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Sancionando a Prometeo
A propósito de las vinculaciones entre ciencia, tecnología
y sociedad desde una perspectiva antropológica
Ana María Spadafora
Este trabajo pretende aportar al debate sobre las articulaciones
entre ciencia, tecnología y sociedad en el ámbito
de la educación en valores tomando como eje la antropología
de los pueblos nativos amerindios. Entendemos que la perspectiva
etnográfica basada en la concepción amerindia
del conocimiento, puede colaborar en la búsqueda de
puntos de vista alternativos para el análisis de las
articulaciones entre ciencia, tecnología y sociedad
(cts).
Introducción
Con el objetivo de favorecer un conocimiento disciplinario
transversal de las actividades de formación, intercambio
e investigación que desarrollan en la Organización
de Estados Iberoamericanos (oei) en relación a la temática
de educación en valores, mi trabajo pretende traer
a debate las articulaciones entre ciencia, tecnología
y sociedad (cts) desde algunos ejes directrices de mi disciplina
de formación -la antropología y de mi campo
específico de desarrollo los pueblos nativos amerindios(1).
Entiendo que tal perspectiva, que aúna el trabajo etnográfico
a algunos desarrollos del campo de los denominados estudios
cts, puede colaborar en la discusión al aportar puntos
de vista alternativos a las concepciones imperantes sobre
la construcción del conocimiento -promovida desde los
estados nacionales en el ámbito de la educación
y las políticas de los organismos internacionales-
vinculados a las relaciones entre ciencia, tecnología
y sociedad.
La etnografía de los pueblos nativos amerindios puede
aportar elementos significativos al debate de los estudios
CTS al obligarnos a confrontar nuestras propias concepciones
sobre la naturaleza humana y la tecnología en todo
lo que ellas tienen de construcción histórica
y, por tanto, desalentar cualquier intento de naturalizar
y universalizar aquello que se nos presenta como obvio, un
problema del que no están exentas las políticas
gubernamentales, los organismos internacionales y los propios
antropólogos(2).
Si bien la dicotomía entre sociedades nativas y sociedades
industriales no agota la riqueza y variabilidad sociocultural
de las poblaciones que componen el colectivo nativo
iberoamericano (3), es lícito marcar algunas
diferencias sustanciales que hacen a la producción,
uso y transmisión del conocimiento en las sociedades
nativas amerindias y que se diferencian ampliamente de nuestras
propias concepciones sobre la ciencia, la tecnología
y la sociedad.
Como bien señala Bazzo y otros (2003:38) desde los
estudios CTS, tales diferencias provienen del hecho capital
de que toda forma de existencia humana «primitiva»
o «civilizada» es en cierto modo, un producto técnico
al igual que los propios artefactos que la hacen posible.
Una diferencia sustancial que disuelve la falsa oposición
entre hombre y técnica dado que el hombre es tanto
un productor como un producto singular de esta última.
Es por ello que, a diferencia del animal el recién
nacido necesita por un tiempo prolongado el cuidado materno
para su supervivencia. Esta singularidad no deviene tanto
de la «adaptación» del ser humano sino del
hecho de ser ante todo un animal «inadaptado»: la
pérdida del instinto o la ausencia de vello necesitaron
de ese mecanismo artificial que es la cultura
como un elemento distintivo para la supervivencia de una especie
cuya mayor singularidad proviene de su capacidad de comunicación
a través del lenguaje. En ese salto cualitativo que
diferenciaría al hombre del animal, la posición
bípeda permitió la liberación de las
manos, promovió el desarrollo del instrumental técnico
en una relación dialéctica entre la producción
material y simbólica e inauguró un espacio que,
pese a estar anclado en la naturaleza, siguió su propio
camino.
El desarrollo tecnológico constituye una clave para
entender el paso decisorio entre el ámbito de lo humano
y lo no humano. Nuestros ancestros cuya gran parte de
su historia vivieron en sistemas de caza y recolección
tal como los que aún hoy presentan buena parte de los
pueblos amerindios- utilizaban una tecnología que muchas
veces ha sido descripta como rudimentaria pero
cuya complejidad involucraba acciones de planificación
no solo inexistentes en el mundo animal sino tan sofisticadas
como cualquier programa de computación. Esa tecnología
aún cuando simple y tosca en su proceso de fabricación,
no deviene meramente de su simplicidad y limitación
para la elaboración de sistemas más complejos(4),
sino de formas alternativas de concebir el valor de la tecnología
y la pertinencia de su uso socialmente determinado.
Al respecto Bazzo et al (ibid.) señalan que
el tímido desarrollo de los trabajos en cts sugiere
una cuestión central: el hecho de que términos
difusos como «innovación» pretendan ser entendidos
como meras cuestiones técnicas de producción
ocultando el hecho crucial de que toda tecnología es
siempre producto de una sociedad. Por lo tanto, su abordaje
no puede desentenderse da prioridade social, que
se insere no contexto maior dos sócio-eco-sistemas
(Bazzo et al, 2003). Por este motivo, términos
como «innovación» se encuentran necesariamente
ligados a la relevancia social y ambiental que esta tiene
para los actores involucrados, algo poco tomado en cuenta
en las agendas de trabajo de investigación así
como en las políticas de desarrollo(5).
De ahí que uno de los aspectos más comprometidos
en la problemática de la vinculación entre hombre,
tecnología y sociedad, deviene justamente de comprender
la ciencia y la tecnología
no como meros ámbitos de un conocimiento objetivo de
la realidad, antes bien como universos de conocimiento socialmente
significativos. De ahí que la contextualización
histórica de la emergencia de la ciencia y la técnica
en el marco de la expansión a escala planetaria de
la cultura europea, ayude a desenmascarar la visión
determinista de una discursiva tecnócrata que entienden
el progreso técnico como un beneficio per ser
para la humanidad al margen de su contexto histórico
de emergencia.
De ahí también, que el verdadero desafío
para Iberoamérica se encuentra en el intento de poner
la tecnología al servicio de la sociedad y no a la
inversa, dado que grupos diferentes e indivíduos
diferentes, de forma geral, detêm conhecimentos que
se relacionam com seus interesses e crenças e, portanto,
desenvolvem e empregam tecnologias e prioridades também
diferentes (Bazzo y otros, 2003).
Tecnología y Sociedad en las sociedades primitivas
Mi experiencia de campo y etnológica radica en los
modos de construcción del conocimiento en sociedades
cazadoras-recolectoras cuyo patrón de vida trashumante
ha conducido a denominarlas bajo el genérico nombre
de «sociedades primitivas». Tal terminología
sirve para denominar en forma genérica a aquellas sociedades
que desde un punto de vista económico viven de los
productos de la caza de animales y la recolección de
frutos silvestres en un régimen de vida nómada
y desde un punto de vista político, poseen escasa o
nula centralización política articulándose
en una forma de organización social denominada «sociedades
de bandas» que involucran familias extensas vinculadas
por el intercambio de bienes y mujeres, acorde a reglas sociales
cifradas según las lealtades del parentesco.
Las «sociedades primitivas» constituyen no solo
un interés de la antropología; también
puede decirse que fueron en su momento, el alter ego
de la civilización Occidental al constituirse como
el modelo desde el cual, el Siglo xix europeo en su proceso
de expansión colonial, se pensó a sí
mismo.
En esa confrontación entre el colonizador y los pueblos
amerindios, las culturas cazadoras recolectoras fueron visualizadas
como el espectro mas claro del primitivismo: pueblos que viven
de las técnicas de caza y recolección con un
patrón de vida trashumante cuyas técnicas rudimentarias
permitieron visualizarlos como el arquetipo de la alteridad
dado que se aparecían al ojo del conquistador como
la expresión acabada de una humanidad despojada
de sus adornos tecnológicos (Spadafora, 1999).
Y que los Cronistas de Indias sintetizaran bajo la idea de
gentes «sin ley, sin Fe y sin Dios». Es decir,
definidas en función de sus carencias y no desde su
propia lógica interna y la importancia de sus instituciones
económicas, políticas y sociales.
Los prejuicios que desde allí nacieron acompañaron
a otras formas de estigmatizar a los modos de vida que se
centraban en valores diferentes. Así, por ejemplo,
la tendencia a ver a los pueblos primitivos como grupos carentes
de agricultura y «tecnología adecuada» es
complementaria a su consideración como sociedades de
pensamiento «preicónico». Tales pensamientos
en torno a las sociedades primitivas americanas, pueden chequearse
en una frondosa literatura de viajeros del Siglo xix en la
que se habla de los espejitos regalados a los
indígenas a fines de ganarse su amistad. En dichos
relatos el éxito de los regalos era explicado por el
hecho de que los indios tenían por primera vez la oportunidad
de ver su propia imagen reflejada. Sin embargo, el entusiasmo
nativo respondía a la fascinación por un objeto
que tenía las mismas propiedades reflectantes de la
superficie del agua en calma.
En otras palabras, la admiración de los indígenas
era técnica y no perceptiva. Por un lado, no existen
culturas sin ningún tipo de experiencia con la imagen,
y por otro, la capacidad de simbolizar es inherente a la condición
humana, que encuentra aquí su mayor diferencia cualitativa
con el mundo animal. A los efectos pedagógicos, podría
resumirse esta capacidad con un ejemplo que demuestra cómo
esta facultad deviene de cuestiones tan primarias como complejas:
el hombre es el único ser capaz de tener relaciones
sexuales con una muñeca de goma e imaginarse, en ese
mismo acto, que está con otra. Esta facultad, en la
que el lenguaje es protagonista, nos vuelve radicalmente distintos
a los animales, no solo porque su repertorio lingüístico
es incomparablemente ilimitado, sino también porque
su capacidad de simbolización se rige por un sistema
de reglamentaciones socialmente establecidas y, sin embargo,
innovadoras.
Pero la lectura e impronta evolucionista decimonónica
aunada al proceso de confrontación cultural entre Europa
y las gentes sin historia, asumió la idea
de que la historia de la humanidad era una especie de escalera
en la que los seres humanos avanzamos linealmente y en un
mismo sentido, dictaminando esas otras formas de vida social
como menos evolucionadas y asumiendo que la civilización
Occidental se distinguía por el carácter progresivo
y dinámico de su historia.
El correlato entre ese proceso histórico y el desarrollo
de la ciencia, especialmente en el Siglo XIX, se basó
en organizar una taxonomía de la naturaleza y la sociedad
que inscribe las producciones humanas en el curso majestuoso
de la evolución de los organismos vivos, y apostando
a inventariar la variedad de lo existente en el tiempo y en
el espacio (Spadafora, 2003c). Pero como bien señalara
Claude Levi-Strauss (1968), la humanidad en progreso no se
parece en nada a un personaje subiendo una escalera, añadiendo
a cada uno de sus movimientos un peldaño a los ya conquistados.
Más bien recuerda al jugador cuya suerte esta repartida
entre varios dados, lo que gana con uno siempre se corre el
riesgo de perderlo con otro y solo de vez en cuando la historia
se vuelve acumulativa, es decir, las cuentas se suman para
formar una combinación favorable.
Habrá que esperar hasta 1968 para que los prejuicios
decimonónicos en torno a los pueblos amerindios dieran
un vuelco histórico. En la conferencia «Man
the Hunter», los trabajos del antropólogo
M. Sahlins aportarían cambios definitivos en las concepciones
que impregnaron la frondosa imaginación de viajeros
y estudiosos europeos en su confrontación con otras
culturas. Basándose en una rigurosa lectura de fuentes
arqueológicas y coloniales, Sahlins denominó
a las sociedades primitivas como sociedades que
lejos de definirse por la escasez y rudimento de sus técnicas
eran, antes bien, formas de vida signada por la opulencia
de su producción.
De ahí en más, una buena parte de la etnografía
moderna hizo el resto al indagar la verdadera lógica
de los prejuicios que escondían tales interpretaciones
y aportando significativos datos en torno a la reproducción
de la vida social de las sociedades nativas. Tales trabajos
mostraron que en las sociedades primitivas el
uso de tecnología simple contrastaba con la racionalidad
de sus sistemas de explotación del medio ambiente y
administración de los recursos. Como resultado, los
pueblos nativos nómadas no solo lograban sobrevivir
sino también contribuir a la conservación y
aumento de la biodiversidad.
Estas afirmaciones basadas en datos objetivos que demuestran
el grado de confiabilidad en el acceso a los recursos y la
dieta equilibrada de la que se nutrían los pueblos
sujetos a tales sistemas de explotación- llevaron a
Sahlins a plantear una dicotomía entre dos maneras
de lograr las metas de toda sociedad: producir mucho
o bien desear poco. Si la primera nos remite a la manera
en que se articula la tecnología con la sociedad en
la cultura Occidental que tienen profundas consecuencias en
las formas de explotación de la naturaleza; la segunda
nos transporta a la manera en que lo hacen las sociedades
primitivas, cuya relación con la naturaleza se contrapone
a las técnicas de explotación invasoras perpetradas
por nuestra cultura y donde buena parte de las veces las consecuencias
de tales acciones no son consideradas a futuro.
En contraposición la economía del desear
poco lejos de anclarse en un alto nivel de vida,
se cimienta en la utilización de técnicas de
explotación del medio ambiente que derivan de la forma
de vida trashumante. Alternando períodos de nomadismo
y sedentarismo, el uso de los recursos según la prodigalidad
de cada nicho ecológico y estacional, los cazadores
recolectores implementan técnicas no invasoras permitiendo
obtener el sustento cotidiano sin perjudicar la renovación
de los recursos naturales. El resultado es un bajo nivel
de vida que sin embargo, permite la satisfacción
de necesidades culturalmente determinadas cumpliendo sobradamente
con las necesidades básicas a la reproducción
biológica y cultural del grupo. Si bien podría
argumentarse un sesgo culturalista en este planteo, sus argumentos
no devienen de una postura ideológica sin fundamento.
Por el contrario, una extensa producción etnográfica
contemporánea da cuenta no solo de la eficiencia de
estos sistemas de explotación tecnológica sino
también, de la vigencia de estas formas alternativas
de vida aún cuando -merced a las políticas de
formación de los estados nación- han sido relegados
a nichos ecológicos marginales donde la productividad
es difusa y los alimentos escasos.
Tales constataciones no son producto de una cosmovisión
evolucionista que concibe el progreso y la tecnología
como una escalada unidireccional de la historia humana, sino
parte de una visión diferente del valor de la ciencia
y la tecnología en la sociedad que se enraíza
en una visión también diferente de las articulaciones
entre naturaleza y cultura. En efecto,
en las cosmovisiones nativas amerindias la naturaleza y la
cultura no son concebidas como dominios autónomos donde
la primera es explotada y la segunda explota, concebidas como
parte de un mismo dominio de lo social(6). De ahí,
que en las cosmologías amerindias el uso
o la explotación de los recursos
naturales no sea concebido como un ámbito independiente
de la acción humana, ni ésta última una
esfera desligada del accionar de una naturaleza animada.
Las pruebas arqueológicas alimentan dichas constataciones.
Desde la perspectiva de la historia evolutiva -que involucra
períodos que rebasan el tiempo histórico- se
ha demostrado que si el «hombre cultural» ha estado
sobre la tierra cerca de dos millones de años el 99
% de ese tiempo ha vivido bajo sistemas de caza y recolección.
Por lo tanto, esa imagen predominante de los pueblos primitivos
ocupando buena parte de nuestra historia evolutiva
menos lo que equivaldría a los últimos
quince minutos de un día de una vida humana;
contrasta con la constatación de que los pueblos cazadores-recolectores
amerindios han sobrevivido hasta la contemporaneidad demostrando
la flexibilidad de sus sistemas de vida y la eficacia de su
forma de articular el uso tecnológico al desarrollo
social.
De ahí que la imagen de los pueblos cazadores recolectores
como pueblos dominados por la carencia tecnológica,
social y cultural- sea mas el efecto de los prejuicios de
la confrontación entre la cultura Occidental y el Otro
cultural, que una característica intrínseca
a los usos tecnológicos empleados en los modos de explotación
local (Bayardo y Spadafora, 2000).
¿Qué otra imagen podría surgir de sociedades
cuyo nivel de desarrollo tecnológico es casi nulo y
la producción tecnológica siempre se encuentra
en función de un objetivo concreto para luego ser virtualmente
desechada?; ¿Que otra manera de comprender la lógica
de sociedades cuyo vínculo con la tecnología
atenta contra todo principio de acumulación y progreso?;
¿Cómo comprender aquellas culturas cuyos valores
parecen renegar de toda idea de acumulación y donde
el tiempo dedicado al ocio y al intercambio festivo es infinitamente
superior a las escasas horas dedicadas al trabajo?; ¿Dónde
clasificar a pueblos cuyo conocimiento amén de no divorciar
entre lo material y lo mental, entre sujeto y objeto se ancla
en una mitología que reniega de taxonomías decimonónicas
que encorsetan el saber en inventarios fijos intentando agotar
el sentido de la existencia de la naturaleza y la sociedad?;
¿Cómo explicar la persistencia histórica
de sociedades que se confrontan radicalmente con nuestra concepción
de progreso indefinido como punto de culminación de
la historia y que tiene en el desarrollo tecnológico
su directriz principal? Estas preguntas requieren pues, de
algunas consideraciones.
Hacia una perspectiva socio-ambiental en las vinculaciones
entre ciencia, tecnología y sociedad
Así como nociones como «innovación»
no pueden disociarse del entorno sociocultural del cual forman
parte, conceptos como «naturaleza» y «biodiversidad»
no pueden ser concebidos de manera universal ni pensarse en
los términos restrictivos a los que los comprime la
perspectiva científica. Baste un ejemplo. En un libro
que rememora la estadía del antropólogo Turnbull
(1961) a lo largo de tres años entre los pigmeos de
la selva de lo que hoy es la República del Congo Belga,
su autor comenta que ante la pregunta de por qué estas
tribus preferían dedicarse a la caza y la recolección
(que exigen la movilidad estacional de las bandas para procurarse
alimento) en vez de la agricultura, el nativo contestó:
«¿para qué cultivar con tantos frutos
de mongo-mongo que hay en el mundo?».
La frase, inscripta en la tendencia a permanecer solo por
un tiempo limitado en la aldea para retomar nuevamente los
caminos y reasentarse en otros territorios, era el resultado
de una práctica de explotación de los recursos
naturales que pese a estar cifrada en la movilidad, permitía
la manutención de los nativos al tiempo que no deterioraba
el medio ambiente.
Semejante afirmación (que sin duda sorprendió
al etnógrafo), hace referencia a una cuestión
central a las prácticas culturales de los pueblos primitivos.
En muchas de las sociedades primitivas las relaciones entre
hombre y medio ambiente y la tecnología necesaria para
su explotación, lejos de remitir a una naturaleza objetiva
que presupone que las sociedades despliegan su arquitectura
conceptual sobre el potencial de biodiversidad de un ecosistema
dado, están profundamente ligadas a una idea de sociabilidad
que extiende las propiedades de la cultura sobre la naturaleza
asignando a la primera connotaciones anímicas y sociales.
Desde la década de los 50 en adelante, disciplinas
como la etnociencia y la etnobotánica han señalado
la importancia del «el punto de vista del nativo»
en la manera de encarar el conocimiento sobre la biodiversidad.
Estos estudios permitieron entender el hecho de que las etno-taxonomías
eran inseparables de un conocimiento mediado del universo
a través de la cosmología y el chamanismo. Si
nos referimos únicamente a la producción etnográfica
de Amazonia, a partir de los años 70, esta ha relativizado
la importancia de los ecosistemas para las poblaciones
nativas dado que los nichos ecológicos
no constituyen escenarios fijos y externos a la explotación
del hombre ni condicionan el nivel de desarrollo cultural
dado que este último se encuentra pautado por prácticas
sociales antes que por condicionamientos ambientales objetivos.
El medio ambiente es, por lo tanto, un espacio modelado por
el hombre a lo largo de su historia, a tal punto que lo que
entendemos como una «Amazonia inmodificada» (Maués,
1999), paraíso simbólico de la diversidad biológica
y cultural, no deviene de la potencialidad intrínseca
de determinados nichos ecológicos sino de procesos
históricos-políticos concretos, usualmente soslayados
en los análisis.
Por ejemplo, determinadas poblaciones que intentaron huir
del «Estado incaico» opresor se volcaron hacia las
tierras bajas selváticas (Taylor, 1998) y debieron
recrear nuevas formas de vida acordes a las características
del territorio en cuestión. En esas nuevas tierras,
la agricultura representaba más la certeza de la muerte
cultural que la panacea que llevaría al progreso y
la civilización. Sistemas como los de «roza y
quema» -que supone la permanencia en un determinado territorio
para su explotación y su posterior incendio con el
objeto de dejar la tierra en barbecho para su recuperación-
obligaban a estos pueblos a un movimiento estacional
en la búsqueda de recursos dentro de un amplio territorio.
Esta técnica, por lo tanto, solo podía asegurar
el sustento a largo plazo(7).
Desde la antropología, Philippe Descola (1996), ha
señalado que ya en sus orígenes, nuestra disciplina
se ha preocupado por dilucidar la manera en que las distintas
culturas perciben, interpretan y utilizan una naturaleza supuestamente
homogénea en sus fronteras ontológicas y en
sus principios de funcionamiento. Sin embargo, en muchas de
las sociedades que son objeto de nuestro estudio, el mundo
y el hombre rara vez son concebidos como dominios autónomos.
Por el contrario, se recalca la continuidad entre el ámbito
de lo humano y el de lo no humano. En la misma sintonía,
Kaj Arhem (en Descola, 1996) sugiere que el hecho fundamental
de tales perspectivas reside en que los sistemas perspectivistas
de conocimiento de las culturas amerindias presuponen una
relación de continuidad entre naturaleza y sociedad
que afecta la experiencia, la conducta y el accionar sobre
el medio.
La postura de ambos autores converge con Bateson (2000).
Este investigador señala que dentro de las culturas
etnográficas, las representaciones culturales son el
resultado de codificaciones de visiones ecológicas
profundas desarrolladas durante milenios de íntima
interacción práctica con el medio ambiente.
En este sentido, grupos situados en regiones tan dispares
como los jíbaros o ashuar de la Amazonia ecuatoriana
y los chulupí o nivaclé del Chaco Boreal paraguayo,
cifran su existencia en la consideración de la naturaleza
como el escenario en el cual interactúan humanos y
no humanos y donde la diferencia entre unos y otros se refiere
más a una cuestión de grado que de sustancia,
distinguiéndose, en todo caso, según los grados
de conciencia reflexiva y sentimiento que involucra cada taxonomía
(Siffredi y Spadafora, 2000 y 2002).
Esta forma de situarse ante a la naturaleza
permite repensar nuestros presupuestos epistemológicos
que inscriptos en la cosmología científica Occidental,
universalizan una concepción dicotómica entre
la naturaleza y la cultura cuyas aristas políticas
son mas que significativas. En efecto, como bien señala
Paul Virilio (en Spadafora, 1999) el vertiginoso desarrollo
de la ciencia y la tecnología no puede desligarse de
la extensión a escala planetaria de la cultura Occidental,
algo que Buarque sintetiza como parte de esa especie de cóctel
de la modernidad donde la arrogancia del poder del conocimiento
humano constituye la prueba mas acabada de su fracaso ético
en el uso de ese conocimiento (Buarque en Bazzo y et al,
2003).
El problema no es, entonces, simplemente tecnológico
sino eminentemente político. Y si experiencias como
las de Hiroshima terminaron con muchas de las ilusiones decimonónicas
que entendían que el desarrollo tecnológico
daría nacimiento a una sociedad virtuosa y civilizada,
las guerras fraticidas que pueblan la ecumene global
hunden las potencialidades benéficas de la técnica
en una utopía demodé por
la cual ningún precavido abogaría.
Ciencia, Tecnología y Sociedad: el desafío
político
Las teorías basadas en los imperativos de la ciencia
Occidental han tenido consecuencias profundas en la formación
y consolidación de la ciencia y en la partición
arbitraria de sus campos de investigación fundados
en epistemologías no siempre compatibles (Latour, 1993;
Spadafora 2003b). Desde el punto de vista de la etnografía
de la ciencia, algunos autores de los estudios de la cts que
hacen referencia a los trabajos de Fuller (1997), tienden
a reproducir viejas dicotomías del pensamiento clásico
occidental(8).
Tales aproximaciones no constituyen un mero interés
teórico, por el contrario, tienen profundas implicancias
en lo que refiere a la ciencia y la tecnología concebidas
como parte de una arena política en el que se dirimen
las diferencias entre países desarrollados
y países en vías de desarrollo (Spadafora,
2002a).
En lo que refiere estrictamente a las poblaciones nativas
de los países que integran la región y en particular,
el mercosur, las consecuencias del uso tecnológico
llaman la atención tanto por el margen de maniobra
y disparidad entre el desarrollo científico y tecnológico
de los países en cuestión, como por las diferencias
de género y población en lo que hace al acceso
a la educación, la salud y la tecnología (Pérez
Sedeño, 2001).
Las discrepancias de género, de origen de clase o
étnico en ámbitos claves como la educación,
la salud y la tecnología, no solo no se resuelven en
la vieja y regañida lucha entre centro y periferia,
dado que una y otra se interceptan mutuamente de manera más
que compleja. Aún así, establecen diferencias
cruciales a corto y largo plazo de una manera crítica
en lo que hace al futuro regional (Spadafora, 2003a). Esta
postura, coincide por la pronunciada por Bazzo y otros (2003)
al señalar que Um desafio dos governos das
nações emergentes é superar as deficiências
decorrentes da enorme diferença com países tecnologicamente
mais desenvolvidos. Por lo que la questão
que se apresenta para as políticas estratégicas
de C&T não é tanto a de correr para alcançar
o nível de desenvolvimento daqueles países,
mas de buscar alternativas para o próprio desenvolvimento,
centradas no reconhecimento das dificuldades e necessidades
internas. Por lo que el verdadero desafío
para qualquer projeto de promoção da
cidadania e melhoria de qualidade de vida deve ter como base
a geração de emprego e a possibilidade de que
os benefícios da atividade tecnológica possam
ser distribuídos de forma mais igualitária pela
sociedade (Bazzo et al, 2003).
Estas ideas demuestran que en el debate sobre las relaciones
entre ciencia, tecnología y sociedad, las responsabilidades
políticas constituyen el foco de la cuestión
en la medida que son éstas las responsables de promover
(o no) el desarrollo social mediante políticas de inclusión
y equidad atentas a las necesidades de los países y/o
grupos destinatarios. Por eso, el problema no pasa por arremeter
contra visiones ingenuas de la tecnología (Bazzo
et al, 2003), como de voluntades políticas alienadas
en posturas que renieguen de ideologías convencidas
de que la maximización del beneficio económico
debe producirse en detrimento del costo social y de que los
problemas sociales se resuelven con más tecnología.
Al decir de López Cerezo (2003) una verdadera utopía
que pretende otorgar a la tecnología el valor de redentora
de la desigualdad social.
Al respecto, los avances alcanzados en el terreno de las
biotecnologías entendidas como un conjunto de
técnicas que permiten la aplicación de propiedades
de los seres vivos para producir bienes y servicios- son aleccionadores.
Su desarrollo deviene de las cuantiosas sumas de dinero que
aportan dichas investigaciones y que se originan en el conocimiento
tradicional de las poblaciones nativas sobre la biodiversidad.
En efecto, existe un 74 % de correlación positiva entre
el uso terapéutico moderno de 120 componentes extraídos
de plantas y su uso tradicional por gente nativa, por lo que
se calcula que el conocimiento tradicional incrementa la eficiencia
en el proceso de selección de plantas medicinales en
más del 400% (Ramos, 1998a). A su vez, si consideramos
que el creciente mercado mundial de productos biotecnológicos
mueve entre 470 billones y 780 billones de dólares
por año, su crecimiento se encuentra ligado a la identificación
de principios activos presentes en la naturaleza cuyo conocimiento
está en manos de las poblaciones tradicionales que,
sin embargo, no perciben beneficios ni recompensa alguna.
De ahí también, que en el ámbito de
los estudios CTS sean mas relevantes las voluntades políticas
que promuevan la compreensão de que o processo
inovador não se destina exclusivamente ao desenvolvimento
de aparatos tecnológicos, o que é apenas uma
de suas conseqüências (Bazzo y otros,
2003), buscando formar pesquisadores, mestres e doutores
com capacidade cognitiva mais voltada para o desenvolvimento
sustentável, implicando a necessidade de uma clara
definição conceitual de sustentabilidade, tanto
no aspecto ambiental quanto social, fazendo nascer nessa formação
um caráter de inovação tecnológica
casada com a inovação social (Bazzo
et al, ibid.) Una tecnología dispuesta a retomar la
brújula de la sociedad y poner, de una vez por todas,
a Prometeo en su lugar.
Ana María Spadafora
Antropóloga. Investigadora del Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas (conicet).
Docente de grado y postgrado de la Facultad de Filosofía
y Letras y de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de
la Universidad de Buenos Aires, de la Facultad Latinoamericana
de Ciencias Sociales (flacso) y del Instituto Nacional de
la Administración Pública (inap). También,
es docente del Programa de Formación en Alta Gerencia
Pública, Presidencia de la Nación. Consultora
del Proyecto icsi/oei/Interarts Barcelona, del bid y de la
ce en temáticas vinculadas a poblaciones nativas americanas.
Codirectora del sitio www.bioetica.org y de la Fundación Pro Diversitas, Buenos
Aires, Argentina.
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(1) Mi experiencia de campo se remonta a mis primeros trabajos
entre los nivaclé o chulupí del Chaco Boreal
paraguayo y, más recientemente a los chamacoco o ishir
de la región del Alto Paraguay, en la frontera con
Brasil. Tales investigaciones han devenido en proyectos conjuntos
de intercambio con otros etnógrafos que trabajan con
grupos de similares características en la región
amazónica, principalmente en territorio brasileño.
El fruto de dichas elaboraciones ha concluido en el libro
Paraísos Abiertos, Jardines Cerrados: Sociedades
Indígenas Saber y Biodiversidad (Abya Yala, Quito,
Ecuador, 2003). Este trabajo conjuga los resultados del proyecto
tsemim (Transmisión y Transformación del Conocimiento
en Sociedades Indígenas y Mestizas) financiado por
la Comisión Europea junto con otros proyectos e investigaciones
previas y actuales financiadas por el conicet (Consejo Nacional
de Investigaciones Científicas) de Argentina y la UBA
(universidad de Buenos Aires) relativas a la temática
de poblaciones indígenas y derechos sobre el conocimiento
tradicional.
(2) Es sabido que en el campo de las políticas públicas,
los organismos de desarrollo y las organizaciones de la sociedad
civil, uno de los problemas clave es identificar (y actuar
en consecuencia) tomando como punto de partida las necesidades
de los actores sociales involucrados.
(3) El uso de este término genérico no significa
que las sociedades amerindias compartan sistemas de organización
social, política y económica semejante dado
que existe una enorme variabilidad en las sociedades nativas
americanas. Aún así, las sociedades nativas
amerindias bien pueden entenderse como sociedades primitivas
en el sentido de constituir una forma de organización
simple estructurada en base a sistemas de caza
y recolección, de carácter nómada y escasa
diferenciación política. De ahí que,
aún cuando la cuestión no se resuelva en una
mera oposición entre sociedades «primitivas»
y sociedades «civilizadas», resulta metodológicamente
correcto realizar tal recorte en función de las diferencias
sustanciales que permiten oponer los sistemas de caza y recolección
y los sistemas agrícolas. Tal recorte, se alimenta
del hecho no menos importante de que las sociedades «civilizadas»,
ancladas en sistemas políticos estatales, presuponen
casi siempre, una importante centralización política
que va de la mano de la agricultura, la acumulación
y la diferenciación de clases. Aun cuando -insisto-
no existe una correspondencia vis a vis entre organización
política y económica y así, como no todas
las sociedades «primitivas» son necesariamente igualitarias
y descentralizadas, tampoco el Estado implica la ausencia
de otras formas de organización articuladas sociopolítica
y económicamente en forma horizontal que conviven dentro
del aparato estatal jerarquizado y piramidal.
(4) Desde el punto de vista de la arqueología es llamativo
cómo técnicas de factura supuestamente «simples»
como las lajas para la producción de puntas de flecha
o la técnica de producción de fuego mediante
la frotación de palos, involucran complejos procesos
que, no pocas veces resultan difíciles de reproducir
en el ámbito del laboratorio, hecho que revela la sofisticación
en la producción de tales elementos.
(5) En una conversación personal, Gualverto Quiroz
(cts / oei), me ha señalado la falta de consideración
de los programas de trabajo en áreas rurales del Perú
destinados a la mejora de cultivo por parte de equipos de
trabajo de la Universidad de Columbia. En ellos, el conocimiento
relativo al medio ambiente y las formas apropiadas de cultivo
han sido virtualmente soslayadas, lo que originó la
pérdida de la cosecha, elemento vital para la supervivencia.
Gualverto Quiroz es coordinador del Grupo Monografías
Virtuales oei en cts por la Universidad Nacional de Educación,
en Lima, Perú.
(6) Son varios los autores contemporáneos que analizan
los procesos de construcción de la naturaleza en sociedades
tradicionales. En el área amazónica son vitales
los trabajos de Viveiros de Castro, Erikson, Taylor, etc.,
por mencionar algunos (ver bibliografía). Lejos de
aquellas oposiciones taxativas, los americanistas -tanto franceses
como anglosajones- han elaborado una perspectiva dialéctica
de la dinámica de las relaciones entre naturaleza y
sociedad, que procura esbozar una nueva síntesis que
integre no solo los órdenes simbólicos y las
lógicas internas de las cosmologías amerindias,
sino también una praxis que englobe la dicotomía
en su sentido clásico (Descola 1986).
(7) Es sabido que la agricultura conlleva, a la larga, a
un agotamiento de la tierra, lo que requiere acudir a químicos
y fertilizantes. Tal problema, es inexistente en estas formas
de explotación de la naturaleza que además de
promover un uso sustentable de la biodiversidad contribuye
a acrecentarla, motivo por el cual se ha otorgado en el Convenio
de Diversidad Biológica el reconocimiento a las poblaciones
nativas en el uso y la conservación de la biodiversidad,
promoviendo la distribución equitativa de los beneficios
derivados (artículo 8, inciso J del Convenio de Diversidad
Biológica, Río de Janeiro, 1992).
(8) En efecto, desde una perspectiva de la etnografía
de la ciencia, Adriana Stagnaro sostiene que la distinción
entre Alta y Baja Iglesia de Fuller, si bien interesante para
el trazado de mapas sociales de las tendencias dentro del
movimiento CTS, de algún modo reproduce y actualiza
las categorías dicotómicas clásicas de
razón-práctica; teoría-experiencia; ciencia
básica-ciencia aplicada; ciencia-tecnología;
ciencia sociedad; conocimiento-poder, subyacentes en
las lógicas divergentes de conformación de los
dos polos. Retomando las contribuciones de Rabinow y Haraway,
he querido demostrar cómo estos dos autores de fuerte
impronta en el movimiento CTS, el primero de clara adscripción
al campo académico y la segunda más vinculada
al activismo, han sabido atravesar el puente y desprenderse
del corsé clasificatorio, para plantear una mirada
más libre, creativa y reflexiva.
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