente hay una marea en contra, donde se propone el individualismo contra la solidaridad, el fanatismo contra la tolerancia. Hay que pensar que la adolescencia por sí misma es una época fanática pero, si lejos de ser contenido y matizado, ese fanatismo es fomentado por los adultos que rodean a los jóvenes en el fútbol, en la música, en las guerras donde hay que matar a los otros o destruirlos porque no son buenos para nosotros, evidentemente estamos atentando contra valores que nos ha llevado siglos tratar de levantar y de acordar sobre ellos. Insisto en esto, ¿por qué tienen mucho éxito estos contravalores? Porque movilizan lo más infantil de cada uno: el egocentrismo, el narcisismo, el estar metido dentro de uno y no importarle el otro, el "salvarse" individualmente, el creerse mejor que el otro. En estos aspectos no somos impermeables los adultos. De ninguna manera.

Creo que una de las cosas fundamentales que tenemos que pensar es qué es lo que trasmitimos a los jóvenes a través de actitudes y no en palabras. Los años 60 del siglo XX apuntaron contra la hipocresía burguesa, intentaron transparentar las actitudes, evitar que los trapos sucios se limpiaran en casa, a escondidas unos de otros y que el polvo se acumulara bajo la alfombra. Se logró mucho y, en ese sentido no se puede decir que todo tiempo pasado anterior a esos cambios haya sido mejor. El problema hoy, cuando no queremos hipocresía, es tratar de ver cómo logramos que haya coherencia entre las palabras y las actitudes y ésta es una tarea que tenemos que hacer todo adulto constantemente.

El tema de la hipocresía me recuerda al resultado de las elecciones en España, que en función del manejo que se hizo de la información del atentado dio como resultado un cambio en las elecciones atravesadas por un fuerte escepticismo en torno a la figura política

Mencionas el escepticismo, me parece importante, porque hay un momento en el cual uno se pregunta ¿un partido mintió?, ¿el otro utilizó?, ¿los dos utilizaron?, ¿a otro le fue bien porque se portó bien? No se sabe. Hay un momento en que, finalmente, surge un fuerte escepticismo respecto a las figuras políticas; esto es algo que se ha generalizado mucho porque hemos visto tantas ya de estas cosas, de estas manipulaciones que finalmente uno tiende a no creer en nada. Y está bien no creer fanática o ingenuamente. Pero no vamos a ningún lado si no depositamos cierta confianza en las figuras que tienen que llevar adelante un país. Lograr ese equilibrio, es difícil y tiene peso sobre nuestros jóvenes que nos ven no creyendo en nada, ni en nuestra misma generación.

Hay muchos estudios que nos muestran cómo cambió la valoración que los jóvenes tenían sobre la participación política en décadas pasadas con respecto a la actual. Hoy la participación se expresa de otra manera, por ejemplo en el crecimieno del voluntariado. La función de síntesis que ofrecía la política dejó de ser efectiva y el interés está más focalizado.

El voluntariado, las ONG, aparecen como propuestas nuevas, alejadas de los partidos políticos que recibieron todo el peso de la crisis. Pero todas estas organizaciones, en mayor o menor medida, arrastran la crisis adulta ya que están compuestas por personas de esa generación. A esto se suma la crisis de las ideologías, la muerte de las ideologías de la que tanto se habló y que sigue vigente. En vez de declararlas muertas, descartables, sería mejor pensar por qué entraron en crisis y repensarlas, ya que tal vez ese proceso no esté terminado como sostienen algunos filósofos, Habermas, en particular, para quien la modernidad no terminó; no hay que darla por cerrada sino que es necesario repensarla, criticarla y seguir adelante. Tal vez este sea un buen camino. Por ejemplo: ¿cuáles eran los valores modernos que hoy seguimos pensando que tienen sentido? El valor del esfuerzo, el valor del trabajo ¿cómo resucitarlos?

Efectivamente, el consumismo generó la ilusión de que el dinero parecía poder conseguirse fácilmente a través del crédito y se podía gastar y obtener satisfacción rápida. Esto entierra rápidamente esta cultura del trabajo; una cultura del trabajo que, tal como la planteaban aquellos inmigrantes externos o internos que llegaban a sus destinos y desplegaban un enorme esfuerzo trabajando 24 por 24 para salir adelante, hoy en día sería difícil de sostener. Y quizás ni siquiera sea sano hacerlo así. Pero también hay que rescatar que era una cultura del trabajo y del esfuerzo que dio enormes frutos.

Yo creo que esta cultura del consumismo tiene, lamentablemente, otro peso importante, penetra muchísimo y penetra en sectores sociales de muy poca capacidad de consumo. A pesar de ello, les vende a los jóvenes la idea se sentirse ilusoriamente ricos, fumando un cigarrillo tal, bebiendo la bebida tal, poniéndose tales zapatillas. El que se ve ganado por esa ilusión puede terminar saliendo a robar esas zapatillas o un kiosco. Porque evidentemente es muy fuerte la ilusión de pertenecer por el mero hecho de tener tal objeto sobreidealizado. No hay que olvidar que, como lo cuenta Naomi Klein en No logo, grandes marcas de zapatillas en Estados Unidos prueban los nuevos modelos con la población afroamericana más pobre porque si ellos dicen que valen, esas son las que se venden. No van a la gente más rica que seguramente las puede comprar sino a aquellos que se van a matar para conseguir el dinero para tenerlas; hacer lo imposible para tener la ilusión de pertenecer a ese grupo.

Frente a esta ilusión que vende la cultura del consumismo, la pregunta que se plantea es cómo es posible restablecer, refundar una cultura del esfuerzo que trascienda una conducta voluntarista cuando no se mantienen los resultados beneficiosos sobre los que esta práctica se asentaba, como el progreso, el acceso al trabajo, para nombrar algunos.

Sobre este punto creo que hay varios problemas; en primer lugar que, en alguna medida, la misma escuela ha desdibujado el valor del esfuerzo con la idea de que al niño hay que retenerlo en la escuela porque la calle es peligrosa y hay que retenerlo de cualquier manera. Haga lo que haga es mejor que se quede adentro. Llevada al extremo esta postura, como se ha llevado en algunos casos en nuestro país, no creo que esto haya sido una gran política porque finalmente termina ocurriendo que la calle se mete en la escuela, es decir, finalmente las drogas, la violencia y todo lo demás pasa por la escuela porque, evidentemente, la escuela no logra otra cosa más que eso. Entonces ahí también se requiere cierto equilibrio. Tampoco se trata de hacer toda la presión y el que no rinde, adiós. Pero hay que tener mucho cuidado en cómo se plantean las cosas porque la escuela debe ser un lugar donde se valorice el esfuerzo. Y por otro lado, los padres como adultos acompañando a la escuela, muchas veces tampoco valorizan el esfuerzo. Estamos frente a una generación adulta que muchas veces se queja de lo poco que consiguió en relación al esfuerzo realizado; ese discurso lo absorben sus hijos.

Por supuesto, hay una parte del problema que, efectivamente, excede el marco de los educadores y es que la sociedad ofrezca posibilidades. Esto es imprescindible. Pero después, si están las posibilidades, es muy importante que la escuela y la familia no pierdan de vista esta idea de que el conocimiento de cualquier cosa que se quiera aprender pasa por el esfuerzo. Cuando digo cualquier cosa que se quiera aprender, creo que tenemos que abrir el abanico porque muchas veces los adultos, docentes o padres, tenemos una visión restringida de aquellas carreras tradicionales o posibilidades laborales, algunas de las cuales están en crisis y no son tan posibles ni lucrativas como eran antes, ni dan tantas satisfacciones, Simplemente, si se compara lo que es una Guía del Estudiante hoy, que es un tomo que debe tener 500 páginas, con lo que era 30 años atrás, que si tenía 100 páginas era mucho, se han sumado infinidad de carreras que nadie creía que tuvieran valor y que pueden ser importantes y muy exitosas. Primero hay que abrir la cabeza en eso, pero al joven hay que mostrarle que vaya a hacer lo que haga: música, gastronomía, física-nuclear, medicina o lo que le dé la gana, nada de eso se consigue sin esfuerzo. Esto hay que pelearlo desde la niñez porque a través de los medios se le vende permanentemente la idea de que puede hacer el bachillerato en tres años, puede estudiar inglés en cuatro semanas, puede hacer gimnasia sin esfuerzo, sin cansarse, y puede adelgazar sin hacer dieta. Hay toda una publicidad del placer que hay que contrarrestar cotidianamente. Insisto en esto, creo que la escuela compró algo de eso, en el sentido de pensar que todo se podía enseñar lúdicamente y sin esfuerzo. Y el juego es una cosa y la enseñanza es otra. Creo que incluso el juego se pervierte cuando hay que incluirlo en la escuela todo el tiempo. Una cosa es que se haga un juego con un motivo, como una técnica grupal, y otra es que todo tenga que ser "lúdico", porque finalmente no es ni divertido, ni enseña.

En ese sentido creo que ahí también nos hemos ido al otro lado, de la escuela que no permitía ni una sonrisa a la escuela donde siempre debemos estar divirtiéndonos. Son estos movimientos pendulares, producto de la crisis, los que debemos equilibrar.

Sin duda que esto tiene que ver con los péndulos de la crisis, pero, precisamente por eso, lograr un equilibrio es difícil, sobre todo cuando ese equilibrio supone ir contra propagandas, modas que estimulan en el chico un menor esfuerzo. Los adultos encuentran ahí competidores fuertes.

Creo que los seres humanos somos los seres vivos con mayor intolerancia a la frustración al nacer. Damos muestra de ello con los primeros berridos, cuando cualquier otro animal se levanta y camina y se busca su comida, nosotros, que nacemos bastantes inmaduros, nos pasamos un buen tiempo berreando para conseguir lo que queremos. Y, la tolerancia a la frustración tenemos que incorporarla en toda su dimensión, es algo que hay que enseñarles a los chicos desde que nacen, por supuesto en la medida justa para cada edad. Así el pediatra puede decirle a la mamá que lo deje llorar porque no le va a pasar nada cuando tiene satisfechas otras necesidades y sólo necesita dormir, que no lo alimente cada media hora porque no le hace bien. A partir de ahí hay pequeñas tolerancias que debemos ir aprendiendo. Por ejemplo, es necesario aceptar que ni bien se toma una guitarra el sonido que sale es un desastre y que es necesario gastarse los dedos hasta que hagan callos y ponerlos en el lugar que corresponda para tener un buen resultado, pero hasta que eso ocurra es imprescindible la tolerancia a la frustración.

Y en eso, el problema con el que nos encontramos, es que tenemos una generación adulta que le tiene lástima al niño: ¡pobrecito!, ¡qué lástima frustrarlo!, y no sólo lástima sino que desecha el ponerse en el lugar de alguien que tenga que decir que no cuando es mucho más agradable ser súper mamá o súper papá y decirle que sí a todo. Eso tiene patas cortas. Hay que tener en cuenta que, el niño, aún el de sectores humildes hoy en día, puede ser criado sin tolerancia a la frustración. Es tal lo que la industria produce que, en los primeros años de vida cuando el niño no discrimina marcas, padres con recursos apenas por encima de lo necesario para la subsistencia pueden darle mucho de lo que pide y entonces sus hijos también pueden crecer sin mayor tolerancia a la frustración. Ahora bien, a medida que el niño crece eso se va cortando porque quiere cosas más importantes o quiere cosas que no se compran como ser exitoso, ganar su dinero o un novio o una novia. Entonces ¿qué hacemos? Y es ahí donde el atajo ante la frustración pueden ser las drogas porque, como no toleran ninguna, es mejor tomar algo para sentirse bien. La clave está aquí: todos tenemos que aprender a manejar la frustración. Antes parecía natural la tolerancia a la frustración porque la educación era tan frustrante que efectivamente se incorporaba, ahora no. Ahora tenemos que producirla, tenemos que evitar darle al niño todo lo que podamos sobre todo en los sectores medios que, por la crisis económica han pasado de una época donde parecía que el dinero era fácil a una época donde hubo un muy brusco corte de dinero. Hoy en día en los consultorios recibimos adultos de sectores medios muy deprimidos porque luego de haberles dado a sus hijos todos los gustos, cuando finalmente las cosas le fueron mal por la crisis económica, en vez de recibir apoyo, solidaridad de sus hijos, recibieron rechazo y maltrato porque dejaron del día a la noche de ser los padres superpoderosos y eso nadie se los agradeció. Les hubieran agradecido si hubieran sido criados con cierta tolerancia a la frustración de manera de poder adaptarse a una época peor, pero eso no ocurrió.

A los padres trabajar en este sentido les exige mucha constancia y también, en cierta medida, tolerancia a la frustración.

Efectivamente. Para nosotros, adultos padres, es una tentación espantosa convertirnos en el ideal del niño. Ser una persona maravillosa que le da todo lo que quiere. Un ideal nocivo, porque no es el ideal del esfuerzo, del trabajo, de determinados valores, sino el ideal omnipotente del que ofrece siempre placer, que es el ideal de esta época. Hay una fuerte tentación de ubicarse en ese lugar ya que es mucho más pesado ser constantemente alguien que está regulando las cosas, que está midiendo, que está diciendo que no a esto y a lo otro que sí. A la larga, y no tan larga, porque esto supone infancia y parte de la adolescencia, esto tiene beneficios enormes; pero en lo inmediato es más trabajoso.

En estas personalidades hedonistas, narcisistas que fue creando nuestro tiempo, que fuimos creando, ¿cómo trabajar la cuestión del otro, del diferente, de la aceptación del otro como diferente?

Descartando lo que se llama hoy trastornos narcisistas de la personalidad, que son trastornos graves en los que, efectivamente, la falla está en la imposibilidad de sentir empatía, de sentir lo que le pasa al otro, de sentir afecto por el otro, el problema es que la sociedad occidental actual parece estar barnizada por lo que Christopher Lash, un historiador norteamericano, llamó la "cultura del narcisismo". Hay un barniz narcisista en todo: en el aumento del individualismo, en el exitismo, en la superficialidad de los sentimientos, en sentirse perteneciente a un grupo superior. La escuela, por su parte, en tanto una institución fundada en la modernidad aspira a ser abierta, tolerante y variada en relación a divergencias culturales, étnicas, religiosas y, una de las cosas que el chico tiene que aprender a tolerar en ella es que no necesariamente está dirigida a él en particular.

La poca tolerancia a la frustración, la cultura del narcisismo, sin duda hacen hoy más difícil descubrir al otro. Nosotros hacemos todo el tiempo énfasis en los jóvenes, porque nos preocupan, pero personalmente creo que no podemos nunca dejar de visualizar la dupla adulto-niño, adulto-joven o adulto-anciano. Y el eje pasa por nosotros, los adultos. Porque si se le pide a la escuela que haga todo, trabajando algunas horas por día con los niños o con los adolescentes, no alcanza. Creo que hay que trabajar sobre la condición adulta y eso no es función de la escuela. Hay que poder lograr que nosotros, los adultos, en tanto padres y docentes tengamos otra actitud, aprendamos junto a los pediatras, los asistentes sociales, los jueces e institutos de minoridad a hacernos cargo del rol y que logremos trasmitirles a los jóvenes valores en ese amplio espacio de la vida a la que la escuela no llega, porque si no la escuela queda desbordada.

A la escuela se le fue pidiendo sustituir cada vez más a los padres y no puede realizar todo lo que se le pide. Puede educar en valores, por ejemplo tal como se le ha pedido, tenemos Formación Ética y Ciudadana como materia para ello; puede educar a través de la figura del docente y a través de lo teórico, pero no puede contrapesar en cuatro u ocho de escuela todo lo que pasa alrededor. De ninguna manera. La influencia tiene que pasar por otras vías también y más vale quitarle carga a la escuela como para que pueda cumplir su rol específico. En cambio de esto, lo que vemos es que cada vez tiene que cumplir con más funciones: dar de comer, vacunar, detectar enfermedades, tiene que hacer de padre y madre. Pero no de chicos de la calle, lo cual sería entendible, sino, lo que es peor, de chicos que tienen medios y también padre y madre, pero son huérfanos de alguien que se ocupe de ellos pues están ahí como un objeto más de la casa pero no como alguien a quien atender.

En buena medida creo que muchos adultos actuales han ido perdiendo la idea de que el esfuerzo que conlleva criar un niño es retribuido a la larga con amplitud en afecto, en compañía, en intereses nuevos que a uno le despiertan a su vez nuevas motivaciones, siempre que uno se haya hecho cargo del niño en su momento. En cambio lo que vemos es que hay muchos adultos que quieren ser jóvenes eternos y sienten que es más divertido salir a bailar todas las noches y que al niño lo críe otro o que "deben" trabajar el doble -no para cubrir necesidades básicas, lo cual es perfectamente entendible incluso por sus hijos, sino para pagarse más vacaciones o cambiar el auto, lo cual no es tan entendible-. El niño crece solo y el resultado es que a la larga los adultos se encuentran que cuando quieren recoger frutos no hay frutos, porque sus hijos no tienen demasiado interés en ellos así como no lo tuvieron los mayores hacia ellos. Efectivamente, somos nosotros los primeros que tenemos que entender que si aceptamos criar un niño es un sacrificio en buena medida, un esfuerzo, pero que da muchas satisfacciones inclusive mientras se lo va haciendo, a la larga es maravilloso y ahorra muchos problemas y conflictos personales y sociales.

Veíamos la importancia de trabajar sobre la condición de adulto en la problemática adolescente. Pero también es una realidad que la escolarización del adolescente constituye un gran desafío y esta escolarización muchas veces se desarrolla en un ámbito muy desvalorizado por el mismo adolescente y por la sociedad en general.

Para valorizar la escuela creo que lo importante es que el docente esté muy bien formado y esto no siempre ocurre porque al docente no se les dan excelentes oportunidades y las mejores no están a su alcance por cuestiones económicas con lo que no es tan fácil lograr esto, aunque me parece imprescindible. Este es un aspecto. El docente que está bien formado es valioso socialmente y reconocido por el estudiante. Por otra parte, el asunto es cómo se logra que la escuela sea valorada por el chico. Se han hecho intentos por el lado de aggiornar, de actualizar la escuela tratando de incorporar a ella la cultura adolescente. Me parece que esto no va; que es nefasto desde todo punto de vista. Lo único que se logra es que para este chico la escuela no le interese más una vez que lo de afuera se incluye en ella. Se han hecho intentos valiosos de actualizar los contenidos de la escuela. Eso es algo atendible y que debe hacerse con cuidado porque hoy actualizar puede querer decir incluir infinita cantidad de conocimientos nuevos y diversos; es difícil hacer una buena selección de qué es lo importante y qué no lo es y conseguir que la escuela transmita lo que uno podría considerar fundamental en las disciplinas y no cargar de enorme cantidad de información al estudiante. Todo esto implica realmente repensar a la institución escolar muy a fondo. Desde mi punto de vista creo que es fundamental capacitar a los docentes y, sobre todo, creo que es muy importante quitarle a la escuela actividades de las cuales no debería hacerse cargo, que tendrían que pasar por el hospital, por la familia, por un asistente social antes que por la escuela, o por una organización no gubernamental o comunitaria que se hiciera cargo, por ejemplo de alimentar a los niños que lo necesitan y permitir a la escuela hacer su papel específico.

¿Y cómo definiría hoy usted esta visión de para qué es la escuela?

Creo que la escuela sigue siendo el lugar donde obtener los conocimientos y desarrollar las habilidades básicas para poder seguir estudios superiores o una formación técnica; es decir, abrir el camino al trabajo o a estudios superiores. Esto hoy no se logra y lo reclaman los medios cada vez que un número enorme de jóvenes fracasa en los exámenes que hacen algunas universidades y también lo reclama la sociedad: cuando puede ofrecer trabajo no encuentra jóvenes bien capacitados. Sabemos que un enorme número de jóvenes fracasa en sus intentos de seguir estudiando y de conseguir trabajo con las herramientas que trae de la escuela. Vemos con sorpresa que están llegando a la universidad y no pueden comprender lo que leen, habilidad que suponíamos que se adquiría en la escuela primaria. Entonces hemos querido abarcar tanto que no logramos transmitir ni siquiera las habilidades básicas. Hablábamos antes de política. Un joven que llega a la escuela secundaria, no hablo ni siquiera de estudios superiores, y no sabe hablar en voz alta, qué posibilidades tiene de participar en una asamblea, de hablar frente a un grupo de personas; se han perdido habilidades imprescindibles. Nos estamos ocupando de que tenga cada vez más información y tenemos escuelas con una enorme cantidad de materias porque eso vende más para los padres. Pero resulta que se nos pierde de vista lo básico: adolescentes que escriban correctamente, que sepan poner en palabras lo que piensan. Nos estamos perdiendo en cosas que se pueden vender en el mercado de consumo pero donde se nos perdió de vista el joven con sus habilidades básicas bien integradas.

Esta crisis por la que está pasando la escuela no es ajena a la crisis en el mundo del trabajo, pues antes la escuela preparaba para el trabajo pero era posible conseguirlo. Esa posibilidad hoy está en duda y por eso la relación del joven con el trabajo también cambió.

En ese aspecto pasan cosas llamativas porque el mundo del trabajo tampoco es ajeno a las modas. Y ocurre, por ejemplo, aún en nuestro país con todas las dificultades económicas que hay, que hay carreras que tienen salida laboral prácticamente asegurada y los chicos o no las conocen o creen que no les interesan. Y es notable que ni el estado se ocupe de difundirlas, incluso becar y promoverlas por su salida laboral. En cambio está de moda tal cosa y van enormes cantidades de chicos a una carrera sin ninguna perspectiva cierta de trabajo. No estoy hablando de restricciones sino simplemente de orientaciones, porque a lo mejor, si lo piensa dos veces, le da lo mismo hacer un estudio que otro y tiene capacidades para hacer los dos y, en un caso, puede tener una salida laboral y, en el otro, no. En ese sentido, desde la cultura, creo que utilizamos mal los medios masivos para orientar a los chicos hacia aquello que les puede ofrecer mejores oportunidades y desalentarlos de situaciones donde por el mero número que son se les reducen las posibilidades. Por otra parte, si antes la escuela secundaria permitía llegar entrar en el mundo del trabajo y llegar con los años a cargos altos, hoy apenas sirve para trabajar en un supermercado; esto es necesario repensarlo quizás al revés de cómo se lo suele hacer, desde el mundo del trabajo hacia la escuela y no desde la escuela, bastante aislada por cierto, hacia un supuesto mundo del trabajo.

Poder dar una dirección a los intereses de los jóvenes hacia carreras con salida laboral respondería a un plan más amplio en política educativa o en política en general del que carecemos.

Yo creo que tenemos que darle a los jóvenes una noción de diferentes realidades y de sus posibilidades dentro de ellas para poder insertarse mejor, sea en sus proyectos laborales como en seguir formaciones superiores. Lo que voy a decir es una idea inmadura que merece profundizarse mucho más y que parte del hecho de que nuestro país ha eliminado, con razón y luego de una situación profundamente dramática, el servicio militar. Creo que, cuando hacemos un gran cambio como ese no registramos el impacto ambiental, diría yo, que tiene. Aquella era una situación realmente autoritaria, de mal trato, de poco beneficio para el joven que la pasaba. Pero muchas veces los sectores más humildes lograban alfabetizarse, algunos aprendían un oficio y, además, no pocas veces, todos iban a otros lugares alejados del propio y conocían otras realidades. Entonces, ¿estos aspectos beneficiosos se pueden rescatar en otra forma que sea mejor que un servicio militar y destinado tanto a varones como mujeres? Nuestro país, sobre todo con la crisis económicosocial que vive, podría tener una especie de servicio civil para los jóvenes cuando terminaran su escuela. Este podría ocupar los tres meses del verano y ser destinado a que fueran a ayudar a construir una escuela, a pintar, a sembrar una huerta colectiva, o alfabetizar. Los que recibieron educación podrían alfabetizar a los que no lo están y los que saben levantar una pared enseñárselas a hacer a los que nunca vieron el cemento ni el ladrillo. Es decir, un espacio en el que hubiera un intercambio entre sectores sociales, de saberes, de experiencias, de capitales culturales diferentes, donde se profundizara el conocimiento del propio país, de sus serios problemas. Para muchos jóvenes de sectores medios y altos sería la oportunidad de abandonar ese dislate del viaje de egresados que, en los hechos, para muchos aparece como una iniciación en el alcohol y otras drogas, para los jóvenes de menores recursos sería la oportunidad de vivir una experiencia en sitios inaccesibles para sus familiares de los que volvieran con conocimientos y estímulo para seguir desarrollándolos.

Antes habíamos hablado del importante papel que cumplió la escuela en la modernidad, así como de algunas cosas que no fueron tan positivas y que había que corregir como el autoritarismo, el miedo, ¿qué valores piensa usted que debe rescatar la escuela de la modernidad y qué de la posmodernidad?

Creo que la escuela debe rescatar de la modernidad la exigencia y el esfuerzo. La exigencia debe entenderse para los docentes, para los alumnos y también para los padres en términos de acompañar este proceso de los jóvenes y respetar lo que la escuela propone. Tiene que rescatar de la posmodernidad todo lo que hemos aprendido sobre continencia desde el punto de vista afectivo, sobre comunicación entre nosotros y entre las generaciones como para no dejar al niño solo ni traumatizarlo; todo lo que hemos aprendido de pedagogía, de psicología infantil y del adolescente, como para acompañarlo de la mejor manera. Pero lo que no se puede olvidar es que debe haber exigencia y esfuerzo. Esta me parece que es la síntesis que debemos lograr que no es sencilla pero que podemos hacerla.

Muchas gracias

Nota:

1 Médica psiquiatra; docente del Departamento de Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, Argentina; jefa del Departamento de Filosofía y Psicología del Colegio Nacional de Buenos Aires. Autora de de Adultos en crisis/Jóvenes a la deriva y otros libros.
Correo electrónico sdisegni@fibertel.com.ar

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