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Adolescentes y alcohol: el lugar de la comunicación
Silvia Bacher
Especialista en comunicación y educación
Directora de Jóvenes comunicando a jóvenes
UNESCO - GCBA
silviabacher@hotmail.com
El alcohol es una droga con la que aprendimos a convivir en la sociedad occidental. Sin embargo, en los últimos años la población más joven ha roto esa capacidad de control del consumo de alcohol y lo que era un hábito controlado por parte del consumidor se ha convertido en un consumo desbordado y concentrado en los fines de semana, me decía pocos días atrás el presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, uno de los impulsores de la Ley del botellón que no permite que la calle sea el lugar de hábito para el consumo, a los efectos que exista un control compartido por parte de los dueños de los establecimientos expendedores, los jóvenes que acompañan a otros jóvenes y que responsabiliza a los padres. La acción del Gobierno incluye medidas preventivas, coercitivas y propuestas pedagógicas. Ley polémica, controvertida, que puso sobre el tapete una realidad sociocultural que por mucho tiempo permaneció invisible.
En nuestro país, el consumo de bebidas alcohólicas comienza a los trece años entre los varones y a los catorce entre las mujeres, así lo indica la primera Encuesta Nacional a estudiantes de enseñanza media, que comprendió una muestra de 31.600 alumnos entre 12 y 18 años, presentada por la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (SEDRONAR). Casi tres cuartas partes de los encuestados, sin diferencias por sexo, consumieron bebidas alcohólicas alguna vez y se observa una relación ante la presencia de problemas de comportamiento y de aprendizaje. Ni la escolarización ni el factor social parecen ser variables condicionantes para este consumo que muchos reconocen como droga legal -posible puerta de acceso a otras más duras-.
Cada fin de año, miles de estudiantes secundarios festejan su graduación con algarabía. En muchos casos, se encuentran en discotecas de las que parten a medianoche en los conocidos trencitos de la alegría pletóricos de risas, gritos y algo más: litros de alcohol que debían ser consumidos en el transcurso de una hora, momento en el que regresaban, embriagados, al mismo salón. Algunos quedan dormidos en la calle, otros en coma etílico en algún hospital cercano. Madres, padres y docentes miran azorados la partida. Descubren una faceta oculta, transparente, de la realidad cotidiana. Fenómenos similares suelen repetirse durante los fines de semana. En esa misma línea, es posible encontrar en la web sitios que invitan a practicar el turismo botellacional, que aspira a que la práctica de tan maravillosa forma turística de ocio, tenga la aceptación de todos los conciudadanos.
Cabe preguntarse por dónde pasan las responsabilidades. ¿Por el estado? ¿Por los comerciantes? ¿Por los padres? ¿Por los jóvenes? ¿Por los medios?
Estamos convencidos que la TV debe repensar sus contenidos, irrespetuosos de horarios y edades, irreverentes muchas veces, frente al lenguaje y la cultura, pero a la vez somos concientes de que puede convertirse en un aliado vital y sensibilizador. La Organización Mundial de la Salud esta procurando que los modelos televisivos no utilicen el cigarrillo como elemento glamoroso; sería igual de interesante observar el espacio y el destinatario del alcohol en programas y publicidades. Por supuesto, la programación no es responsable de todos los males, de avalar esta idea estaríamos jugando el partido equivocado. El de la crítica sin responsabilidad. El del daño y no el del síntoma. Afirma, Sara Critto, desde FUND TV, que el sensacionalismo, la corrupción y banalidad imperan en muchos ámbitos pero que, sin embargo, todos podemos hacer algo para modificar esta situación. Sería interesante incluir en próximas encuestas preguntas que permitan inferir si sus ídolos consumen y si de allí toman sus hábitos.
Sin duda, los adultos -padres, docentes, comerciantes, funcionarios- debemos destinar más atención al tema, comprendiendo que es un fenómeno nuevo del que es necesario tomar conciencia y al que es preciso anticiparse. El clima de tolerancia social respecto del consumo adolescente de alcohol provoca -muchas veces- en los padres una sensación de soledad en un partido en el cual el otro equipo es poderosísimo y lanza castigos máximos constantemente.
Algunas de las principales ONG españolas que trabajan en el campo de las toxicomanías, valoran que las medidas de carácter represivo frente al 'botellón' no solucionan el problema del consumo abusivo de esta sustancia por parte de los jóvenes, sino que el problema debe ser atendido desde la articulación de políticas integrales de juventud.
Según diferentes expertos, la tarea preventiva se basa en la idea de que es el aislamiento social el factor primordial del abuso de drogas. Diversas opiniones indican que el problema hunde también sus raíces en las escasas oportunidades de ocio de que disfruta la juventud y esto se relaciona con los principales focos de exclusión: la falta de expectativas laborales, la precariedad en el empleo y la imposibilidad del acceso a una vivienda, el incierto horizonte hacia el que se dirigen. Sugieren que la mejor forma de prevenir el abuso no es ocuparse de la sustancia en sí, sino de todo lo demás: el hueco social en el que el alcohol o la droga se instalan señalando con su presencia otras carencias. Coinciden en que no se trata de ser detectives del consumo, sino de promover acciones de solidaridad social, interacción juvenil y capacitación profesional.
Atravesamos una etapa en la que se observa una ausencia de espacios en los cuales los jóvenes puedan desplegar sus escenas. Prácticamente el único sitio simbólico en el cual los jóvenes tienen espacios de encuentro es la escuela, por eso es urgente promover la creación, fortalecimiento y difusión de ámbitos con proyectos creativo-deportivo juveniles. La escuela puede trabajar para que esos intereses juveniles se potencien, los conocimientos se fundamenten, los prejuicios y conflictos se comprendan y se desarmen, pero también para que esos mismos jóvenes ejerzan su derecho a la comunicación. La posibilidad de promover espacios de producción mediática en las escuelas resulta una experiencia eficaz a la hora de involucrar el deseo juvenil en el aprendizaje. Una vez construidos los conocimientos necesarios, consultadas las fuentes pertinentes, analizados los puntos acordados, ese conocimiento puede difundirse a través de medios producidos por los jóvenes, quienes no sólo serán participantes activos sino que experimentarán los conflictos de diferente índole que atraviesan medios y periodistas a la hora de producir, y serán capaces de generar vías alternativas de comunicación. Ejemplo de esto es el proyecto Jóvenes comunicando a jóvenes impulsado por la UNESCO y el GCBA, en el cual los estudiantes de escuelas medias públicas de barrios con escasos recursos analizan campañas masivas de prevención en VIH y luego desarrollan sus propias producciones juveniles. También es pertinente citar la Red Nacional de Radios Escolares Aprender con la Radio, impulsado por la OEI, UNICEF y la Fundación Arcor que potencia las producciones radiales de más de cien escuelas de todos los rincones del país.
La civilización democrática se salvará
únicamente si hace de la imagen una provocación
a la reflexión critica, no una invitación a
la hipnosis, dice Umberto Eco; y si la reflexión crítica
se concatena con la acción creadora al servicio del
conocimiento y la comunicación es probable que la escuela
continúe consolidándose en un ámbito
de resistencia a la vanalidad, y la falta de compromiso. Los
medios de comunicación son espacios públicos
tanto o más recorridos que parques y plazas, en ese
sentido, la invitación a disfrutar de ellos se amplía
al disfrutar en ellos, con ellos, desde ellos, con las complicaciones,
exigencias y satisfacciones que esto implica.
Hace poco tiempo, un reconocido académico español comentaba que consideraba a la Argentina como un país virtual, donde nada termina de suceder en el plano concreto, decía que vivimos en estado de ilusión, ilusión que va desde el concepto de vivir en democracia hasta la convicción de que el mundo mira a la Argentina. A su entender dos hechos quebraron esta virtualidad: los 30.000 desaparecidos y el corralito con su estafa a los ahorristas.
En ese contexto de virtualidad, se mueven los jóvenes argentinos, presas inevitables de la crisis que les confisca el futuro y los manipula cual depósitos a corto y largo plazo de la injusticia. Son bonos sin cotización en el mercado, crecen y se forman en una sociedad que les marca rumbos difíciles de torcer.
Como vía de escape al modelo de virtualidad buscan caminos, muchas veces alienantes, alejados de espacios socialmente valorados como las aulas, los centros culturales, deportivos, de esparcimiento. Es impostergable fomentar programas de ocio alternativo, diseñar e incentivar estrategias pedagógicas apropiadas y constantes de comunicación comunitaria y juvenil para la prevención, intensificar el control sobre campañas publicitarias y establecer un marco de colaboración permanente con las diferentes áreas de Juventud.
En ese sentido el complejo mapa que se dibuja bajo este fenómeno, que
adquiere nuevas y mayores dimensiones, podría comprenderse
mejor si se abrieran espacios de diálogo entre los
protagonistas. Espacios de comunicación, difusión
y compromiso juvenil para la prevención, dado que ellos
son los agentes más efectivos al momento de anticipar
aquello que puede perjudicarlos, lastimarlos, dañarlos;
pero solamente pueden preservarse si comprenden que es imprescindible
fortalecer el cuidado individual propio y el de sus pares.
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